El Evangelio del amor

Con un poco de retraso, Antonio José Guerra nos envía la traducción que ha hecho de un texto de Vincenzo Paglia para preparar la próxima Pascua. El amor a los pobres en la espiritualidad cristiana desde la experiencia de las Comunidades de San Egidio.
Meditación ofrecida por Vincenzo Paglia en la Iglesia de Sta. Mª del Trastévere de Roma para preparar la Cuaresma 2007 (16 de marzo de 2007). Vincenzo Paglia es obispo de la diócesis de Terni-Narni-Amelia (Italia, cerca de Asís); es Director espiritual de la Comunidad de San Egidio, Presidente de la Federación Internacional Bíblica Católica y Presidente de la Comisión Ecumenismo y Diálogo de la CEI (Conferencia Episcopal Italiana).


Continúa…


Lc 16,19-31 19 “Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. 20 Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, 21 deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico…pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. 22 Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado. 23 “Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno. 24 Y, gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” 25 Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. 26 Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan hacerlo; ni de ahí puedan pasar hacia nosotros.” 27 “Replicó: “Pues entonces, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” 29 Abrahán le dijo: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.” 30 Él dijo: “No, padre Abrahán, que si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán.” 31 Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.””

El rico y el pobre Lázaro

Esta página evangélica, que tantas veces hemos escuchado, hoy resuena en este lugar de manera particular. Hace casi 1500 años que cada año, en el jueves segundo de cuaresma, la narración del rico y el pobre Lázaro se lee en la celebración eucarística en la estación cuaresmal de Santa María del Trastévere. Quizás se eligió por el mismo Papa Gregorio Magno cuando reordenó las estaciones cuaresmales que, como sabéis, trazan un itinerario espiritual que día a día conduce hacia la Pascua. Gregorio Magno, que conocía bien Roma porque había estado en ella de “prefecto” y luego de obispo, eligió esta página para el Trastévere, un barrio atestado de pobres y lleno de contradicciones. Quizás quería indicar a los cristianos del Trastévere y de Roma como tenían que prepararse para la Pascua. Comentando él mismo esta página evangélica los reprendía diciendo: “Cada día encontramos a Lázaro si lo buscamos, y también sin buscarlo, cada día nos tropezamos con él. Los pobres se presentan a nosotros, incluso importunándonos, piden, pero podrán interceder por nosotros en el último día…No malgastéis, por tanto, el tiempo de la misericordia y no despreciéis el remedio que ellos os ofrecen”. Sí, queridos amigos, “no malgastemos el tiempo de la misericordia”, es decir, el tiempo del auxilio a los más débiles, a los pobres, a los enfermos, a los ancianos. Y la cuaresma para nosotros es aquel tiempo oportuno que la Iglesia nos ofrece; y es el “tiempo de la misericordia”. Obviamente, no porque la misericordia esté restringida a los cuarenta días de la cuaresma, sino porque en estos días aprendemos de Dios el sentido de una vida marcada por la misericordia.

Es esto, queridos amigos, el sentido de nuestro retiro cuaresmal. Y lo hacemos junto a esta Basílica que nos ayuda a revivir la página evangélica de Lucas. Tenemos necesidad de pararnos, de retirarnos y de escuchar de nuevo. De hecho, es fácil para cada uno de nosotros, para mí obispo, para vosotros sacerdotes, monjas, e incluso laicos, ser arrollados por nuestros ritmos cotidianos, probablemente no porque sean vertiginosos, sino porque nos encierran en nosotros mismos. No es difícil parecerse al rico de la parábola. Alguno podría decir que nosotros no “celebramos espléndidas fiestas”. En verdad, el celebrar espléndidas fiestas puede ocurrir cada vez que nos cerremos en nuestro pequeño horizonte, cada vez que nos paramos a considerar sólo lo que nos atañe, a preocuparnos sólo por nuestras cosas, las de mi diócesis, las de mi parroquia, las de mi país, las de mi colegio, las de mi convento, las de mi raza, etc. Aquel rico de la parábola pensaba en sí y en su satisfacción. No vio al pobre Lázaro, no porque fuera ciego, sino porque estaba tan ocupado por sus cosas que no se dio cuenta que aquel pobre Lázaro estaba con llagas y hambriento sentado en la puerta de su casa. Sólo los perros se dieron cuenta de ello.

