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Los signos de la veneración eucarística

agosto 17, 2007

LOS SIGNOS DE LA VENERACIÓN EUCARÍSTICA Carta a los presbíteros y diáconos por + Julián López Martín, Obispo de León

Queridos hermanos:
Deseo comentar con vosotros algunos aspectos del culto a la Santísima Eucaristía a propósito de la publicación de la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis de S.S. el Papa Benedicto XVI, de 22-II-2007 (= SCa y nº)[1]. Con este documento culmina una serie de intervenciones de carácter doctrinal y pastoral del Magisterio pontificio que comenzó con la Encíclica Ecclesia de Eucharistia del siervo de Dios Juan Pablo II (17-IV-2003)[2], con el propósito de mejorar las celebraciones de la Eucaristía y, a la vez, renovar e intensificar el culto del Misterio eucarístico en la Iglesia.


Ahora bien, esto no será posible si los pastores no procuramos formar a los fieles de manera que adopten “una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras” (SCa 64). Esto tiene aplicación también a los elementos materiales que entran en la celebración litúrgica, como los signos, los lugares de la celebración, la colocación del Sagrario, etc.

Por eso deseo invitaros a leer atenta y reflexivamente la Exhortación Apostólica, para captar su riqueza teológica y espiritual. Como una ayuda y a modo de introducción a su lectura, en este mismo número se publica una conferencia mía ofrecida precisamente a sacerdotes.

Desearía también que, a medida que os adentráis en el documento pontificio, tengáis en cuenta el modo concreto de celebrar, con el fin de revisarlo, mejorar todo lo que sea mejorable y corregir lo que sea preciso. Para este es muy útil consultar también la Ordenación General del Misal Romano publicada en lengua española en 2005 (= OGMR y nº)[3] e, incluso, la Instrucción Redemptionis sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 25-III-2004[4].

Por último, os pido que pongáis en práctica las siguientes indicaciones y sugerencias, que afectan no sólo a la celebración de la Eucaristía sino también a su culto fuera de la Misa y a la misma Reserva eucarística. Su observancia tiene mucho que ver también con el comportamiento de los fieles en el interior de las iglesias.

1. Verdad y belleza de la celebración y del culto a la Eucaristía

Antes de entrar en las sugerencias concretas, me parece oportuno recoger y comentar esta afirmación de la Exhortación Apostólica: “La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión” (SCa 35). El Papa se refiere a una realidad mucho más profunda que una mera estética o armonía de las formas a la hora de celebrar la liturgia. Lo que está en juego, cuando se realiza una acción litúrgica, es la verdad del misterio que se hace presente en ella y que, a la vez, se oculta en el conjunto de signos, palabras y elementos que integran la celebración y que es necesario percibir claramente para entrar en contacto con él. La Iglesia no ha creado el ritual, los gestos, los símbolos, la música, etc., de su liturgia buscando la ceremonia, la majestuosidad o la pura solemnización, sino tratando de ayudar al hombre a entrar en comunión con Dios, para que le alabe del mejor modo posible y se deje santificar por Él. “La verdadera belleza (de la liturgia) es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual” (ib.).

Por eso, celebrar bien no consiste en ejecutar fríamente unos actos o recitar de manera rutinaria unas fórmulas de plegaria. En este sentido, no se puede olvidar que la forma externa condiciona decisivamente las actitudes internas. De ahí que se debe cuidar con el mayor esmero todo aquello que facilita la comunicación visual y verbal en las acciones litúrgicas. Especialmente hoy, cuando todo el mundo está acostumbrado a ver y a escuchar a auténticos maestros de la expresión. Y esto afecta no solamente a la responsabilidad de los ministros, sino también a la necesaria educación litúrgica de los fieles que ocupan la nave, a los que se ha de considerar como verdaderos participantes en la parte que les corresponde como miembros del pueblo sacerdotal (cf. 1 Pe 2,5.9)[5]. “Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (ib.)[6].

2. Los gestos de la veneración

“Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. Pienso, en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los momentos principales de la plegaria eucarística” (SCa 65).

Por su parte, la OGMR es muy clara al señalar: “(Los fieles) estarán de rodillas durante la consagración, a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y, los que no pueden arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión después de ella” (n. 43). La Conferencia Episcopal Española no ha señalado otro gesto, lo que quiere decir que la norma general tiene pleno vigor en España.

Allí donde la mayoría de los fieles permanece aún de pie durante la consagración, es necesario que, con claridad y paciencia, se les invite a recuperar el gesto de arrodillarse, explicándoles el sentido del estar de rodillas o de la inclinación profunda. Esta explicación debe hacerse antes de la celebración eucarística. En las iglesias en las que se instalaron bancos sin reclinatorio, los responsables deberían estudiar cómo hacer la oportuna adaptación a los mismos. Por otra parte, conviene también recordar a todos los fieles y enseñar a los más pequeños a poner en práctica la genuflexión, cuando pasan por delante del Santísimo Sacramento (cf. OGMR 274).

3. El modo de comulgar

La OGMR, cuando se ocupa de la distribución de la Comunión a los fieles dice: “El sacerdote toma después la patena o la píxide y se acerca a los que van a comulgar, quienes, de ordinario, se acercan procesionalmente. A los fieles no les es lícito tomar por sí mismos ni el pan consagrado ni el sagrado cáliz y menos aún pasárselos entre ellos de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo haya establecido la Conferencia de los Obispos. Cuando comulgan de pie, se recomienda que, antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia del modo que determinen las citadas normas” (n. 160).

Ya hace muchos años que en España se autorizó el recibir la comunión en la mano, correspondiendo a los fieles el usar o no de esta facultad[7]. En su momento se indicó también el modo de hacerse. Anteriormente se había permitido así mismo comulgar de pie. Sin embargo las cosas se olvidan si no se recuerdan oportunamente, y a los niños, cuando se preparan para hacer la Primera Comunión, hay que enseñarles cómo deben proceder. Por eso no es infrecuente el que algunos fieles, al acercarse a comulgar, hacen ademán de quitar la Sagrada Forma de la mano del ministro. Otros se la llevan a la boca sobre la misma mano en la que la reciben. La indicación del Misal es clara, pero podría precisarse un poco más a la hora de explicarla a los fieles.

