Duns Escoto
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  1. ARMELLADA Says:

    La beatificación de Juan Duns Escoto.

    Final de un “iter” apasionante

    Bernardino de ARMELLADA

    Conferencia habida el 9 de febrero de 1994 en Madrid, dentro de las “Jornadas Escotistas”, organizadas por la Federación Interfranciscana de España (c/. Joaquín Costa, 36).

    El 20 de marzo del año pasado, después de la ceremonia de la beatificación de Escoto, tuve la fortuna de asistir a la recepción que el Papa dio a algunos de los asistentes al acto y en la que el General de los Menores, P. Hermann Schalück, entregó a Juan Pablo II el volumen XIX de las obras críticas de Escoto, recientemente publicado. “Ya pueden estar contentos los franciscanos con la beatificación de Escoto”, le dijo el Papa. Y el P. General le contestó: “Hace ya siete siglos que lo esperábamos, Santidad”.

    ¿Cómo y por qué esta secular demora?

    Ya comenzó retrasándose el primer proceso diocesano en pro de la beatificación de Escoto que tuvo lugar en Colonia 1706-1707. De ahí que la cuestión sea doble: ¿Por qué se esperó cuatro siglos para iniciar gestiones en orden a su glorificación como santo?; y ¿por qué se necesitaron luego casi tres siglos para que su causa llegara a este feliz término que nos alegra hoy tanto?

    Respecto del primer punto hay muchos factores que se pueden adivinar como condicionamientos—no como causas directas—de esa, digamos, dejación por parte de los franciscanos…

    El primer factor podría ser el ambiente espiritual-social del siglo XIV. Escoto muere en 1308. Un tiempo en que la situación de la Iglesia, en un enfrentamiento entre la vergonzosa actitud de la corte de Francia contra la memoria de Bonifacio VIII y la de sus defensores, casi sin más apoyo que la razón, sufría una de las crisis más dolorosas que llevarían a la cautividad práctica del Papa en Aviñón y, finalmente, al cisma de Occidente. La orden franciscana se encontraba igualmente azotada por la actitud cerril de los “espirituales” que los enfrentaría descaradamente al Papado. En este clima acontece la canonización de Tomás de Aquino (18 de julio de 1323), considerado doctrinalmente como la contraposición, dentro de la ortodoxia, a las tesis teológicas defendidas por los franciscanos. Es posible que esta circunstancia retrajera a los franciscanos de pretender una canonización oficial de Escoto, si bien sabemos por los escritos de sus discípulos, que era considerado como hombre de santidad extraordinaria y algunos que de ellos difundieron el culto a su memoria. Señalan también algunos como posible causa la desproporción entre la admiración por el sabio y la no tan fuerte devoción por el santo: desproporción propiciada por la incipiente laicización de la cultura en el renacimiento humanista. Escoto sería considerado más como hombre de cultura que como un hombre de Iglesia. Por otra parte, cuando el franciscanismo se rehace, con la reforma de la observancia, se acentúa en los frailes más observantes la desconfianza en la ciencia. Cierto que la Orden continúa viendo en Escoto un hombre de virtud, pero, sobre todo, lo considera maestro de una escuela teológica que se las tiene que ver en las universidades, por una parte, con el tomismo de los dominicos y, por otra, con el ocamismo, de raíces franciscanas, pero demasiado abierto a un secularismo cada vez más alejado de la primitiva escolástica. Este aspecto de cabeza de una escuela teológica mantuvo el prestigio del Doctor Sutil de manera que sus discípulos representaban en la Iglesia una fuerza intelectual de primer orden. Por eso, mientras se comentan sus escritos y se defienden o interpretan sus ideas peculiares, no hay preocupación especial por narrar su vida de santidad. La primera biografía de Escoto que se conoce es muy breve. Se debe al P. Mariano de Florencia y fue escrita hacia el año 1480. Antes de ella sólo se encuentran referencias parciales en los escritos de autores franciscanos. El detalle curioso es que se titula Vita Beati Jonannis Donns Scoti doctoris mariani ac suttilis, ab immemorabili tempore beati vulgo nuncupati. Después de destacar la sublimidad de su ingenio refiere que un día de Navidad, recitando en la oración las palabras del Cantar de los cantares: “Oh hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre, quién me diera encontrarte solo en las afueras y poder besarte sin que nadie me desprecie”. Decía estas dulcísimas palabras con el deseo de contemplar a Jesús niño en el regazo de su Madre.