El evangelio habla de “gran abismo” que separa después de la muerte al rico de Lázaro. En verdad, este abismo estaba presente en la vida de cada día. De hecho, el “gran abismo” no es un problema de kilómetros sino de corazón, no es un problema de espacio sino de interés, no es una cuestión social sino de amor, de preocupación, de cercanía, de amistad. Pero esto puede suceder, y sucede a menudo, que hay un abismo incluso entre el altar donde celebras la Misa y el pobre que está fuera en la puerta de la Iglesia; entre el colegio donde vives y la residencia de mayores que está al otro lado de la calle; entre el convento y la acera donde encuentras al vagabundo; entre los países ricos y la multitud de países pobres, entre los barrios pudientes y aquellos más pobres, etc. Sí, puede haber un “gran abismo” también entre tú y el pobre. Tantos, demasiados, son los abismos que dividen los pocos ricos del enorme número de pobres. Y nosotros somos hijos ricos de nuestra sociedad rica que nos acostumbra a vivir como ciegos delante del “gran abismo”. En efecto, no está de moda hablar hoy de los pobres, ni siquiera entre los creyentes. Es fácil, muy fácil olvidarlos y, a veces incluso, despreciarlos. La parábola evangélica que hemos escuchado describe esta terrible y dramática realidad contemporánea, presente en todas las latitudes. Los pobres no están de moda en nuestros días. Quizás no lo han estado nunca, pero hoy todavía menos. Su presencia en nuestras ciudades es cada vez más un problema. Hay una profunda tendencia en nuestra sociedad: poner a parte a los pobres, hacerlos menos visibles, tenerlos a los márgenes. Y esto ocurre por todos lados, incluso en las grandes ciudades de los países ricos.

¿Por qué entonces hablar de los pobres? La razón es simple: porque somos cristianos, porque el Evangelio nos abre los ojos y nos impulsa a ir a su encuentro. No hay una razón sociológica para hablar hoy de los pobres, ni siquiera hay una razón política o económica. Los pobres no cuentan y dan incluso fastidio. Jesús nos abre los ojos, la mente y el corazón hacia ellos. Todas las páginas evangélicas de hecho son una invitación para amar a los pequeños y débiles, a los pobres y a los enfermos. Y Jesús, para que lo comprendamos sin posibilidad de excusas, se identifica con los pobres, hasta el punto de llegar a decir: “cada vez que habéis hecho estas cosas a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, lo habéis hecho a mí” (Mt 25,40). Son palabras pronunciadas en el cuadro de una solemne narración evangélica, casi un pequeño Apocalipsis. La identificación de Jesús con los pobres está clarísima. Y el amor hacia ellos se convierte en normativo no sólo para los cristianos, sino incluso para todos los hombres, y esto cuenta más que las mismas manifestaciones “religiosas”. Es significativa aquella tradición que otorgaba a los pobre, mucho antes que al Papa, el título de Vicarius Christi. Recuerdo un libro pequeño sobre la fraternidad cristiana de un joven teólogo llamado Joseph Ratzinger que nos acompañó en los primeros años de la comunidad de San Egidio. Entre la multitud de cosas que aquel libro decía una era ésta: Jesús usa el término “hermano” sólo para dos categorías de personas: los discípulos y los pobres, como para subrayar el vínculo inseparable. En verdad, toda la historia de la Iglesia está marcada por este vínculo. Hay como un hilo conductor que atraviesa veinte años de historia cristiana que asocia la Iglesia a los pobres. Pero ella se ha separado de ellos. Lo que aparece al historiador es el hecho que cada vez que se ha aflojado este vínculo con los pobres se ha debilitado también el vínculo con el Evangelio. Y cada vez que los cristianos han elegido dar de nuevo a la Iglesia la “forma del Evangelio”, se han encontrado de nuevo con los pobres. Parece una ley de la historia cristiana, ya sea de la pastoral como de la espiritualidad.

