J. Ratzinger, estudiante de teología (1ª parte)

Publicamos, por partes, una interesante entrevista, aparecida en el 2006 en la revista 30 Días, al profesor Alfred Läpple, que fue prefecto de estudios del seminario de Freising, durante la estancia de los hermanos Ratzinger. Retrata, de una manera muy viva, el convulso tiempo de post-guerra en el que transcurrieron los años de seminarista de Benedicto XVI. Aparecen los primeros pasos teológicos del Papa, importantes claves para entender su excepcional sistema teológico.


Continúa…


Entrevista con Alfred Läpple por Gianni Valente y Pierluca Azzaro
De la ópera prima de Joseph Ratzinger existen sólo dos ejemplares mecanografiados, encuadernados en guadamecí rojo. Las letras en caracteres amarillo oro sobre la portada declaran que se trata de una traducción, la versión alemana de la Quaestio disputata de santo Tomás sobre la caridad. Uno de los dos ejemplares lo posee el autor. El otro lo conserva Alfred Läpple en su chalet de Gilching, en las afueras de Múnich. Cuenta: «La tradujimos juntos, línea a línea. Corría el año 1946. Recuerdo que buscábamos las versiones originales de todas las citas: Platón, Aristóteles, Agustín… Luego, muchos años después, el manuscrito original se estaba deteriorando, así que mi secretaria volvió a escribir el testo a máquina y mandó encuadernar dos ejemplares. Uno se lo regalé a Joseph el 14 de marzo del 79, cuando, con motivo de la fiesta de santo Tomás, vino a Salzburgo, al aula magna de la Universidad en la que yo enseñaba, para pronunciar una lección magistral sobre “Las consecuencias de la fe en la creación”». Está a punto de terminar enero, y los periódicos alemanes siguen hablando de la Deus Caritas est. El profesor Läpple, con su precioso texto mecanografiado encuadernado en la mano, sugiere su deducción: «Cuando escuché cuál era el tema de la primera encíclica del papa Benedicto, me pareció sugestivo que aludiera a este primer opus primum suyo cuando acababa de iniciar el seminario en el 46: quiere decir que al principio, en cada nuevo inicio suyo, sigue estando siempre la caridad…». Hay nieve, aquí en Gilching y en buena parte de Baviera. Justo en las colinas de aquí detrás el joven Ratzinger hizo en el 43 su servicio militar en una batería antiaérea durante la guerra. El viejo profesor de corazón joven –una prestigiosa carrera universitaria como docente de pedagogía, 150 libros de espiritualidad, teología, exégexis, historia de la Iglesia, historia del arte, publicados en todo el mundo– ha salido esta mañana, con camisa y chaqueta, a limpiar con la pala el sendero de su jardín. Nos dicen que a los 91 años todavía conduce intrépido su nuevo Mercedes. Pero hoy el hilo de los recuerdos le conduce por los caminos apasionados de su vida. En su salón lleno de sol nos desvela el secreto de una amistad de sesenta años, que es también la narración del comienzo de un muchacho que se iba a convertir en el sucesor de Pedro.
¿Cuándo conoció a Joseph Ratzinger?
ALFRED LÄPPLE: Era el 4 ó 5 de enero de 1946. Yo acababa de volver del campo de prisioneros americano. Cuando, más de siete años antes, en el 39, tuve que partir como soldado de la Luftwaffe, me faltaba solo un año para hacerme sacerdote. Así que, recién vuelto, llamé al seminario de Freising para saber qué tenía que hacer. Hablé con el nuevo rector Michael Höck, un sacerdote que había sobrevivido a cinco años de internamiento en los campos de Sachsenhausen y Dachau, donde había terminado por haber escrito artículos contra Hitler en el periódico diocesano. Yo ya lo conocía, porque había sido prefecto mío durante los estudios en el seminario menor.
¿Qué le dijo el rector Höck?