    En un momento vio a un niño pequeño al que siguió reduciéndolo a un rincón y diciéndole: “De aquí ya no te puedes escapar”. Y el niño le dijo: “Tú, que eres pequeño, me buscas a mí que soy tu hermano; sabe que yo soy Cristo, el que hoy ha nacido”. Dicho esto, el niño le abrazó y le besó, desapareciendo luego. Desde entonces el Maestro Juan creciendo en virtud siempre mayor por el amor del mismo Niño Jesús y de su pobrísima Madre, anduvo siempre descalzo, nunca usó ropas nuevas y no quiso ya comer nunca carne, viviendo santísimamente. Habla de su defensa de la Inmaculada en París y concluye: Finalmente fue enviado por el Capítulo General como Lector a Colonia y cuando recibió la obediencia mientras estaba en el recinto de los Clérigos, siendo como era Maestro Regente en estudio de París, disponiendo de pocas cosas o de ninguna, salió de París para dirigirse a Colonia siguiendo la obediencia de los Superiores. ¿Qué Doctor ha habido de una semejante obediencia? Cuando el clero de Colonia supo de su llegada, salieron todos a su encuentro. Allí, poco tiempo después, consumido por sus trabajos, recibió los premios eternos. Y sepultado en el Convento de Colonia, se le tuvo en grande veneración. Murió el año 1308.

    Que Duns Escoto sigue teniendo un peso especial en la consideración de la Iglesia nos lo demuestra a principios del siglo 16, por ejemplo, el hecho de que, cuando el papa Julio II encomienda a Rafael el célebre fresco del Vaticano llamado “La disputa del Sacramento”, no se olvida de dar a Escoto un lugar de honor entre los grandes teólogos de la Iglesia. Otro ejemplo de su importancia está en hecho de que Enrique VIII de Inglaterra, al romper con la Iglesia de Roma, puso especial interés en hacer quemar los escritos de Escoto a quien quiso denigrar llamándole el “Hércules de los papistas”. Con el florecimiento de los estudios eclesiásticos en los siglos 16 y 17, la escuela escotista gozó de una aceptación tal que los teólogos que la seguían eran más numerosos que todos los de las demás escuelas juntos. Y ciertamente fueron el grupo más numeroso en el Concilio de Trento. En casi todas las universidades de España, Italia, Francia, Gran Bretaña, Polonia, América, e incluso en Kiev, en Ucrania, había una cátedra escotista.

    Pero, al no tener el título oficial de santo y ser jefe de una escuela importante, la rivalidad ideológica se aprovechó para denigrar su memoria a falta de poder contradecir eficazmente su doctrina. Así se explica que surgiera la famosa leyenda de su enterramiento vivo y de las señales encontradas en su cuerpo de una muerte en medio de desesperados esfuerzas por salir de la tumba.

    ¿Cómo pudo surgir tal patraña, de la que no hay rastro alguno antes de que Pablo Giovio tenga la ocurrencia de escribirla en su libro “Elogia virorum litteris illustrium”? Partiendo de una tradición según la cual Escoto vivía en continuo coloquio con Dios cayendo en éxtasis frecuentes, tiene la ocurrencia de decir que, llegado a Colonia, los frailes no conocían esta faceta del hermano Juan y al encontrarlo un día como muerto a causa del arrobamiento místico se dieron prisa a enterrarlo, a consecuencia de lo cual murió asfixiado y desesperado, como demostrarían los arañazos de sus manos en el rostro.

    Es posible que esta imaginación se viera avalada por una burda interpretación del epitafio:

    Clanditur hic rivus, fons Ecclesiae, via. vivus

    Doctor iustitiae, studii flos, arca sophiae.

    Ingenio scandens, Scripturae condita pandens,

    In teneris fuit annis, ergo memento Iohannis.

    Hunc, Deus, ornatum, fac coelitus esse beatum.

    Pro patre translato, modulemur pectore grato.

    Dux fuit hic cleri; claustri lux et tuba veri.

    Es evidente que el sentido de los dos primeros versos, como de todos los demás, no es otra cosa que una alabanza de Escoto: “Se encierra aquí un río, una fuente de la Iglesia, un camino, doctor vivo de justicia, arca de sabiduría…” Mirando sólo el primer verso, se uniría “rivus” con “vivus” para leer: “Se encierra aquí vivo… un río…” Incluso con esta unión, posible en el hipérbaton del verso latino, significaría “un río de aguas vivas”.

    La patraña ideada por Giovio dio pie a que años después, el dominico polaco Abraham Bzovio, encargado por Pablo V de continuar los Anales eclesiásticos de Baronio, reprodujera el cuento añadiendo por su parte detalles aún más patéticos. Al volver en sí cuando cedió la fuerza de la enfermedad, habría gritado inútilmente pidiendo ayuda, golpeando durante mucho tiempo la lápida del sepulcro hasta que finalmente, rota la cabeza (de tanto golpear), habría perecido.