La identificación de Jesús con los pobres encuentra una manifestación peculiar en la relación entre la Eucaristía y los pobres: en ambos está la presencia “real” de Cristo. Varias veces el vínculo entre la Eucaristía y los pobres se recuerda en los textos cristianos. Algunos teólogos ortodoxos, como Olivier Clement, hablan de “sacramento del hermano” y “sacramento del altar”. En tal horizonte se coloca la conocida amonestación de Juan Crisóstomo a sus fieles: “Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo desdeñéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con vestiduras de seda, mientras fuera del templo descuidáis este otro Cristo que está afligido por el frío o la desnudez”. Dentro de pocos días es el aniversario del asesinato de Monseñor Romero (24 de marzo de 1980). Me ha dado que pensar el trabajo de un estudioso que compara la obra de Romero con la de Crisóstomo: ambos predicadores del Evangelio y del amor a los pobres; ambos han vinculado la Eucaristía y los pobres, no sólo de palabra sino pagando esto con la propia vida: Crisóstomo tuvo el exilio, y Romero fue asesinado en el altar. Benedicto XVI, como recogiendo esta sabiduría espiritual, subraya en su primera encíclica (Deus charitas est): “Una Eucaristía que no se traduzca en amor concretamente practicado está en sí misma fragmentada” (n. 14). Del resto es fácil acordarse del texto de Pablo a los Corintios: “20 Cuando os reunís, pues, en común, eso no es comer la cena del Señor; 21 porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. 22 ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En eso no os alabo!” (1 Cor 11,20-22).

El Evangelio afirma claramente que la vida del discípulo no puede desarrollarse lejos de los pobres. Y el cristiano no puede encontrar los pobres simplemente como un problema social: ellos son su familia. Los pobres de hecho tienen derecho a ser amados, a tener hermanos y hermanas como todos nosotros. La relación con ellos no puede ser reducida a una actividad o a un oficio de la Iglesia. Todo cristiano tiene que tener una relación personal con ellos, quizás también con uno sólo. En efecto, al final de la vida seremos interrogados sobre este amor personal con al menos un hambriento, un sediento, un preso, un desnudo, un anciano, un enfermo, un condenado a muerte…Andrea Riccardi (fundador de la Comunidad de San Egidio) le gusta decir que el cristiano es aquél que tiene un pobre por amigo. Por tanto, el encuentro con los pobres tiene que hacerse una experiencia y un conocimiento directo. En esto el amor por los pobres es como la oración, como la Eucaristía. No se confía la oración a otros, ni la propia comunión a los otros; cada uno reza personalmente y vive la relación directa con el Padre que está en los cielos; cada uno de nosotros se comunica personalmente con la Eucaristía para unirse al Señor Jesús. Análogamente cada uno de nosotros no puede confiar el amor a los pobres a Cáritas o a otros. El amor por los pobres, así como lo hace el cristiano, es personal porque implica al corazón. Los pobres, antes que de pan, tienen necesidad de nuestra consideración, de nuestra amistad, de nuestro amor. En fin, tienen que ser llamados por su nombre como cada uno de nosotros desea justamente para sí mismo, y tienen necesidad que el Evangelio les sea anunciado, más aún, tiene que ser comunicado a todos a partir de ellos. Dios – recuerda Gregorio Magno a sus fieles comentado la parábola de Lázaro y el rico – conoce a los pobres de manera particular, los conoce por su nombre: “Por tanto, ¿por qué el Señor hablando de un pobre y de un rico, dice el nombre del primero y silencia el del otro, si no es para demostrar que Dios conoce a los humildes y está cerca de ellos, mientras no reconoce a los soberbios?” El rico de la parábola no tiene nombre porque no tiene amigos.

