J. Ratzinger, estudiante de teología (2ª parte)

Continuación de la entrevista, en la revista 30 Días, al profesor Alfred Läpple, prefecto de los estudiantes en el seminario de Freising durante la estancia del que sería Benedicto XVI. Da importantes claves para entender los origenes y el desarrollo de la teología del actual Papa.


Continúa…

Después de los estudios filosóficos, en septiembre del 47 Ratzinger comenzó los cursos en la Facultad teológica de Múnich. ¿Qué hacía usted entonces?
LÄPPLE: Yo, después de mi ordenación sacerdotal, fui durante un año capellán y luego en el 48 volví al seminario de Freising como docente de pastoral y sacramentos. Pero yo tenía que terminar todavía los estudios teológicos y completar la tesis doctoral sobre Newman. Así que asistí también a algunos cursos universitarios en Múnich con Ratzinger. La Universidad había sido destruida por los bombardeos y la Facultad de Teología se había improvisado por el momento en el Fürstenried, la ex residencia de caza de los soberanos bávaros, en el sur de Múnich. Recuerdo que las clases se hacían al principio en un invernadero, calurosísimo en verano y frío en invierno.
La Facultad teológica de Múnich tenía una prestigiosa tradición, en la que predominaba un enfoque del cristianismo como hecho histórico…
LÄPPLE: Sí, pero después del cierre impuesto por los nazis en febrero del 39 y tras la guerra también allí se empezaba de nuevo. Ya no había ninguna escuela teológica orgánica. De los viejos profesores habían quedado pocos, y los nuevos venían de facultades teológicas y de experiencias diversas. El cuerpo docente era muy variado. En aquel clima los estudiantes se tomaban también ciertas libertades…
¿Qué quiere decir con esto?
LÄPPLE: Pues que a veces se matriculaban pero luego si las clases no resultaban interesantes hacían novillos: un estudiante tomaba los apuntes y luego los pasaba a los otros. Luego en la biblioteca se apasionaban con la lectura de los libros que expresaban las nuevas tendencias teológicas.
¿Quiénes eran los “peces gordos” de la Facultad?
LÄPPLE: Para mí los profesores más importantes eran tres: Gottlieb Söhngen, Michael Schmaus y Friedrich Wilhelm Maier.
¿Qué recuerda de Söhngen, el “maestro” de Ratzinger?
LÄPPLE: Enseñaba Teología Fundamental, y su modo de dar clases impresionaba. Se veía que vivía y sufría lo que explicaba. Venía con un papelito, en el que escribía cuatro o cinco palabras y luego una serie de preguntas. Hablaba improvisando, y si durante la clase se le ocurría alguna idea fulminante, se alejaba de la cátedra y se acercaba a los estudiantes, a hablarles casi cara a cara. Él venía de la filosofía, pero luego la teología se había convertido en su destino, como dijo Ratzinger en la homilía de su funeral. La suya no era teología de conceptos, sino teología existencial, teología para la fe.
Se sabe que él y Schmaus no se llevaban bien.
LÄPPLE: Söhngen estaba muy abierto a las nuevas influencias procedentes de Francia. Y además era de Colonia, un hombre positivo, alegre, extrovertido, fascinante. Schmaus, en cambio, era el clásico profesor distanciado, muy metido en su papel. Venía de la neoescolástica, aunque reavivaba la exposición de la dogmática católica recurriendo a los Padres y a la Sagrada Escritura con una erudición inextinguible. Söhngen consideraba que los trabajos de Schmaus eran sólo una riquísima teoría de citas sacadas de las fuentes sobre los distintos temas de la teología, sin una visión que tuviera en cuenta los desarrollos de la filosofía moderna y las preguntas que planteaban. Schmaus escribía obras de teología dogmática monumentales.
¿Cuáles eran los factores teológicos de este enfrentamiento?
LÄPPLE: Para Schmaus la fe de la Iglesia se comunicaba con conceptos definitivos, estáticos, que definen verdades perennes. Para Söhngen, la fe era misterio, y se comunicaba en una historia. En aquel tiempo se hablaba mucho de historia de la salvación. Había un factor dinámico, que garantizaba también la apertura y el tomar en consideración las nuevas preguntas.
¿Qué aprendió Ratzinger de Söhngen?
