J. Ratzinger: Los años felices de Ratisbona 1969-1977 (2ª parte)

A clases de pensamiento libre
Las clases de Ratzinger son las más abarrotadas de la Facultad. Le siguen normalmente entre 150 y 200 estudiantes. Pero lo que impresiona –y provoca celos– es sobre todo el grupo cada vez más numeroso de alumnos procedentes de toda Alemania y de todo el mundo que quieren hacer con él el doctorado o la habilitación a la enseñanza universitaria. Un cenáculo que por iniciativa de Peter Kuhn, Wolfgang Beinert y el religioso de los Scönstatt, Michael Marmann, ha inaugurado ya en Tubinga sus reglas organizativas, pero que vive su época de oro en los años setenta.
Ratzinger interpreta de manera atípica su papel de Doktorvater, la figura del “profesor-padre” codificada por la tradición académica alemana. No sigue a sus doctorandos individualmente, no tendría tiempo: su Schülerkreis (círculo de estudiantes) es demasiado numeroso, se acercan casi siempre a los 25. Los reúne a todos juntos en encuentros fijados por lo general el sábado por la mañana, cada dos semanas, en el seminario diocesano de Ratisbona. La media jornada de convivencia extra moenia Universitatis se abre siempre con la misa.
Luego, cada vez, cada uno de los estudiantes hacen a turno una relación sobre el progreso de sus investigaciones y la someten al juicio crítico de los demás. La vastedad de los temas afrontados por las tesis asignadas –San Ireneo, Nietzsche, la teología medieval, Camus, el Concilio de Trento, los filósofos personalistas– es una confirmación indirecta de la apertura. «Algunos de entre nosotros, los alumnos», explica Bialas, «de vez en cuando acariciaban la idea de estructurar una escuela teológica ratzingeriana. Pero el primero que daba al traste con estas veleidades era el profesor. Decía siempre que él no tenía ninguna teología “suya” particular». «La discusión», recuerda Twomey, «estaba a la orden del día. Sobre cada uno de los argumentos el profesor analizaba todas las objeciones, tanto las históricas como las de los teólogos contemporáneos, y se tomaba en serio todas las opiniones y las hipótesis, incluso las del último de la fila».
El toque “mayéutico” con el que guía el debate le permite reducir al mínimo sus intervenciones. Adopta una actitud de imparcialidad super partes incluso frente a las controversias que nacen, estimuladas por este modo democrático-asambleario de dirigir el Doktoranden-Colloquium. «Con todo el abanico de opiniones teológicas representadas dentro del grupo», explica Twomey, «era inevitable cierta tensión».
Y en efecto el Schülerkreis ratzingeriano no se parece para nada a un think tank de pensamiento único teológico, o a la fábrica de clones confeccionados a medida del maestro: ni mucho menos a una camarilla de trepas de academia. Está formado por futuros monseñores de la Curia romana, pero también por graciosas y tímidas muchachas coreanas; ecumenistas no arrepentidos, junto a religiosos austeros y generosos que pasarán su vida en las misiones. En los años siguientes, más de uno de aquellos teólogos todavía verdes –como Hansjürgen Verweyen y Beinert– adoptarán posiciones muy distintas de las que su antiguo maestro sobre cuestiones teológicas debatidas como el sacerdocio femenino y la decisión de formular un Catecismo único para toda la Iglesia católica.
«Pensándolo hoy», admite Zöhrer, «me asombra la libertad de la que gozábamos. Sobre todo ahora que he sabido que otros Doktorvater con fama de ser muy liberales les apretaban las correas a sus alumnos, hasta incluso castigarles en cuanto afloraba algún desacuerdo sobre los contenidos…». Ya en la época de Tubinga el círculo inaugura la costumbre de organizar cada fin de semestre encuentros con profesores y teólogos famosos fuera de la Facultad.
Así es como a lo largo de los años el Doktorvater de pelo ya cano y sus escolares tendrán la ocasión de verse y dialogar con todos los grandes del panorama teológico posconciliar: Yves Congar, Karl Rahner, Hans Urs von Balthasar, Schlier, Walter Kasper, Wolfhart Pannenberg, hasta el exégeta protestante Martin Hengel. Ocasiones únicas, que llenarán la memoria colectiva de recuerdos agradables y emblemáticos.