La actitud de amistad con los pobres casi no está considerada en las comunidades cristianas. Hay necesidad de una verdadera y propia “conversión pastoral” a partir del descubrimiento de los pobres como hermanos, como parientes, como familiares. Quien de nosotros ha hecho esta experiencia lo sabe de buena manera. Sabe cuánto los pobres tienen necesidad de amigos, y descubre que incluso nosotros tenemos necesidad de ellos, y estamos felices de su amistad porque es sincera. No tengo dudas en decir que uno de los calificativos más claros del cristiano es el ser amigo de los pobres. Jesús en los Evangelios aparece como amigo de los pobres. Todos los pobres y los débiles lo buscaban y se agolpaban alrededor suya. Allí donde iba creaba un clima de fiesta, sobre todo entre los pobres y pecadores. Por esto eran “bienaventurados”. No lo eran ciertamente por su condición de pobreza, lo eran porque finalmente había venido su amigo. Y en un mundo que está perdiendo el corazón y la piedad, el Evangelio continúa siendo una gran garantía y una gran defensa de los pobres ya que incrementa el número de amigos para ellos.

Pero, si es verdad que los pobres están sostenidos por nosotros, es igualmente verdad que también nosotros estamos sostenidos por ellos. Es una verdad extraordinaria de la tradición cristiana. Y en efecto, se experimenta un viraje decisivo cuando, en la amistad con los pobres, nos damos cuenta que son ellos los que nos evangelizan. ¿En qué sentido nos evangelizan? Los pobres, con su misma condición, nos recuerdan nuestra debilidad. El anciano, con la fragilidad de su cuerpo, nos recuerda la nuestra, incluso si nosotros buscamos a toda costa esconderla bajo el bienestar o el bien vestir. Los pobres nos recuerdan además la vanidad de aquel orgullo que sentimos como una defensa natural frente a la dureza de la vida. Ellos, en fin, nos hablan de nuestra fragilidad y de la vanidad de una vida encerrada en los ambientes protegidos y seguros. Gregorio Magno amonesta: “Por tanto, que ninguno se crea al seguro porque puede decir: yo no robo a los otros, sólo exploto los bienes que poseo de acuerdo a la justicia. El rico de la parábola, de hecho no fue castigado por haber sustraído a los otros, sino sólo por haberse dado desordenadamente a los bienes recibidos. La condena al infierno le fue dada porque no conservó el sentimiento de temor en la felicidad, porque se convirtió en arrogante a causa de las riquezas que poseía, sin ningún sentimiento de piedad…”.

El “sentimiento del temor en la felicidad” es una observación a tener en cuenta. A menudo la felicidad embriaga, hasta llegar a pensar que se puede ser feliz contra los otros y sin los otros. Los pobres desde ahora saben ser maestros silenciosos: con mucha humildad (porque no tienen ni la fuerza ni la autoridad para hacerlo con arrogancia) nos inquietan cuando nos sentimos orgullosos o arrogantes. La amistad con los pobres nos evangeliza en profundidad, si por evangelización no entendemos algo de teología de laboratorio, sino una comunicación vital. El pobre Lázaro era un mensaje claro para el rico si hubiera ensanchado su mirada más allá de su horizonte de bienestar, más allá del umbral de su casa. El pobre Lázaro no chilla ni se impone, pero su presencia habla. Los pobres no sólo nos evangelizan ahora, sino en el futuro serán también nuestros intercesores. El pensamiento de los pobres como intercesores ha estado presente siempre en la tradición cristiana. Por ejemplo, el Pastor de Hermas subrayaba que el rico y el pobre se ayudan mutuamente: “Cuando el rico está junto al pobre y lo socorre en lo que necesita, cree que esto que hace por el pobre puede encontrar recompensa en Dios, ya que el pobre es rico en intercesiones y confesiones, y su intercesión tiene gran poder en Dios”. Los pobres serán nuestros salvadores cuando nos presentemos en el tribunal de Dios. El encuentro con ellos es verdaderamente saludable, en todos los sentidos.