    Esto era demasiado.

    Se abre un proceso en Colonia 1706-1707

    Inmediatamente se produce la reacción de los franciscanos y Mateo Ferce (Ferchius) escribe tres sucesivas apologías de Escoto, rechazando semejantes, calumnias, completamente infundadas, ya que todos los documentos hablan de la muerte de Escoto sin referencia alguna a semejante particularidad. El mismo Mateo Ferchius publica dos años más tarde una “Vida del beato Juan Duns Escoto”, “de admirable erudición y sutileza… para que los mortales vean la gloria inmortal del Doctor sutilísimo”

    El final pacífico de Duns Escoto se refleja en la referencia sencilla del necrologio del convento franciscano de Colonia. Se lee allí el 8 de noviembre de 1308: Obiit Frater Johannes Scotus Sacrae Theologiae Doctor eximius, Lector Coloniensis, qui obiit a. D. 1308 sexto idus Novembris9. Por otra parte, consta que cuando Escoto murió, los frailes de Colonia, como en otros lugares de la Orden, eran sepultados en la tierra y sin ataúd. El cadáver era colocado en el sepulcro y, una vez cubierto el rostro con el capucho u otro velo, el superior, mientras todos rezaban por el descanso eterno de su alma, echaba tres paladas de tierra dentro de la fosa y luego los sepultureros completaban el enterramiento.

    La sepultura de Escoto estuvo en un principio bajo el pavimento de la iglesia a la entrada de la sacristía y junto a la capilla de los Tres Santos Reyes. Inmediatamente se colocó una lápida indicando el nombre y oficio del difunto; y poco después se puso el epitafio a que hicimos mención. Fue en 1509 cuando se le construyó un nuevo sepulcro de piedra. Contra esta lápida se habria roto la cabeza el buen Escoto doscientos años después de estar enterrado. Se sabe, además, que el cuento del enterrado vivo y arañándose luego en la desesperación al volver en sí era muy socorrido, a veces para denigrar la memoria de un personaje o como simple adorno macabro. Se dijo también de Fr. Luis de Granada. Pero el caso más curioso es el del papa Bonifacio VIII, a quien el rey francés Felipe IV el Hermoso y sus tristemente famosos ministros Nogaret y de Plaisians se empeñaron en desprestigiar después de su muerte. Habría sido enterrado vivo y en la desesperación se habría despedazado el rostro con las manos y las manos igualmente destrozadas a base de mordérselas. La historia dice, sin embargo, que, reconocido su cadáver, se le encontró en postura absolutamente tranquila y sin ninguna de esas señales insidiosamente propaladas.

    Con una documentación profusa y consideraciones sobre la doctrina de Escoto es la Vida del mismo escrita por Lucas Waddingo en sus Annales Ordinis Minorum, donde igualmente rechaza, como privada de todo fundamento histórico, la dichosa leyenda en que se solazaban los enemigos del Doctor Sutil. A pesar de todo hay muchos testimonios de que la Orden Franciscana le seguía considerando beato. En la Positio se refieren hasta 73 extractos biográficos en que franciscanos y no franciscanos alaban de consuno la santidad y ciencia de Escoto en todo el tiempo que va desde su muerte hasta los famosos decretos de UrLano VIII, 1625 y 1634, sobre el tema de las canonizaciones de santos.

    ¿Qué significa la intervención de Urbano VIII en el tema?

    Hagamos un poco historia: Originariamente el culto público tributado a un cristiano fallecido surgía espontáneo en el pueblo cristiano y el obispo lo aprobaba si constaba del martirio o de la santidad personal de un siervo de Dios y después de su muerte era certificada por signos extraordinarios o milagros. Signo externo del reconocimiento oficial del culto público era la exhumación de los restos del siervo de Dios y su colocación o enterramiento debajo o al lado de un altar de la iglesia. Frecuentemente eran los obispos reunidos en sínodo los que daban su aprobación. No había entonces distinción entre beatos y santos. Abusos o malentendidos y, también el deseo de mayor solemnidad, terminaron por hacer derecho exclusivo de la Santa Sede la canonización de un siervo de Dios. Fue Alejandro III en 1181 (justamente el año del nacimiento de S. Francisco y de la muerte del Papa), quien expresamente estableció que solamente el Papa podía decidir el culto público de un siervo de Dios para toda la Iglesia. Los obispos, sin embargo, continuaban aprobando dicho culto para sus diócesis. Esto dio origen a la distinción entre “santos”, canonizados por el Papa y “beatos”, con culto aprobado por un obispo.