Como aquella vez que el grupo salió de Tubinga con destino Basilea para ver al gran teólogo protestante Karl Barth. «Por una afortunada coincidencia», cuenta Kuhn, «llegamos precisamente cuando él, que era ya profesor emérito, estaba haciendo un seminario con sus alumnos sobre la Dei Verbum, la Constitución del Concilio Vaticano II sobre las fuentes de la Revelación divina. Nos unimos a ellos y nos sorprendió la seriedad con la que Barth y aquel grupo de estudiosos protestantes profundizaban en aquel tema que en los círculos católicos a menudo se afrontaba con increíble superficialidad. Barth estaba lleno de curiosidad. Era él quien le hacía preguntas a nuestro profesor, que era mucho más joven, con actitud de gran deferencia». En el encuentro con Balthasar, en cambio, algunos estudiantes le contestaron al gran teólogo suizo su teoría sobre el infierno vacío. Y a él le sentó bastante mal.
Teólogos de centro
La libertad y el gusto de confrontarse a cara descubierta incluso con sensibilidades y planteamientos lejanos de los propios no puede interpretarse como una especie de relativismo teológico.
En los enfrentamientos que agitan a la Iglesia de aquellos años Ratzinger no se esconde en su isla feliz de Ratisbona. Pese a seguir siendo fiel a su estilo poco amigo de lanzar anatemas, toma una clara postura en el conflicto que divide a “la internacional de los teólogos” que habían participado juntos en la aventura conciliar. La fractura tiene lugar también dentro de la Comisión Teológica Internacional, creada en el 69 por Pablo VI a propuesta del primer Sínodo de los Obispos, de la que Ratzinger forma parte desde un principio. Allí es donde el profesor bávaro está de parte de aquéllos –Balthasar, Henri De Lubac, Marie-Jean Le Guillou, Louis Bouyer, el chileno Jorge Medina Estévez– según los cuales el frenesí de “revolución permanente” que ha contagiado a buena parte de los ambientes teológico-académicos es una desnaturalización, una caricatura de la reforma indicada por el Concilio Vaticano II.
También dentro del organismo de creación pontificia las discusiones son lacerantes. Como anota el propio Ratzinger en su autobiografía, «Rahner y Feiner, el ecumenista suizo, al final abandonaron la Comisión, que a su juicio no llegaba nunca a nada, porque no estaba dispuesta a adherirse en su mayoría a las tesis radicales».
El final del “frente unido” de los teólogos del post Concilio fue ratificado, en lo que concierne a los instrumentos editoriales, por el nacimiento en el 72 de la revista Communio. La patrocina precisamente Balthasar como polo de atracción para todos los ambientes teológicos lejanos del radicalismo de Concilium, la revista internacional –que cuenta a Ratzinger entre sus fundadores– surgida en 1965 como instrumento unitario de la tutela que precisamente el lobby de los teólogos, galvanizado por el papel-guía asumido en el Concilio, habría debido ejercer en la realización del programa conciliar. El profesor bávaro se implica desde el principio en el proyecto, que halla enseguida una «telaraña» (como la define el propio Balthasar) de sostenedores internacionales interesados.
Entre los más solícitos a la hora de inscribirse en el nuevo frente teológico están algunos «prometedores jóvenes de Comunión y Liberación» (así los define Ratzinger en su autobiografía), entre los que están el actual patriarca de Venecia, Angelo Scola.
En el comité de redacción de la Edición alemana entra a formar parte Hans Maier, ministro de Educación de Baviera. A partir del 74 se multiplican las ediciones en otras lenguas: la estadounidense, la francesa, la chilena, la polaca, la portuguesa, la brasileña… En los ochenta y noventa, casi todos los componentes de la numerosa patrulla de teólogos que el papa Wojtyla llama al episcopado –para luego hacer entrar a muchos de ellos en el Sacro Colegio cardenalicio– proceden del vivero de Communio: los alemanes Karl Lehmann y Kasper, el suizo Eugenio Corecco –fallecido en 1995–, el brasileño Karl Romer, el belga André Mutien Léonard, el italiano de Comunión y Liberación Scola, el chileno Medina Estévez, el canadiense Marc Ouellet, el dominico austriaco Christoph Schönborn (que también forma parte del Schülerkreis ratzingeriano, pues asistió durante un par de semestres a las clases del profesor bávaro precisamente en Ratisbona).