LÄPPLE: Me dijo: querido Alfred, te esperaba, tengo una buena tarea para ti. Tendrías que encargarte de la prefectura de estudios para los nuevos, los que nunca han estado en el seminario. Yo fui, y mi llevó a la sala más grande (roter Saal) que había en el seminario, que normalmente se abría solo para las celebraciones solemnes. Habían colocado en ella los bancos y las sillas, y había sesenta principiantes. El rector Höck les dijo: queridos muchachos, les presento al mejor hombre que he encontrado para vosotros, os encontraréis bien con él. Entre estos sesenta muchachos estaban también los dos hermanos Ratzinger. Algunos días después, durante una pausa de tiempo libre, se me acercó este joven, al que todavía no había conocido. Me dijo: soy Joseph Ratzinger, y tengo algunas preguntas para usted. De aquellas preguntas nació nuestro primer trabajo juntos. Y fue el comienzo de muchas charlas, de muchos paseos, de muchas discusiones apasionadas y de muchos trabajos juntos. Allí nació la gran amistad de toda una vida. Nunca nos perdimos de vista. Y si había algo que decirnos, nos llamábamos por teléfono y nos escribíamos mucho.
Como prefecto de los seminaristas, tenía usted un currículum insólito: la guerra, el campo de prisioneros…
¿Cómo había sido?
LÄPPLE: Desde el 39 hasta el 45 estuve en la Luftwaffe, luego acabé prisionero de los americanos en Alemania, en la región de Westfalia, cerca de Hamm. De allí me deportaron a Francia, y estaba a punto de ser deportado a América, pero entre abril y mayo del 45 la guerra terminó y nos trasladaron a un campo de prisioneros cerca de Le Havre. Éramos casi medio millón, divididos en grupos de mil. Yo iba por el campo con el capellán militar americano, al que yo hacía de intérprete. Me di cuenta de que aquel lugar estaba lleno de sacerdotes, seminaristas, pastores protestantes, estudiantes de teología. A algunos los conocía incluso. Conseguí reunirlos en un campo separado. Eran más de trescientos, entre católicos y protestantes. Incluso organizamos cursos de teología en el campo. Luego aquellas clases incluso las publicamos. En la portada escribí una frase de Kierkegaard: «El cristianismo no es una doctrina, sino la comunicación de una vida». A Ratzinger todavía no lo conocía, pero nos encontraríamos dentro de este sentimiento común. Eran estas las cosas de las que hablaríamos con fervor. Cuando se fue usted a la guerra, le faltaba poco para ser cura.
¿Dónde había estudiado?
LÄPPLE: Yo soy de 1915. Después de tres años de teología y filosofía en la escuela superior de Freising comencé la carrera universitaria en la Facultad de Teología de Múnich. Bajo la guía de mi profesor Theodor Steinbüchel comencé a trabajar en una disertación en teología sobre el tema de la conciencia del individuo en la Iglesia según Newman. Pero en febrero del 39 la Facultad teológica de Múnich fue cerrada por los nazis, porque el cardenal Faulhaber había negado su consentimiento a un profesor hitleriano, el doctor Hans Barion, que desde el 33 era miembro del Partido nacionalsocialista (NSDAP). Y luego comenzó la guerra…
Un joven que está a punto de hacerse sacerdote, apasionado por Newman y por el personalismo… ¿con qué espíritu iba a la guerra?
LÄPPLE: Con un corazón dividido. Hoy es fácil decir que podíamos haber dicho que no. Pero entonces la objeción de conciencia equivalía a la condena a muerte. A mí me ha­bían mandado a una escuela de oficiales de Baden en Viena, pero me negué a ser oficial. Pensaba: si Hitler gana, nunca seré sacerdote. Acabaré como soldado quizá en Noruega, o en África del Norte. Si quiero ser sacerdote, entonces Alemania ha de perder. Este era mi tormento. Esta era la tragedia que teníamos frente a nosotros, y que muchos ya entonces, inmediatamente después de la guerra, tuvieron el valor de contar.
¿De qué manera?
LÄPPLE: Yo había vuelto del campo de prisioneros hacía pocos días y en Múnich escuché una conferencia del escritor Ernst Wiechert. No he olvidado nunca sus palabras: «Considerad esto, amigos míos, y dejad que pueda gritarse también a quienes han ganado sobre el pueblo… Sabemos que han sido miles los que han vuelto la espalda a los demonios, y que poco a poco han llegado a ser cientos de miles de millones.. De ellos yo sé que no se atre­vían a abrir sus bocas, porque abrirlas significaba la muerte. Eran obedientes, eran silenciosos, pero cada paso de sus vidas era como poner los pies sobre las espinas. Y de noche, cuando nadie los veía, levantaban las manos a Dios y rezaban por la victoria de los enemigos. ¿Sabe el mundo qué significa esta oración? ¿Sabe el mundo qué debe haber sufrido un pueblo para rezar de esta manera?». Dachau está aquí cerca.
