Filarete de Minsk: "Mediante la unidad, Dios será glorificado en el Espíritu"

Filarete de Minsk, exarca patriarcal de Bielorrusia, preside la Comisión teológico-doctrinal en el Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa. Es el mejor interlocutor para saber qué piensan del primado los ortodoxos del otro lado del Dnepr. 30Días lo ha entrevistado con motivo del encuentro organizado por la Comunidad de San Egidio en Lyón del 11 al 13 de septiembre del 2005.


Continúa…

Por fin de nuevo en marcha. Tras años de estancamiento, el diálogo teológico oficial entre la Iglesia de Roma y las Iglesias ortodoxas bizantinas vuelve a contar con citas para afrontar los problemas del regreso a la plena unidad visible. Esta vez, la Hoja de Ruta ecuménica apuntará directamente a la cuestión del primado, el punto neurálgico entorno al cual se concentran todas las dificultades que siguen obstaculizando la plena comunión sacramental entre católicos y ortodoxos.
La próxima reunión plenaria debería tener lugar en la Iglesia de Serbia antes de 2006. Al frente de la delegación ortodoxa estará, como ha sido anunciado, el metropolitano de Pérgamo, Ioannis Zizioulas, que en el último número de 30Días expuso de manera detallada sus importantes reflexiones sobre la cuestión del primado.
Zizioulas es miembro del Sínodo del Patriarcado ecuménico y todos le reconocen su importancia como uno de los más prestigiosos teólogos vivos. Pero, ¿pueden considerarse sus observaciones lúcidas y claras representativas de toda la Ortodoxia? Y, sobre todo, ¿cuenta con el consenso del Patriarcado de Moscú que como Iglesia ortodoxa “mayoritaria”, puede condicionar de modo inevitable y determinante el resultado del diálogo teológico?

Eminencia, en el último número de 30Días el metropolitano de Pérgamo, Ioannis, declaró que para continuar el diálogo es necesario reconocer que el primado forma parte de la esencia de la Iglesia.
FILARETE DE MINSK: Desde luego. La cuestión del primado tiene que ver con la doctrina de la fe. No es sólo una cuestión de organización humana. Aquí precisamente reside el problema. Ya en el siglo IV, lo que se conoce como el Canon de los Apóstoles número 34 establecía que «los obispos deben reconocer al primus entre ellos y no hacer nada sin él… pero tampoco el primus puede hacer nada sin los otros. Así que, mediante esta unidad, Dios será glorificado en el Espíritu Santo».

Ioannis de Pérgamo citaba precisamente el Canon 34 como un buen punto de partida para volver a abrir entre ortodoxos y católicos el diálogo sobre la cuestión del primado. ¿Comparte esta sugerencia?
FILARETE: El Canon 34 indicaba ya que el primado es un dato esencial en la naturaleza de la Iglesia, como la sinodalidad. Al mismo tiempo, no se puede volver a plantear este tipo de cuestiones sin tener en cuenta la manera en que históricamente se han aplicado. No se trata de realidades pre-existentes, abstractas, atemporales…

En definitiva, el problema que discutir es más bien «en qué primado se piensa»…
FILARETE: Si miramos la historia, lo que ha ocurrido es que la Iglesia de Roma, pese a no declararlo en voz alta, ha afirmado que el obispo auténtico es el que se somete a la jurisdicción del Papa. Esta sumisión, según el planteamiento de la Iglesia de Roma que ha predominado, parece haberse convertido en la fuente y el fundamento de la auténtica sucesión apostólica. Sin embargo, la dignidad de todos los obispos es perfectamente igual, habiendo recibido todos del Espíritu Santo la misma gracia. He hablado de esto con varios hermanos obispos católicos, y en especial con algunos obispos alemanes. Insistían en que la situación no es esta, y que la eclesiología católica no es esta. Pero en el plano teológico también el asunto del Filioque lo confirma…

