Archive for the ‘Aborto’ category

El médico que renunció al Nobel por defender la vida

marzo 24, 2007
Artículo de Rosa Bueno (www.solidaridad.net)

El arzobispo de París, Mons. André Vingt-Trois, previa confirmación de la Santa Sede, nombró al Padre Jean Charles Naud, prior de la Abadía de St. Wandrille, postulador de la causa de beatificación Jérôme Lejeune. De este modo comenzó el tan esperado proceso a nivel diocesano. El anuncio fue hecho en la XIII Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, el 25 de febrero pasado.


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El Dr. Jérôme Lejeune a los 33 años, en 1959, publicó su descubrimiento sobre la causa del síndrome de Down, la trisomía 21, esto lo convirtió en uno de los padres de la genética moderna. En 1962 fue designado como experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en 1964 fue nombrado Director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia y en el mismo año se crea para él en la Facultad de Medicina de la Sorbona la primera cátedra de Genética fundamental. Se transformó así en candidato número uno al Premio Nobel.
Aplaudido y halagado por los “grandes del mundo”, deja de serlo cuando en 1970 se opone tenazmente al proyecto de ley de aborto eugenésico en Francia: matar a un niño por nacer enfermo, es un asesinato y además abre las puertas a la liberalización total del crimen del aborto.
En esos meses participa en New York en la sede de la ONU en una reunión en la que se trataba de justificar, ya entonces, la legalización del aborto para evitar los abortos clandestinos. Fue en ese momento cuando refiriéndose a la Organización Mundial de la Salud dijo “he aquí una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte”. Esa misma tarde escribe a su mujer y a su hija diciendo: “Hoy me he jugado mi Premio Nobel”.
La defensa de Lejeune siempre defendió al ser humano desde la concepción.
Rechazó científicamente no sólo el crimen abominable del aborto, sino conceptos ideológicos como el de pre-embrión. Por esas razones lo aislaron, lo acusaron de integrismo y fundamentalismo y de intentar imponer su fe católica en el ámbito de la ciencia.
Fue incomprendido y perseguido en ámbitos de eclesiales, y aislado por sus colegas. Pero en ningún momento escuchó a los prudentes que le aconsejaban “callar para llegar más alto y así poder influir más”: las estructuras de pecado no se pueden cambiar, sólo hacen cómplices. Hizo caso omiso también de los que le decían que estaba sumiendo en la miseria a su familia, ya que le fueron cortados todos los fondos para sus investigaciones de las cuales vivía: continuó con sus investigaciones, sostuvo a su familia y se financió dando conferencias.
Juan Pablo II, en carta al Cardenal Lustinger, entonces arzobispo de París, con motivo de la muerte de Lejeune decía: “En su condición de científico y biólogo era una apasionado de la vida. Llegó a ser el más grande defensor de la vida, especialmente de la vida de los por nacer, tan amenazada en la sociedad contemporánea, de modo que se puede pensar en que es una amenaza programada. Lejeune asumió plenamente la particular responsabilidad del científico, dispuesto a ser signo de contradicción, sin hacer caso a las presiones de la sociedad permisiva y al ostracismo del que era víctima”.
En 1992 comienza, a petición de Juan Pablo II, la gestación de la Pontificia Academia para la Vida, creada por Su Santidad el 11 de febrero de 1994. El 26 de febrero de ese año recibe, ya en su lecho de muerte, el nombramiento de Presidente de la Academia. Entrega su alma a Dios el Domingo de Pascua de 1994 (3 de abril).

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El aborto como medio de opresión capitalista

enero 24, 2007
Un estudio de hace unos años, realizado por Ermenegildo Spaziante, miembro de la Sociedad Italiana de Bioética y publicado por la Universitá Cattolica del Sacro Cuore de Roma, fijaba en 38.896.000 el número anual de abortos en el mundo (casi 110.000 diarios). Ahora estas cifras han aumentado significativamente. Por poco sensibilizado que esté uno hacia el tema, no puede negarse que se trata de un hecho sin igual en la historia de la especie humana y adquiere tintes de genocidio universal. Por ello, debe evitar acometerse con puntos de vista estrechos y reduccionistas, que dejen el tema envuelto en brumas parciales


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Y es que el problema del aborto en el mundo, por más que así se nos presente por quienes lo defienden, excede con mucho el problema de la liberación de la mujer: los fetos desechados pertenecen a ambos sexos –más aún, suele tenderse, al menos en el tercer mundo, a que pertenezcan mayoritariamente al género femenino-; como tampoco cabe, en sana lógica, situar una matanza de esta magnitud en el terreno de la revolución sexual, que se nos aparecería como desproporcionadamente cara por grandes que pudieran ser sus beneficios presentes y futuros. Por eso, consciente de la dificultad de ligar el tema a una dinámica puramente ideológica, todo el orquestado discurso proabortista ha tendido a presentar el tema desde una óptica individual y hasta casuística, buscando propiciar en el ciudadano la sensación de que se trata de un “problema de conciencia” en el que no tiene arte ni parte nadie sino la mujer afectada. No es así, sin embargo; y no hablo aquí de entrar en polémica sobre si el feto es ya un ser humano o no lo es; ni si el varón tiene derecho alguno a intervenir; ni si lo tiene la Iglesia, o la sociedad. El aborto, a nivel mundial, es, por encima de todo, un acto de imperialismo brutal a cuenta de los países ricos sobre los pobres. Y esto, que puede sonar a demagógico, no lo es en absoluto.

El meollo de toda la política antinatalista del mundo desarrollado sobre el subdesarrollado tiene su punto de origen en el problema de la competencia por mano de obra barata y en el fenómeno de la inmigración. Vayamos al segundo: es un hecho que, cada año desde hace treinta, un millón de inmigrantes del sur se instala en el norte. Lo es también que el norte no sabe ya cómo convencer al sur de que la causa de su pobreza es su sobredimensionado crecimiento demográfico. Y parece lógica esta dificultad: ¿no es verdad que la densidad de población de, por ejemplo, Japón (325 habitantes por Km2, y 23.000 dólares anuales de renta per cápita), sobrepasa con creces la de la mayoría de los países que se consideran “pobres” (como Tanzania, que con 25 habitantes por Km2, sólo alcanza los 130 dólares de renta per cápita)?. Cualquier persona medianamente informada –los países del Tercer Mundo son pobres, pero no tontos- sabe que una adecuada revolución demográfica es un factor esencial para cualquier proceso de promoción y expansión industrial de primera fase; más población es también más mano de obra –lo que la hace más barata-, y más mercado interior, elementos esenciales ambos para consolidar una mínima infraestructura industrial capaz de abrirse posteriormente a la competencia exterior. Europa, desde luego, tuvo su propia revolución demográfica, desde la inglesa, inaugurada a principios del siglo XIX, a la española, concluida en los años sesenta de nuestro siglo. Recordemos cómo, ya en el siglo XVII y XVIII, nuestros novatores e ilustrados supieron ver en la despoblación que entonces aquejaba a la península una de las causas de la decadencia nacional. Pero también es fácil colegir –y comprobar históricamente- que los beneficios de una expansión demográfica concluyen, e incluso comienzan a revertir negativamente, en el momento en que se alcanza un punto de saturación, si ésta no viene acompañada de un cualitativo empujón tecnológico. Europa solventó este problema mediante la emigración: chorros de europeos invadieron durante siglo y medio los continentes vecinos (África, América) y no tan vecinos (Oceanía, Extremo Oriente) hasta descongestionar sus respectivas poblaciones incluso a costa de sustituir a las poblaciones autóctonas en sus lugares de destino. En 1895, sir Cecil Rhodes afirmaba en el Parlamento británico que “para salvar los 40 millones del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los políticos coloniales, hemos de tomar posesión de nuevos territorios para colocar en ellos el exceso de población, para encontrar nuevos mercados en los que vender los productos de nuestras fábricas y de nuestras minas”. A la vista de esto, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que una parte del Tercer Mundo pagó con la extinción el progreso del hombre blanco. Pues bien: el mundo en vías de desarrollo lleva veinte años necesitando del mismo modo, y con la misma urgencia, una descongestión demográfica que le arranque de la miseria y le aparte del peligro –ya peligrosamente constatable- de la guerra civil. El problema está en que, en ese camino, no ha hecho más que tropezar con el primer mundo, que sólo le ofrece parches, pero no soluciones efectivas. En la Conferencia de la Población de El Cairo, de 1994, por ejemplo, los países desarrollados se negaron repetidamente a ampliar sus cuotas de inmigración y a abrir las barreras aduaneras a la importación de productos del sur, tal como pedían los países pobres. En cambio, sí que supieron ofrecer notabilísimas ayudas encaminadas a la “planificación familiar” y, muy especialmente, al aborto. Resulta bien significativo que el presidente Billy Clinton, que no ha tenido empacho en negar al aborto, en su propio país, la cualificación de “método de planificación familiar”, impidiendo así que sea subvencionado con fondos federales, lo proponga en cambio como tal para el Tercer Mundo. Ya en la Conferencia de Población de Méjico (1984) el mundo rico intentó incluir el aborto en los países en desarrollo como “método de planificación familiar”, siendo rechazada la propuesta. En la de El Cairo se insistiría en las mismas pretensiones, fijando incluso un límite para la población del planeta, en 7.270 millones. El promotor de esta “luminosa” idea no es otro que el “Fondo para la Población de la Naciones Unidas”, fundación creada a iniciativa de los Estados Unidos para camuflar sus intereses en las campañas contra la natalidad para el Tercer Mundo.

