Cardenal Madariaga: A 40 años de la "Populorum progressio"

«Y quiero añadir que, inmediatamente después del Concilio, el siervo de Dios Pablo VI, hace cuarenta años, exactamente el 26 de marzo de 1967, dedicó al desarrollo de los pueblos la encíclica Populorum progressio». Estas palabras pronunciadas por Benedicto XVI durante la homilía de la solemne liturgia de la Epifanía, el pasado 6 de enero, recordaron a toda la Iglesia el aniversario de uno de los más importantes, y en ciertos aspectos más discutidos, documentos promulgados por el papa Montini. De este aniversario, y de la actualidad de la Populorum progressio, 30Días ha hablado con el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa y, además, miembro de ese Consejo pontificio para la justicia y la paz que Pablo VI citaba, al principio de su encíclica, como dicasterio creado expresamente para responder al deseo de «concretar la aportación de la Santa Sede a esta grande causa de los pueblos en vías de desarrollo». Nos entrevistamos con el purpurado salesiano durante su estancia en Italia, donde ha participado en una reunión plenaria de la Pontificia Comisión para la América Latina y donde la Universidad de Urbino le ha otorgado el doctorado honoris causa en ciencias políticas.
«Me alegra mucho que en uno de sus primeros discursos del año el Papa recordara como una de las fechas memorables de 2007 el 40 aniversario de la Populorum progressio», nos dice el cardenal, que fue también presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam).


Continúa a la entrevista…


La encíclica suscitó esperanzas, pero también críticas…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: En aquella época la encíclica fue acusada de “marxismo recalentado”. En general todo el compromiso social de la Iglesia era encasillado como marxismo. También el documento final de la Conferencia general del Celam, celebrada en Medellín en 1968 y sobre el que la Populorum progressio influyó mucho, era visto como un texto subversivo.

¿Qué explicación tiene este tipo de críticas?
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Estas acusaciones nacieron porque el documento del papa Montini, de manera clara y valiente para aquel entonces, hablaba por primera vez de la necesidad de la justicia social para un desarrollo auténtico. Y cuando la Iglesia habla en favor de los pobres siempre hay alguien que la acusa de querer hacer política y meterse en terrenos que no son suyos. Respecto a lo de ser marxista, era y sigue siendo una acusación ridícula. La encíclica citaba esta célebre frase de san Ambrosio: «No es parte de tus bienes lo que tú das al pobre, lo que le das le pertenece. Porque lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos». Y añadía: «No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario». A mí no me parece marxismo. San Ambrosio escribió estas cosas algunos siglos antes de Marx…

Y, sin embargo, la encíclica afirma que en situaciones determinadas el bien común exige «la expropiación de algunas posesiones»…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Era un concepto tomado de la constitución conciliar Gaudium et spes, así que nada de revolucionario. Cómo tampoco era para nada revolucionario advertir del peligro que el lucro fuera considerado el «motor esencial del progreso económico» y que la competencia fuera venerada como la «ley suprema de la economía». Pablo VI hablaba al respecto de «liberalismo sin freno». No parece tampoco en este caso que hayan pasado cuarenta años, aunque hoy ya no se habla de «liberalismo sin freno», sino de “liberismo”.

La encíclica dedica un párrafo a la insurrección revolucionaria…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Pero para decir que es lícita sólo «en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país». Porque como es sabido –dice la encíclica– esta insurrección revolucionaria «engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor». Es verdad que en aquella época algunos interpretaron a su manera este punto de la encíclica, casi como si fuera la aprobación de una especie de teología de la revolución. ¡Qué error! Por lo que Pablo VI posteriormente reafirmó perentoriamente que «la violencia no es ni evangélica ni cristiana».

¿Cuál es la actualidad de la Populorum progressio?
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Hoy los tiempos han cambiado, ya no existe el enfrentamiento que había entonces entre marxismo y capitalismo. Vivimos la atmósfera de la globalización de los mercados. Globalización que sin embargo trae consigo un gran componente de injusticia, con la marginación de los que no consiguen entrar en este nuevo tipo de mercado. Se reduce el concepto de desarrollo al mero nivel económico. El aspecto social está completamente abandonado. Se consideran sólo las cifras de la macroeconomía pero no se tiene en cuenta a los hombres concretos. Y, sin embargo, el hombre es, como explica con fuerza la Populorum progressio, el sujeto principal del desarrollo. Por eso la encíclica no ha perdido casi nada de su actualidad. Sus palabras sobre la justicia social, sobre lo que hay que entender por desarrollo, sobre la paz, conservan todo su valor.

