Los años difíciles: J. Ratzinger, profesor en Tubinga (1ª parte)

Ex colegas y ex alumnos hablan del Ratzinger profesor en la ciudadela teológica de Tubinga. Allí su adhesión sin fisuras a la reforma conciliar fue puesta a prueba por los nuevos triunfalismos clericales y las rebeliones burguesas. Artículo de Gianni Valente.

Continúa…

Los años difíciles
A mediados de los sesenta del pasado siglo Tubinga era para todo teólogo alemán que se respetara una especie de Tierra Prometida. Con su historia centenaria de centro teológico “papista” pasado al luteranismo desde sus comienzos, y con una facultad de Teología católica que arrancó vigorosamente a mediados del siglo XIX, la ciudadela teológica sueva es la meta ideal para quienes quieren vivir los nuevos fermentos conciliares y escrutar los «signos de los tiempos» conectándose y confrontándose con una gran y prestigiosa tradición.
Joseph Ratzinger no ha cumplido aún los cuarenta en 1966, pero ya peina canas y su fama de enfant prodige de la teología alemana está ya consagrada por su intensa y determinante participación en la aventura conciliar. El Vaticano II está a punto de concluir, el aire vibra aún cargado de esperanzas. Pero la espera de un tiempo bueno para la Iglesia en el mundo queda marcada por otras extrañas señales. Ya aquel año, en una conferencia de balance del Concilio, Joseph el bávaro da razón de esta situación de claroscuro. «Me parece importante», dice, «enseñar los dos rostros de lo que nos ha llenado de gozo y gratitud en el Concilio […]. Me parece importante señalar también el nuevo y peligroso triunfalismo en el que caen a menudo precisamente los que denuncian el triunfalismo pasado. Mientras la Iglesia sea peregrina en la tierra, no tiene derecho a vanagloriarse de sí misma. Este nuevo modo de vanagloriarse podría llegar a ser más peligroso que las tiaras y sillas gestatorias que, de todos modos, son ya motivo de sonrisa más que de orgullo».
Quien mueve los hilos para que la facultad católica de Tubinga envíe su vocatio al profesor que desde hace solo tres años enseña en Münster es Hans Küng, apoyado por el otro joven colega Max Seckler, que hoy recuerda a 30Días: «Hubo en aquel período un relevo generacional tras la jubilación de varios profesores. Para potenciar la facultad, algunos presionaban para que se llamara a la cátedra de Teología dogmática a profesores más maduros, de perfil más consolidado. Yo en el 66 tenía treinta y nueve años, Küng treinta y ocho. Fuimos nosotros quienes batallamos para llamar a otro joven. Y Ratzinger, entonces, era el hombre del futuro». El amable y reservado profesor bávaro y el impulsivo y polémico colega suizo se conocían desde el 57. Colaboraron como peritos teológicos en la última sesión del Concilio y ya se habían manifestado entre ellos evidentes divergencias sobre cómo debían influir las decisiones conciliares en el gran río de la vida ordinaria de la Iglesia. Pero entonces, como explica Ratzinger en su autobiografía, «ambos considerábamos esto como legítima diferencia de posiciones teológicas» que «no iba a influir en nuestros puntos de vistas comunes de teólogos católicos». Desde el 64 figuran ambos entre los socios fundadores de Concilium, la revista internacional del “frente unido” de los teólogos conciliares. Explica Seckler: «Küng sabía que él y Ratzinger tenían opiniones distintas sobre muchas cosas, pero decía: con los mejores se puede tratar y colaborar, son los mezquinos los que crean problemas». Añade el profesor Wolfgang Beinert, ex alumno de Ratzinger precisamente en Tubinga: «Küng quizá llamó a Ratzinger precisamente porque quería que los estudiantes pudieran oír la voz de otro teólogo del Concilio que no fuera él, que hiciera de contrapunto a su teología unilateral. Otros profesores más cerrados ni siquiera percibían las distancias entre ambos, y hasta veían en Ratzinger a un peligroso reformador liberal. Decían: con un Küng ya tenemos bastante».