No es, como digo, demagogia mencionar los intereses que el gigante capitalista tiene a la hora de frenar la expansión demográfica de los países en desarrollo: el mismo Juan Pablo II así lo afirmó en su rotunda y reveladora encíclica Evangelium Vitae, del año 1995, cuando decía que “estamos en realidad ante una objetiva ‘conjura contra la vida’, que ve implicadas incluso a instituciones internacionales”. Como muestra, un botón: el 16 de marzo de 1994, poco antes de la Conferencia de El Cairo, el departamento de Estado norteamericano ordenó a sus embajadas que insistieran a sus gobiernos anfitriones en que los Estados Unidos consideraban el acceso al aborto voluntario un derecho fundamental de todas las mujeres, y, a comienzos del segundo mandato de Clinton, en febrero de 1997, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una ley presupuestaria de 385 millones de dólares (53.900 millones de pesetas) destinados a la planificación familiar y al aborto en el Tercer Mundo. Simultáneamente, era rechazada una moción del congresista pro-vida Chris Smith que, aludiendo a lo que llamó “imperialismo demográfico”, ofrecía aumentar la partida hasta 713 millones siempre que del programa antinatalista fuera explícitamente excluido el fomento del aborto. Obviamente, las intenciones del presidente Clinton y de sus compañeros de viaje no pasaban por esa exclusión. La razón la dio explícitamente la entonces nueva secretaria de Estado, Madeleine Albrigth, alegando que el control de nacimientos en el Tercer Mundo es pieza fundamental de su política de promoción de los intereses norteamericanos. Algunos otros congresistas supieron ser algo más explícitos y aludieron a necesidad de reducir la competencia por mano de obra barata en el mercado internacional (ABC, 16-2-97). Pero no se crea que este planteamiento estratégico-defensivo proviene de estos últimos años, o está únicamente representado por Clinton; tiene su origen, más bien, en el famoso “Documento 2000” del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, aprobado el 10 de diciembre de 1974 por el presidente Gerald Ford, documento, como es obvio a tenor de la dureza de su contenido, originariamente secreto, y sin embargo desvelado en 1990 gracias a las presiones de algunos historiadores que supieron invocar con éxito las leyes de secretos oficiales. El documento, textualmente, afirma en algunos de sus apartados:

Punto 19: Los actuales factores de población en los países menos desarrollados suponen un riesgo político e incluso problemas de seguridad nacional para los Estados Unidos”.

Punto 30: Los países con interés político y estratégico especial para los Estados Unidos son India, Bangla Desh, Pakistán, Nigeria, México, Indonesia, Brasil, Filipinas, Tailandia, Egipto, Turquía, Etiopía y Colombia (…) El presidente y el secretario de Estado deben tratar específicamente del control de la población mundial como un asunto de la máxima importancia en sus contactos regulares con jefes de otros gobiernos, particularmente de países en desarrollo”.
Punto 33: Debemos tener cuidado de que nuestras actividades no den a los países en desarrollo la apariencia de políticas de un país industrializado contra países en desarrollo. Hay que asegurar su apoyo en este terreno. Los líderes del Tercer Mundo deben figurar a la cabeza y recibir el aplauso por los programas eficaces”.

Punto 34: Para tranquilizar a otros respecto de nuestras intenciones, debemos hacer énfasis en el derecho de los individuos y las parejas a decidir libre y responsablemente el número y el espaciamiento de sus hijos, el derecho a recibir la información, educación y nuestro continuo interés en mejorar el bienestar de todo el mundo. Debemos utilizar la autoridad del Plan Mundial de Población de las Naciones Unidas”.

