Cardenal Martini: Welby, la eutanasia y el ensañamiento terapeútico

Leyendo esta reflexión del cardenal Martini, al hilo del caso Welby, (publicada en Il Sole 24 Ore el 21 de enero del 2007) me resulta aún más incomprensible la “supuesta polémica” con la que algunos querían presentar una división interna, en el seno de la iglesia italiana, acerca de la eutanasia. Según algunos medios por un lado se situaría el “inmisericorde” e inmovilista Ruini, defendiendo la postura oficialista, y, por el otro, Martini, el cardenal “progresista”. Nada de eso en realidad. Sólo una reflexión ponderada del cardenal Martini, que viene a recordar lo obvio. Pero ya se sabe: a río revuelto…


Continúa…
“Con la fiesta de la epifanía 2007 entré en el vigésimo séptimo año de episcopado y estoy a punto de entrar, Dios mediante, también en el octogésimo de año de edad. Aun habiendo vivido en un período histórico tan atormentado (piénsese en la segunda guerra mundial, en el Concilio y el postconcilio, en el terrorismo, etcétera), no puedo más que mirar con gratitud todos estos años y a cuantos me ayudaron a vivirlos con suficientes serenidad y confianza. Entre ellos debo mencionar también a los médicos y enfermeros a quienes, sobre todo desde hace un cierto tiempo, he necesitado para mantener el trabajo diario y para prevenir achaques debilitantes. De estos médicos y enfermeros he apreciado siempre la dedicación, la competencia y el espíritu de sacrificio. Me doy cuenta sin embargo, con algo de vergüenza y desconcierto, que no todos han gozado de la misma atención y cuidados. Mientras se habla de evitar cualquier forma de “ensañamiento terapéutico”, me parece que en Italia estamos todavía en la situación contraria, es decir. en una especie de “negligencia terapéutica” y de “espera terapéutica demasiado larga”. Se trata especialmente de los casos en los que las personas deben aguardar también mucho antes tener una prueba que ha sido pedida como necesaria o urgente, o de otros casos en los que las personas no pueden ser acogidas en los hospitales por escasez de plazas o son desatendidas. Es un aspecto de lo que viene a veces definido como “mala sanidad” y que marca una discriminación en el acceso a los servicios sanitarios que por ley tienen que estar a disposición de todos de la misma manera.
Ya que, cómo dije antes, los enfermeros y los médicos hacen lo que les corresponde con gran dedicación y respeto, se trata probablemente de problemas de estructura y de sistemas de organización. Sería por lo tanto importante encontrar procedimientos institucionales –independientes de la dinámica exclusiva del mercado que lleva en la salud a privilegiar las intervenciones médicas más remunerativas y no las más necesarias para los pacientes–, que permitan acelerar las acciones terapéuticas y la ejecución de las pruebas necesarias.
Todo esto nos ayuda a orientarnos con respecto a casos recientes en los noticiarios de la crónica que nos hicieron tomar conciencia de la creciente dificultad que acompaña la toma de decisiones en la fase terminal de una enfermedad grave. El caso reciente de P. G. Welby, que con lucidez pidió la suspensión de las terapias de asistencia respiratoria, consistente desde hacía nueve años en una traqueotomía y un ventilador automático, sin posibilidad alguna de mejoría, ha tenido una especial resonancia. Especialmente por la intención obvia de algunas fuerzas políticas de ejercer una presión en favor de una ley que favorezca la eutanasia. Pero situaciones como ésta serán cada vez más frecuentes y la misma Iglesia tendrá que prestarle también una atenta consideración pastoral.
La creciente capacidad terapéutica de la medicina permite prolongar la vida incluso en buenas condiciones durante un tiempo impensable. Sin duda el progreso médico es muy positivo. Pero al mismo tiempo las nuevas tecnologías que permiten intervenciones cada vez más efectivas en el cuerpo humano requieren un suplemento de sabiduría para no prolongar los tratamientos cuando ya no benefician a la persona.
Es importantísimo en este contexto distinguir entre eutanasia y abstención del ensañamiento terapéutico, dos términos que se confunden frecuentemente. La primera se refiere a un gesto que intenta abreviar la vida, causando positivamente la muerte; la segunda consiste en la “renuncia… a la utilización de procedimientos médicos desproporcionados y sin la razonable esperanza de resultado positivo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, N. 471). Evitando el ensañamiento terapéutico “no se quiere… ocasionar la muerte: se acepta no ser capaz de impedirla” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.278) asumiendo así los límites propios de la mortal condición humana.
El punto delicado es que para establecer si es conveniente una intervención médica no se puede recurrir a una regla general casi matemática, de la que se deduzca el comportamiento adecuado, sino que es necesario un discernimiento atento que tenga en cuenta las condiciones concretas, las circunstancias y las intenciones de los sujetos implicados. Especialmente no se puede ignorar la voluntad del enfermo, en cuanto a él compete –también desde el punto de vista jurídico, salvo excepciones bien definidas– valorar si los cuidados que le proponen, en esos casos de extrema gravedad, son realmente proporcionados.
Por otra parte, esto no equivale a dejar al enfermo solo en el momento de hacer evaluaciones y tomar sus decisiones, según una concepción del principio de autonomía que tiende erróneamente a considerarla como absoluta. Es responsabilidad de todos acompañar a quien sufre, sobre todo cuando el momento de la muerte se acerca. Quizás sería más correcto hablar no de “la suspensión de los tratamientos” (y menos todavía de “desconectar el enchufe”), sino de la limitación de los tratamientos. Resultaría así más claro que la asistencia debe continuar, redimensionándose a las verdaderas exigencias de la persona, asegurando por ejemplo la sedación del dolor y las curas de enfermería. Precisamente en esta línea se mueve la medicina paliativa, que reviste por tanto una gran importancia.
Desde el punto de vista jurídico, queda abierta la exigencia de elaborar una normativa que, de una parte, consienta reconocer la posibilidad del rechazo (informado) de los cuidados –en cuanto considerados desproporcionados por el paciente–, y por otra parte proteja al médico de eventuales acusaciones (como la de asesinato consentido o de ayuda al suicidio), sin que esto implique en modo alguno la legalización de la eutanasia. Una empresa difícil, pero no imposible: ellos me dicen que por ejemplo la reciente ley francesa en esta materia parece haber encontrado un equilibrio que si no es perfecto, por lo menos capaz de conseguir un suficiente consenso en una sociedad pluralista.
Al insistir tanto en que hay que evitar el ensañamiento y en temas semejantes (que tienen un alto impacto emocional también porque afrontan la enorme cuestión de cómo vivir de manera humana la muerte) no se debe olvidar el primer problema que he querido subrayar, a partir de mi experiencia personal. Sólo mirando más hacia arriba y más hacia adelante es posible valorar el conjunto de nuestra existencia y juzgarla a la luz no de criterios puramente terrenos, sino bajo el misterio de la misericordia de Dios y de la promesa de la vida eterna”

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