LÄPPLE: Normalmente Söhngen no daba nunca juicios lapidarios sobre ningún autor. Nunca rechazaba a priori ninguna aportación, viniera de donde viniera. Su método era recoger y valorar lo bueno que se pudiera hallar en cada autor y en cada perspectiva teológica, para integrar las cosas nuevas en la Tradición y seguir adelante, indicando el desarrollo ulterior que pudiera derivarse. Pero en Söhngen Ratzinger vio también el gusto de redescubrir la Tradición entendida como teología de los Padres. Y el gusto de hacer teología volviendo a las grandes fuentes: de Platón a Newman, pasando por Tomás, Buenaventura, Lutero. Y obviamente, san Agustín…
Que se convirtió en el predilecto de Ratzinger…
LÄPPLE: La pasión de Ratzinger por Agustín había empezado ya en el seminario. Era una pasión existencial. Recuerdo una lección en la que Söhngen explicó que antes de Agustín todos –Platón, Xenofonte, Julio César– siempre habían hablado en tercera persona. El santo obispo de Hipona fue el primero en decir “yo”. Este era el punto de ruptura.
¿Cómo se planteaba la relación entre maestro y alumno?
LÄPPLE: Söhngen no acostumbraba a “moldear” a sus alumnos, a hacer clónicos de sí mismo. Ratzinger era libre frente a su maestro. Se vio también en su tesis doctoral…
¿De qué manera?
LÄPPLE: La cuestión de partida era tratar de buscar cuál era la definición mejor de la Iglesia. El 29 de junio del 43 Pío XII había publicado la Encíclica Mystici Corporis Christi, que definía a la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo. Söhngen había notado que esta definición no se hallaba en la Biblia. Entonces sugirió a Ratzinger que comprobara si san Agustín aplicaba a la Iglesia otras definiciones.
¿Qué es lo que no iba bien en la definición de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo?
LÄPPLE: Una de las cuestiones era, por ejemplo: si el hombre, entrando en la Iglesia, queda englobado en el Cuerpo místico de Cristo, ¿cómo puede seguir pecando? ¿Y en qué queda la libertad? Los descubrimientos de Ratzinger sorprendieron y entusiasmaron al maestro…
¿Qué encontró el alumno?
LÄPPLE: Ratzinger encontró mucho más de lo que su maestro le había sugerido que buscara. Documentó con una cantidad increíble de citas qué entendía san Agustín cuando definía a la Iglesia como pueblo de Dios. La misma expresión que iba a ser utilizada algún tiempo después por el Concilio Vaticano II y por Pablo VI. Pero Ratzinger no contraponía las dos definiciones de Iglesia, sino que las conciliaba.
¿Y cómo se lo tomó Söhngen?
LÄPPLE: Decía: ¡ahora mi estudiante sabe más que yo, que soy el maestro! Söhngen tenía en gran consideración a quien tenía por su mejor alumno. Una vez dijo que se sentía como san Alberto Magno, cuando en la Edad Media decía que su alumno gritaría más fuerte que él. ¡El alumno era santo Tomás! Estaba contento de que alguien supiera desarrollar de manera original y no preestablecida sus sugerencias.
Ratzinger revela en su autobiografía que en su tesis doctoral sobre Agustín influyó de manera determinante también usted, porque fue usted quien le regaló en el 49 el libro Catolicismo del jesuita francés Henri de Lubac…
LÄPPLE: Se lo regalé pensando que le haría una gran sorpresa. Y efectivamente él escribe en la autobiografía que aquel libro se convirtió en su libro de cabecera, y que le transmitió una relación nueva con el pensamiento de los Padres, pero también una manera nueva de considerar la teología. En efecto, más de un tercio del libro estaba ocupado por citas de los Padres.
Y, sin embargo, precisamente por aquellos años, De Lubac, Daniélou y los otros jesuitas de Lyón quedaban interdictos para la enseñanza, y sus libros puestos en el índice. ¿Cómo se lo tomaron?
LÄPPLE: Recuerdo cuando llegó la noticia de las medidas contra ellos. Söhngen no quería añadir leña al fuego, y no habló de ello en clase. Pero recuerdo que aquel día Ratzinger y yo entramos después de clase con él en su estudio, donde había un gran piano, porque Söhngen era también músico y lo tocaba como un concertista. Aquella vez, sin decir palabra, frente a nosotros, tiró con rabia sus libros sobre el escritorio. Luego se sentó frente al piano y desahogó toda su ira sobre el teclado.