La experiencia de la Comunidad de San Egidio

En la historia de la Comunidad de San Egidio el encuentro con los pobres ha sido y sigue siendo decisivo. Los primeros que ha encontrado, hace casi cuarenta años, fueron aquellos que estaban en las barracas de la periferia de Roma: eran inmigrantes procedentes del sur de Italia, mujeres forzadas a una dura vida y humilladas, niños que no iban a la escuela…Rostros sufrientes, historias difíciles. Luego vino el encuentro con los ancianos: aquellos a los que el progreso concede el don de una vida longeva, pero a los que la sociedad les hace entender que están de más en las familias, en las casas…La vejez llega como una pobreza añadida para quien es pobre, y una verdadera pobreza también para el que está bien. La vejez hace pobres en una sociedad que tiene siempre prisa y no tiene cuidado de quien es débil. Junto a los ancianos hemos descubierto el mundo variopinto de los discapacitados; también hemos descubierto una práctica difundida del aborto que está destruyendo para favorecer sólo a quien da garantías de nacer sano. Luego está la gran pobreza de las enfermedades psíquicas que atenaza los corazones y las mentes de tantos en nuestra sociedad opulenta. La enfermedad psíquica revela en sí una trampa, pues es difícil distinguir en ella entre pobreza material y pobreza espiritual. Y luego están los extranjeros, con sus historias de dolor, que viven a menudo en un universo extraño que no entienden. Pienso en los gitanos, este pueblo distinto, que no ha tenido nunca tierra y nacionalismo, el cual apenas es soportado por nosotros debido a su modo fastidioso de convivir con nuestras ciudades. Y también los que viven en la calle, que acaban en esta situación por motivos muy diversos. En fin, los enfermos de todos los tipos, sobre todo los que cargan con una sentencia de muerte sobre sus espaldas y ven el futuro no ya con la mirada de una vida infinita, como aparece a los sanos, aunque sabemos que así no es. Mundos diversos, rostros diferentes…Los hemos recordado para contaros treinta y nueve años de encuentro y de amistad con el mundo de los pobres de parte de la Comunidad de San Egidio en las partes más variopintas del mundo.

Si alguno pregunta: ¿cómo vive la Comunidad de San Egidio? La respuesta es simple: rezando juntos y queriendo a los pobres. Encontrar a los pobres es una cosa posible en nuestras calles, donde hay gente que sufre, que pide, que no tiene casa. Es posible encontrarlos en las grandes construcciones anónimas donde, en la discreción y en la soledad de un apartamento, se esconde tanto dolor y tanta pobreza. Es posible encontrarlos también uniéndose a aquellos que, como ya alguno de vosotros hacéis, gastan su vida sirviendo a los pequeños, ayudando en el comedor de los pobres, visitando a los ancianos, apoyando a los discapacitados, rezando juntos por ellos. Tantos son los modos para estar junto a los pobres. Cada uno debe elegir el modo. Lo que cuenta en todo caso es tener a un pobre por amigo. La relación con el pobre inicia – parece – con el dar. Y quisiera dedicar una palabra sobre la limosna. Hoy muchos la desprecian. Alguno sostiene que sería mejor dar una contribución a los servicios sociales. No creo que tengamos el derecho de despreciar la limosna, de la que habla toda la Escritura, y también el Judaísmo y el Islam. Obviamente no se quiere con la limosna descargar de la responsabilidad que se tiene que tener hacia el que tiene necesidad; pero se invita al menos a pararse, a mirar a la cara, a los ojos del pobre, a dar algo de lo propio. También porque del pararse para la limosna puede nacer un interés ulterior.

