El aire de la gracia

Por Alvaro Pereira
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La teología de la gracia posee entre sus almacenes una de las herencias más ricas de precisión e inteligencia. Sin embargo, este majestuoso esfuerzo del concepto ha edificado fortalezas nada accesibles para el actual aprendiz de teólogo que, sin un buen arsenal filológico ni filosófico, pero con valor de caballero, intenta conquistar los bastiones de este fortín inexpugnable.

Jorge Guillén inicia su primera gran obra, Cántico, con un poemita que nos puede ayudar a comprender el misterio de la gracia desde el reino de los símbolos –al fin y al cabo, la teología necesita del símbolo para acceder al Misterio ¿qué son las “fuentes” de la teología, si no aguas y manantiales?–. Propongo al lector que no sólo lea y relea, sino que reviva y experimente el poema:


Mientras el aire es nuestro

Respiro,

Y el aire en mis pulmones

Ya es saber, ya es amor, ya es alegría,

Alegría entrañada

Que no se me revela

Sino como un apego

Jamás interrumpido

–De tan elemental–

A la gran sucesión de los instantes

En que voy respirando,

Abrazándome a un poco

De la aireada claridad enorme.

Vivir, vivir, raptar –de vida a ritmo–

Todo este mundo que me exhibe el aire,

Ese –Dios sabe cómo– preexistente

Más allá

Que a la meseta de los tiempos alza

Sus dones para mí porque respiro,

Respiro instante a instante,

En contacto acertado

Con esa realidad que me sostiene,

Me encumbra,

Y a través de estupendos equilibrios

Me supera, me asombra, se me impone.

Jorge Guillén, Aire Nuestro. Cántico (Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 21994) 7

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Un poco de pintura para comenzar. Es temprano. Tras regar la madreselva, el poeta se sienta en su despacho para iniciar, un día más, el fatigoso y fecundo proceso de la creación poética. Ya está. Hoy no ha sido necesario cabalgar por los páramos de la imaginación. Ha encontrado su fuente de inspiración en el aire y la luz que lo envuelven. Estos manantiales serán tan fecundos que Guillén tendrá agua para escribir todo su primer libro.
El aire y la luz son dos realidades invisibles para los humanos. Muy pocas veces nos detenemos a contemplarlas. Sí, un rayo de luz en una catedral nos sobrecoge y un vendaval nos hace sentirnos pequeños. Pero precisamente este rayo y este huracán nos conmueven porque los sentimos especiales, diversos, otros. En cambio, Guillén eleva a rango teológico el aire y la luz cotidianos, invisibles y, por ello, divinos.
El aire en sus pulmones es “saber, amor y alegría entrañada”. A diferencia del paisaje castellano para Machado, aquí Guillén no proyecta sus sentimientos en la naturaleza. El proceso creativo es inverso. El poeta no proyecta, sino que se deja afectar. La tristeza del poeta no crea roquedas tristes; sino que la hondura del aire profundiza su experiencia. Al tomar conciencia de su respirar, Guillén descubre que el aire es amor y alegría, porque se le revela como un apego jamás interrumpido al principio de la vida.
Este hombre no es náufrago arrojado, sino ser que experimenta el abrazo cariñoso de la “aireada claridad enorme”. ¿Acaso no es el don de Dios también esta realidad humilde –por respetuosa– y “enorme”, que nos circunda? ¿Acaso la gracia no nos habita como el aire? ¿Acaso no se nos revela también como saber, amor y alegría, como apego y abrazo?
Guillén comienza la segunda estrofa con tres infinitivos a ritmo de vida (“vivir, vivir, raptar –de vida a ritmo–”) que expresan la respuesta voluntaria del poeta cuando ha comprendido que el aire lo bendice y le indica la gratuidad de su existencia. El niño agradece un regalo aceptándolo con gozo y jugando con él. El poeta responde al aire que le da vida, deseando vivir “todo ese mundo que le exhibe el aire”. El creyente que experimenta la gracia divina responde acogiéndola y dejándose divinizar.
El poeta respira “instante a instante”, porque en el instante gozoso y pleno revive la alegría del don. Y deja que el aire lo eleve –como la gracia, hacia Dios– y sumerja en esa realidad que lo “sostiene”, “encumbra”, “supera”, “asombra”, “se me impone”. ¿Es preciso explicitar lo evidente?
Que ojalá los teólogos alcancemos a explicar tan luminosamente los aires de la gracia. Termino con otra preciosa cuarteta de Guillén: ¿quién no experimenta un gozo íntimo con la lectura de las experiencias amorosas de un poeta? ¿qué teólogo no contempla aquí a la Trinidad, maravilla creadora y plenitud de ser?

Amar, ni tú ni yo
Nosotros y por él
Todas las maravillas
en que el ser llega a ser

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