Una grabadora para el best seller
En el nuevo comienzo de Tubinga Ratzinger se entrega como siempre sin medida. Desde su nuevo puesto espera entablar fructíferas relaciones también con los teólogos evangélicos de la facultad protestante. Su entusiasmo y la marca inconfundible de sus clases –sustanciosa teología alimentada por los Padres y la liturgia, lenguaje luminoso y leve con matices poéticos, el afrontar sin censuras todas las preguntas de aquellos tiempos confusos– encienden de repente los corazones de muchos estudiantes, de teología y de otras ramas. Sus clases las abarrotan enseguida más de cuatrocientos estudiantes. Incluso en los seminarios quisieran participar más de lo que era posible, por lo que se les selecciona con una prueba de ingreso en griego y latín. Recuerda el prelado Helmut Moll, que más tarde colaborará durante muchos años con su ex profesor en la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Para participar en un seminario sobre la mariología tuve que hacer un pre-examen sobre textos marianos de los primeros siglos en griego y latín. Pero entre Ratzinger y los otros no había comparación. Las clases que yo había escuchado en Bonn dadas por profesores de planteamiento neoescolástico parecían áridas y frías, una lista de definiciones doctrinales exactas y nada más. Cuando en Tubinga escuché cómo Ratzinger hablaba de Jesús o del Espíritu Santo, parecía como si por momentos sus palabras se convirtieran en oración».
En el 67 Ratzinger realiza un proyecto que acariciaba desde hacía diez años: un curso de clases abiertas no sólo a los estudiantes de teología, estructurado como una exposición del Credo de los apóstoles, que abrazando todos los fermentos e inquietudes de su tiempo vuelva a repetir «el contenido y el significado de la fe cristiana», que para el nuevo profesor está «hoy envuelto en un nebuloso halo de incertidumbre, como quizá nunca antes en la historia». Por la mañana temprano acuden a escucharlo universitarios de todas las facultades, pero también párrocos, religiosos, simples fieles. Peter Kuhn, a quien Ratzinger ha llamado a Tubinga como asistente, está acostumbrado a estar hasta las tantas enfrascado en los libros de sus estudios, y no siempre consigue estar fresco durante aquellas clases tan tempraneras. «Cuando me quedaba adormecido», dice, «mis vecinos me daban con el codo, porque veían que el profesor se había dado cuenta. Yo trataba de disimular adoptando una pose de pensador». Como contrapartida, Kuhn lleva consigo a aquellas clases su aparatosa grabadora, y luego se lo hace copiar todo a la secretaria. De aquellas grabaciones nacerá el volumen Introducción al cristianismo, el primer best seller firmado por Ratzinger, publicado por el editor Heinrich Wild: diez ediciones solo en el primer año, y luego traducido a veinte lenguas. El mismo año el profesor recién llegado participa activamente en las iniciativas para celebrar los ciento cincuenta años de la facultad católica de Teología. La considera una ocasión propicia para recabar nuevas perspectivas sumergiéndose en el estudio de la famosa Escuela de Tubinga, el equipo de teólogos reunidos en torno a Johann Adam Mohler, que durante los primeros decenios del siglo XIX habían dado un impulso decisivo al nacimiento de la teología histórica, inspirando el enfoque histórico-salvífico que el propio Ratzinger había adoptado ya desde sus estudios en Freising y Múnich. Sería hermoso –piensa Ratzinger– recuperar también la clase de Mohler y sus compañeros para dar vigor al camino de testimonio en el mundo moderno sugerida por el Concilio. Pero el clima de la facultad está condicionado y desviado por otras dinámicas. «Ratzinger», zanja Kuhn, «esperaba quizá entrar a formar parte de la gran tradición de Tubinga. Pero cuando llegamos, aquella gran tradición ya no existía».