Por tanto sigue siendo actual el concepto de que «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz»…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Es un concepto profético, pero que no ha sido escuchado. Han pasado cuarenta años y cada vez es más verdadero: si no hay desarrollo, si los pueblos no pueden progresar en el bienestar incluso material, entonces la paz es un espejismo cada vez más inalcanzable. Y no me refiero sólo a la paz entre los Estados, entre los pueblos, sino también a la paz dentro de los países, dentro de cada sociedad. Pienso en América Latina, aunque no solo en ella. Nuestros jóvenes si no tienen la posibilidad de un trabajo honesto tienen ante si dos opciones: emigrar o meterse en el mundo terrible del narcotráfico.

Respecto al fenómeno de la emigración, la encíclica recuerda el deber de acoger benignamente a «los trabajadores emigrados, que viven muchas veces en condiciones inhumanas, ahorrando de su salario para sostener a sus familias, que se encuentran en la miseria en su suelo natal»…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Es una advertencia de extrema actualidad. Como pastor de la Iglesia latinoamericana espero y deseo que nuestros hermanos más ricos del Norte escuchen estas palabras. Y no me refiero a la Iglesia estadounidense, que siempre ha estado a nuestro lado, sino a los responsables políticos. El presidente Bush y el Congreso no deberían hacer leyes contra los inmigrantes. No les conviene. Estas leyes, en efecto, les granjean la antipatía de nuestros pueblos. Los Estados Unidos son una gran nación, pero deben hacer más para sostener el desarrollo de América Latina. Porque si no otras potencias emergentes, como China, o discutidas, como Irán, llenarán este vacío. Y, por tanto, no pueden quejarse más de la cuenta cuando esto sucede.

Aludía usted antes al influjo que tuvo la Populorum progressio en la segunda Conferencia general del Celam celebrada en Medellín, Colombia, en 1968…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Fue un impacto de verdad notable. Su influjo se manifestó en las numerosas citas, pero sobre todo en el énfasis que la Iglesia puso en el tema de los pobres inmediatamente después de la Conferencia.

En mayo se celebrará en Aparecida, Brasil, la quinta Conferencia general del Celam. ¿Piensa que se recordará la Populorum progressio?
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Espero que la próxima Conferencia de Aparecida recuerde adecuadamente la encíclica. Además hoy no existe el clima del 68 y por tanto no hay peligro de que se repitan las instrumentalizaciones que entonces fueron casi inevitables.

Pero hoy en América Latina se vive un giro político hacia la izquierda, con fuertes matices populistas en algunos casos…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: No cabe duda de que están brotando matices populistas. Y esto plantea problemas de gobernabilidad democrática. Pero la pregunta que los ricos, los países ricos y también las instituciones económicas internacionales deben hacerse es la siguiente: ¿qué han hecho para impedir estos resultados electorales que luego desaprueban? Como nos recuerda precisamente la Populorum progressio, «lo superfluo de los países ricos debe servir a los países pobres […]. Los ricos, por otra parte, serán los primeros beneficiados de ello. Si no, su prolongada avaricia no hará más que suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con imprevisibles consecuencias». Ahora bien, los poderosos de este mundo pueden no creer y no temer, por tanto, el juicio de Dios. Pero de la cólera de los pobres, que puede expresarse también mediante determinados resultados electorales imprevisibles y no de su agrado, deberían por lo menos tener un cierto temor. Pero no me parece que se den cuenta.

Eminencia, la última pregunta. Se afirma en la encíclica que «entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero es, en efecto, creador de fraternidad»…
RODRÍGUEZ MARADIAGA: Esta también es una afirmación profética. Tal vez hoy la comprendemos mejor que hace cuarenta años. Un motivo más para recordar y difundir esta encíclica incluso entre los que desgraciadamente profetizan y a veces desean y provocan “choques de civilizaciones” de los que la humanidad no tiene absolutamente ninguna necesidad.
Tomado de www.30giorni.it

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2 comentarios en “Cardenal Madariaga: A 40 años de la "Populorum progressio"”

  1. Domingo Says:

    Muchas gracias por el artículo, Rubén. Me parece que estas cuestiones andan un poco olvidadas, y algunos (acríticamente) piensan que la Iglesia está de acuerdo con el neoliberalismo que rige las relaciones internacionales. El cardenal matiza muy bien, mostrando que no hay marxismo alguno en poner el desarrollo de los pueblos empobrecidos como parte integrante de la misión de la Iglesia. De nuevo, muchas gracias

  2. Domingo Says:

    Muchas gracias por el artículo, Rubén. Me parece que estas cuestiones andan un poco olvidadas, y algunos (acríticamente) piensan que la Iglesia está de acuerdo con el neoliberalismo que rige las relaciones internacionales. El cardenal matiza muy bien, mostrando que no hay marxismo alguno en poner el desarrollo de los pueblos empobrecidos como parte integrante de la misión de la Iglesia. De nuevo, muchas gracias


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