No sabemos si tendrá que ver con aquellas áreas de interés estratégico el hecho de que la primera conferencia de población se celebrase en Méjico, y la segunda en Egipto. Pero sí podemos constatar que el Fondo para la Población de las Naciones Unidas es una de las pocas oficinas de la O.N.U. que ve crecer sus presupuestos cada año, financiados en un 50 % por los Estados Unidos, y el resto por otros países del Primer Mundo. En 1994, por ejemplo, contaba con 246 millones de dólares, más otros 1.000 millones en programas destinados expresamente a frenar la natalidad de los países pobres. Sus actividades se centran en la esterilización, anticoncepción y aborto en el mundo en desarrollo. Con todo, su más rutilante actuación en los últimos tiempos, ha sido la convocatoria de la polémica Conferencia de El Cairo, encaminada en un primer momento a conseguir que los países destinatarios de los programas antinatalistas contribuyesen económicamente al sostenimiento de éstos.
Claro, que no es el Fondo de Población la única institución con que juegan los intereses estratégicos de los Estados Unidos: una gran parte de los 385 millones de dólares (al cambio, muchos millones de pesetas) que el Congreso norteamericano dedicó en febrero del 97 a la planificación familiar en el Tercer Mundo, habrían de ser encauzados a través de la International Planet Parenthood Federation (I.P.P.F.), una multinacional del aborto fundada a principios de este siglo en Estados Unidos (Brooklin, 1916) por Margaret Sanger a partir de una clínica abortiva. La I.P.P.F., por otro lado, tuvo mucho que ver con la redacción del documento propuesto –y afortunadamente rechazado- en El Cairo: el 31 de marzo de 1994, por ejemplo, I.P.P.F. se jactaba públicamente de que su presidente, Fred Sai, lo era a su vez de la tercera conferencia preparatoria, y de que la delegada de la organización abortista para el hemisferio occidental, Billie Miller, presidía el grupo de O.N.Gs y el comité de planificación. No decía, aunque era de dominio público, que Nafis Sadik, directora por entonces del Fondo para la Población de las Naciones Unidas, había trabajado con anterioridad para la I.P.P.F., lo mismo que el secretario de Estado adjunto para Cuestiones Globales de los Estados Unidos, antiguo director de la I.P.P.F. en Denver. Junto a esa verdadera “multinacional de la muerte”, hay que citar también la Fundación Ford, la Fundación Rockefeller, el Alan Guttmacher Institute, que depende del I.P.P.F., o el Population Council, financiado por el gobierno norteamericano. Pero quizá el más importante instrumento de presión del “lobby” antinatalista sea el Banco Mundial, con su política dirigida a condicionar los créditos a los países pobres al grado de cumplimiento de las directrices marcadas por el Fondo para la Población de las Naciones Unidas. Recordemos que la deuda externa es uno de los más dolorosos cánceres del Tercer Mundo. Mozambique, por ejemplo, tuvo que desembolsar en 1996, por este concepto, el doble de lo que dedicó a educación y salud. Y no caigamos en la trampa –claramente racista- de culpar del desastre a una nunca demostrada “incapacidad” de esos países para valerse por sí solos o para escapar de la corrupción política. Tengamos en cuenta que durante los años ochenta, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los tipos de interés para los países pobres fueron en conjunto cuatro veces más elevados que para los países ricos. Del mismo modo, conviene no olvidar que el problema de la deuda externa tiene orígenes relativamente cercanos, pues se remonta a la crisis del petróleo de 1973. En esas fechas, los grandes bancos mundiales vieron crecer sus fondos por las imposiciones provenientes de los países de la O.P.E.P., que habían acrecentado sobremanera sus ingresos después de cuadruplicar el precio del petróleo, y se lanzaron desaforadamente a una arriesgada política de préstamos sobre los países en desarrollo. Como es natural, éstos recibieron ávidos esta inopinada lluvia de millones que, en muchos casos, no fueron a parar al objetivo para el que habían sido solicitado. Por otra parte, y al mismo tiempo, el aumento del precio del crudo provocaba en el mundo industrializado un galopante proceso inflacionario de difícil solución sino con medidas radicales. En 1979, el gigante norteamericano se vería obligado a un duro ajuste monetario, que fue inmediatamente seguido por todos los otros países del bloque industrializado. La consecuencia para el Tercer Mundo, que vivía de sus exportaciones, no se hizo esperar: en breve plazo, aquellos países que habían contraído deudas a tipos de interés variable –que eran, lógicamente, casi todos- vieron cómo los intereses de sus préstamos se multiplicaban. Las más de las veces la deuda se convertía en un peso insalvable: los pagos anuales, efectuados con notables sacrificios por los deudores, no alcanzaban a cubrir ni siquiera el montante de los intereses. En 1996, por ejemplo, la deuda externa acumulada por Zambia duplicaba su P.N.B. Ese mismo año, el mundo en desarrollo debía al primer mundo globalmente el doble que diez años antes, sólo en calidad de acumulación de intereses impagados.

Así las cosas, no es posible ignorar el funcionamiento interno por el que se rige la actividad del anteriormente mencionado Banco Mundial. Nacido, como el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.), en julio de 1944 en Bretton Woods (EE.UU.), representó en su momento el deseo de diseñar las directrices económicas de un mundo que ya preveía la victoria en la Segunda Guerra Mundial, y anhelaba extender y globalizar su capitalismo a escala planetaria. No cabe duda de que sus objetivos están cerca de cumplirse, si es que no lo han hecho ya. A finales de 1991 la revista The Economist y el New York Times sacaron a la luz un memorándum interno del Banco Mundial según el cual esta institución debía estimular la instalación en el Tercer Mundo de las industrias más sucias, por varias razones: la misma lógica económica, que invita a alejar de la propia casa los residuos, los bajos niveles de contaminación de esos países, a causa de su menor densidad de población, y la escasa incidencia del cáncer sobre grupos de gente cuya esperanza de vida es de por sí pequeña. ¿Puede extrañar a alguien, pues, que el primer mundo necesite perpetuar el déficit poblacional del mundo en desarrollo? Es preciso señalar que, en las decisiones del F.M.I., los Estados Unidos cuentan con un 17’80 % de los votos, y el mundo desarrollado en conjunto (unos quince países, de un total de poco más de ciento setenta y cinco), el 55 %. El porcentaje, por supuesto en un sistema cuya base es el dinero, viene determinado por las aportaciones económicas al Fondo, lo que deja fuera de juego a los países menos desarrollados. Por ejemplo, el grupo formado por Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Perú y Uruguay no suma más del 2’15 % de los votos.

El demógrafo Karl Zinsmeister ya demostró en 1994, en sendos artículos publicados por las revistas norteamericanas The National Interest y Population Research Institute Review, que el problema demográfico no existe en cuanto tal, sino como consecuencia de una injusta distribución de la riqueza. La misma División de la Población de la Naciones Unidas, organismo estadístico sin capacidad ejecutiva y por ello, hasta la fecha, libre de la infiltración estratégica de los países ricos, aseguró en 1994, en su documento anual “Perspectivas de la población mundial”, que el famoso “peligro demográfico” es cada vez menor, y que, por encima de pesimismos más o menos interesados, el crecimiento demográfico del planeta se está estabilizando. En 1960, la previsión mundial de población para el año 2000, era de casi 10.000 millones; a pocos meses del nuevo milenio, hay que revisar esa cifra notablemente a la baja. Y la razón, desde luego, no es la actividad antinatalista del F.P.N.U., sino la misma lógica demográfica, que determina que, a mayor nivel de vida, se corresponde un descenso en la cantidad del número de hijos por pareja. Por otro lado, no conviene magnificar desmesuradamente la triste situación económica del mundo. Hace sólo treinta años, el 80 % de la población de los países en vías de desarrollo vivían bajo el triste umbral de las 2.000 calorías per cápita, y en esos mismos países sólo un 2 % superaba las 2.700. Hoy no llega al 8’5 % la cantidad de población en vías de desarrollo que no alcanza el umbral mínimo, y supera el 15 % la que sobrepasa el de las 2.700 calorías. En este tiempo, y mientras la población mundial se duplicaba, el suministro medio de calorías per cápita del planeta pasaba de 1.950 a 2.475. En la actualidad existe, por ejemplo, un 60 % más de cereales disponibles por persona que en 1960. La F.A.O., en 1994, determinó que, de 1950 hasta ese año, la producción mundial de cereales se había multiplicado por tres, mientras la población sólo se había duplicado. Y, en 1996, durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, este organismo internacional reveló que desde 1970 en los 55 países más pobres de la tierra la esperanza de vida se había disparado. En Tanzania, por ejemplo, ha pasado de los 41 a los 52 años; en Etiopía, de los 37 a los 47, y en Sudán, de los 40 a los 53. El catastrofismo, en todo caso, no es de hoy: ya en el siglo II después de Cristo, Tertuliano se quejaba de que el mundo no podía soportar más carga demográfica. De entonces ahora, algo ha llovido, y algo hemos avanzado. La realidad histórica demuestra que la capacidad de la técnica humana permite ampliar el ecúmene hasta límites insospechados. Roger Revelle, que fue director del Harvard Center for Population Studies, ha llegado a afirmar que las capacidades tecnológicas actuales, bien aplicadas, permitirían alimentar a 40.000 millones de personas en el mundo. Un buen ejemplo de esto es lo que se llamó la “revolución verde”, llevada a cabo por el doctor M.S. Swaminathan en la India a partir de un arroz de laboratorio, el I.R. 36, capaz de un rápido crecimiento y de una fuerte resistencia a las plagas y enfermedades, que permitió al país asiático, entre 1967 y 1987, multiplicar su producción de cereal por habitante en un período en que su población había crecido en 100 millones, e incluso acumular un stock de 50 millones de toneladas y convertirse, desde 1980, en país exportador. Por otra parte, la superficie cultivada es susceptible de aumentar: en China, por ejemplo, donde la política antinatalista se ha ejercido de la forma más brutal y donde su fracaso ha sido más evidente, la superficie apta para el cultivo de secano y no utilizada es de 2.500 millones de hectáreas, tres veces más que la que se dedica a la explotación. Lo mismo ocurre con el problema de la desertización. La F.A.O. ha prevenido frecuentemente contra la poca credibilidad de los mecanismos que se utilizan para evaluar la irrecuperabilidad de las tierras, y hay casos que desmienten muchas de estas clasificaciones, como el programa agrícola que devolvió la fertilidad a algunas zonas de Kenia, y que logró demostrar que una tierra clasificada como no restaurable puede dejar de serlo con sólo aplicar en ella la tecnología y los incentivos adecuados. Para qué hablar de las experiencias israelíes.