¿De qué manera?
FILARETE: Oriente y Occidente confiesan juntos la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Confesamos el mismo Símbolo de fe apostólica, definido por los primeros concilios ecuménicos después de muchas y complicadas discusiones. Hasta el punto de que los Padres del Concilio de Efeso introdujeron la regla de no reconocer más añadidos al Símbolo de fe niceno-constantinopolitano. Temían que añadir aunque solo fuera una palabra sería una catástrofe, haría que volvieran a comenzar las discusiones. Pero haciendo referencia precisamente al título de primacía, quien se consideraba el «primer obispo» pudo sancionar el añadido del Filioque al Símbolo de la fe. De manera que todavía hoy en las parroquias católicas se confiesa que el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo»…

Ioannis de Pérgamo sostiene que a los ortodoxos, para entender el nexo entre el primado y la naturaleza de la Iglesia, les basta mirar a su propia tradición. En la Iglesia ortodoxa nunca ha habido sínodos sin primados.
FILARETE: Las Iglesias ortodoxas reconocen el primado de honor del patriarca ecuménico. En la competición entre los antiguos Patriarcas de Oriente, Constantinopla predominó al final y su arzobispo asumió el título de patriarca ecuménico. Pero el primus de Constantinopla quería ser como el primus de Roma… De modo que tampoco este primado fue concebido de manera unívoca. Y a veces la falta de unanimidad en la interpretación del primado constantinopolitano se convierte en obstáculo para el desarrollo normal de las relaciones dentro incluso del Oriente ortodoxo. Las Iglesias ortodoxas autocéfalas sienten a veces ese primado como una limitación a su propio desarrollo orgánico. En todos estos acontecimientos entran en juego también factores humanos y psicológicos que difícilmente podrán arrinconarse totalmente. Por eso es necesario garantizar que estas prerrogativas de primacía sirvan para la vida y el crecimiento de las Iglesias, y no acaben obstaculizándolas.

Según Zizioulas, el diálogo sobre el primado entre católicos y ortodoxos habría que plantearlo a partir del axioma que tanto le gustaba al teólogo ortodoxo Afanasieff: donde está la Eucaristía, allí está la Iglesia una, santa, católica, apostólica.
FILARETE: Sin duda. La Eucaristía es el sacramento de la Iglesia, el sacramento de los sacramentos. Dondequiera que un sacerdote consagrado de manera válida, según el canon que las Iglesias reconocen como legítimo, celebre la Eucaristía la Iglesia está presente y es posible vivir la plenitud de la experiencia de la Iglesia, que no pertenece a un grupo social etnorreligioso, sino que pertenece al propio Cristo. Ningún primado puede ejercerse contra esa plenitud católica de la Iglesia local. Sin embargo, en la Iglesia católica el papa proyecta su poder eclesiástico sobre todo el territorio terrestre. Y esto complica también las relaciones con las Iglesias hermanas ortodoxas.

Sobre este punto, cuando el Patriarcado de Moscú acusó a la Iglesia católica de invadir su «territorio canónico», usted precisamente introdujo en esas polémicas argumentos interesantísimos, que en Occidente muy pocos han considerado…
FILARETE: La reacción del Patriarcado de Moscú fue liquidada como autodefensa por parte de quien temía perder algo de poder eclesiástico. Pero, sobre todo, era el testimonio indirecto de que el Patriarcado de Moscú considera la relación con la Iglesia de Roma como una relación entre Iglesias hermanas, que se reconocen plenamente como tales, y que pertenecen a la misma Iglesia, una, santa, católica, apostólica. El propio argumento de «territorio canónico» puede usarse sólo frente a las Iglesias con las que se reconoce que se comparte el mismo depositum fidei y la validez de la sucesión apostólica. Desde luego no lo utilizamos cuando se trata de la infiltración agresiva de las sectas. Era el mismo argumento utilizado por san Pablo cuando escribía en la Carta a los Romanos: «Me he prometido como cosa de honor anunciar el evangelio solo donde todavía no ha llegado el nombre de Cristo, para no construir sobre un fundamento de otros».

