El Papa y la fisión nuclear del amor

Artículo de José Francisco Serrano Oceja

No pocas veces a lo largo de la historia los perseguidores, antagonistas, simuladores, conculcadores del cristianismo se han preguntado en dónde radica la fuerza de la fe cristiana. Se ha pensado que la respuesta se encuentra en una inteligencia que se ha ido acumulando a lo largo de la historia o en un profundo conocimiento tanto de la epidermis de la vida humana como de las profundidades de su corazón.


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Se podría pensar que esa fuerza radica en un uso de una razón ligada al poder, al dinero, a la voluntad de dominio. Quizá esté en la exigencia del grupo, como ejercicio de la sociabilidad. Puede que la encontremos en la combinación de silencio con elocuencia. Habrá quien diga que está en su capacidad de cambiar de piel según sople el viento de lo que interese. Pero no, ni mucho menos. La fuerza del cristianismo radica en la presencia de Cristo en la historia; una presencia que se extiende en el horizonte de los tiempos y en lo profundo de la esperanza que anhela el hombre.
El cristianismo, y lo ha repetido con insistencia Benedicto XVI, no es una ideología ni un conjunto de benéficas intenciones. El cristianismo es un acontecimiento, y se construye en relación y desde la relación con el acontecimiento. El origen de la fe cristiana no se encuentra en lo que los apóstoles creyeron o imaginaron sobre Jesús, sino en los acontecimientos históricos de los que fueron testigos y, en no pocos casos, protagonistas. Ni antes, ni ahora, la fe hace el hecho, lo constituye, lo legitima. No, es el hecho, la presencia de lo que sucede, lo que despierta la admiración, la respuesta agradecida, la confianza; la fe, en suma.
Benedicto XVI está empeñado ofrecer un magisterio sobre lo esencial. Ha trazado un círculo en el pensamiento y ha escrito dentro la palabra amor. Benedicto XVI es el Papa de la propuesta cristiana sobre el amor. Juan Pablo II fue el Papa de la fe; Benedicto lo es del amor. Así inició su pontificado y así lo continúa con una exhortación postsinodal sobre la Eucaristía que es una consecuencia lógica de lo que escribió en su primera encíclica. Ya al inicio del texto ahora presentado, el Papa señala: “San Agustín, con un penetrante conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo que lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo que puede mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo obispo exclama: ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?”
La fuerza del cristianismo es la verdad del cristianismo. Una verdad vivida, comunicada, experimentada, fecunda de razón y de cultura. La fuerza del cristianismo se hace visible en la presencia de una formulación de lo cristiano que sea capaz de romper con las tendencias culturales y sociales. Benedicto XVI señala casi al final de su documento sobre el sacramento del amor que “el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29)”. No lo hace por casualidad, ni por una forzada estrategia de lanzar mensajes a diestro y siniestro en pos de una revolución conservadora, de ideología atávica.
El Papa es coherente, saca las consecuencias de una lógica de amor que responde a la necesidad de la verdad en el hombre, de la aceptación gratuita de la vida y del sentido, del sí a la revolución que tiene como principio esa “fisión nuclear” en la conversión de la sustancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser. “Un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos”, ha escrito.

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