En efecto, los fieles comulgarán habitualmente de pie, haciendo antes una inclinación de cabeza, pudiendo recibir la comunión en la boca o en la mano. Si eligen este último modo, extenderán una mano abierta ante el ministro con la otra debajo, también abierta. Una vez depositada la Sagrada Forma en la mano, la persona que va a comulgar se la llevará con la mano libre a la boca, delante del ministro, antes de retirarse. Si eligen el modo de comulgar de rodillas, no es necesaria ninguna otra reverencia. Tratándose de niños, puede ser eficaz un sencillo ensayo con formas no consagradas.

Si se da la comunión bajo las dos especies, supuestas las condiciones exigidas para ello (cf. OGMR 282-287), cuando se hace “por intinción”, que es el modo más adecuado para hacerlo[8], deberá recibirse obligatoriamente en la boca. No está permitido a los que comulgan mojar por sí mismos la Sagrada Forma en el cáliz, ni recibir ésta en la mano una vez mojada[9].

4. La colocación del Sagrario y de la Sede

“Es necesario que el lugar en que se conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante” (SCa 69).

Por su parte la OGMR dice también: “El puesto más habitual de la Sede será de cara al pueblo al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio o alguna otra circunstancia lo impida; por ejemplo, si, a causa de la excesiva distancia, resulta difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada o si el sagrario ocupa un lugar central detrás del altar” (OGMR 310; véanse también nn. 314-317).

En la gran mayoría de nuestras iglesias el Sagrario sigue formando parte del retablo mayor y se encuentra, por tanto, detrás del altar de cara al pueblo, generalmente a la misma altura en que ha estado siempre. A veces, sobre todo en iglesias de reciente construcción, el Sagrario sobresale por encima de la cabeza del sacerdote celebrante. Pero, a tenor de los dos documentos citados, el problema lo ha planteado un equivocado concepto de lo que es la Sede. Ésta no es un asiento más, sino que debe significar la función presidencial en toda celebración litúrgica. Por eso ha de estar situada de manera que haga posible la comunicación del sacerdote con los fieles, para que éstos puedan verlo y oírlo fácilmente. Colocada la Sede detrás del altar, cuando el sacerdote la usa, produce la impresión de que está sentado a una mesa.

Es cierto que muchas iglesias tienen un presbiterio muy reducido. Pero, teniendo en cuenta que la Sede ha de ser única y que, por tanto, no se requiere un asiento de cada lado, cabe ponerla en un lateral del presbiterio, en la parte opuesta a la del ambón. La Sede puede estar adosada a la pared de manera que el sacerdote, sentado, mira al ambón y escucha las lecturas como los demás fieles; y, cuando está de pie, puede volverse a la asamblea sin dificultad. En la concelebración, si no hay espacio en el presbiterio para los asientos de los concelebrantes o ministros, éstos se pueden situar delante de los fieles. Lo que importa es que se destaque la presidencia litúrgica -es uno solo el que preside- y que ningún ministro esté sentado o de pie inmediatamente delante del Sagrario dándole la espalda. Colocar la Sede delante del altar, tampoco es solución adecuada.

5. El cuidado de la Reserva eucarística

Las normas de la Iglesia acerca de la dignidad, reverencia y seguridad que se han de observar en el lugar donde se guarda la Eucaristía son expresión y garantía de la fe y veneración de las comunidades eclesiales hacia el Santísimo Sacramento y han ser observadas escrupulosamente (cf. Código de Derecho Canónico, c. 934-944). Me refiero de manera particular al decoro del Sagrario, a la lámpara encendida y a la custodia de la llave, que nunca debe dejarse puesta en la cerradura ni junto al Sagrario, una vez terminada la celebración, sino en lugar seguro en la sacristía (cf. c. 938; 940).

Ahora bien, la situación de las pequeñas parroquias de nuestra diócesis, especialmente en aquellos pueblos que se cierran durante el invierno o allí donde no es posible asegurar la Misa todos los domingos, obliga a que los párrocos y quienes hacen sus veces tomen las medidas oportunas. De ningún modo puede dejarse la Reserva eucarística en las iglesias de los pueblos que se cierran (cf. c. 934,2). En las iglesias en las que solamente se celebra la Misa una o dos veces al mes, para reservar el Santísimo Sacramento ha de procurarse que algún fiel, al menos, se responsabilice de su cuidado (cf. ib.), por ejemplo, visitando al Señor diariamente (cf. c. 937). De no ser así, es preferible que no se haga la Reserva. Cuando el Santísimo no esté reservado, se puede dejar abierta la puerta del Sagrario y la lámpara estará apagada.

6. Sobre los ministros extraordinarios de la comunión

En la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis el Papa Benedicto XVI se dirige a los ministros de la Eucaristía con estas palabras: “Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados recientemente[10]” (n. 50).

Por su parte, la OGMR establece para la distribución de la Comunión: “Si están presentes otros presbíteros, pueden ayudar al sacerdote a distribuir la Comunión. Si no están disponibles y el número de comulgantes es muy elevado, el sacerdote puede llamar para que le ayuden, a los ministros extraordinarios, es decir, a un acólito instituido o también a otros fieles que para ello hayan sido designados[11]. En caso de necesidad, el sacerdote puede designar para esa ocasión a fieles idóneos. Estos ministros no acceden al altar antes de que el sacerdote haya comulgado y siempre han de recibir de manos del sacerdote el vaso que contiene la Santísima Eucaristía para administrarla a los fieles” (n. 162).

Es evidente la intención de la Iglesia de que la Comunión sea distribuida, ante todo, por el sacerdote celebrante, ayudado si es necesario por otros sacerdotes o diáconos. Sólo cuando una verdadera necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios, entre los que se cuentan los acólitos instituidos, pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas citadas. No cabe, por tanto, que habiendo ministros ordinarios en el lugar, se recurra a los extraordinarios. Estos no deben acceder, sin más, al altar para tomar por sí mismos la patena o el copón para ayudar a distribuir la Comunión, sino que han de recibirlos de manos del sacerdote. Terminada la distribución, tampoco deben ellos recoger las partículas sobrantes ni purificar los vasos sagrados. Si hay que trasladar las Formas consagradas al Sagrario situado lejos del altar donde ese está celebrando, es preferible que sea un sacerdote o diácono el que lo haga o el mismo celebrante, una vez terminada la Misa. Las deficiencias en el modo de tratar la Santísima Eucaristía terminan dañando las actitudes internas de veneración debidas a tan augusto Sacramento.

