Al-Masih qaam! Hakkan qum!

He aquí la homilía de Pascua del Patriarca Latino de Jerusalén, Michel Sabbah. Es el primer patriarca de Jerusalén nacido en Palestina (concretamente, en Nazaret). Conoce en sus carnes el problema palestino-israelí, y lo refleja en sus homilías y comunicados, en los que tanto apoya a los palestinos, como es capaz de criticar a sus dirigentes.

El título de este post es el saludo de Pascua de la comunidad católica de Tierra Santa, en árabe. La traducción son las primeras palabras de la homilía de su Beatitud Michel Sabbah:

1. ¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, verdaderamente ha resucitado! En esto nosotros creemos y es por la fuerza de la esperanza que nos da la Resurrección que nosotros acogemos nuestra vida de todos los días, con todo el misterio de bien y de mal que ella conlleva.
Queridos Hermanos y Hermanas: ¡Cristo ha resucitado! Que la alegría de la Resurrección llene vuestros corazones. Nosotros meditamos el misterio de la Pascua en comunión con todas las generaciones de creyentes, de todo tiempo y en todo lugar. En esta comunión con su fe, con su esperanza y con su amor, somos nosotros mismos fortificados en nuestra fe, en nuestra esperanza y en nuestro amor por el Seňor Resucitado y por todos los hombres y mujeres por los cuales el murió y resucitó: “Dios, en su gran misericordia -nos dice san Pedro- nos ha engendrado de nuevo por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza viva y para una herencia incorruptible” (I Pedro 1,3-4).
En esta comunión de los santos, aquí, en Jerusalén, delante de la Tumba vacía del Seňor, nosotros revivimos la memoria de Cristo Resucitado. Los hechos narrados por los evangelistas los hemos leído de nuevo en estos días y los hemos vuelto a escuchar: el Seňor ha sufrido; el había predicho a sus discípulos que tenía que sufrir y morir. A los dos discípulos de Emaús, el ha recordado que era necesario que el Mesías sufriese antes de entrar en su Gloria y a fin de conceder de nuevo la gloria a toda la familia humana.
En la segunda lectura del Oficio del Lunes de Pascua, Melitón de Sardes dice: el misterio que nosotros meditamos en este día de la Resurrección, es un misterio de alegría espiritual que se refleja en el curso de nuestra vida entera: el Seňor siendo Dios, se revistió de nuestra naturaleza humana, sufrió por aquel que sufría, fue encadenado por aquel que estaba cautivo, fue juzgado por el culpable, fue enterrado por aquel que estaba enterrado y resucitó de entre los muertos. (cf Meliton de Sardes, Homilía sobre la Pascua, Liturgia de las Horas, T. II)
Todo esto nos presenta el misterio: por qué era necesario que El sufriese. ¿Por qué el sufrimiento debía ser la senda hacia la vida? Y el otro aspecto del mismo misterio: ya que nosotros somos creados a imagen del Dios Santo, ¿Por qué el pecado aparece desde el inicio en la historia humana, en la narración de un hermano, que, llevado por los celos, mata a su hermano? Y esto continúa hasta hoy en todas partes del mundo y aquí también, en la historia de nuestra tierra, en la cual nosotros celebramos hoy la gloria de la Resurrección.
Un hecho es seguro: nosotros somos creados a imagen de Dios. Así como también es seguro que el hermano, aquí, continúa matando a su hermano. Nosotros hemos sido hechos a imagen de Dios, la obra de sus manos, todos nosotros: cristianos, judíos y musulmanes. Todos nosotros hemos recibido la orden de imitarlo. “Sed perfectos y sed santos -dice la Escritura- porque Yo el Seňor vuestro Dios soy Santo” (cf Lv 11,44; Mt 5,48). Y nosotros no lo hacemos. El mal y el bien riňen en nuestra vida personal y en nuestras relaciones entre los pueblos. Así y todo, si nosotros hemos recibido la orden del Creador, esto quiere decir que Dios nos ha concedido también el poder de cumplir aquello que el nos manda. Es por esto que, en medio de todo el mal y de todo el bien que nosotros vivimos, el grito se eleva siempre para todos, en la Palabra de Dios escrita o a través de los distintos acontecimientos de nuestra vida: el Seňor viene. El está presente (cf Mt 25,10).
Las aplicaciones sobre nuestra vida
2. La Resurrección es una vida nueva que nos he concedida, y que debemos conservar siempre nueva, sin dejarla caer en la vejez del esfuerzo, de la fatiga, de la rutina, sin dejarla que caiga bajo las exigencias egoístas que no hacen otra cosa que bloquear la vida en nosotros.
San Pedro nos dice: “Vosotros habéis purificado vuestras almas en la obediencia a la verdad, para practicar un amor fraterno sin hipocresía. Comportaos como hombres libres, sin utilizar la libertad como un velo para vuestra maldad, sino obrando como servidores de Dios ” (cf I Pedro 1,22; 2,16).
Comportarse como hombres libres, sin utilizar la libertad como un velo: he aquí un llamado a los responsables de la paz y de la guerra en nuestra tierra de la Resurrección y de la libertad. Nuestro conflicto lleva más de un siglo. Un siglo de conflicto y de impotencia humana. Un conflicto al que hay que ponerle fin. En este aňo, además, se cumplen cuarenta aňos de ocupación y de impotencia a los que hay que ponerles fin, junto a cuarenta aňos de inseguridad y de impotencia que deben terminar.
El espíritu de Pascua invita a todos aquellos que, en esta Tierra Santa, llevan la responsabilidad de la paz y de la guerra, a recurrir a nuevos criterios, a una nueva visión. Hasta ahora, la opresión ha hecho nacer la violencia, y la violencia ha hecho nacer más opresión. Es necesario que la opresión inicial, la ocupación y el rechazo del reconocimiento mutuo, cese a fin de volver a entrar decididamente en los senderos de la paz. Los judíos celebran la Pascua, memoria de la liberación del pueblo judío y símbolo de la libertad para todo pueblo. ¿Israel llegará un día a celebrar la Pascua en la cual tendrá el coraje de devolver la libertad al pueblo palestino, a fin de volver a encontrar él mismo su libertad interior? Un siglo de impotencia, entonces, tendrá fin, y comenzará la obra de la Resurrección y de la vida nueva en esta tierra.
3. Queridos Hermanos y hermanas, en nuestra alegría y en nuestra oración pascual, aquí, delante de la Tumba del Seňor, nosotros traemos el recuerdo de toda nuestra diocesis y de todas las iglesias en Palestina, Israel, Jordania y Chipre. Recordamos a todos los habitantes de nuestros países, musulmanes, judíos, cristianos y drusos. A los judíos que celebran la Pascua les deseamos una Pascua de santidad, de libertad y de paz. A todo el pueblo palestino, cristiano y musulmán, bajo la ocupación, le deseamos la libertad, el fin de nuestros sufrimientos, la libertad de millares de prisioneros políticos, con la libertad de cuatro prisioneros israelíes. Nuestra fiesta es una oración por todos y la renovación de nuestro amor por todos.
¡Cristo ha resucitado! Era necesario que el sufriese para entrar en su Gloria. El nos invita a hacer de todos nuestros sufrimientos, a todos los niveles, una fuente de Redención para nosotros y para todos aquellos con los cuales vivimos. ¡Cristo ha resucitado! ¡Felices y santas fiestas de Pascuas! Amén.
+ Michel Sabbah, Patriarca
Jerusalén, Pascua, 8 de Abril de 2007

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