    Urbano VIII, en 1625 prohibió, con un decreto, tributar culto público a un siervo de Dios, si tal culto no se remontaba a un tiempo inmemorial e. d. a cien años antes del decreto. Posteriormente el 5 de julio de 1634 Urbano publicó el Breve Caelestis Hierusalem estableciendo lo siguiente: a) Aquellos a quienes se les hubiera tributado culto público antes de 1181 seguirían siendo tenidas como santos en lo sucesivo. b) El culto público, que tuviera su origen entre los años 1181 y 1534, puede conservarse, pero hay que pedir para ello la aprobación expresa del Papa. c) En adelante para tributar culto público a quien haya muerto después de 1534 (es decir desde cien años antes del decreto) se necesita un proceso. d) En el futuro, todo lo referente a la veneración de los siervos de Dios queda reservado exclusivamente a la Santa Sede.

    Las disposiciones posteriores del Derecho y de los Papas no han cambiado sustancialmente este esquema de Urbano VIII. Escoto, pues, encontrándose entre los años 1181-1534, sólo necesitaba la prueba de haber sido venerado públicamente desde antes de 1534 para que el Papa lo reconociera oficialmente como beato.

    La cuestión era, por tanto, si realmente existía dicho culto público desde tiempo inmemorial. ¿Dónde se podía solventar la cuestión? A principios del siglo 18 un franciscano se decide a trabajar en este sentido: el P. José de Novara. Naturalmente piensa dirigirse al sitio donde se hallan los restos de Juan Duns Escoto, Colonia. Para ello recibe los poderes que le otorgan los Superiores generales de los Observantes, Conventuales y Capuchinos. En 1706 se presenta en el convento de los Franciscanos Conventuales de Colonia, que no lo reciben con demasiada simpatía. ¿Qué vendrá a hacer aquí este extranjero?, se preguntaban. Les vino el temor de que se las arreglara para robarles las reliquias de Duns Escoto. De todos modos el P. Novara obtiene del Arzobispo que se nombre un tribunal eclesiástico para tratar el tema. El arzobispo, José Clemente de Baviera, príncipe elector y también obispo de Lieja, accede a que se instruya la causa, recordando a los jueces la obligación de observar rigurosamente lo prescrito en el decreto de Urbano VIII. Dice que se debe indagar sobre el culto de Juan Duns Escoto en la archidiócesis, en la ciudad de Colonia y sobre todo en el convento de los conventuales y que su testimonio no ha de considerarse sospechoso por el mero hecho de que se trate de un franciscano. Y puesto que se trata de un tiempo cien años antes de 1625 (así el arzobispo), y no eran posibles testimonios directos, habría que acudir a testimonios indirectos documentos cuadros, imágenes, ex-votos y otros objetos de devoción, en particular en relación con la tumba, como lámparas e inscripciones antiguas. Luego se pasaría a la fama de santidad y a los milagros. Habría que indagar en los historiadores y en los escritores contemporáneos de Escoto… Después de 48 sesiones del tribunal, el 27 de septiembre de 1707 a las 11 de la mañana se hace pública la sentencia en estos términos:

    “Habiendo invocado el nombre de Cristo… vistas las deposiciones de los testigos legítimamente convocados, presentados y examinados, habida cuanta de las Escrituras y Derechos presentados, habiendo visitado nosotros mismos de modo judicial el Sepulcro del predicho Juan Duns Escoto en la Iglesia de los RR. Padres Menores Conventuales de Colonia; visto todo el proceso, visto todo lo que hay que ver y considerado todo lo que hay que considerar (visis videndis et consideratis considerandis), de nuevo en el nombre de Cristo, decimos, determinamos, declaramos, pronunciamos y definitivamente sentenciamos que no consta que, al muchas veces citado Juan Duns Escoto, se le haya tributado un culto inmemorial antes de los predichos decretos ni en Colonia ni en la provincia coloniense, ni que actualmente se le tribute. Así lo pronunciamos, declaramos y definitivamente sentenciamos”.

    Esta sentencia no desanima al P. Novara. Pide una copia para entregarla a la Congregación de Ritos de Roma, la única competente para declarar la beatificación. El proceso testimonia que se habló de culto a las reliquias de Escoto y que su sepulcro era visitado y honrado por obispos, cardenales, generales de la Orden y otros prelados. Se habla de una visita al coro de los conventuales, donde hay una representación de Escoto con la aureola y el título de beato. Se citan libros de versos en honor de Escoto que le consideran uno de los grandes en el Reino de Dios. Se hace referencia a una fiesta anual en el aniversario de la muerte de Duns Escoto, en que se celebraba una misa y se tenía un acto académico. Y ¿la traslación de las reliquias y su colocación en un altar no eran en la antigüedad un signo de beatificación?