Para las celebraciones dominicales en la espera del presbítero, se requiere también que quienes, con la conveniente autorización del Obispo, las moderan o dirigen, actúen con el máximo sentido de veneración hacia la Eucaristía, según las normas de este tipo de celebraciones.

7. Sobre las disposiciones personales para recibir la Eucaristía

Estas indicaciones y sugerencias no serían del todo eficaces, como expresión de “una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras” SCa 64), si no se aludiera también a la práctica de la Iglesia según la cual “es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad (cf. 1 Cor 11,28), para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” [12].

El Papa Benedicto XVI escribe al respecto, sobre la relación entre los sacramentos de la Reconiliación y de la Eucaristía: “Como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, favoreciendo una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la comunión sacramental. En realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de Dios” (SCa 20).

En la siempre conveniente y, en ocasiones muy necesaria, catequesis sobre la celebración de la Eucaristía, no debiera faltar la explicación de dichos elementos o momentos de carácter penitencial -sin valor sacramental, por supuesto-, como los modos de hacer el acto penitencial, la oración en voz baja del sacerdote antes de comulgar (“Señor Jesucristo…”), la exclamación “Señor, no soy digno…”, etc.

Confío en que acojáis con el mayor interés estas observaciones sacadas de los últimos documentos sobre la Eucaristía y su celebración. Pueden parecer insignificantes, porque sin duda tenemos que ocuparnos también de celebrar bien -el ars celebrandi del que se habla en la Exhortación Apostólica- como condición indispensable para la participación consciente, activa y fructuosa en la Eucaristía (cf. SCa 38 ss.). Sin embargo, sin la adecuada correspondencia entre las actitudes internas de adoración, asombro y sinceridad ante lo que nos es dado celebrar, y las formas externas representadas por los gestos, los signos y los elementos de la celebración, nuestras celebraciones se quedarían en una estética puramente aparente y desprovista del verdadero espíritu de la liturgia, que no es otro que la presencia del Misterio de la fe.

Con el deseo de que en nuestra Iglesia diocesana “se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio” (SCa 94), invocando la intercesión de María “mujer eucarística”.

León, 10 de junio de 2007, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo:
+ Julián, Obispo de León

[1] Está publicada en el “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2007, pp. 401-488.
[2] Véase “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2003, pp. 191-244. Además, la Carta Mane nobiscum Dómine de S.S. Juan Pablo II, de 7-X-2004, en “Boletín Oficial del Obispado” de septiembre-octubre de 2004, pp. 1015-1035; las Sugerencias y propuestas –Año de la Eucaristía- de la citada Congregación, de 15-X-2004, ib., pp. 1037-1087; e incluso los documentos preparatorios de la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos publicados entre 2004 y 2005, en “Boletín Oficial del Obispado” de septiembre-octubre de 2005, pp. 939-1165.
[3] La Ordenación General del Misal Romano ha sido publicada en separata por los Coeditores litúrgicos el 28-I-2005.
[4] En el “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2004, pp. 275-349.
[5] “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra. ‘Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es ‘sacramento de unidad’, esto es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual’”: Catecismo de la Iglesia Católica, Editores del Catecismo 1999, n. 1140; cf. n. 1144.
[6] “Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción”: SCa 41; cf. 53; 66; etc.
[7] Aprobado por la XXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia E. Española, en diciembre de 1975.
[8] Según se indica en la OGMR 285-b y 287.
[9] Cf. Instrucción Redemptionis Sacramentum, n. 104.
[10] Cf. Instr. Redemptionis Sacramentum, cit., nn. 80-96.
[11] Cf. S. CONGR. PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO, Instr. Inæstimabile donum, del 3 de abril de 1980, n. 10; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiæ de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 8.
[12] Instr. Redemptionis Sacramentum, cit., nn. 81; cf. Código de Derecho Canónico, c. 916; etc.

La vuelta ¿del latín?

julio 24, 2007

El reciente Motu proprio “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI ha traído algo de revuelo. La introducción del mal llamado “Misal de Pío V” (pues su última reforma se debe a Juan XXIII) como forma extraordinaria del rito romano ha dado lugar a numerosos comentarios; incluso el Papa ha considerado conveniente salir al paso de algunas posibles interpretaciones erróneas con una carta explicativa. Si no la habéis leído, os la recomiendo, a mí me ha aclarado muchas dudas.

Hoy quiero presentaros una opinión, cuando menos, original. Viene de D. Francisco Rodríguez Adrados. Sin duda, se trata del mayor filólogo clásico de España, y uno de los mejores del mundo. Viene sosteniendo una batalla en favor de las humanidades y en un reciente artículo en la tercera de ABC contempla esta medida de Benedicto XVI desde esa perspectiva. Tan sólo puntualizaría que no es el latín lo que se favorece con este Motu proprio; la editio typica del Misal de Pablo VI también está en lengua latina.

Creo que su opinión es de valorar, aunque no sea estrictamente teológica.