¿Sabían ustedes qué estaba sucediendo allí?
LÄPPLE: Yo tenía amigos que habían trabajado en Dachau, y sabía algo. Pero cada uno de ellos me decía: Alfred, no puedo hablar. Si digo algo vuelvo allí y no salgo. Y precisamente aquí, detrás de su casa, están también las colinas donde el joven Ratzinger hizo su servicio militar en una batería antiaérea en Gilching… Aquel período lo cuenta él mismo en su autobiografía. También él, además, terminó en un campo de prisioneros americano, de donde salió el 19 de junio del 45. La fecha la recuerdo porque es el día de mi cumpleaños. Y aquel día yo cumplía treinta años.
¿El horror del que salían ustedes condicionaba el clima del seminario recién abierto? LÄPPLE: En los periódicos había cada día resúmenes del proceso de Nuremberg, o las fotos con las montañas de cadáveres de los campos de concentración. Nos preguntábamos cómo había sido posible todo aquello. Pero todas aquellas cosas causaron en nosotros esta reacción: ahora hemos de volver a empezar desde cero. En primer lugar estábamos contentos de que la guerra hubiera terminado, no po­díamos más con todo lo que relacionado con la guerra. Queríamos convertirnos en sacerdotes. Estábamos felices de poder empezar por fin a estudiar.
¿Sin mirar atrás?
LÄPPLE: Era como volver a empezar desde cero. Todo había terminado, punto, había que dejar de hablar de todo aquello. Sabíamos que después, en el confesionario, vendrían tanto las víctimas como los verdugos. Nos contarían: yo estaba en el campo de concentración. O bien: yo era partisano. O bien: yo estaba en la guerra y maté a partisanos. Perdone si insisto. Aquello era un nuevo comienzo de un seminario. Se estaban ustedes preparando a testimoniar la fe cristiana entre la misma gente que había vivido los atropellos del nazismo y la guerra.
¿No afloraba en ustedes una pregunta común sobre lo que había ocurrido?
LÄPPLE: Repito: frente a lo que había ocurrido estábamos bajo shock. Que cristianos hubieran hecho los campos de concentración… No había nada que discutir, ninguna respuesta nuestra hubiera podido explicar. Hitler no se había salido nunca de la Iglesia… Pero frente a esto no tenía sentido ponerse a remover estas cosas entre nosotros. Era Dios quien nos había salvado, era Èl quien nos había hecho salir del abismo y sólo Él con su perdón podía sanar los corazones. Era como si el final de la guerra nos hubiera regalado la vida una segunda vez. Había sólo que dar gracias a Dios con nuestras vidas, siendo buenos sacerdotes. Desde aquel momento íbamos a servir a nuestros fieles no durante algunas horas, sino para siempre.
En aquel seminario, como cuenta Ratzinger, había también seminaristas de treinta y cuarenta años, que habían tenido que suspender los estudios para ir a la guerra y habían vivido sus horrores…
LÄPPLE: Entre ellos había incluso quienes habían tenido durante la guerra puestos de mando. Después de convertirme en sacerdote venían todos a hablar conmigo, porque yo era el que había estado en la guerra. Decían: no puedo ir al rector, él estuvo en el campo de concentración, no ha ido a la guerra, no puede comprender… Entre ellos había un pacto tácito: nadie sabía dónde había estado ni qué había hecho el otro. ¿
¿Qué le contaban?
LÄPPLE: Me preguntaban: yo he hecho esto, yo he hecho lo otro. En conciencia, ¿podré ser un buen sacerdote? Recuerdo a uno que había sido mayor y había matado a personas. Decía: no puedo ser sacerdote, cada vez que comenzara la misa diciendo «Dominus vobiscum» cualquiera podría levantarse y gritar: tú eres un asesino. Otro, mientras se retiraban de Rusia, había disparado a un compañero herido y con una pierna amputada que le imploraba que lo matara para dejar de sufrir. Me preguntaba: padre, yo lo maté. ¿Pero aquello fue realmente homicidio?
¿Y usted qué respondía?
LÄPPLE: Trataba de consolarles. Decía: si yo hubiera estado en tu lugar, habría hecho cosas peores. Al principio ha dicho que también Joseph Ratzinger, en su primer encuentro, le vino a preguntar algo. ¿Qué le preguntó? LÄPPLE: Me preguntó: ¿cómo pudiste conservar la fe durante todo el período de la guerra?