    El proceso de Colonia, en un tiempo barroco, consideró el culto público como manifestaciones solemnes con procesiones y estandartes, incienso y lámparas, flores y exvotos. Y esto no lo había tenido Escoto.

    El primer proceso de Nola, 1708-1710

    El P. Novara regresó a su tierra, Milán. Luego se dirige a Roma para entregar, en la Congregación de Ritos, las Actas del Proceso de Colonia. La Congregación sentencia simplemente que el Culto de Juan Duns Escoto no consta en Colonia. El P. Novara esperaba seguramente tal respuesta, pero no daba por cerrada con ello la causa de Escoto. A finales de 1708 se encuentra en Nola con los mismos poderes que en Colonia para solicitar la apertura de otro proceso. El obispo de Nola, Mons. Francisco María Carafa le acoge cortésmente y se establece la iniciación del proceso para el día 25 de febrero de 1709. El obispo asiste a todas las sesiones. La mañana del 12 de abril de 1710, observantes, conventuales y capuchinos tienen una celebración solemne en honor del Espíritu Santo. Por la tarde, en la sesión 37 del Proceso se lee la sentencia definitiva:

    “Invocado el nombre de Cristo, etc. vistos los mandatos de la procura en la persona del Padre fray José de Novara, vista la instancia de dicho padre Procurador, vista la delegación del reverendo subpromotor de la Fe, del Notario, actuario v cursor, por nos concedida de modo especial; vistos los derechos presentados y compulsados; vistas las imágenes antiquísimas de dicho Venerable siervo de Dios pintadas en los altares de las iglesias y en otros lugares públicos con los rayos y aureolas que se acostumbran en los beatos y santos, y las inscripciones con el título de beato y santo; vistos los reconocimientos de los peritos, las deposiciones y todo el proceso de esta causa, y vistas las cosas que hay que ver y consideradas las cosas que hay que considerar, (visis videndis et consideratis considerandis), de nuevo en el nombre de Cristo, decimos, determinamos, declaramos, pronunciamos y definitivamente sentenciamos que consta que, al citado Venerable Siervo de Dios fray Juan Duns Escoto, se le ha tributado culto más de cien años antes de los predichos decretos del Papa Urbano VIII, de feliz memoria, y que, al presente, se le sigue tributando, sabiéndolo y tolerándolo los Ordinarios que se han seguido; y en consecuencia, declaramos que esta causa se encuentra entre las causas eximidas de dichos decretos sobre el no culto y que en modo alguno se contraviene a los mismos, sino que se atiene y se atuvo a ellos suficientemente. Así lo decimos, determinamos, declaramos, pronunciamos, definitivamente sentenciamos no sólo en el modo predicho, sino en cualquier otro modo mejor. Así lo pronuncié. Yo Francisco María Carafa, obispo de Nola, Juez”, etc..

    Se siguen después 15 sesiones para disponer todos los documentos y en la sesión 55 del 28 de noviembre de 1710 el obispo puede constatar que las Actas concuerdan con los originales. En un total de 378 folios con algunas notas marginales y cancelaciones, que los delegados competentes aprueban, se firma y sella todo el documento. El original queda en el archivo de Nola y una copia autenticada se destina a la Sagrada Congregación. El Padre Novara es el encargado de llevarla a Roma. Su satisfacción y alegría tenía que ser grande, ya que el camino para la beatificación de Escoto estaba completamente allanado. Sin embargo, la causa quedó paralizada, sin que se conozcan los motivos. Las Actas de este proceso de Nola desaparecieron como por encanto: en Roma y en Nola; y sólo en 1892 se las encontró en el Vaticano, pudiendo ser utilizadas en el proceso II de Nola en 1906. Ello no obstó para que el culto a Escoto como beato continuara en Nola, celebrándose su fiesta el 8 de noviembre .

    Nuevos intentos, nuevos procesos: 1900-1920

    Sabemos que los siglos 18 y 19 no fueron tiempos en que los estudiosos prestaran mucha atención a los escolásticos. Y el resurgimiento de la nueva escolástica, a finales del siglo 19, se presentó con un tomismo arrollador, al socaire del cual se trató de desprestigiar, incluso intelectualmente, la figura de Escoto. Esto no obstante y a pesar de presiones disuasorias desde arriba, en los años 90, vuelve el interés por el estudio de Escoto al reeditarse sus obras en 26 volúmenes por la editorial Vives de París (1891-1895). Por otra parte, al acercarse el cincuentenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, se hizo más vivo el recuerdo del teólogo que la habla defendido con tanto fervor e inteligencia. Y en el Congreso Mariano de Lión, en 1900, se hicieron votos por su beatificación. La cosa comenzó a moverse entre los franciscanos. El Vicepostulador P. Francisco María Paolini encontró en Génova, varias representaciones de Escoto: una estatua, un cuadro, un fresco y un grabado, que servirían para un proceso formal a celebrar en otra parte, como prueba de que existía un culto público a Escoto. Pero la curia de Génova quiso celebrar un proceso en toda regla. Tuvo lugar del 7 de julio de 1904 al 16 de septiembre de 1905. El resultado fue negativo. No constaba de un culto público en Génova.