En su autobiografía Ratzinger escribe que ya entonces la exégesis era el centro de sus intereses, y el punto de partida de su trabajo teológico…
LÄPPLE: Él siempre ha citado las Sagradas Escrituras. También hoy se puede ver que en sus homilías y en las catequesis más hermosas se parte a menudo de un fragmento de las Escrituras comentado con algunas citas de los Padres referida a éste. Porque para él no se hace una buena exégesis de un fragmento de la Biblia si no se parte de la interpretación que ha dado la Iglesia a través de los Padres. Esta es para él la Traditio vivens, la transmisión viva. Ha sido la Iglesia la que ha dado el Canon, la que ha reconocido cuáles son los libros canónicos. Él no es uno de esos exegetas de la sola Scriptura. Para él hay que partir del lema Christus praedicat Christum. El mejor exegeta de Cristo es el propio Cristo, en la Iglesia en la que él actúa. Y esto comporta también la mayor libertad, porque como dice san Agustín: «In Ecclesia non valet: hoc ego dico, hoc tu dicis, hoc ille dicit, sed haec dicit Dominus».
Maier, el profesor de exégesis del Nuevo Testamento, había vivido también una historia ajetreada.
LÄPPLE: Cuando eran un joven estudioso, antes del primer conflicto mundial, había sostenido con entusiasmo la tesis exegética según la cual el de Marco había sido el primer Evangelio escrito, ofreciendo de esta manera la fuente para los otros Evangelios sinópticos. Esta es la tesis que hoy se acepta comúnmente, pero que entonces era tachada de modernista. Las páginas con los argumentos expuestos por Maier fueron arrancadas del volumen misceláneo en el que habían sido publicadas. Y él había quedado interdicto de la enseñanza. Pero después de la Segunda Guerra Mundial las cosas habían cambiado, y fue una gran fortuna tener a Maier como profesor en Múnich.
Ratzinger escribe que Maier no había asimilado «el giro que habían introducido en la exégesis Rudolph Bultmann y Karl Barth»…
LÄPPLE: El profesor Maier se movía todavía en el horizonte de la exégesis histórico-crítica. Pero su enfoque directo, su manera de plantear las preguntas sin censura creaban una nueva inmediatez con el texto bíblico.
Ratzinger cuenta en su libro también la relación vivida con el llamado movimiento litúrgico. ¿A qué se refiere?
LÄPPLE: En aquellos años el movimiento litúrgico subrayaba la centralidad de la liturgia para la vida cristiana, y perseguía descubrir de nuevo los elementos esenciales de la liturgia, liberándolos de los añadidos que se habían ido estratificando a lo largo de los siglos. Josef Pascher, el profesor de Pastoral, era también el director del Georgianum, el colegio donde residían los estudiantes, y era un entusiasta defensor del movimiento litúrgico. Había sido influido por las corrientes francesas y en las discusiones que comenzaban entonces entre quienes subrayaban la teoría del sacrificio y quienes subrayaban la de la cena en la misa, Pascher formaba parte de este último grupo. Contra la reducción de la misa a repetición ritual de la Última Cena, en cambio, se había manifestado Romano Guardini…
Y Ratzinger, sobre este punto, ¿qué postura tenía?
LÄPPLE: Para él el carácter de sacrificio no podía quedar a un lado. Pero esto no excluía que la misa repitiera ritualmente también la Última Cena, la comida con la que los discípulos habían celebrado la Pascua judía. Esta capacidad suya de complementar las dos posiciones la ha vuelto a manifestar en una meditación sobre este tema que como Papa hizo durante el último Sínodo de obispos. Y, de todos modos, Ratzinger estimaba a Pascher y quedó marcado por su método que colocaba en el centro de la educación de los alumnos la celebración cotidiana de la santa misa. Se sentía mal cuando se daba cuenta de que algún profesor, con todas las definiciones exactas que había ido soltando durante la clase, luego no sabía casi decir misa, y se movía alrededor del altar casi como si fuera un extraño. Una vez, mientras uno de éstos estaba celebrando, me dijo: míralo, ni siquiera sabe lo que está sucediendo…
¿Cómo se vivió en 1950 en la Facultad teológica de Múnich la proclamación del dogma de la Asunción de María?
LÄPPLE: En general la acogida fue crítica. No había objeciones sobre el contenido del dogma, sino sobre la oportunidad de la dogmatización. Söhngen subrayaba que en las fuentes cristianas de los primeros siglos no había rastro de la doctrina de la asunción corporal de la madre de Jesús. Schmaus también fue censurado por Roma y por el arzobispo por un artículo crítico aparecido en el periódico de la diócesis (Münchner Katholische Kirchenzeitung).