El orgullo profesional de los clérigos
Las relaciones de Ratzinger con sus colegas de Tubinga serán formalmente correctas y amables hasta el final. En clase, Küng proclama en voz alta su estima por el teólogo bávaro y reafirma más de una vez su confluencia de puntos de vistas. También Ratzinger confirma en público que con su mentor suizo no existen problemas. Excusationes non petitae.
Entre los dos grandes de la facultad, titulares de las dos cátedras de Teología dogmática, las diferencias humanas y de carácter ha sido siempre evidentes. El impetuoso suizo va por ahí con su Alfa Romeo blanco, se viste con elegancia burguesa. Los periodistas le buscan a él cuando necesitan a alguien que las suelte bien gordas en las polémicas incendiarias que estallan en la Iglesia del posconcilio. El amable bávaro va a pie o usa el transporte público, dice misa cada mañana en la capilla de una residencia de chicas estudiantes, y el resto del tiempo estudia y prepara sus clases manteniéndose fiel a su estilo austero y reservado. «Una vez que fue a otra ciudad con algunos estudiantes y se pararon en una taberna a comer», recuerda Kuhn, «pidió sólo würstel vieneses para él y para nosotros. Pensaba que todos nosotros éramos frugales como él. Nosotros aquella vez no nos atrevimos a decirle que éramos jóvenes y teníamos hambre. Quizá lo entendió él solo, y en otras ocasiones de este tipo se preocupaba de que cada cual eligiera lo que más le gustaba del menú…». Pero es en las vivencias concretas de la vida de facultad, entre clases, seminarios, conferencias y exámenes, donde bajo la aparente unanimidad “conciliar” la creciente distancia entre Ratzinger y algunos colegas suyos alcanza niveles cruciales.
Ratzinger cree que todas las cosas importantes que le hicieron vibrar positivamente durante el Concilio –la renovación bíblica y patrística, la apertura al mundo, la petición sincera de la unidad con los demás cristianos, la liberación de la Iglesia de todos los oropeles que la agobian y obstaculizan en su misión– no tienen nada que ver con el afán corrosivo e iconoclasta que agita a muchos de sus colegas. El papel de muchos teólogos a la hora de orientar los trabajos del Concilio se ha convertido para muchos de ellos en un orgullo profesional que pretende someter al tribunal de los “expertos” incluso los factores más elementales de la doctrina y la vida de la Iglesia. «En clase», cuenta Moll, «entre los distintos profesores no parecía que hubiera ya acuerdo mínimo ni siquiera sobre los datos esenciales de la fe. Y los estudiantes estábamos mareados. Había que tomar posición siempre sobre cosas que antes parecían estar fuera de toda discusión: ¿existe o no el diablo? ¿Los sacramentos son siete o sólo dos? ¿Pueden celebrar la eucaristía los no ordenados? ¿Existe un primado del obispo de Roma, o el papado es solo un régimen despótico que hay que derribar?». El redentorista Réal Tremblay, llegado de Canadá a Tubinga en el 69 para doctorarse con Ratzinger, y hoy docente en la Academia Alfonsiana, afirma: «Siempre he creído que cierta agresividad de Küng se debía también a los problemas que había encontrado en Roma como estudiante. Él es de los que no han sabido asimilar el resentimiento antirromano acumulado en sus experiencias de juventud. Ratzinger no tenía estos problemas, entre otras cosas porque no había estudiado en Roma».
El teólogo bávaro, crecido en la escuela de san Agustín, de Newman y de Guardini, no aguanta el nuevo conformismo que parece haber contagiado a muchos de sus colegas: el exégeta Herbert Haag, el moralista Alfons Auer, el canonista Johannes Neumann. Él, que en el Concilio entabló amistad con Congar y De Lubac, no esconde su distancia de las consignas del nuevo triunfalismo “progresivo”. Recuerda el padre Martin Trimpe, uno de los alumnos más cercanos a Ratzinger en los años de Tubinga y Ratisbona: «Una vez, en un aula abarrotada, hubo un debate entre varios profesores sobre el primado del papa. Küng había dicho que el tipo auténtico de papa era el representado por Juan XXIII, porque su primado era de carácter pastoral y no jurisdiccional. Ratzinger no se había pronunciado, y entonces los estudiantes comenzaron a corear su nombre: ¡Rat-zin-ger! ¡Rat-zin-ger! Querían saber qué pensaba del tema. Él respondió escuetamente que el cuadro descrito por Küng no era completamente exacto, porque había que tener en cuenta todos los aspectos relacionados con el ministerio petrino. En caso contrario, insistiendo sólo en el aspecto pastoral, se corría el riesgo de dibujar la figura no del pastor de la Iglesia universal, sino de un títere universal que podemos manejar a nuestro antojo».
Ratzinger no se alinea, mantiene su espíritu crítico, pero no es él quien busca polémicas y enfrentamientos con sus colegas. Por carácter no es púgil, no le gusta ponerse los guantes, huye de las riñas académicas. No está dispuesto a adoptar el papel de paladín de la resistencia.
Lo cierto es que en los años de Tubinga no hay conflictos abiertos entre Ratzinger y el resto del cuerpo docente, que incluso lo elige decano. Hasta las relaciones con Küng se diluyen en una lenta y silenciosa separación interior, un paulatino desapego sin enfrentamientos cruentos. «Küng atacó a Ratzinger sólo una vez», dice Seckler, «y no ocurrió por culpa de la teología». Entre ambos existía un acuerdo por el que cada semestre, si uno daba el curso principal de Teología dogmática, al otro le tocaba el curso de apoyo, y por consiguiente disponía de más tiempo para programar libremente sus actividades. Cuando Ratzinger anuncia que está a punto de dejar Tubinga tras recibir la “llamada” de la nueva facultad teológica de Ratisbona, su decisión echa por tierra los proyectos del colega, que ya había llenado de compromisos la agenda de su semestre “ligero”. Sigue diciendo Seckler: «Küng montó en cólera. Agredió a Ratzinger con vehementes invectivas, insistiendo en el respeto del acuerdo. Ratzinger permaneció impasible y firme en su decisión».
Antes de aquella pelea, lo que le había convencido a Ratzinger de que lo mejor era cambiar de aires fue el 68, que cayó «fulminantemente» (así se expresaba el entonces prefecto del ex Santo Oficio en su autobiografía) sobre aquellas relaciones ya racheadas por las turbulencias posconciliares.

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