El problema, en cualquier caso, no es demográfico, sino de reparto. Aunque los países pobres son cada día, en efecto, menos pobres, los ricos son más ricos, de modo que las diferencias se acrecientan. En el año 1800, el P.N.B. por habitante era de 200 dólares entre los países del norte, y de 206 en los del sur. En 1900, ya el norte dispone de 528 dólares de P.N.B. por habitante, y el sur sólo de 179. A la altura de 1987, la diferencia es escandalosa: el norte disfruta de un P.N.B. medio por habitante de 14.430 dólares, y el sur sólo de 700. No cabe la menor duda de que, objetivamente, el sur ha mejorado en este tiempo; pero la pobreza es tanto más evidente, y se hace más injusta, cuando se la coteja con el lujo. Baste señalar que los Estados Unidos, por sí solos, podrían alimentar adecuadamente a los 6.000 millones de habitantes que viven hoy sobre la Tierra (un solo niño norteamericano consume anualmente lo que 422 etíopes), y que sólo poniendo en juego un 10 % de los stocks del mundo desarrollado, podría acabarse con los problemas de malnutrición del Tercer Mundo. Cada occidental consume y, en consecuencia, ensucia cuatro veces más que cada habitante del Tercer Mundo. Es significativo que la riqueza de 225 personas en el mundo equivalga a la de la mitad de la Humanidad, y que las tres personas más ricas del mundo (entre ellas Bill Gates) superen en conjunto el presupuesto de los 48 países más pobres, según denunció en septiembre de 1998 el director regional del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de América Latina y el Caribe, Alfonso Zumbado, en su Informe Anual de Desarrollo Humano. Mientras un 20 % de la población del Planeta vive aún por debajo de lo que se considera el umbral de la pobreza, el mundo rico se gasta anualmente en el cuidado y manutención de sus animales domésticos un montante de 17.000 millones de dólares, más otros 12.000 en perfumes y cosméticos. Claro que estas cifras cobran su verdadera dimensión cuando se sabe que serían suficientes 13.000 millones de dólares para lograr que todos los seres humanos tuvieran acceso a unos mínimos servicios de salud. Baste conocer, en suma, que el 40 % de la humanidad ha de valerse con tan sólo el 3’3 % de los recursos, mientras el 20 % del planeta consume el 82’7 % y, lo que es más escandaloso, produce simultáneamente el 80 % de la contaminación. A este respecto, no deja de resultar curioso que sean precisamente los países industrializados –es decir: aquéllos que contaminan en mayor medida- quienes abanderen el movimiento de la ecología como dogma ético de la globalidad mundialista, conminando a los países del Tercer Mundo a conservar vírgenes sus bosques y selvas (los “pulmones del planeta”) aunque ello les suponga a medio plazo el estancamiento económico. Curioso -y hasta cínico-, cuando comprobamos, como ha sucedido hace poco en la cumbre de Kioto, que el llamado “primer mundo” no está dispuesto a reducir su carrera hacia la opulencia ni siquiera ante la posibilidad más que probable de dejar la biosfera hecha unos zorros. Sin duda, es más fácil pedir al mendigo que limpie el basurero global mientras nosotros lo llenamos; en suma: que siga siendo pobre, para que podamos nosotros seguir siendo ricos. No podemos evadirnos de nuestra responsabilidad; y nótese que al utilizar la primera persona del plural incluyo en ese capítulo también a España, como parte del mundo rico. Debemos ser conscientes de que una parte –no me atrevo a asegurar que pequeña- de nuestra riqueza es espuria, sustraída al esfuerzo universal de la Humanidad gracias a una privilegiada –y no siempre honestamente conquistada- posición en la parrilla de salida.

Está claro que la solución no puede pasar por pedir a los países pobres que lo sigan siendo y abandonen sus expectativas de industrializarse, mientras el mundo “rico” continúa contaminando y disfrutando de los mismos niveles de producción y consumo que hasta ahora. La única solución ha de ser, fundamentalmente, asumir la interdependencia como un reto de futuro y como un compromiso moral, y no sólo como paisaje-escenario para el enriquecimiento rápido y para la explotación. El mundialismo económico, si ha de serlo, tendrá que reportar a sus protagonistas no sólo beneficios, sino también responsabilidades. Para ello, se haría preciso que los países ricos asumieran su parte alícuota de sacrificio sin reservas. Y ello, no sólo por un elemental deber de justicia (se calcula que por cada dólar que el mundo desarrollado invierte en el Tercer Mundo, recupera cuatro), sino también –para el caso en que lo anterior no fuera suficiente-, que tendría que serlo- como único modo verdaderamente eficaz de evitar el previsible big bang migratorio que se avecina y ya se apunta. El camino para ello, aunque suene a paradójico, pasa por la eliminación, o en su defecto por la ampliación, de las cuotas de inmigración en los países ricos y la desaparición de sus barreras aduaneras proteccionistas a las importaciones provenientes del mundo en vías de desarrollo. Sin olvidar la urgente condonación de al menos una parte de su deuda externa. Con ello, sin duda, se conseguiría a medio plazo una mínima descongestión demográfica y económica en esos lugares y, en un período más largo, seguramente una tendencia a un cierto grado de igualación en el nivel de vida de todos los habitantes del Planeta. A cambio, el primer mundo ganaría algunos siglos de paz. Claro, que tales medidas supondrían algunos notables sacrificios, tales como la inmediata caída de los salarios y la reducción en gran medida del bienestar individual y social, con la consiguiente pérdida de votos y de influencia de partidos políticos y sindicatos, cosa que, por otra parte, se me aparece precisamente como una de las causas de que sea hoy por hoy tan difícil poner en marcha un verdadero programa de estabilización económica mundial. Aunque hay otras, mucho más importantes y decisivas, y menos explicitables: el primer mundo, convencido en gran medida de su superioridad biológica como WASP (White, anglo-saxon and protestant), ha ido viendo cómo, en las últimas décadas, perdía puntos porcentuales en los patrones demográficos (mientras el total de los países “ricos” crecía, entre 1950 y 1990, de 832 millones a 1.207, los países “pobres” lo hacían de 1.684 a 4.086), lo que ofrece al Tercer Mundo unas posibilidades de futuro hasta ahora difícilmente alcanzables en el marco geopolítico. Es evidente que el siglo XXI no es, sin duda, el de la raza blanca: si en la O.N.U. los distintos países estuvieran representados democráticamente en función de su número de habitantes, los Estados Unidos contarían con cinco veces menos votos que la India, y con seis veces menos que China. Un hipotético –pero no imposible- cambio de reglas del juego político internacional supondría, pues, una verdadera revolución copernicana en el escenario geo-estratégico. Lo cierto es que el mundo “rico” anhela mantener su status y su ritmo de vida sin perder, además, la hegemonía política. Por eso necesita detener con urgencia el crecimiento demográfico de los países en vías de desarrollo, y, para ello, trata de convencer a éste de que su pobreza se debe a su exceso de población, mientras restringe las cuotas de inmigración y fortifica su proteccionismo. Es significativo, en este sentido, el formidable atasco en que los intereses egoístas de las superpotencias económicas tuvieron sumida a la llamada “Ronda de Uruguay”, desde 1986 y durante casi diez años, hasta la firma del G.A.T.T. Los países en desarrollo, por el contrario, alegan que su pobreza se debe a la carencia de medios para mejorar su productividad, y que tal carencia se hace insalvable ante su continua discriminación en los intercambios internacionales y las barreras aduaneras a sus productos en los países ricos. Señalemos al respecto que el precio de las materias primas –principal fuente de ingresos del Tercer Mundo- sigue una carrera “convenientemente” descendente en el mercado mundial, lo que resta a los países en vías de desarrollo la capacidad efectiva de acumular divisas. Crece así el déficit de su balanza de pagos corriente, que en 1991 era de 100.000 millones de dólares, y, con él, su deuda externa, arma fundamental que el mundo “rico” utiliza para su política antinatalista. Lo que los países “pobres” piden no es otra cosa que juego limpio en las relaciones económicas internacionales. Y también que el Banco Mundial y el FMI dejen de condicionar sus créditos al cumplimiento de los programas demográficos del F.P.N.U. En lugar de eso, se les fuerza a un durísimo –yo diría que inhumano- corsé demográfico, mientras se palian sus hambrunas y sus crisis con bondadosos envíos de ayuda humanitaria, ciertamente útiles en primera instancia frente a la urgencia de la muerte, pero que, al final, sólo sirven para que los beneficiarios se acostumbren a depender del exterior y pierdan el interés por su propia producción, sometida a una competencia desleal desde el punto y hora en que el suministro humanitario es de carácter gratuito. Lo que los países en desarrollo necesitan no es tanto una ayuda permanente, y menos aún una grosera e interesada presión sobre sus hábitos demográficos, sino tecnología y comercio, y sobre todo una válvula de escape para sus excedentes de población. Con razón, los países suramericanos supieron responder en El Cairo a las pretensiones de Estados Unidos, el Banco Mundial y el F.P.N.U., afirmando que el alarmismo apocalíptico de los países ricos sólo responde a una concepción pesimista –y seguramente protestante- de la existencia, que no acaba de comprender que el ser humano no sólo dispone de una boca para comer, sino de una mente para pensar y de unos brazos para trabajar. Yo añadiría que responde también a una inconfesada falta de fe en la capacidad de la civilización occidental para absorber, y occidentalizar también, los aportes culturales que recibe y que espera recibir. Claro que una sociedad que no confía en la capacidad de su propio bagaje espiritual para atraer y convencer al recién llegado, no merece sino desaparecer. Los españoles, y los mediterráneos en general, que sabemos algo de mestizaje biológico y cultural porque hemos sabido enriquecernos con él y también exportarlo a lo largo de la Historia, deberíamos ser un buen referente para atender a las nuevas necesidades a que obliga el fenómeno de la inmigración. Más aún: tendremos que serlo, de grado o por fuerza, pues nadie puede poner vallas al campo, y seguramente sea imposible frenar el curso natural de las pateras. Aprendamos, pues, a manifestar sobre el recién llegado aquel proverbial sentido hispánico de la hospitalidad, y reforcemos, a la vez, los pilares sobre los que se asienta nuestra civilización, no sólo para no perderla en el marasmo étnico que se nos viene encima, sino porque seguramente descansen precisamente ahí los los mecanismos del más hondo, eficaz e indoloro mestizaje. Por más que el ario se empeñe en ignorarlo.