La limosna: es poner un poco de pietas, en una vida social en la falta esta piedad. Es la asunción de una actitud piadosa y no la agresiva o con prisas que se tiene en la vida de la ciudad. Antiguo y Nuevo Testamento son un himno a la limosna: Sir 29,9 “Si quieres cumplir el mandamiento, acoge al indigente, y según su necesidad no le despidas con las manos vacías”. Jesús retoma esto en su enseñanza: Lc 12,33 “Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos”. La limosna hace madurar una actitud compasiva y no desdeñosa. Se comienza con el dar; pero se recibe. Tener una actitud misericordiosa es preparar un mundo mejor, más humano. Dios advierte esta actitud piadosa: Pro 19,17 “Quien se apiada del pobre presta a Yahvé y recibirá su recompensa”. La piedad penetra en la profundidad de la vida más allá del hecho concreto. Juan Crisóstomo decía que la limosna es la “reina de la virtud”: “No resiste a la limosna ningún poder de lo alto…”.

El amor por los pobres es también una defensa para ellos en relación a la violencia que a menudo padecen. Nuestra atención por ellos a menudo los defiende en aquellos ambientes y en aquellas calles de las que se querría expulsar. A veces se quieren ciudades lindas y sin pobres, o donde los débiles están escondidos. Los pobres delante de nuestras iglesias pueden parecer un espectáculo medieval, pero ¿no está escrito que “de ellos es el reino de los cielos”? En una ciudad en la que se hospitalizan a los ancianos, se esconden los moribundos, se internan a los enfermos, es un escándalo que los sanos estén junto a los enfermos, los ricos a los pobres, los débiles a los fuertes. Juan Crisóstomo recuerda que los edificios del poder están frecuentados sólo por personajes distinguidos, mientras “en los verdaderos palacios, hablo de la iglesia y los santuarios de los mártires, se encuentran los endemoniados, los mutilados, los pobres, los viejos, los ciegos, los lisiados”. Una vida, lejos de los pobres, no es una garantía de felicidad: una vida cerrada a la compasión no es garantía de serenidad. Por esto, en la vida de la Iglesia, los ambientes de los pobres han estado siempre cercanos a aquellos de la oración. Y también en la educación de los más jóvenes, el conocimiento de los pobres es un camino de madurez.

Paulino de Nola, un rico romano entre el s. III y IV d.C., convertido por las cartas de la Biblia, monje y luego obispo del Sur, había construido su monasterio sobre una segunda planta después de haber puesto a los pobres en la primera planta, para significar que los pobres están en la base de la comunidad. Y Paulino alaba aquello que un senador romano, Pammachio, había hecho introduciendo a los pobres en la misma basílica de San Pedro para un gran almuerzo en su honor: “tu reuniste en la basílica del apóstol una multitud de pobres, los dueños de nuestras almas, que por toda la ciudad de Roma piden limosna para vivir”. Nosotros de San Egidio, retomando esta antigua tradición romana, una vez al año, tenemos un gran almuerzo para los pobres y nos sentamos con ellos en la basílica de Santa María del Trastévere, sólo el día de Navidad, para significar que, en aquella fiesta en la que los pobres están solos, ellos están al centro de la Iglesia, que es su verdadera familia. Y vienen, año tras año, de toda la ciudad, de modo que la basílica se queda pequeña y se necesita preparar otros locales. Paulino elogiaba a Pammachio porque no expulsaba al mendigo de su puerta sino que lo invitaba a comer: “Abramos también nosotros nuestras casas a los hermanos, ya sea porque…tememos el peligro que, expulsando al hombre, alejamos, por así decir, también su ángel, o porque tengamos la esperanza que, acogiendo con solícita humanidad todo extranjero que pasa, merezcamos de hospedar también a los ángeles”. Los pobres por amigos: convirtiéndose en amigos de Dios se reencuentra amigos de los pobres. Mientras aquellos que ayudan a los pobres creen de ser ángeles para quien sufre, se encuentran viviendo una vida acompañado de los necesitados, verdaderos ángeles de sentido y de afecto. He visto ancianos que llenan la vida a personas que se han sentido vaciadas, propiamente cuando comienzan a ayudarle con amistad. Se comienza con el dar, pero se continúa recibiendo.