¿Y qué respondió usted?
LÄPPLE: Le dije que habían sido las oraciones de mi madre, que él quiso conocer más tarde. Y que sabía que Cristo me amaba, y que si me salvaba luego sería Cristo mismo quien consumiera mi vida.
¿Cómo estaba organizada la vida en el seminario de Freising?
LÄPPLE: La mitad del seminario seguía funcionando como hospital, en el que estaban los heridos de los ejércitos aliados. Pero ya desde un primer momento tratamos de organizar la vida de un seminario normal. Los chicos dormían en grandes dormitorios en grupos de cuarenta, cada uno tenía su cama tapada con una especie de cortina blanca, como un séparé. Por la mañana nos levantábamos a las 5,30, luego la misa, el desayuno, las clases. Respetando las reglas introducidas durante la secularización, los cursos de materias más relacionadas con la pastoral se hacían en el seminario. Los más científicos se hacían en la Escuela superior de filosofía y teología, que era un instituto estatal alojado en el edificio de al lado del seminario. Después de la comida teníamos tiempo libre, paseábamos, luego estudiábamos. Por la noche, tras la cena, había meditación o a veces una conferencia. Y luego nos íbamos a dormir contentos. No había calefacción, y por eso nos metíamos enseguida entre las sábanas, porque los dormitorios se congelaban…
¿Los hermanos Ratzinger destacaban por algún motivo?
LÄPPLE: En clase estaban siempre en primera fila. Los demás estudiantes, para distinguirlos, los llamaban Orgel-Ratz y Bücher-Ratz, el Ratzinger del órgano y el Ratzinger de los libros. Georg, el hermano de Joseph, ya entonces era músico. Como es sabido, hasta hace poco tiempo dirigió el Regensburger Domspatzen, los “gorriones de la catedral”, el famoso coro de muchachos de la Catedral de Regensburg.
¿Qué le llamaba más la atención de Joseph?
LÄPPLE: Era como un trapo seco que se empapa de agua casi con avidez. Cuando encontraba algo nuevo en el estudio, que podía corregir o abrir nuevos caminos con respecto a lo que ya se sabía, se llenaba de entusiasmo, no veía la hora de podérselo comunicar a los demás. Los dos pasábamos horas y horas discutiendo y paseando. Primero un tema, luego otro… Recuerdo como si fuera ayer el día que hablamos de la frase de Friedrich Nietzsche que dice que los cristianos han de tener caras de redimidos, para que se pueda creer en su Redentor. Vino a la misa en la que yo fui ordenado sacerdote por el cardenal Faulhaber, el 29 de junio de 1947, en Freising. Y también aquel día me hizo muchas preguntas.
¿Qué quería saber?
LÄPPLE: Me preguntaba: ¿qué pasa en el momento de la consagración, durante la misa? ¿Quién obra en ese misterio? ¿Soy yo quien lo hago? ¿Hay una especie de fuerza mágica? Estas eran sus preguntas aquel día, pero sobre todo el día de mi primera misa en Partenkirchen, el 6 de julio del 47. En aquella ocasión hablamos durante horas, paseando cerca de la pista olímpica construida para las Olimpíadas del 36. Le repetí un pasaje de san Juan Crisóstomo (lo había leído durante los ejercicios espirituales para prepararme para mi ordenación) donde escribía que el sacerdote presta a Cristo su ser, sus manos, sus palabras, pero que es Cristo mismo el que hace el milagro de cambiar el pan y el vino en carne y sangre. En el 97, con motivo de mis cincuenta años de sacerdocio en Munich-Pasing, Ratzinger me mandó esta carta en la que recuerda lo importante que fue para él aquel día.
¿Nos la puede leer?
LÄPPLE: «En aquel día de fiesta», me escribe recordando aquel paseo, «experimenté mucho más que antes qué significa poder ser sacerdote de Jesucristo en su Iglesia. Tú mismo entonces me dijiste lo que te conmovió que pudieras decir las mismas palabras de Jesús para la transformación del pan y del vino, donándole a él la voz, la palabra, tu propio ser». En mi primera misa, que celebré en Partenkirchen, mi pueblo natal, le pedí a Ratzinger que me acompañara para hacerme de maestro de ceremonias.