Autor: Miguel Argaya Roca- Fecha: 2007-01-23

Un giro inteligente…

noviembre 18, 2006

Nuestro amigo Pablo Garzón nos envía esta aportación:

“Inteligente giro en la actuación de los PRO-VIDA de USA” es un extracto de un artículo publicado en el año 1998 en la prestigiosa revista First Things (Cosas prioritarias). El original americano está firmado por Paul Swope, presidente de LifeNetServices (Red de servicios a la vida) y Director de la Caring Fundation (Fundación Humanitaria).
Os lo presentamos en “Recursos Teológicos” por su interés de fondo, aunque tenga ya más de ocho años. En él se muestra de manera sistemática la lucha interior de valores y contravalores de una mujer que ha tenido un embarazo no deseado, el conflicto de intereses que desencadena en muchos casos la decisión dramática de acabar con la vida de su propio hijo. A la vez, en el estudio se presentan las diversas campañas de concienciación que han llevado a cabo los PRO-VIDA USA, antes y después de estos descubrimientos, y el porqué del cambio.
El total del artículo y su claridad expositiva puede ayudarnos mucho a entender porque en vez de retroceder la cifra del número de abortos no cesa de incrementarse.


Continúa…


UN INTELIGENTE GIRO EN LA ACTUACIÓN DE LOS PRO-VIDA DE USA

Introducción:
“Durante veinticinco años, el movimiento Pro-Vida ha estado dando la cara en defensa del principio quizá más crucial de toda sociedad civilizada, esto es, la santidad y el valor de toda vida humana. Sin embargo, ni la profundidad y magnitud de la causa, ni la honradez de los que trabajan en su apoyo se traduce necesariamente en una acción eficaz. La reciente investigación sobre la psicología de las mujeres partidarias de la elección (las pro-choice: o pro-elección libre de abortar) permite comprender bien por qué el movimiento Pro-Vida no ha sido tan eficaz como podría haber sido en la tarea de persuadir a las mujeres de que escojan la vida; ofrece también oportunidades de mejorar de forma espectacular el alcance y la influencia del mensaje pro-vida, especialmente entre las mujeres en edad fértil”.

//Se exponen a continuación los puntos más importantes del artículo, basados en la investigación llevada a cabo://
1. Las mujeres modernas no ven la cuestión del aborto dentro del mismo marco moral en que lo ven los activistas pro-vida.
2. Nuestro mensaje no se recibe bien por esta audiencia porque hemos cometido el error de dar por supuesto que las mujeres, especialmente las afectadas por el trauma del embarazo no deseado, responderán positivamente a los principios que nosotros vemos como evidentes en nuestro marco moral, y hemos presentado nuestros argumentos de acuerdo con ellos. Un error de cálculo que ha lastrado fatalmente la causa pro-vida.
3. La importancia de nuestra misión y el imperativo de ser eficaces exige que escuchemos, que comprendamos, y que respondamos a las auténticas preocupaciones de las mujeres que con toda probabilidad elegirán el aborto.
4. La importancia de un nuevo enfoque ha quedado clara a la vista de los resultados de la pionera investigación promovida por la Fundación Humanitaria, un grupo que presenta el mensaje pro-vida al público por medio de la Televisión.
// El autor acude aquí, como imagen útil, aunque pueda ser discutible, a los estudios sobre los dos hemisferios del cerebro derecho e izquierdo, para transmitir la diferencia entre el pensamiento racional, lógico, analítico (propio del hemisferio izquierdo) que controla el aspecto emocional, intuitivo, creativo de la persona. El estudio del hemisferio derecho desvela las razones emocionales subyacentes que nos llevan a tomar decisiones particulares y a mantener ciertas convicciones. Este aspecto tiene obvias aplicaciones –según el autor—“a una cuestión como la del aborto, ya que una mujer presa de un embarazo crítico ciertamente no resuelve la cuestión de un modo frío, lógico, al modo del hemisferio izquierdo”//