Escucha del Evangelio y amor por los pobres

No hay contradicción entre una verdadera espiritualidad, entre la escucha de Dios, y el amor por los pobres. Sin la escucha de la Palabra de Dios, el amor se enfría o se convierte en una ideología. Se entiende el por qué es tan vital la oración vespertina para la Comunidad de San Egidio. Sin la oración es imposible un compromiso de tantos que emplean su vida al servicio de los débiles. La oración es nuestra fuerza para servir y para amar a los pobres. ¡Cuantos impulsos de voluntariado también en la Iglesia se han apagado o se han perdido en la vorágine de la institución porque no han estado animados por la oración! Es la historia de un impulso social que, en un pasado reciente, ha estado fuerte entre los cristianos, pero que se ha vuelto perezoso, institucionalizado, politizado. Al pobre se le ha sustituido el ídolo de una idea, de un método, de una teoría. ¿Por qué se ha vuelto perezoso? El amor por los pobres está protegido y aumentado por la misma fe. La Palabra de Dios suscita una y otra vez nuestro corazón y afirma el primado del corazón y no del interés…Tenía razón el cardenal Congar cuando ponía a los pobre en el misterio mismo de la Iglesia: “los pobres son cosa de la Iglesia. No son sólo su clientela o beneficiarios de su sustancia: la Iglesia no vive plenamente su misterio si los pobres están ausentes de ella…El cuidado de los pobres, de los desarraigados, de los débiles, de los humildes, de los oprimidos, es una obligación que tiene sus raíces en el mismo corazón del cristianismo entendido como comunión. No puede existir más una comunidad cristiana sin ‘diaconía’, es decir, servicio a la caridad, que a su vez no puede existir sin la celebración de la Eucaristía. Las tres realidades están legadas entre ellas: comunidad, Eucaristía, diaconía de los pobres y de los humildes. La experiencia demuestra que ellas viven y languidecen juntas; pero a menudo falla la imaginación que convierte en inventiva la caridad, y la audacia y el ánimo para superar todo titubeo y tomar la iniciativa”.

Los pobres son una parte importante de la Comunidad de San Egidio; ya sea los pobres que están cercanos como los que están lejos. Más allá de los pobres de nuestra ciudad existe un mundo pobre lejano que es en realidad grandísimo. En efecto, el hombre y la mujer de hoy no encuentran al pobre sólo debajo de su casa. En el mundo globalizado, los pobres lejanos se han hecho cercanos. Todos tomamos contacto con la miseria de los países lejanos. Asistimos casi en directo a las guerras y vemos largas filas de prófugos. Y la guerra es la madre de tantas pobrezas. Alguno de nosotros, quizás podrá decir que esta gran pobreza que es la guerra está lejos de Italia. ¿Qué podemos hacer si existen tantas guerras lejanas? Muy a menudo se asiste a las imágenes de dolor con un sentido de impotencia. África está lejos, está lejano Oriente Medio, lejanos están tantos otros países martilleados por el hambre. ¿Qué hacer? Los pobres se han hecho vecinos nuestros. Hoy también nosotros que vivimos en los colegios y en las parroquias italianas estamos cercanos al mundo entero: estamos en la ventana desde donde se ve el mundo. Ninguno puede decir: ¡Yo no sé! Y es verdad que una estupenda vista sin corazón nos hace crueles, como fue el rico de la parábola para el pobre Lázaro. Se trata de recuperar el corazón, y esto sólo es posible rezando, escuchando el Evangelio, acogiendo en nosotros “los mismo sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús”, como escribe Pablo. Mirar el mundo con el corazón significa que no se tiene la solución a todo, pero no nos cansamos de preocuparnos por quién se encuentra en la miseria. El amor por los pobres lejanos inquieta a nuestros corazones y solicita nuestra mente a que nos acordemos de ellos.