La misa en latín. Y algo sobre el latín y el griego

POR FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS

HA sido como una brisa refrescante la noticia de que Benedicto XVI da permiso para que puedan decirse misas en latín, al modo tradicional. Creo yo, creen muchos, que la resolución del Concilio Vaticano II fue un error: un intento vano de, con concesiones, domesticar presiones que buscan sustituir la unidad por el fraccionalismo, la tradición por los nuevos mitos.
La misa y la religión eran, en nuestras sociedades, algo aparte. Unido a la vida de cada día en cada lugar, pero también a un pasado que venía de Palestina, de los griegos y de los latinos. Y llegaba hasta ayer mismo.
Benedicto XVI, al dar este paso, se ha revelado como un hombre no sólo sabio, también valeroso. Porque el latín expresa que el Cristianismo une a muchos pueblos del presente y a estos con el pasado.
No es que nuestras lenguas no puedan expresar lo sagrado, tener niveles significativos diversos. Pero el latín los contenía, los contiene a todos.
Mucha gente se extraña. Pero el nivel religioso no sólo en Europa, en el mundo todo, busca expresiones propias: en la indumentaria, en la vida toda, en la lengua. El sánscrito lo hablan hoy en la India pocas docenas de personas, pero es la lengua religiosa y culta por excelencia. Y el árabe clásico igual en los países musulmanes, incluidos aquellos, como Persia y Turquía, cuya lengua no es semítica. La tragedia y una parte de la lírica se expresaban, en la Grecia antigua, en lenguas sacras tradicionales. Y en la Grecia de hoy la lengua litúrgica es el griego del Evangelio.
En Occidente, hasta hace muy poco, era el latín la lengua sacra. Y era la lengua de los doctos y de la Ciencia. En latín escribían, todavía, Leibnitz y Newton.
El latín era una especie de superlengua, por encima de todas. A los nobles mexicanos y peruanos se les enseñaba el latín. Hay que recordar que el Cristianismo creció en el ámbito de la diáspora judía en países en que dominaba el griego. De ahí que el griego se convirtiera en la lengua sagrada del Cristianismo: mil palabras griegas, religiosas o simplemente cultas, perviven hoy. Y que luego el latín fuera la siguiente lengua sagrada y culta. Nuestras lenguas son, con las innovaciones que se quiera, el griego y el latín de nuestros días.
Ha habido modas arrasadoras contra el griego y el latín en el ámbito religioso, en el ámbito cultural y en todos los ámbitos. Tanto hablar de Europa y del mundo occidental -y Europa y el mundo occidental se fragmentan y profanizan cada día. La lengua en general -con la excepción de los lenguajes científicos y los cultos en general, que son griegos y latinos por esencia- se hace cada día más vulgar, desciende cada día más al nivel de la calle.
La presencia de este Papa es la de un profesor alemán lleno de sabiduría y ornado de un manto de esencialismo, de valores perennes, de huida de un relativismo vano. Este pequeño toque de la misa lo define. Es una llamada de atención, de vuelta a lo básico, a valores que nos unen o nos unían a través de los mares y de las edades. De ellos han salido toda nuestra cultura y hasta nuestro afán de novedad y de relativismo. Y de libertad. Pero no todo es libre, existen hechos básicos, perennes, como son Dios y el Hombre.
Un respeto a las raíces debería mantenerse. Y el latín y con él el griego están en las raíces de nuestro ser, como pueden estarlo, en el caso de otras sociedades, el sánscrito y el árabe. Sociedades que, se quiera o no se quiera, están cada vez más influidas por la nuestra.
Es triste lo que ocurre en Europa. Europa ha sido, desde los griegos para acá, una unidad cultural, no una unidad política. Veremos si llega a serlo y en qué medida ello va a unirnos y a favorecernos.
Esta nueva Europa comenzó con modelos romanos (el tratado de Roma, los premios Carlomagno), griegos (Sócrates), humanistas (Erasmo). Pero cuando, siendo yo presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, logré que conmigo 26 Sociedades de Estudios Clásicos europeas firmaran un escrito pidiendo a los sucesivos presidentes de la Comisión Europea que a su vez pidieran a los Gobiernos atención a la enseñanza de los clásicos, no más, me respondieron que no tenían competencias. ¿Las tienen o no? La declaración de Bolonia ofrece un modelo de Universidad que parece que en España se acepta y que representa, simplemente, decadencia.
¿En qué quedamos? Pocos años hace que leí un memorándum de un Comité de Sabios amparado bajo el nombre de Roma sobre la cultura previsible para el siglo XXI. ¡Dios nos ampare! Por no hablar de lo que vemos en torno. Me dicen que en la Universidad Libre de Berlín hay más alumnos de azteca que de griego. Y en Alemania y otros países las Universidades suprimen cátedras de las materias que antes eran su gloria.
Algo grave, sin duda, está pasando. Dentro de este panorama el gesto, aunque se quede sobre todo en eso, en gesto, del Papa es verdaderamente simbólico, abre una esperanza. Porque el hombre merece que, a la larga (no tanto a la corta) se crea en él. Ha recuperado destrucciones horribles, yo ví a Europa tras la guerra. Y a España, qué decir. En épocas oscuras pequeños grupos o reductos han salvado la antigua sabiduría.
Ha resucitado una y otra vez, añadiendo, añadiendo, progresando.
Puede que sea igual ahora, no todo va a ser tecnología. Las almas necesitan algo más.
El hipotético lector de estas líneas sin duda recuerda la lucha de los clásicos en España desde después de nuestra guerra. Mucho he escrito dentro de ella, también aquí, en este periódico, mucho otros más. Logramos crear generaciones de profesores y estudiosos, un influjo en la Sociedad. Pero, tras breves momentos de respiro cada ciclo político nos traía más desánimo: no para los clásicos solo, en realidad para la enseñanza toda. Crecimiento numérico, disminución cualitativa: ese era el gran desafío, combinar el crecimiento numérico con el de la calidad.
Pues se ha perdido. Aunque algo queda de nuestro esfuerzo, no debemos perder la esperanza.
Este momento es el peor de todos, tras la derogación de la Ley de Calidad de la Enseñanza. ¡Derogar la calidad! Cierto es que esa Ley debería haberse hecho más deprisa y mejor. Pero hoy no existen propuestas claras para volver a la calidad. Todos callan, con leves excepciones. Y ciertas propuestas y silencios del Boletín Oficial nos horrorizan -también, por ejemplo, sobre la Historia de España, de ello escribí aquí mismo.
Y parece como si nuestras defensas se bajaran. Los profesores se desmoralizan. Y eso que, cuando yo propuse en la Sociedad Española de Estudios Clásicos -y sólo era ya presidente de Honor, no más- publicar un escrito en defensa del Humanismo, más de dos mil firmas, de las mejores de España, nos acompañaron. Habría que haber insistido en estas campañas. Y haber recordado que la Democracia, la Libertad y el Socialismo son también hijos, cómo no, del antiguo Humanismo.
Humanismo y Cristianismo han vivido juntos, en unidad a veces discorde. El Griego, el Latín, la Ilustración, simbolizaban esto. Y simbolizaban que hay un límite religioso y humano en la vida del hombre. No vale todo, hay que respetar lo respetable.
Por largos vericuetos he venido a lo mismo. A recordar algo que no debería necesitarlo. A colocar la decisión de Benedicto XVI en su contexto lógico e histórico.

FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS
de las Reales Academias Española y de la Historia

San Agustín: Vosotros sois Eucaristía

junio 9, 2007
Lo que estáis viendo, amadísimos, sobre la mesa del Señor es pan y vino; pero este pan y este vino se convierten en el cuerpo y la sangre de la Palabra cuando se les aplica la palabra. En efecto, el Señor era la Palabra en el principio, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Debido a su misericordia que le impidió despreciar lo que había creado a su imagen, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Como sabéis, pues, la Palabra misma asumió al hombre, es decir, al alma y la carne del hombre, y se hizo hombre permaneciendo Dios. Y puesto que sufrió por nosotros, nos confió en este sacramento su cuerpo y sangre, en que nos transformó también a nosotros mismos, pues también nosotros nos hemos convertido en su cuerpo y, por su misericordia, somos lo que recibimos.
Recordad lo que era antes en el campo este ser creado; cómo lo produjo la tierra, lo nutrió la lluvia, y lo llevó a convertirse en espiga; a continuación lo llevó a la era el trabajo humano, lo trilló, lo aventó, lo recogió, lo sacó, lo molió, lo amasó, lo coció y, finalmente, lo convirtió en pan. Centraos ahora en vosotros mismos: no existíais, fuisteis creados, llevados a la era del Señor y trillados con la fatiga de los bueyes, es decir, de los predicadores del evangelio. Mientras permanecisteis en el catecumenado estabais como guardados en el granero; cuando disteis vuestros nombres comenzasteis a ser molidos con el ayuno y los exorcismos. Luego os acercasteis al agua. Fuisteis amasados y hechos unidad; os coció el fuego del Espíritu Santo, y os convertisteis en pan del Señor.

He aquí lo que habéis recibido. Veis cómo el conjunto de muchos granos se ha transformado en un solo pan; de idéntica manera, sed también vosotros una sola cosa amándoos, poseyendo una sola fe, una única esperanza y un solo amor. Cuando los herejes reciben este sacramento, reciben un testimonio en contra suya, puesto que ellos buscan la división, mientras que este pan les está indicando la unidad. Lo mismo sucede con el vino: antes estuvo en muchos cuévanos, y ahora en un único recipiente; forma una unidad en la suavidad del cáliz, pero tras la prensa del lagar. También vosotros habéis venido a parar, en el nombre de Cristo, al cáliz del Señor después del ayuno y las fatigas, tras la humillación y el arrepentimiento; también vosotros estáis sobre la mesa, también vosotros estáis dentro del cáliz. Sois vino conmigo: lo somos conjuntamente; juntos lo bebemos, porque juntos vivimos.

Sermón 229,1-2

Corpus Christi: Caridad y educación integral (Mensaje de los obispos españoles 2007)

junio 9, 2007

La Santísima Eucaristía, Sacramento de la caridad, es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre.[1]

Ante la celebración de la festividad del Cuerpo de Cristo, día de la Caridad, los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral social invitamos a todos los cristianos a comprometerse, desde el amor que brota de la Eucaristía, en la urgente tarea de defender la dignidad de cada persona, especialmente las condiciones de vida y la dignidad de los marginados, los excluidos y los más pobres. Y más en concreto, os animamos encarecidamente, en las actuales circunstancias de la Iglesia en España, al necesario compromiso de promover el derecho a la educación integral.


La campaña institucional de Cáritas para este año tiene por objetivo la defensa de los derechos humanos, no solamente de palabra sino también de hecho. Cáritas ha formulado expresivamente este objetivo liberador con el siguiente eslogan: “Los derechos humanos son universales, las oportunidades deberían serlo”.

En Occidente tenemos una sociedad opulenta, en la que, si tomásemos verdaderamente en serio la solidaridad y el respeto real a los derechos humanos, sería posible erradicar algunos de los problemas mundiales más candentes de la sociedad actual, como son: el hambre, el respeto ecológico a la naturaleza y la participación democrática de todos los ciudadanos en la solución de los problemas que nos afectan a todos.

Evidentemente, la magnitud de los retos globales que actualmente tenemos planteados exige una respuesta estructural. Desde esta perspectiva, los ciudadanos podemos y debemos contribuir a que crezca la conciencia y la responsabilidad de todos los hombres y mujeres para afrontar los desafíos de la pobreza en esta encrucijada histórica que atravesamos. Los cristianos estamos llamados, especialmente, a ser una voz de serena, laboriosa y paciente esperanza, ante la complejidad y las dificultades de nuestro tiempo.

Pero también cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad personal y la posibilidad de contribuir a la transformación de la sociedad actual en comunidad más humana y fraterna, pasando de las grandes palabras a los pequeños y constantes gestos cotidianos, justamente a través del compromiso sencillo de la vida diaria, llevado a cabo en nuestro trabajo, en nuestra familia, entre los amigos, en el ámbito de la acción social y política y en las actividades del tiempo libre.

Esta tarea no se ha de limitar solamente a esforzarnos por ser honrados y justos en nuestras relaciones interpersonales y en todos los hechos concretos de nuestra vida diaria, sino también a través de nuestra palabra y del anuncio gozoso del Reino de Dios. Las palabras sin los hechos quedan desacreditadas, pero los hechos sin la palabra no alcanzan toda su significación. En el evangelio de San Lucas, cuando Jesús de Nazaret envía a los discípulos a evangelizar, concreta la misión en una doble tarea: “predicar y curar”[2]. De esta manera, invita a los discípulos de todos los tiempos a “curar” todo tipo de enfermedad y a “proclamar” que el Reino de Dios está cerca. Por esta razón, y para ser fieles al Evangelio, en el Jueves Santo celebramos al mismo tiempo el “lavatorio de los pies” y la “eucaristía”, que unen para siempre la celebración de la Cena del Señor y el compromiso de la justicia y el amor.