    Pero los ojos del Postulador, P. Ciro Ortolani da Pesaro estaban en otra parte: Había que volver a Nola, donde el culto de Escoto seguía ininterrumpidamente. El 20 de noviembre de 1905 se abre el segundo proceso de Nola. En la segunda sesión, el 22 de noviembre el Postulador presentó los puntos que había que demostrar en la causa con la conclusión general: “Consta del culto público y eclesiástico (post omnem hominum memoriam) inmemorial tributado al Beato Juan Duns Escoto antes, durante del tiempo urbaniano (1534-1634) y después del mismo” .

    Aparte de los testimonios referentes al culto, en este proceso se presentó la relación de algunas curaciones milagrosas entre ellas la de un franciscano, P. Francisco Cantoni. La certificación de esta última la firmaba el médico Agusíin Gemelli, que era entonces novicio franciscano en Rezzato y atendió al enfermo. Fue él quien le metió en el jergón una estampa de Escoto y a continuación pudo certificar que cuanto ocurrió en la curación del P. Cantoni había sido totalmente “ultrafenoménico y, por tanto, prodigioso”, y de especial interés para nosotros es la circunstancia de que el P. Queru~oin de Carcagente, capuchino valenciano, presentó al tribunal de Nola una memorial muy detallado sobre imágenes y sobre el culto del Siervo de Dios Juan Duns Escoto en España.

    En la sesión 19 el Postulador presentó la copia del proceso ordinario tenido en Nola en 1710 y que se creía perdido, pero que se encontró (extraviado?) en los archivos vaticanos. De hecho este documento no se unió a las Actas del Proceso.

    E1 6 de febrero de 1906, en la sesión 23 D. Luis Ranieri, provicario general del obispado y juez diputado por el Ilustrísimo y Reverendísimo señor Angel Renzullo, obispo de Nola, pronunció la sentencia: …(visis videndis et consideratis ómnibus considerandis)… de nuevo, en el nombre de Cristo, por esta nuestra definitiva sentencia decimos, determinamos declaramos, pronunicamos y definitivamente sentenciamos que consta que el Venerable Siervo de Dios fray Juan Duns Escoto, de la Orden de los Frailes Menores, llamado Beato o Santo, se le ha tributado culto público y eclesiástico desde tiempo inmemorial, y que perdura todavía sin que nunca se haya interrumpido; y que, por tanto, consta como caso excluido de los Decretos del papa Urgano VIII, de feliz memoria.

    Las siguientes sesiones se dedicaron a compulsar y ordenar los documentos y el 22 de diciembre de 1906 el tribunal designó al P. Francisco María Paolini como portador de la copia del Proceso a la S. Congregación de Ritos.

    El 7 de enero de 1907 se entregó el documento en la citada Congregación, abriéndose el 11 de enero el proceso romano para la confirmación del culto inmemorial del Sieruo de Dios. Se imprimieron la “Informatio” y el “Summario” junto con las “Epistolae postulatoriae”, es decir, cartas pidiendo al Papa la beatificación de Juan Duns Escoto: entre ellas la de los conventos de la provincia capuchina de Valencia. La cosa iLa despacio. Las “Animadversiones” u objeciones del Promotor de la Fe (vulgarmente “abogado del diablo”) se hacían esperar. Ante esto el ministro general de los Menores escribe un memorial al papa San Pío X, quien ordena que se prosiga tratando la causa y solicita del Promotor de la Fe la entrega de las “Animadversiones>> al Postulador general. Mientras se estaba preparando la respuesta a las objeciones, en 1912 sale un decreto de la Congregación de Ritos, que prescribía el examen previo de los escritos también para las causas de culto inmemorial. A consecuencia de ello los jueces tenían que hincar el diente en las obras del Doctor Sutil. Cosa nada fácil. Entre tanto el Postulador quiere completar las pruebas del culto público a Escoto, haciendo reconocer unos cuadros del Colegio “Antonianum” de Roma. Se tiene un procesillo (así se le llamó) en la misma sede del “Antonianum” el día 19 de julio de 1918. No hubo dificultad en reconocer la prueba; y en una hora se despachó el asunto. No hubo más sesiones.