De todos modos, en Bielorrusia ha habido menos problemas.
FILARETE: Fui yo quien planteó la cuestión ante los burócratas estatales responsables de las cuestiones eclesiásticas: les pregunté que cómo es que en Bielorrusia hay una presencia histórica de parroquias católicas y ni un sólo obispo católico que las pueda gobernar. En ciertos casos la presencia del obispo es incluso una garantía de orden, porque cuando no hay obispo a menudo las parroquias se ponen a reñir… Y, efectivamente, al cabo de poco llegaron tres prelados del Vaticano, y entre otras cosas me dijeron que había un proyecto para mandar a un obispo a Bielorrusia. «No hay problema», respondí yo. De este modo apareció primero un obispo, y luego se abrieron también escuelas teológicas católicas. Muy diferente fue lo ocurrido en Rusia, donde ni el Patriarca ni el Sínodo fueron informados de las intenciones vaticanas, y se enviaron obispos incluso a lugares donde históricamente no había habido nunca cátedras episcopales católicas. Con esto quiero decir que buena parte de los problemas han surgido debido también a una serie de procedimientos, a cómo se ha realizado el proceso. Quizá hubiera sido suficiente explicarse mejor.

En cambio, en estas querellas hubo quien en la parte católica hizo llamamientos a los derechos civiles, a la democracia e incluso a la necesidad de hacer que también en Rusia avance el “mercado libre” de las ofertas religiosas. ¿Qué piensa del recurso a este tipo de argumentos de naturaleza secular para orientar las relaciones entre Iglesias hermanas?
FILARETE: Son argumentos de efecto. La verdad es que en el colapso del sistema social soviético la Iglesia de Roma trató de difundir en Rusia, de manera mecánica y no creativa, el modelo operativo religioso-social que en aquellos años existía en Occidente. El resultado fue que en Rusia los católicos parece como si estuvieran en un gueto social, y se les ha equiparado a las sectas. Es decir, a uno de esos tantos grupos que llegaron de repente cargados de dinero, que se pusieron a difundir por las ondas ideas que son una parodia del cristianismo. Sobre todo esto ha causado turbación en muchas personas, que comenzaron a pensar: mira dónde hemos ido a parar, por fiarnos del movimiento ecuménico. Se trataba desde luego de una deducción equivocada. Pero también así se explica la desconfianza que existe hoy en Rusia hacia el ecumenismo.

En el camino hacia la unidad quizá algunos tópicos del diálogo ecuménico parecen viejos. En cambio usted siempre ha subrayado la importancia de mirar juntos a los Padres de la Iglesia.
FILARETE: El lema de nuestros teólogos durante el primer cuarto del siglo XX era: hacia delante, hacia los Padres. La fe de la Iglesia es una e inmutable, porque la Iglesia es la unidad de la vida de gracia que llega ininterrumpidamente de los santos apóstoles y de los santos Padres hasta nosotros. La Iglesia es la Iglesia de los apóstoles, es la Iglesia de los Padres. En cambio ahora en la Iglesia los Padres se estudian como personas de todo respeto, pero como si no tuvieran nada que decirle a la vida cristiana de cada día. Ante ellos se adopta una actitud académico-decorativa, se los considera como mucho como un buen filón de citas o como un campo de estudios que se deja a la consideración de un grupo pequeño de personas competentes. Sin embargo, para mí seguir a los santos Padres no es una cuestión teórica, sino que tiene que ver con nuestra vida en la Iglesia y con nuestra salvación. Deberían convertirse en elemento sustancial en la práctica pastoral y en la vida cotidiana. Durante los días del convenio de la Comunidad de San Egidio en Lyón experimenté la felicidad de poder venerar las reliquias de san Ireneo, que para mí es el Padre de todos los Padres.

Como presidente de la Comisión teológica del sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa, ¿qué piensa del modo de ver el papa Ratzinger las relaciones entre la Iglesia de Roma y las Iglesias de Oriente?
FILARETE: Yo soy presidente de la Comisión teológica solo por obediencia. Trato solo de reunir a personas para que trabajen juntas. No conozco detalladamente las obras teológicas que el nuevo Papa escribió cuando era teólogo. Pero sé que es una gran personalidad y una gran mente. Por lo demás, al frente de la Santa Inquisición siempre ha habido personas inteligentes… (se ríe).

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