Estamos en la ventana sobre el mundo. Por esto no se puede olvidar el gran Sur: los pueblos pobres. Todo creyente tiene que encontrar su modo de estar presente, ya sea con el recuerdo, con el interés, con la oración. Este amor tiene que inquietar la cultura corriente para la que prepara un destino separado entre nosotros y el Sur: me acuerdo en particular del África devorada por las guerras, por el SIDA (el 70% de los seropositivos y el 75% de los muertos por esta enfermedad están en este continente), y por algunas clases dirigentes corruptas. Pero, ¿cuántos africanos pueden acceder a la cura del SIDA, que incluso está disponible, como demuestra el proyecto DREAM? Para el WorldWatch Institute – se lee en su relación anual – en el 2010 habrán 25 millones de huérfanos por el SIDA, mientras la diferencia entre países ricos y el Sur se habrá más que redoblado.

Los problemas de los pobres del Sur tienen que convertirse, al menos un poco, en nuestros problemas. Así se realiza una alianza particular. Es la alianza – así Andrea Riccardi nos ha subrayado a menudo, refiriéndose a las palabras del profeta Sofonías – entre humildes y pobres. Los humildes son los cristianos, que han descubierto como el orgullo de su vida y la arrogancia de su bienestar no vale mucho. Dice el profeta Sofonías: “Buscad a Yahvé, vosotros, humildes de la tierra, que cumplís sus mandatos; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la ira de Yahvé” (Sof 2,3). Son los “humildes de la tierra”, aquellos que se han hecho discípulos de aquel Jesús que es manso y humilde de corazón. Este pueblo de los humildes – como dice el Salmo 18 – vive precisamente en su Señor, una alianza profunda con los pobres. Continúa el profeta Sofonías: “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, se cobijará al amparo de Yahvé” (Sof 3,12). Es una gran promesa y un gran sueño: el pueblo de los humildes que se funde con el pueblo de los pobres en el amor. Dios ha dispuesto que los creyentes sean una gran reserva de amor para los pobres del mundo.

Es una fraternidad a vivir cada día, mirando a los ojos al pueblo vecino, acordándose de quién es el pobre lejano. Es una fraternidad que cada cristiano puede vivir por su vida, sin evitar los ojos del pobre, sin rechazar el escuchar el lamento que viene de lejos. Es una fraternidad que cada uno de nosotros puede vivir permaneciendo humilde. En la humildad, de hecho, crece la fraternidad con los pobres. Son una alianza y una fraternidad, de la que nos damos cuenta cuando levantamos los ojos y los dirigimos al que ha sido crucificado. Pobre en medio de los condenados a muerte, Jesús humilde de corazón y manso, en su debilidad esconde una fuerza más fuerte que aquella de los poderosos de este mundo. Mirándole a Él, seremos salvados. Mirándole a Él, aprenderemos a amar a todos y particularmente a los pobres. (Fin de la reflexión de Vincenzo Paglia)

Mi Reflexión final ¿quién o qué es el prójimo?

El prójimo es el samaritano que se acerca al que estaba medio muerto; es decir, el PRÓJIMO es el que está más cercano a los pobres. Hay que tener el coraje de dar piedad, de ofrecer bendición, de dejarse bendecir y amar por el pobre. Hay que tener el valor de vivir de verdad el evangelio. Para poder encontrar este “rostro” de Jesús, hace falta alimentar nuestra vida espiritual, esto es, beber de la fuente que nos da la vida: la escucha constante del Evangelio. Esta palabra de Vida ocasiona una conmoción allí donde se escucha, y provoca una revolución en relación a los pobres, pues se convierte en Buena Noticia para el que no tiene ninguna noticia agradable. ¡Reorientemos nuestros corazones como Dios quiere! ¡Sintamos la necesidad de sentir esa pasión de Amor en nuestros corazones para que nos empuje a amar a todos, y especialmente a los pobres!

¡Feliz Semana Santa y Pascua de Nuestro Señor Jesucristo!

ANTONIO JOSÉ GUERRA MARTÍNEZ

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