    Se corona la última pendiente (1920-1991)

    Quedaba el hueso duro de los escritos. El 27 de julio de 1920 se tiene una discusión sobre la doctrina de Escoto. Aparecen muchas dificultades, sobre todo en relación con la autenticidad de los escritos del Doctor Sutil. En 1924 la Congregación hace públicas las “Adnotationes” sobre la revisión de los escritos de Escoto y expresa la necesidad de una revisión diligente que se tendrá que examinar ulteriormente. Ante esta exigencia la Orden de los Menores se determina a fundar en 1927 una Sección escotista en Quaracchi, bajo la dirección del P. Efrén Longpré. En 1938 pasa la sección a Roma con el título de Comisión escotista, bajo la dirección del P Carlos Baliç. En 1950 aparece el primer volumen de las obras críticas de Escoto al que siguen otros siete, después de los cuales la Comisión se dedica a responder a las “Animadversiones” del Promotor de la fe.

    En este intervalo tiene lugar el concilio Vaticano II y en él sonó la voz de un arzobispo polaco, J. Gawlina, quien entre sus “desiderata” propuso la canonización de personajes beneméritos de la Iglesia y en particular “que se promueva la canonización de Juan Duns Escoto”. Después, en 1966, se celebró el VII Centenario del nacimiento de Escoto (1266).Y con este motivo el papa Pablo VI escribe una carta a los obispos de Inglaterra, Gales y Escocia “Alma Parens”, en que se hace un elogio sin reservas a la santidad y a la ciencia de Juan Duns Escoto.

    En 1971 se publican en un tomo las respuestas de la Comisión escotista al Promotor de la Fe y, en base a las mismas, la Congregación para las causas de los Santos en su reunión del 25 de abril de 1972 declaró que “no obsta nada para que se siga adelante con esta nobilísima causa”. El 15 de octubre de 1980 el papa Juan Pablo II, en su visita a Alemania, se llega a la iglesia de los Conventuales de Colonia y ora devotamente ante el sepulcro de Juan Duns Escoto. Mientras tanto parece que los franciscanos estábamos un poco dormidos en relación con la causa escotista. Sólo en 1984 se nombró una comisión interfranciscana que se propuso una investigación histórico-crítica sobre la vida, virtud y culto del Siervo de Dios Juan Duns Escoto.

    Entre tanto llegan a la Santa Sede cartas de personajes cualificados pidiendo la beatificación de Escoto. En primer lugar la de los Ministros generales de las cuatros Ordenes franciscanas, del arzobispo de Colonia cardenal Hoffner, del Maestro general de los Dominicos, etc.

    El resultado de la comisión interfranciscana es la Positio sobre el culto inmemorial y las virtudes de Siervo de Dios Juan Duns Escoto, que forma un enorme volumen de tamaño folio con 1385 páginas. El p. Zavalloni, héroe de los últimos combates en pro de la causa de Escoto, califica todo el proceso como una “carrera de obstáculos”. Cuando parecía que no faltaba nada, se presenta, según el P. Zavalloni el más grave e inesperado de los obstáculos, justamente en la recta final de la carrera. El 20 de enero de 1990 en la reunión de la Congregación de las Causas de los Santos se llegó a la conclusión de que la “Positio” sobre Juan Duns Escoto no estaba conforme con la legislación vigente que prevé el examen conjunto de la heroicidad de la virtudes y del hecho del culto inmemorial. Y no se encontraban elementos para dictaminar—con garantía plena—sobre el primer punto. Pareció que todo había fracasado. El P. Zavalloni, sin demasiadas esperanzas en las razones humanas, se propuso la elaboración de un suplemento a la Positio tratando de probar la heroicidad de las virtudes de Escoto, al tiempo que se dirigió a varios monasterios de Clarisas pidiendo encomendaran al Señor la causa de Escoto. Se dio la circunstancia de que el Promotor de la Fe, llamémosle el fiscal o hueso duro de la oposición tuvo que ser hospitalizado. Entonces el P. Zavalloni le envió a la Clínica Gemelli, donde se encontraba, el esquema de su trabajo con esta indicación: “Con el deseo y confianza de que, por intercesión del Siervo de Dios Juan Duns Escoto, pueda Usted recobrar totalmente la salud”. Cuando el P. Zavalloni terminó su trabajo el Promotor de la Fe seguía en el hospital, en espera de una intervención quirúrgica. Y ocurrió que cuando el tipógrafo de la Congregación fue personalmente a entregarle el ejemplar impre