¿Y Ratzinger?
LÄPPLE: Creo que tampoco él pensaba que fuera necesaria la dogmatización. En nuestras prácticas de devoción más tradicionales ya creíamos y celebrábamos la Asunción corporal de María, por ejemplo, en la oración del Rosario, Lex orandi, lex credendi. Pero pensábamos que en aquel momento la definición de un nuevo dogma crearía problemas al diálogo ecuménico que estaba floreciendo precisamente en Alemania.
En el 51, después de la ordenación, Ratzinger comienza su ministerio como capellán. ¿Qué recuerda de aquel período?
LÄPPLE: Había sido destinado a la parroquia de la Preciosísima Sangre, en Múnich, en donde se quedó un año. Antes de él habían vivido y trabajado allí dos mártires ajusticiados por el nazismo, el capellán Hermann Joseph Wehrle, asesinado el 14 de septiembre del 44 y el jesuita Alfred Delp, asesinado el 2 de febrero del 45. En aquel primer año de sacerdocio debía dar dieciséis horas de religión a la semana; eran demasiadas para alguien que estaba empezando. Seguía también a grupos católicos juveniles. Y tenía que tomar una decisión: ¿continuar los estudios de teología, emprender la carrera académica, o bien optar por el ministerio pastoral en alguna parroquia? Yo, entonces, hice una cosa que iba a contribuir a resolver el dilema…
¿Qué hizo?
LÄPPLE: En el 52, cuando dejaba mi puesto de docente de Pastoral de los sacramentos en el Seminario de Freising, decidí ir al obispo Faulhaber para decirle que mi mejor sucesor sería Joseph Ratzinger. El cual, el 1 de octubre, ocupó mi lugar. Fue así como comenzó su carrera académica. A él nunca le dije que yo había ido al obispo a proponerle su nombre. Pero me gusta pensar que quizá mi intervención pudo haber allanado su camino. Así que en el 52 Ratzinger vuelve a vivir a Freising. En julio de 1953 aprueba los exámenes finales de doctorado, convirtiéndose en doctor en Teología. Mientras tanto, siempre bajo la guía de Söhngen, elige el tema de trabajo para el examen que hay que hacer en Alemania para conseguir la habilitación a la enseñanza. Se decide por san Buenaventura…
¿Cuál fue el tema específico?
LÄPPLE: Ratzinger tenía que analizar la perspectiva de san Buenaventura sobre la Revelación. En aquellos años era fuerte el debate sobre el concepto de Revelación. Se iba afirmando una perspectiva nueva, según la cual la Revelación era ante todo la acción histórica de Dios, en el proceso de la historia de la salvación, y no podía ser identificada con la comunicación de algunas verdades a la razón mediante conceptos, como sucedía en la perspectiva neoescolástica.
¿Qué descubrió esta vez Ratzinger?
LÄPPLE: Constató que en la percepción medieval de Buenaventura la “Revelación” era ante todo una acción, indicaba siempre la acción con la que Dios se muestra en un determinado momento histórico. La Revelación se reflejaba en la Sagrada Escritura, pero era siempre mayor que ésta, la precedía y no se identificaba con ella, así como un hecho precede y no se identifica con el relato que se hace de él. Así pues era extraño al pensamiento de Buenaventura la fórmula de la sola Scriptura con la que en los tiempos modernos se identificaba de hecho la Revelación con el conjunto objetivo y fijado de los contenidos de las Sagradas Escrituras. Además, en sus análisis, Ratzinger hacía notar que en dicha perspectiva existe Revelación sólo si la acción con la que el Misterio se manifiesta es percibido por alguien. Si Dios hubiera hablado solo con un lenguaje divino, no perceptible por ningún hombre, no hubiera habido ninguna Revelación.
Ratzinger ha contado en su autobiografía que las cosas se complicaron… ¿Qué es lo que fue mal?
LÄPPLE: En el otoño del 55 Ratzinger entregó su trabajo sobre Buenaventura. Söhngen mostró inmediatamente su entusiasmo. Pero el codirector era Schmaus, porque era él el medievalista de la Facultad teológica. Schmaus le dijo a Söhngen: mira que este es un trabajo modernista, no puedo dejarlo pasar. Söhngen se lo dijo a Ratzinger: con este trabajo no pasamos, porque Schmaus dice que es modernista. Creo que ciertos fragmentos le parecieron a Schmaus de un peligroso subjetivismo que ponía en crisis la objetividad de la Revelación.