Usted era ya entonces estudioso de Newman. Fue usted quien le transmitió a Ratzinger el interés por el cardenal-teólogo inglés…
LÄPPLE: Newman no era un tema como los otros, era nuestra pasión. El tema de mi tesis era: “La conciencia en Newman”. Di el examen de doctorado en julio del 51, una semana después de que Ratzinger fuera ordenado sacerdote. Él me ayudó, fue él quien tradujo a su latín clásico las tesis que entonces tenían que defenderse en una conferencia pública en la Universidad de Munich, para conseguir el doctorado. Entre nosotros existía la gran libertad de mirar y juzgar las cosas, la libertad de los hijos de Dios de la que habla san Pablo. Por eso nos fascinaba Newman. Alguien que había vivido como un hombre libre en el ámbito del anglicanismo, un hombre así, ¿cómo considera la doctrina católica del primado en la Iglesia? ¿Puede ser pensable que acepte esta doctrina como un límite a su libertad? Fui yo quien le dio a leer a Ratzinger la frase de Newman que luego él ha citado a menudo…
¿Cuál?
LÄPPLE: La famosa frase de la Carta al duque de Norfolk: «Qué duda cabe que si tuviera que llevar la religión a un brindis tras una comida –cosa poco apropiada–, entonces brindaría por el papa. Pero primero por la conciencia y luego por el papa».
En los estudios del seminario, ¿salen ya a relucir en el joven Ratzinger los primeros rechazos? LÄPPLE: El filósofo en Freising era Arnold Wilmsen, de planteamiento neoescolástico. Ratzinger nunca me ha hablado de ello demasiado, quizá porque no quería ser desconsiderado. Pero las clases de Wilmsen tenían sobre él el mismo efecto que el agua de lluvia sobre el impermeable. Me decía: lo siento por el tiempo que pierdo, sería mucho más útil venir a pasear aquí contigo…
¿Qué es lo que no funcionaba en la neoescolástica?
LÄPPLE: Lo ha escrito en su libro. Wilmsen, que se había adherido al neotomismo que había estudiado en las facultades romanas, le parecía alguien que no se hacía preguntas, sino que piensa sólo en defender de todo cuestionamiento las verdades que cree poseer.
¿Y por qué le creaba esto dificultad a Ratzinger?
LÄPPLE: No se trata tanto de una cuestión de doctrinas filosóficas en oposición, sino de qué es el hombre. El hombre es siempre alguien que pregunta, y cuando piensa que ha respondido a una pregunta, ya se le presenta otra más grande. Siempre le ha inquietado el impulso a considerar la verdad como un objeto poseído que hay que defender. No se sentía a gusto con las definiciones neoescolásticas que le parecían como barreras, según las cuales lo que está dentro de la definición es la verdad, y lo que está fuera es todo ello un error. Pero si Dios está en todos los lugares –decía–, no puedo desde luego ser yo quien levante barreras y diga: Dios está solo aquí. Y si Cristo mismo ha dicho que es el camino, la verdad y la vida, entonces la verdad es un Tú que te ama en primer lugar. Según él, Dios no se conoce porque es un summum bonum que se consigue captar y demostrar con fórmulas exactas, sino porque es un Tú que viene hacia ti y se hace reconocer. La inteligencia puede tratar de construir conceptos que definan contenidos verdaderos. Pero, según Ratzinger, ésta es una teología que pretende seccionar el misterio, no una teología que se arrodilla. Ya entonces no le interesaba una teología de este tipo. Los bávaros decimos: no es esta su cerveza.
¿Y cuál era en aquellos años la “cerveza” que prefería?
LÄPPLE: A Ratzinger no le interesan los libros abstractos con títulos como “La esencia del cristianismo”. No le interesa definir a Dios con conceptos abstractos. Una abstracción –dijo una vez– no tenía necesidad de tener una Madre. Dios no se nos acerca como definición abstracta, como summum bonum, sino como un Tú que nos ama en primer lugar, y a quién tú puedes dar las gracias. Sólo a un Tú le puedes decir que sí. Este enfoque lo encontraba, por ejemplo, también en Martín Buber, el filósofo judío personalista que decía que el mejor discurso sobre Dios es darle gracias. Pero también por esto le gustaba Newman, que como lema episcopal había elegido: “Cor ad cor loquitur”.

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