La técnica utilizada en esta investigación, por un líder nacional en su uso (que la ha utilizado en grandes empresas, por ejemplo, Toyota, General Motors, Coca.Cola, e incluso en el Departamento de Defensa de USA), consiste en una serie de entrevistas a fondo, que utilizan la visualización, la repetición, y el relax para evocar respuestas emocionales a un determinado asunto, profundamente asentadas. Los resultados de estos estudios (entre 1994 y 1997) pueden aceptarse a un nivel de confianza del 95%.
Uno de los objetivos de la investigación fue el de responder a la desconcertante pregunta que se hacen muchos pro-vida: ¿Cómo es posible que las mujeres y el público en general se sientan satisfechos oponiéndose al aborto personalmente, y al mismo tiempo opinen que debe seguir siendo legal?
Esta absurda postura, contradictoria, lleva a pensar que lo que necesita la gente es que se le muestre con mayor claridad que el feto es un bebé. Dan por supuesto que si se comprende la humanidad del niño no nacido, el imperativo moral de que “matar a un niño es malo” brotará espontáneamente y las mujeres optarán por la vida del no nacido. Tal postura ha enmarcado mucho de la argumentación pro-vida durante dos décadas, con un escaso y frustrante impacto.
”La nueva investigación muestra por qué el enfoque tradicional ha tenido un efecto tan minúsculo y lo que puede hacerse para cambiar las cosas”, afirma el autor.
Dice que el informe sumario del estudio lleva este “enigmático” título: “Aborto: el menor de tres males. Para comprender la dinámica psicológica de la afectividad femenina respecto al aborto” (How Women Feel about Abortion).
No creen que resulte ningún “bien” de un embarazo no deseado y perciben como “males” estos tres: la maternidad, la adopción y el aborto. Según este estudio, se describen a continuación las siguientes posturas de las mujeres de hoy en los Estados Unidos.
El embarazo no deseado representa una amenaza tan grande para estas mujeres que lo perciben como equivalente a una “muerte del propio yo”.

Aunque la mujer comprenda racionalmente que no es literalmente su muerte, su reacción emocional, subconsciente, ante el hecho de llevar a término su embarazo es que su vida “habrá terminado”.
Esto ocurre porque muchas jóvenes de hoy día han desarrollado una identidad propia en la que, sencillamente, no entra el ser madre.
Incluye el ir a la universidad, conseguir un título, obtener un buen puesto de trabajo, incluso casarse algún día, pero la imprevista intrusión de la maternidad se percibe como una completa pérdida de control de sus presentes y futuras personalidades (o “yoes”, selves).
Hace añicos su sentido de quiénes son y de qué serán y por ello paraliza su capacidad para pensar más racionalmente o con mayor realismo.

Por tanto, cuando estas mujeres están sopesando la decisión de abortar, no formulan el problema, como podría hacerlo un pro-vida, en estos dos radicalmente nítidos términos:

“O me comprometo a sobrellevar un penoso embarazo…
… o destruyo la vida de un niño inocente”.

En lugar de ello, perciben su opción como la de:

“O se termina mi vida…
… o se termina la vida de este nuevo niño”

Desde esta perspectiva, la opción por el aborto se convierte en una opción de “auto-supervivencia”, que es una postura mucho más defendible, tanto para la mujer misma que decide abortar como para los que apoyan su decisión.

Incluso aquellas mujeres que probablemente elijan la vida más que el aborto, lo hacen no porque entiendan de embriología o tengan un mayor cariño a los niños, sino porque tienen un sentido más amplio y menos frágil de su yo, y pueden incorporar mejor la maternidad en su auto-identidad.

Lamentablemente, la adopción se considera como la “peor” de las tres opciones, ya que se la concibe como un modo de “doble muerte”.
– En primer lugar, la muerte del yo, pues la mujer tendrá que aceptar la maternidad llevando a término su embarazo. Después, la mujer no sólo será madre, sino que se percibirá a sí misma como una mala madre, una madre que entrega a su hijo a unos extraños.
– La segunda muerte es la muerte del niño “por abandono”. Una mujer sufre la preocupación de que se abuse de su hijo. Y luego se angustia ante la incertidumbre del futuro del niño, y por la posibilidad de que el niño vuelva a inmiscuirse en su propia vida muchos años después.
Básicamente, una mujer quiere desesperadamente una solución a su crisis y, en su mentalidad, la adopción deja totalmente irresuelta su situación, con incertidumbre y sentido de culpabilidad, en lo referente a sí misma y al niño. Por mucho que nos guste que las mujeres hagan suyo el eslogan “Adopción, Aborto No” (“Adoption, Not Abortion”), este estudio sugiere que enfrentar la adopción contra el aborto, hace de la adopción la inevitable perdedora.
La actitud de estas mujeres ante el aborto es sorprendente. En primer lugar, la totalidad de los grupos de mujeres involucradas en el estudio (ninguna de las cuales eran activistas pro-vida y todas ellas se calificaban a sí mismas como “pro.choice” –partidarias de la opción a abortar–) estaban de acuerdo con que el aborto es un asesinato. Aunque esto es algo que, sin duda, está “escrito en el corazón humano”, el haber hecho de ello una arraigada convicción se debe también a la perseverante tarea educativa del movimiento pro-vida. En segundo lugar, las mujeres creen que el aborto es un mal y que Dios castigará a la mujer que opta por el aborto. En tercer lugar, sin embargo, estas mujeres piensan que Dios las perdonará en el último momento porque es un Dios misericordioso, y porque ellas no querían quedar embarazadas y, finalmente, porque una mujer en tamaña crisis no tiene una verdadera opción, ya que, tal como lo ven, la mujer se juega ahí la totalidad de su vida.
De hecho, aunque el aborto se considera un mal en sí mismo, a la mujer que tiene que tomar esa decisión se la ve como valiente porque ha tomado una dura pero necesaria decisión para sacar adelante su vida.
Fundamentalmente, se considera al aborto como el menor de tres males porque se considera que ofrece a la mujer la mayor esperanza de preservar el sentido de ser ella misma, de su propia vida.
Es por ello por lo que las mujeres se sienten protectoras de la mujer que aborta y de su “derecho a elegir”, y profundamente resentidas ante el movimiento pro-vida, que conciben como inhumano y sentencioso.
Hay que percatarse de que las principales preocupaciones en cualquiera de las tres opciones giran en torno a la mujer, y no al niño por nacer. Esto ayuda a explicar el atractivo de la retórica de la “elección” (choice). Lleva a pensar que las mujeres en crisis todavía poseen algún control sobre su futuro, y permite que mujeres que no son partidarias del aborto tiendan a compadecerse de otras que padecen crisis.
Este modo de comprender a fondo el tema, hizo ver otra fuente fundamental de la sensación de frustración y fracaso en el movimiento pro-vida. Un cuarto de siglo realizando encuestas ha mostrado una y otra vez que la mayoría de los americanos se oponen a la mayoría de los abortos, y que las mujeres son algo más pro-vida que los varones. Sin embargo, los americanos, cada vez más, prefieren ser etiquetados como “pro-choice” a serlo como “pro-vida”, y a los activistas pro-vida se los ve como peligrosos extremistas. ¿Se debe ello sólo a la influencia sesgada de los medios de comunicación? ¿Por qué el movimiento pro-vida no ha sido capaz de construir sobre el innato sentimiento pro-vida que anida en el común de las personas, y puede que incluso esté perdiendo terreno en la palestra de la opinión pública?

Los resultados de este estudio llevan a pensar que la dificultad para ganar el apoyo público no se debe por completo a un tratamiento injusto de la cuestión por parte de los medios, aunque tal tratamiento haya, sin duda, jugado un importante papel. Los eslóganes elegidos por el propio movimiento pro-vida y sus presentaciones educativas han tendido a exacerbar el problema por centrarse casi exclusivamente en el niño por nacer, no en la madre.

Esto tiende a crear resentimiento, no simpatía,
especialmente entre las mujeres de edad fértil.