En 1992, celebrando el 20 aniversario de Communio, Ratzinger hará un balance personal de aquella experiencia colectiva evitando la autocelebración: «¿Tuvimos suficiente valor, o nos escudamos en erudiciones teológicas para demostrar, quizá de manera excesiva, que también nosotros estamos a la altura de la situación? ¿Hemos trasmitido realmente a un mundo hambriento la palabra de la fe de un modo comprensible y capaz de llegar al corazón de los hombres, o nos hemos quedado dentro del estrecho círculo de quienes matan el tiempo con el lenguaje especialista, pasándose la pelota unos a otros?».
La invitación sigue en pie
«La sensación de adquirir cada vez más claramente mi propia visión teológica», escribe Ratzinger en la autobiografía, «fue la experiencia más hermosa de los años de Ratisbona».
Pese a la amargura por los tremendos conflictos eclesiales, a mediados de los setenta el teólogo casi cincuentenario ya saborea los gozos ordinarios de la que se la aparece como la estación de llegada de su peregrinación académica: vivir en su Baviera, disfrutar del cariño de hermanos tan queridos, poder llevarles flores a sus padres, que reposan en el cementerio de cerca de casa. Y trabajar en lo que más le gusta.
Durante toda su existencia no quiso hacer nada más que esto: estudiar y enseñar teología, rodeado de un grupo de colaboradores libres y apasionados, con la esperanza de transmitirles a los estudiantes que vienen a oírle de todo el mundo el gusto de recabar dones siempre nuevos de los Padres de la Iglesia, de la divina liturgia y de todo el tesoro de la Tradición.
Por eso, en el verano de 1976, cuando muere repentinamente el cardenal arzobispo de Múnich, Julius Döpfner, Ratzinger no se toma en serio las voces que comienzan a circular indicándole como uno de los candidatos a la sucesión: «Los límites de mi salud eran tan conocidos como mi poca afición a tareas de gobierno y administración», sigue escribiendo en su autobiografía. En cambio, Pablo VI le nombrará precisamente a él.
Reinhard Richardi, que en aquellos años era profesor de la Facultad de Jurisprudencia y entabló una fuerte amistad con Ratzinger que sigue durando todavía, cuenta a 30Días: «La sorpresa fue mucha. Evidentemente Pablo VI le apreciaba, veía en él a un gran teólogo en la línea de la reforma conciliar, y le quería implicar en la guía de la Iglesia. Se comprendió también por la prontitud con la que le creó cardenal sólo algunos meses después de haberle nombrado arzobispo. Ahora, viéndolo como sucesor suyo en el trono de Pedro, quizá diría: estaba seguro de que el Señor dirigiría su mirada hacia él».
Pero el futuro Benedicto XVI no pensaba entonces realmente en estas cosas. Cuenta Richardi: «Recuerdo bien cuando se difundió la noticia de su nombramiento como sucesor de Döpfner. Precisamente aquel día mi mujer, mis niños y yo estábamos invitados a su casa. Nos llamó por teléfono y nos dijo: aunque me hayan hecho obispo, la invitación sigue en pie. Nos vemos más tarde».
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2 comentarios en “J. Ratzinger: Los años felices de Ratisbona 1969-1977 (2ª parte)”

  1. Domingo Says:

    Gracias por vivificar el blog en estos días de “sequedad bloguera”. He mirado por encima el post y veo que los de CL no desaprovechan la ocasión para echarse flores, jejeje (me refiero a eso de los “prometedores jóvenes”). De nuevo muchas gracias, Rubén, por poner a nuestra disposición estas excelentes crónicas teológicas

  2. Domingo Says:

    Gracias por vivificar el blog en estos días de “sequedad bloguera”. He mirado por encima el post y veo que los de CL no desaprovechan la ocasión para echarse flores, jejeje (me refiero a eso de los “prometedores jóvenes”). De nuevo muchas gracias, Rubén, por poner a nuestra disposición estas excelentes crónicas teológicas


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