Para que la campaña de Cáritas de este año -Los derechos humanos son universales, las oportunidades deberían serlo- no quede limitada a un buen deseo, hemos de hacer un esfuerzo especial para descubrir la manera más eficaz de contribuir al desarrollo integral de la persona, especialmente de los excluidos de la sociedad, mediante la práctica real de sus derechos humanos.

Sin olvidar otros derechos básicos, queremos destacar la importancia de la educación como elemento clave para la liberación integral de la persona. La tarea educativa supera el paternalismo y no se limita solamente a ofrecer unos peces, sino también una caña de pescar. El acceso a los derechos humanos pasa por la educación liberadora, porque solamente a través de la misma, la persona toma conciencia de que es responsable de su propia vida y va adquiriendo una actitud abierta, crítica y activa ante el dinamismo de la historia.

La educación integral intenta el desarrollo interno y multidimensional de la persona para que aprenda a “saber, saber hacer, saber estar y, en definitiva, a saber ser”. El saber es una tarea humanizadora, porque la información es una capacidad para el desarrollo de la persona humana. Enseñar a saber hacer capacita la persona para resolver los problemas concretos y sus necesidades diarias. Aprender a saber estar ayuda a tener sentido de la complejidad de la realidad y capacita para poder vivir pacientemente la lentitud inevitable en el dinamismo de la transformación personal y social. El saber, el saber hacer y el saber estar conducen al saber ser. El saber ser consiste en vivir el momento presente desde la coherencia, la confianza básica, la sencillez y el amor, sabiendo quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, es decir, estando abiertos a la trascendencia.

Si contemplamos el evangelio en su globalidad, observamos que esta educación integral nos fue mostrada por Jesús de Nazaret, mediante un proceso lento, que se inició en su “encarnación”, entró en crisis en Jerusalén con su “muerte”, y llegó a su plenitud la mañana de Pascua en su “resurrección”. Los discípulos de Jesucristo recibieron una educación para la verdadera libertad, acompañándole en su vida pública y recibiendo el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Desde la hermosa mañana de Pascua hasta nuestros días, la comunidad cristiana, a lo largo de los caminos y los siglos, ha experimentado la acción liberadora del Espíritu del Señor, y ha ido recibiendo del Paráclito las luces y carismas para una tarea educativa, liberadora y sapiencial de la persona.

En este Día de la Caridad, a la hora de tomar nuestros compromisos personales, al mismo tiempo que contribuimos con una aportación económica al sostenimiento de las actividades y proyectos de Cáritas, sería bueno y muy conveniente asumir también un compromiso decidido de trabajar en favor de este derecho a la educación integral.

Podemos contribuir a esta tarea educativa denunciando las situaciones que bloquean la dignidad de la persona humana y anunciando que es posible otro orden mundial edificado en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Los proyectos y programas de Cáritas tienen siempre este objetivo educativo y liberador en su horizonte. Como nos ha recordado el Papa, “las instituciones eclesiales de beneficencia, en particular Cáritas (…), inspirándose en la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo”[3]. Edificados en el amor de Dios, aunque seamos conscientes de que queda mucho por hacer, en realidad todo es posible con el auxilio del Señor, con la luz y el consuelo de su Palabra, con la fuerza de la Eucaristía y con la potencia de su Espíritu.

Por otra parte, esta posición consciente y comprometida en favor de la educación liberadora es oportuna porque está en la raíz de la solución de muchos problemas. Por ello, es la mejor inversión económica, social y política para el bienestar de la persona y la paz social, porque los seres humanos, sin distinción, crecemos a partir de la experiencia central del amor, como ha puesto de manifiesto la encíclica Deus Caritas est de Benedicto XVI. Además, los cristianos podemos compartir este compromiso con otras muchas personas y grupos, que también trabajan por la educación y promoción de la persona. Nosotros lo hacemos a partir de la experiencia central de nuestra vida, que es el encuentro personal con Jesucristo Resucitado.

Finalmente, cuando en esta solemnidad del Cuerpo de Cristo proclamamos el derecho a la educación integral, estamos afirmando que sólo el amor, el verdadero amor, la verdad del amor, es auténticamente liberador y nos hace crecer, porque, aunque es cierto que de dinero y de poder se tiene más cuanto más se guarda, sin embargo, de amor se tiene más cuanto más se da.

Los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

[1] BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 1

[2] Cf. Lc 9,1-6

[3] Sacramentum caritatis, n. 90.

Bianchi: El verdadero sentido de la Eucaristía

febrero 24, 2007
El prior de la comunidad de Bose, Enzo Bianchi, escribió en el diario La Stampa (18 julio 2006) esta reflexión sobre la Eucaristía, con ocasión de la sonada no-participación de Zapatero en la misa del Papa en Valencia. No tiene desperdicio.

“Il primo ministro spagnolo Zapatero, in occasione del viaggio di Benedetto XVI a Valencia per il raduno mondiale della Famiglia ha salutato il papa al suo arrivo, lo ha incontrato in un colloquio personale, ma non ha partecipato alla celebrazione eucaristica da questi presieduta di fronte a un milione di cattolici. Un diniego che ha scandalizzato molti