No resulta sorprendente que, en el movimiento pro-vida, los primeros en darse cuenta de la necesidad de un enfoque diferente hayan sido los que precisamente atienden a mujeres en crisis. Cuando comenzaron a expandirse por todo el país los centros de acogida de mujeres en crisis de embarazo, escogieron nombres como, por ejemplo, “Hogar para los peques” o “Servidores de la Nueva Vida”. Hoy día, podrán encontrarse nombres como “Al cuidado de la mujer”, o “Faro para mujeres”.

En contraste, consideremos el conocido eslogan pro-vida “El aborto para un corazón que late”. Aunque ésta pueda ser una eficaz frase entre los pro-vida, su efecto en una mujer joven en crisis, probablemente sería:

1) Provocar su furia contra el mensajero (los pro-vida)
2) Confirmar su convencimiento de que los pro-vida ignoran su vida y su situación.
3) Aumentar su rechazo y su desesperación.

Si el objetivo pro-vida es disminuir el número de abortos y no solamente proclamar un hecho objetivo, hemos de preguntarnos si tal mensaje no cabe que sea, quizá, contraproducente.

Cuando una mujer afronta un embarazo no deseado, su principal pregunta no es “¿Es esto un niño?”, Con la consiguiente consecuencia de que, si sabe que es así, optará por la vida. Las mujeres saben, aunque frecuentemente a un nivel subconsciente, que el feto es humano, y que el aborto lo matará. Pero ése es el precio que una mujer en tal situación está dispuesta a pagar en su desesperada lucha por lo que cree ser su mismísima propia supervivencia. Poner el énfasis en los bebés, ya sea mostrando fetos desmembrados o felices niños recién nacidos, tiende a hacer más profundo el sentimiento de rechazo, de soledad, de desesperación, las emociones que precisamente la llevarán a elegir el aborto.

Su pregunta central, quizá subconsciente, es más bien “¿Cómo puedo preservar mi propia vida?”. El movimiento pro-vida debe acercarse a ella teniendo en cuenta su modo de ver la cuestión y de un modo compasivo que apoye sus íntimas convicciones. Sin estigmatizar ni condenar, los pro-vida deben ayudar a una mujer para que reconsidere lo que ella percibe como los tres “males” que se le han presentado.
Como ejemplo de cómo puede ponerse esto en práctica, la Fundación Humanitaria proyectará dos “spots” o espacios publicitarios contrapuestos en un determinado mercado televisivo. Uno de ellos ofrece la actuación ejemplificadora de una mujer que sabe identificarse con las preocupaciones de la audiencia a la que se dirige, pero que ha optado por la vida y lo presenta de una forma positiva; el otro, enmarcado también en la perspectiva femenina, presenta el aborto como una solución negativa de su crisis.
Uno de los spots en pro de la maternidad es como sigue:
SPOT 1.
(Una mujer está frente a una bonita casa, rastrillando hojas caídas. Se despide de su hija, y se vuelve hacia la audiencia)

“Yo tenía dieciséis años cuando descubrí que estaba embarazada de Carrie. No estaba casada y estaba realmente asustada. Ya saben, algunos dicen hoy que debía haber abortado, pero nunca se me ocurrió que tuviese esa opción, sólo por no ser conveniente para mí. Eh, que no soy ninguna mártir, pero es que realmente no puedo creer que tuviese esa opción después de estar embarazada. Piensen sobre ello”

Aunque este spot no es siempre muy popular entre los activistas pro-vida, las encuestas mostraron que es extremadamente eficaz con mujeres jóvenes. Y ello se debe a que presenta un modelo que es cercano y creíble, y el mensaje subliminal del spot (la bonita casa, la buena relación con la hija, la imagen de control que da la mujer que está de pie con el rastrillo en la mano, cuidando su propio jardín), todo ello refuerza el mensaje de que esta mujer es, de hecho, una especie de mártir porque ha tomado una difícil decisión pero “ha sacado su vida adelante”. El spot ofrece sutilmente la precisa clase de resolución que una mujer en crisis de embarazo busca desesperadamente y a la que, con demasiada frecuencia, se engaña haciéndole pensar que el aborto es lo que le proporcionará la resolución del problema.

Un spot que disuade más directamente del aborto es el siguiente:
SPOT 2.
(Una mujer se levanta de su cama; el reloj marca las 3.00 de la madrugada. Se dirige a la ventana, mirando fijamente a la lluviosa noche. Está de pie, en silencio, cuando se oye “en off” la voz de una mujer).
“Me dijeron que no te molestaría una voz que te llamase por la noche… Que no habría regueros de cereal por la casa, ni papeles ni juguetes por el suelo. Se oye el tic-tac del reloj. Todo está en calma. Y te das cuenta de que todavía hay una voz. Si has sentido el dolor de un aborto, llama gratis al 1-800…”

En ambos casos, el centro es la mujer, alguien que ha pasado por la experiencia de un embarazo no deseado. Los spots no juzgan explícitamente; sólo transmiten experiencias vividas, con diferentes resoluciones y diferentes consecuencias.

He aquí otro eficaz spot::
SPOT 3.
(Una joven está sentada junto a una chimenea en la habitación, mirando a la cámara)
“¿Sabes?… Yo solía ser pro-choice, y de pronto me ocurrió una cosa… Tenía un niño que era mío… Cuando quedé embarazada, al cabo me di cuenta que todo lo que este pequeño estaba tratando de hacer era triunfar, sólo tener éxito, como todos nosotros. Así que todavía no puedo explicármelo todo con claridad, pero ¿por qué cuando quería el niño, aquello era un niño, y cuando no lo quería, era otra cosa? Piénsatelo”.

Una vez más, esta mujer no pretende tener todas las respuestas o encajar plenamente en el campo pro-vida. Sencillamente, comparte su propia experiencia y hace una pregunta que efectivamente desautoriza la postura pro-choice.

//A continuación, el autor se pregunta hasta qué punto han sido eficaces estos spots. Y se extiende en la descripción de los datos obtenidos de las encuestas realizadas y de las numerosas entrevistas mantenidas con las mujeres que se prestaron a colaborar en la investigación, fuese cual fuese su postura respecto del aborto, ninguna de ellas pro-vida, como queda dicho más arriba. Se recogen a continuación lo datos más importantes//.

El trabajo de la Fundación Humanitaria se originó en el Estado de Missouri, donde los spots llevan saliendo desde hace unos años. En este Estado se ha registrado la más rápida caída del número de abortos en los Estados Unidos: casi seis veces más que la media nacional. Entre 1988 y 1992 la cota de abortos cayó el 5% a nivel nacional, pero el 29% en Missouri.
Además de ese dato, recientes encuestas en la zona de Kansas City (Missouri) indican que ahí se da un espectacular incremento del sentimiento pro-vida en comparación con la región del Midwest (Oeste Medio).
Aunque una encuesta Gallup, hecha a adolescentes del Midwest reflejaba la media nacional de un 29% de jóvenes fuertemente pro-vida, otra encuesta realizada en 1999 a 7.000 alumnos, que estudiaban en 33 escuelas de la zona central de Missouri, mostraba que más del 60% de adolescentes eran fuertemente pro-vida.
También en otros dos Estados se han utilizado los spots durante algunos años, y en los dos se ha registrado una caída en el número de abortos del 40%. En Michigan, el número de abortos ha caído de 49.098 en 1987 a 31.000 en 1995. En Wisconsin, de 20.819 abortos en 1981, a 12.782 en 1995.
Se hace necesario, por otra parte, un estudio más preciso para determinar hasta qué punto la utilización de los spots televisivos pueden haber contribuido a estas cifras porcentuales, aunque es dudoso que puedan controlarse suficientes variables para llegar a una conclusión firme.
El hecho de que esta Fundación contrate a agencias profesionales e independientes de reconocido prestigio, para realizar pre-encuestas y post-encuestas, permite afirmar sin duda alguna que los spots producen un viraje en la opinión pública. Muchos centros de acogida de mujeres en crisis de embarazo comunican que son bastantes los casos de jóvenes que tenían la idea de abortar, hasta que vieron los spots en televisión.

