La soledad del teólogo

He leído el sugerente post en que Juan Jesús nos hacía un “Análisis de Tendencias” para el año que hemos estrenando; por ahí he conocido la comentada respuesta de “Ut unum Sint” y el artículo de la Clai sobre el papel de la teología en la Iglesia. El autor de este último artículo cita a K. Barth para hablar de la eclesialidad de la teología, y yo andaba leyendo una breve pero sustanciosa obra del teólogo suizo, Introducción a la teología evangélica. Quizá le dedique un comentario más detallado al libro, pero el tema del futuro de la teología me ha recordado el espacio que el autor dedica a la soledad del teólogo. Afronta este difícil argumento al hablar del “riesgo” (o los riesgos de la teología): para Barth son tres estos riesgos, de dificultad creciente: la soledad, la duda y la tentación. Sólo la esperanza (a juicio del maestro evangélico) puede ayudar a afrontarlos. Me centro pues en la soledad del teólogo, resumiendo el pensamiento del genial Karl Barth.

Es una soledad radical: “El que se adentra en el tema de la teología, descubre inmediatamente… que se halla desterrado de manera permanente e inevitable a una soledad extraña y notoriamente opresora” (134). El aislamiento que le espera al teólogo no se refiere sólo al “mundo” o a “los otros”: también dentro de la Iglesia (y quizá allí con más fuerza, como ha señalado el artículo de la CLAI) el teólogo encuentra resistencias a su labor. Karl Barth ofrece una comparación significativa: la soledad del teólogo tiene mucho que ver con la soledad del párroco, soledad que comienza en lo relativo a su labor más específica (“en el mejor de los casos, le rodeará un pequeño círculo de los que se sienten especialmente interesados por el culto divino“). Aún más: a los teólogos que sienten que su voz es cada vez menos significativa, Barth les pone delante el similar problema del párroco, que experimenta que la voz de su predicación se ahoga entre tantas “voces” de prensa, radio y televisión. La soledad del teólogo y la soledad del párroco “son únicamente síntomas del aislamiento en el que se encuentra el interés, la tarea y los esfuerzos teológicos” (135)

Es una soledad insuperable que, en palabras de Calvino, el teólogo debe sufrir y soportar. No sirven de nada, afirma Barth, los intentos de desembarazarse de esta soledad: ni una teología que ignora la caída de la humanidad (teología paradisiaca), ni la que quiere escapar al “entretiempo” de la Iglesia, entre las dos venidas de Cristo (teología perfecta) ni tampoco aquella teología que intenta hablar de Dios como si no existiera distancia entre Él y nosotros (la que Barth llama teología divina o arquetípica).

Esta soledad comparte, a juicio de Barth, la soledad de cada creyente: “la comunidad cristiana, entendida como congregatio fidelium, es una comunidad de personas que se caracterizan por el hecho de que cada una de ellas… llegaría incluso a creer aunque fuera la única persona creyente en el mundo entero. No hay otro modo de existir como teólogo” (141). Este es uno de los aspectos en que un lector católico como yo experimenta cierta distancia con el pensamiento barthiano.

La soledad del teólogo se deriva de la seriedad de la tarea de pensar la fe, de la singularidad del intellectus fidei. Permítanme ceder la voz al pastor de Basilea, que nos ha dejado una hermosa página sobre nuestra labor:

¿Cómo una multitud iba a estar dispuesta a preguntar y dar respuesta, no desde el punto de vista de los hombres, sino sobre la base de la palabra de Dios hablada a los hombres? No es de extrañar que, dentro y fuera de la comunidad de los creyentes, la mayoría de las personas pienses que la adopción de este método, la realización de este giro y la obediencia exclusiva a la palabra de Dios son demasiado rígidas para ellos y les están exigiendo en exceso. […] ¡Si no hubiera tantas personas, entre las propias filas del teólogo, a las que éste ve suspirar por las ollas de carne de Egipto! Poco después de iniciada la carrera (algunos de ellos no han llegado siquiera a iniciarla), esos hermanos y colegas piensan que son los descubridores de las más recientes novedades, cuando en realidad (como un gato acostumbrado a caer sobre sus cuatro patas) no hacen otra cosa que volver a caer en alguna especie de antropología, ontología o lingüística. Si el teólogo se interesa realmente por la teología, no deberá lamentarse de tener que nadar a contracorriente de muchas opiniones y métodos de sus compañeros y no-teólogos. Si los resultados de su labor no van a ser trivialidades, él no deberá sentirse apesadumbrado del dolor que le produce y del esfuerzo que supone para él tener que aguantar una continuada soledad” (142-143)

Por último, Barth destaca el carácter ético y práctico de la soledad del teólogo: y es que muchas de las opiniones del teólogo sobre cuestiones “temporales” y muy concretas, molestan a algunos y van contracorriente de la mayoría. En ese sentido, con el salmo 102, Barth dice que el teólogo es un pájaro solitario, “sus cantos suenan plácidamente tan sólo para los oídos de unos pocos, pero él mismo corre peligro de ser derribado por el tiro de la escopeta del primero que pase por allí” (144)

¿Crees que el pensamiento de Barth resulta iluminador para la tarea del teólogo?

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