La tesis que le abriría al futuro Papa las puertas de la docencia, de todos modos, no fue rechazada por modernismo…
LÄPPLE: No. El Consejo de Facultad se la devolvió al candidato para que la volviera a escribir, teniendo en cuenta las correcciones y las críticas que Schmaus había hecho en su ejemplar. Pero la mole de intervenciones exigidas era de tal envergadura que se hubieran requerido años de trabajo.
Fue por eso por lo que Ratzinger ideó una treta…
LÄPPLE: En la tesis de Ratzinger había una segunda parte dedicada a la teología de la historia de Buenaventura, comparada con la de Joaquín de Fiore, y sobre esta sección Schmaus no había expresado valoraciones críticas. Esta sección tenía su autonomía y podía ser leída como un texto acabado. Así que Söhngen le sugirió a Ratzinger: corta la primera parte, que es la que crea problemas, y presenta solo la segunda… La tesis fue aceptada. Y el 21 de febrero de 1957, día de la lección pública en la Universidad de Múnich, en el aula grande de la Facultad estaba presente el público de las grandes ocasiones…
¿Cómo lo recuerda usted?
LÄPPLE: Ratzinger hizo su exposición. Luego Schmaus comenzó preguntando más o menos si según Ratzinger la verdad era algo estático e inmutable o algo histórico-dinámico. Pero no respondió Ratzinger. Tomó la palabra Söhngen, y ambos profesores comenzaron a enfrentarse en lo que parecía una gran disputatio medieval. El público aplaudía a Söhngen y parecía complacido de que Schmaus, el profesor altanero, estuviera recibiendo una buena paliza. Ratzinger no dijo ni pío. Al final llegó el rector y dijo: ya vale, el tiempo ha terminado. Entonces el director de la tesis y el codirector se levantaron y dijeron deprisa y corriendo: vale, está capacitado para la enseñanza…
¿Qué pasó después? Ratzinger alude a algunos problemas por parte de sus detractores…
LÄPPLE: Ratzinger tomó la enseñanza de Teología dogmática en la Escuela de Altos Estudios, junto al seminario de Freising; la misma donde había estudiado él. Mientras tanto, corría la voz de que Ratzinger iría a enseñar a un instituto de pedagogía que había sido inaugurado hacía poco en Pasing, en la periferia de Múnich.
Ratzinger habla de problemas con la curia episcopal. ¿A qué se refiere?
LÄPPLE: Recordemos que durante toda la guerra no hubo ordenaciones sacerdotales. En las diócesis y las parroquias había mucho trabajo que hacer. Se oía decir: antes pensemos en la pastoral, luego pensaremos en la teología y en la ciencia. Los obispos no estaban contentos cuando alguien pedía dedicarse a hacer teología científica. Pero en Alemania había una ley según la cual si un profesor es llamado por una universidad estatal a enseñar teología, su obispo no puede vetarlo.
Y Ratzinger cogió el toro por los cuernos…
LÄPPLE: El verano del 58 Joseph recibió la llamada de la Universidad de Bonn para la Cátedra de Teología Fundamental. Poco después el cardenal Wendel, que entonces era arzobispo de Múnich, le llamó y le dijo: le felicito, he sabido que va al Instituto pedagógico de Pasing… Y Ratzinger respondió: «Se lo agradezco muchísimo, señor arzobispo, pero yo, en fin, me han llamado a Bonn…». Y sacó la carta de llamada…
Para terminar, profesor, ¿hay un episodio de su larga amistad por el que sienta un cariño especial?
LÄPPLE: El día de la ordenación sacerdotal de Joseph y de su hermano Georg, el 29 de junio del 51 en la Catedral de Freising. Yo también, después del cardenal Faulhaber, como todos los demás sacerdotes presentes, me puse en fila para ponerle la manos en la cabeza. Él en aquel momento levantó la cabeza y me dijo: gracias. Después de la misa, él, sus padres y su hermana María subieron a mi habitación, y yo dije: querido Joseph, ahora dame tú la bendición. Me abrazó con una alegría inenarrable. Él no sabe fingir. Lo que más le duele es cuando alguien no es sincero, cuando la gente finge. Esto le hace daño. Por eso le duele cuando la también la liturgia se reduce a teatro. Porque –dice él– no es así como se trata a Jesucristo.

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