En 1997, se realizó una campaña televisiva de trece semanas de duración, en el gran mercado de Boston, que cubrió una audiencia de 4.400.000 adultos. Se hicieron 500 entrevistas (pre- y post-), con un margen de error de 4.9% y un 95% de nivel de confianza. Hubo un giro de opinión del 7% en el conjunto de la población encuestada, lo que supone que 308.000 adultos adoptaron la postura pro-vida. ¿Se debió ese cambio a otros factores, tales como el debate que surgió ante el aborto por decapitación?
Esta pregunta fue respondida por el hallazgo de que el cambio a pro-vida se dio por entero entre los que recordaban haber visto los spots en la televisión. Y no se dio ningún cambio en la dirección pro-vida entre los que no recordaban haber visto los spots. De hecho, la sensibilidad pro-vida entre los que recordaban los spots se duplicó (de 20% en la pre-encuesta a 36% en la post-encuesta), mientras que la postura pro-choice cayó significativamente (de 33% en la pre-encuesta a 25% en la post-encuesta).
La encuesta más reciente se llevó a cabo en diciembre de 1997 en el mercado de Indianápolis, Estado de Indiana, con datos que se asemejaban estrechamente a los de Boston. En el conjunto de la población encuestada, la sensibilidad pro-vida creció de un 36% a un 45%. Entre las mujeres de menos de 45 años, la respuesta pro-vida aumentó de un 33% a un 44%.
Encuestas semejantes se han realizado en Pennsylvania, Wisconsin, Ohio, Iowa, Colorado, Missouri y Michigan. En cada una de ellas se ha registrado un viraje de la opinión pública hacia la postura pro-vida. El total de la población encuestada por las agencias contratadas llega a los 46 millones de adultos.
Debido a la eficacia probada de los spots televisivos para llegar a las mujeres, actualmente cuentan con un número 800 telefónico para ponerse en contacto con centros de acogida que ayudan a las mujeres en crisis Más de 5.000 llamadas se han recibido a través de esta vía, que proporciona a las mujeres la orientación, el consejo y la curación que necesitan después del trauma del aborto. La vía telefónica del 800 ha supuesto un espectacular avance en la cohesión del movimiento pro-vida, ya que los medios hablan continuamente de las agencias de servicio-directo y han contribuido al aumento del número de clientes (sin cobrarles nada). Y el mensaje formativo, al mismo tiempo, está llegando a millones de ciudadanos.

El testimonio directo de mujeres afectadas por estos spots es especialmente intenso y confirma la prueba aportada por los datos de las encuestas:
TESTIMONIO 1
”Me encontraba tan deprimida que apenas podía levantarme de la cama. Me era imposible acudir al trabajo. Me hacía un ovillo, y lloraba y lloraba por el aborto que había sufrido un año antes. Me sentía tan culpable y tan sola… De pronto, me llegó este spot por la televisión con un número 800, y supe que Dios se me acercaba. Llamé al número y la gente de Daybreack (Amanecer) estaba allí para ayudarme… Toda mi vida ha cambiado…Tengo una relación casta con mi nuevo novio… Estoy asistiendo a un estudio semanal de la Biblia… Mi trabajo va mejor que nunca…”

Se está elaborando una nueva ola de spots, basados en otra investigación tipo “hemisferio derecho” realizado en 1997. Así como el primer estudio se centró en mujeres jóvenes que se planteaban el conflicto de la opción, el segundo estudio incluía sólo mujeres que ya habían hecho la opción de abortar o de tener al niño. Aunque un análisis completo de este informe no tiene cabida en este artículo, un hallazgo clave fue lo que se llamó “locus of control” (a qué o quién se atribuye la causa de un hecho experimentado o padecido) o “mantener el tipo”, la propia personalidad, en la intimidad de cada mujer.

Se está probando la eficacia de un nuevo spot basado en este último estudio:
SPOT 4
(Una mujer joven va corriendo por las calles de la ciudad. Está lloviendo. Mientras sigue corriendo, sus pensamientos íntimos se hacen audibles)
“Todo el mundo me dice cuál debería ser mi actitud… No es que yo hubiese planeado quedar embarazada. No ahora. (aludiendo al encolerizado novio que se muestra en una breve escena retrospectiva o “flashback”) …¡Venga a decirme cómo debo reaccionar, qué es lo que tengo que hacer, y luego que no me vaya por ahí porque esto es verdaderamente importante! Ahora todo depende de mí… ¿Abortar?…No yo. Tengo que vivir conmigo misma… (Pausa. Conforme se aleja corriendo, el cielo se va aclarando). ¡Vamos a ganar! ¡Que sí, que lo vamos a convertir en algo estupendo!”

Los tres objetivos del spot son:
– Provocar admiración por llevar un embarazo hasta el final.
– Presentar a una mujer que es ejemplar, pero no de un modo que provoque confrontación.
– Mostrar el aborto como negativo.

Es elocuente comparar estos objetivos con los comentarios hechos por mujeres de grupos televisados, a las que se preguntaba por su reacción:
TESTIMONIO 2 (reacción a SPOT 4)
“Es lo mismo que yo en aquel momento que pasé. Frío, lluvia… Dice un montón. Es muy decidida. Me cae muy bien. Tiene un alma fuerte…
“Te llega adentro…Refleja la vida tal como es … Me impacta su fortaleza. Salvar al niño es O.K.
“Sientes el estrés que está teniendo… Te das cuenta de que no es algo feliz y maravilloso, pero ella lo sabe aguantar. Está haciendo lo mejor. Es fuerte, una mujer fuerte que se pone a correr en vez de acurrucarse en una silla con un lamento, ¡pobrecita de mí!…”

Estas respuestas indican que una campaña de spots producidos con cuidado podría reafirmar una ética “cultura de la vida”.
Utilizando un lenguaje y unas imágenes que atraigan, y no alejen, el movimiento pro-vida debe mostrar que:

– El aborto no beneficia en verdad el interés de una mujer por sí misma.
– La opción por la vida ofrece esperanza y un sentido del yo amplio y positivo.

Sin olvidar que las descripciones del desarrollo del feto e incluso las imágenes gráficas de aborto pueden seguir utilizándose con gran eficacia todavía con ciertas audiencias, especialmente con personas bien dispuestas hacia el mensaje pro-vida y como cauce para mover a la acción a los pro-vida.
Además, los medios que aquí se han dado a conocer para desarrollar una estrategia eficaz que permita llegar a las mujeres, no son necesariamente transferibles a estrategias dirigidas a que se produzcan cambios políticos o legislativos. Sin embargo, al utilizar los medios de comunicación masiva para llegar al gran público, es de vital importancia que el movimiento pro-vida enmarque de nuevo la cuestión en unos términos que sean mejor recibidos por las mujeres.
El terrible error de cálculo de las mujeres jóvenes es considerar que el aborto las hace “no-embarazadas”, que les permitirá volver a ser ellas mismas, las que eran antes de la crisis de embarazo.
Pero una mujer ya no es la misma desde el momento del embarazo, tanto si conserva al niño, como si lo mata.
El aborto puede que sea un tipo de solución, pero no la que la mujer desea en lo más profundo de su ser, ni la que preservará el sentido de su personalidad. Si los que participamos en el movimiento pro-vida sabemos ayudar a que las mujeres capten esto por sí mismas, habremos logrado mucho en la tarea de desconectar nuestra cultura de la mentalidad abortista.
Si los pro-vida están dispuestos a re-enmarcar el debate de tal modo que las mujeres afectadas por la crisis lo aprecien y lo entiendan mejor, el movimiento puede recuperar la decisiva moralidad en el espíritu del pueblo americano.