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suscitando voci di deplorazione: in verità queste voci sono state più di non cattolici, di “cattolici atei”, in ogni caso di persone che non confessano la fede in Gesù Cristo il Signore, che non di credenti. Si è detto e scritto: “E’ stato un grosso errore politico”, “un modo infantile per enfatizzare la differenza”, “una scelta di rottura anche rispetto all’atteggiamento di atei come Fidel Castro o di capi di stato islamici”, “un atto di scortesia diplomatica”, “un gesto di laicità contrapposta alla religione”… oppure si è voluto intentare un processo alle intenzioni, insinuando che Zapatero abbia voluto evitare di essere fischiato: ma se a questo avesse portato la sua presenza, avremmo avuto una chiara manifestazione di che cosa può diventare oggi un’assemblea eucaristica!
E’ sempre più triste per chi è credente e si sente legato alla grande tradizione della chiesa il constatare l’ormai sempre più raro sensus fidei. Dalla formazione cristiana ricevuta prima del concilio e dalla sua ripresa nel Vaticano II, noi cattolici avevamo imparato che la celebrazione eucaristica è il “mistero della fede” per eccellenza, da celebrarsi con serietà somma e con timore grande. L’eucaristia non è di per sé “opera missionaria”, una fonte della missione, come ben ricordava l’allora cardinale Ratzinger in un intervento al Congresso eucaristico di Bologna: “In quale senso si può parlare dell’eucaristia come origine della missione? Non nel senso che l’eucaristia sarebbe una specie di azione di propaganda, attraverso la quale si cerca di acquisire uomini al cristianesimo. Se si fa questo, si rovina sia l’eucaristia sia la missione”. Per sua natura, infatti, essa va celebrata come la celebrò Gesù, nella “sala superiore”, cioè al cuore della chiesa, non come rito o spettacolo da ostentare di fronte ai non cristiani. Proprio per questo, fin dai primi secoli del cristianesimo, alla prima parte della celebrazione, la “liturgia della Parola”, erano sì ammessi i catecumeni (cioè coloro che si preparavano a ricevere il battesimo), ma costoro erano invitati a lasciare l’assemblea al momento della celebrazione dei santi misteri. Forse a molti è sfuggito che è precisa volontà di Benedetto XVI che al momento della distribuzione della comunione si ricordi a quanti assistono alle celebrazione eucaristica che solo ai cristiani è permesso comunicarsi.
Invece ultimamente, contro lo spirito e il dettato della riforma liturgica, l’eucaristia è celebrata in occasione di funerali, di stato e non, o di manifestazioni pubbliche con la partecipazione di non credenti nelle prime file. Si sono addirittura visti alcuni di loro, che si professano atei, comunicare al corpo e al sangue del Signore e poi, interpellati su quel gesto, li è sentiti rispondere che lo avevano fatto “per solidarietà”. Sappiamo che un simile comportamento appare normale e comunque profittevole a chi auspica una “religione civile”, ma così si offende il sensus fidei dei cristiani e si rende un cattivo servizio all’annuncio del vangelo. Invece – sono ancora parole del cardinal Ratzinger – “proprio quando l’eucaristia viene ben celebrata, ‘nella sala superiore’, nell’ambiente interiore di una fede reverente senza altri fini se non quelli di compiacere a Dio, ne scaturisce la fede”.
Potremmo chiederci se, nei casi in cui appare inevitabile che anche dei non credenti presenzino a celebrazioni cristiane, non sia opportuno pensare a forme liturgiche diverse dalla celebrazione eucaristica. Non sappiamo il motivo per cui Zapatero non ha partecipato all’eucaristia presieduta dal papa, ma in ogni caso i credenti autentici non si sentono offesi: sanno che devono custodire con amore e discrezione il dono grande che il Signore ha fatto loro a favore di tutti gli uomini e che devono celebrarlo in modo tale che non rischi di degenerare in ostentazione celebrativa che ne offuscherebbe la dimensione di fede”

La presencia de Cristo en la Eucaristía

diciembre 4, 2006
El cardenal estadounidense Avery Dulles reflexiona en este extenso artículo del 2005, a la luz del Año de la Eucaristía, sobre el misterio de la presencia real de Cristo en el Sacramento. Constituye un preciso y lúcido repaso a la doctrina católica clásica sobre el Mysterium Fidei, con la claridad habitual de este teólogo, asi como un acercamiento a los interrogantes que plantean ciertas corrientes de la teología sacramental contemporanea.


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El presente Año de la Eucaristía, a la vez que estimula una devoción mayor, ha sugerido una nueva reflexión teológica sobre los varios aspectos de la Eucaristía como sacrificio, como presencia real y como comunión.

La presencia real, investigada con gran sutileza durante la Edad Media, fue uno de los puntos centrales de controversia entre los cristianos a partir del periodo de la Reforma. Lutero, aunque ponía en tela de juicio la transubstanciación, mantuvo firmemente la opinión sobre la presencia real y sustancial de Cristo, si bien la mayor parte de los demás protestantes no estaba de acuerdo, por lo menos verbalmente. En los últimos decenios ha habido en ámbito católico cierta confusión sobre la presencia real. La Conferencia episcopal estadounidense, haciéndose cargo pastoralmente de la necesidad de puntualizar, publicó en 2001 un útil opúsculo titulado La presencia real de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía: las preguntas y las respuestas fundamentales. En este artículo hablaré del fundamento teológico de la enseñanza católica oficial.

Después de la consagración, el sacerdote, en cada misa, proclama que la Eucaristía es un mysterium fidei. La presencia real lleva a la mente humana al límite extremo de su capacidad. Al final debemos reconocer que es un misterio inefable y que debe ser aceptado con admiración y estupor. Es una verdad que sólo la mente de Dios puede comprender completamente. Sin embargo, hemos de decir algo, puesto que Dios no se ha revelado simplemente para envolvernos en el misterio. Quiere que imitemos a la Santa Virgen que reflexionó profundamente sobre las palabras que le fueron dichas. Ante todo hay que decir que la Iglesia acepta la presencia real como materia de fe porque está incluida en la palabra de Dios, como atestiguan la Sagrada Escritura y la Tradición. Jesús dijo claramente: «Este es mi cuerpo… esta es mi sangre» y, polemizando con los judíos, repitió que no estaba usando una metáfora. «Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 55-56). Muchos discípulos consideraron estas palabras muy duras y lo dejaron, pero Jesús no modificó sus afirmaciones para que volvieran.

Los Padres y los Doctores de la Iglesia han confesado con confianza la presencia real, siglo tras siglo, pese a todas las objeciones y malentendidos. Finalmente, en 1551, el Concilio de Trento ofreció una exposición completa de la doctrina católica de la Eucaristía dando mucha importancia a la presencia real. Desde entonces, repetida por muchos papas y documentos oficiales, la enseñanza de Trento sigue siendo normativa. El Catecismo de la Iglesia católica la cita a la letra (Catecismo de la Iglesia católica 1374. 1376-1377). Hablando de la presencia de Cristo en este sacramento el Concilio de Trento usa tres adverbios. Jesús está presente en la Eucaristía «verdadera, real y sustancialmente» (Denzinger-Schönmetzer 1651). Estos tres adverbios son las llaves que abren la puerta de la enseñanza católica y excluyen puntos de vista contrarios que hay, por tanto, que rechazar.