    LA BEAT1FICACION DE JUAN DUNS ESCOTO, FINAL DE UN “ITER” 237

    so del suplemento sobre las virtudes de Escoto, en vez de encontrar en cama al Monseñor, lo halló en la capilla celebrando la Misa, después que un último reconocimiento médico dictaminó que no necesitaba operación ninguna. Un hecho extraordinario, dice Zavalloni, si no queremos hablar de milagro…

    El “Suplemento” fue aceptado por la Congregación con la ventaja de que, mientras en la Positio de 1908 y en la última de 1989 la causa de Escoto era calificada como “Causa de la confirmación del culto”, en la relación y votos conclusivos de 1990, se considera como “Causa de canonización”, con la perspectiva de poder proceder a su declaración como “santo”. De ello hizo un resumen el Relator general de las Causas de los Santos. Y después de un examen de toda la documentación, Juan Pablo II el día 6 de julio de 1991 firmó el decreto que concluye con estas palabras:

    “Convocados el día de hoy los cardenales, el infrascrito prefecto con el Ponente de la Causa y conmigo, arzobispo secretario de la Sagrada Congregación y otros, como se acostumbra en estos casos, en presencia de todos el Beatísimo Padre declaró solemnemente que consta de la fama de santidad y virtudes heroicas del Siervo de Dios Juan Duns Escoto, como también del culto que se le ha tributado desde tiempo inmemorial, en relación con el caso y fin de que se trata. El mismo Sumo Pontífice ordenó, por tanto, que este decreto fuera publicado y transcrito en las actas de la Congregación de las Causas de los Santos. Dado en Roma, el 6 de julio del Año del Señor 1991. Angelo Card. Felici, Prefecto Eduardo Novak, Arzobispo titular de Suni, Secretario”.

    Faltaba sólo la proclamación solemne en un acto litúrgico y también este corrió sus vicisitudes. En principio se pensó en un acto, naturalmente presidido por el Papa, en la basílica de Letrán en la octava de la Pascua de 1991. Luego, teniendo en cuenta la relación de Escoto con el dogma de la Inmaculada Concepción, se pensó en el día de la Inmaculada y en la basílica de Santa María Mayor. Casi en los últimos días el Vaticano se sintió obligado a acelerar la presentación oficial del “Nuevo Catecismo de la Iglesia católica”, fijando la fecha del 8 de diciembre, al término del camino ya no hubo más dilaciones. Se determinó que sería el 20 de marzo de 1993 cuando el Papa tributaría solemnemente los honores litúrgicos de Beato a Juan Duns Escoto. Sería en la basílica de San Pedro. Y fue en esa fecha cuando escuchamos al papa Juan Pablo II estas palabras de su homilía:

    “En nuestra época, si bien rica en inmensos recursos humanos, técnicos y científicos, pero en la que muchos han perdido el sentido de la fe y llevan una vida alejada de Cristo y de su Evangelio, el beato Juan Duns Escoto se presenta no sólo con la agudeza de su ingenio y la extraordinaria capacidad de penetración en el misterio de Dios, sino también con la fuerza persuasiva de su santidad de vida que lo convierte, para la Iglesia y para toda la humanidad, en Maestro de doctrina y de vida. Su doctrina, de la que, como dijo mi venerado predecesor Pablo Vl, “se podrán sacar armas lúcidas para combatir y alejar la nube negra del ateismo que ofusca nuestra edad” (Epist. Apost. Alma Parens: AAS ‘8 [1966] 612), edifica vigorosamente la Iglesia, sosteniéndola en su urgente misión de nueva evangelización de los pueblos de la tierra. En particular para los Teólogos, los sacerdotes los pastores de alma, los religiosos, y en modo especial para los franciscanos, el beato Duns Escoto constituye un ejemplo de fidelidad a la verdad revelada, de fecunda actividad sacerdotal, de serio diálogo en la búsqueda de la unidad, él que, como afirmaba Juan Gersón, estuvo siempre movido en su existencia “no por la singularidad contenciosa de vencer, sino por la humildad de encontrar un acuerdo” (Lectiones duae ‘Poenitemini’, lect. alí. consid. 5: cit. in Epist. Apost. Alma Parens: AAS 58 (1966) 614). Puedan su espíritu y su memoria iluminar, con la luz misma de Cristo, los esfuerzos y esperanzas de nuestra sociedad”.

    El beato Juan Duns Escoto recuerda que, el amor activo para con los hermanos, nace de la búsqueda de la verdad y de la contemplación en el silencio de la oración y del testimonio sin sombras, dentro de una plena adhesión a la voluntad del Señor.


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