Diciendo en primer lugar que Cristo está contenido verdaderamente en las especies eucarísticas, el Concilio rechazó la idea de que el sacramento sea meramente un símbolo o una figura que señala un cuerpo que está ausente o que quizá está en alguna parte en el cielo. Esta afirmación va contra el hereje Berengario del siglo XI y contra algunos seguidores suyos protestantes del siglo XVI.

En segundo lugar la presencia es real, es decir, es ontológica y objetiva. Ontológica porque sucede a nivel del ser; objetiva porque no depende de los pensamientos o de los sentimientos del ministro o de los comulgantes. El cuerpo y la sangre de Cristo están presentes en el sacramento en virtud de la promesa de Cristo y del poder del Espíritu Santo que están vinculados a la ejecución correcta del rito por parte de un ministro válidamente ordenado. Al enseñar esto, la Iglesia rechaza la idea de que la fe sea el instrumento que determina la presencia de Cristo en el Sacramento. Según la enseñanza católica, la fe no hace a Cristo presente, pero reconoce con gratitud esa presencia y permite que la santa comunión dé sus frutos de santidad. Recibir el Sacramento sin fe es inútil, incluso pecaminoso, pero la falta de fe no hace que la presencia sea irreal.

En tercer lugar, el Concilio de Trento nos dice que la presencia de Cristo en el Sacramento es sustancial. La palabra “sustancia” no se usa aquí como un término filosófico técnico, como en la filosofía de Aristóteles. Ya se usaba en la alta Edad Media mucho antes de que circularan las obras de Aristóteles. “Sustancia” en el uso común define la realidad fundamental de la cosa, lo que la cosa es en sí. Derivada de la raíz latina sub-stare, significa eso que está debajo de las apariencias, que pueden cambiar en cualquier momento dejando el objeto intacto. Las apariencias pueden ser engañosas. Puede que no me reconozcáis si me disfrazo o caigo enfermo gravemente, pero yo no dejo de ser la persona que era; mi sustancia es inmutable. No hay, pues, nada oscuro en el significado de “sustancia” en este contexto. “Sustancia”, al significar lo que una cosa es en sí, puede estar contrapuesta a “función”, que hace referencia a la acción. Cristo está presente mediante su poder dinámico y su acción en todos los sacramentos, pero en la Eucaristía su presencia es, además, sustancial.

Por este motivo la Eucaristía puede ser adorada. Es el más grande de todos los sacramentos. Después de la consagración, el pan y el vino, de un modo misterioso, se convierten en Cristo mismo. El Concilio ecuménico Vaticano II cita a santo Tomás para decir que este sacramento contiene toda la riqueza espiritual de la Iglesia, ya que la Iglesia no tiene otras riquezas espirituales más que Cristo y todo lo que Él le da. El Concilio de Trento habla también del modo en que se da esta presencia de Cristo. Afirma que el pan y el vino cambian; dejan de ser lo que eran y se transforman en lo que no eran. La sustancia entera del pan y del vino se transforma en la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo y, visto que Cristo no puede ser dividido, se transforman también en su alma y su divinidad (Denzinger-Schönmetzer 1640. 1642). Todo Cristo está presente enteramente en cada una de las dos formas. El cambio que se da en la consagración durante la misa es sui generis. No se deja enmarcar en las categorías de Aristóteles que creía que todo cambio sustancial comportaba un cambio en las apariencias o en lo que él denominaba accidentes. Cuando me como una manzana, ésta pierde sus cualidades perceptibles así como su sustancia de manzana. Se convierte en parte de mí. Pero en la consagración del pan y del vino durante la misa, las apariencias externas permanecen idénticas.

La Iglesia ha acuñado el término “transubstanciación” para indicar el proceso con que toda la sustancia y solamente la sustancia se cambia en la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo. Hace falta una palabra especial para indicar un proceso que es único y sin iguales. Al enseñar que las especies no cambian, la Iglesia señala que las propiedades físicas y químicas siguen siendo las del pan y del vino. No solamente parecen y pesan lo mismo; mantienen además el mismo valor nutritivo que tenían antes de la consagración. Sería inútil tratar de demostrar o refutar la presencia real con experimentos físicos, porque la presencia de Cristo es espiritual o sacramental, no física, en el sentido de algo que se puede medir. Creo que para aclarar la enseñanza de la Iglesia sobre la presencia real será útil cotejarla con algunas posturas erróneas. La presencia de Cristo puede entenderse de manera demasiado carnal o demasiado mística, demasiado basta o demasiado sutil, demasiado ingenua o demasiado figurada.

El error realista ingenuo puede ser ilustrado mediante la reacción de los judíos en Cafarnaum que se quedaron pasmados ante las palabras de Jesús. Evidentemente pensaron que defendía el canibalismo, algo que justamente consideraban un pecado horrible. Algunos cristianos entienden la presencia de Cristo en la Eucaristía en un sentido demasiado materialista, sin hacer una adecuada distinción entre su presencia natural y su presencia sacramental. A veces imaginan que Él puede sufrir si la hostia es desacralizada o que puede sentirse solo en el tabernáculo. No sé dónde he leído que una joven estudiante tenía miedo de comer el helado después de comulgar porque pensaba que Jesús iba a tener frío. Algunos teólogos de la alta Edad Media, siguiendo a Pascasio Radberto, afirmaron que Jesús en la Eucaristía asumía la forma del pan y del vino como su verdadera forma. «¿Por qué no puede ser así –se preguntaban– visto que en la Resurrección se apareció como un peregrino y un jardinero sin que sus discípulos lo reconocieran?». Lo que vemos cuando miramos la hostia y lo que ingerimos durante la comunión, decían, es el cuerpo y la sangre de Cristo en una forma disfrazada. Algunos afirmaron incluso que en la consagración los elementos pierden la natural capacidad nutritiva del pan y del vino. Para evitar la implicación de que Cristo en la gloria pudiera sufrir a causa de la indignidad, algunos pensadores de la alta Edad Media afirmaron que el cuerpo de Cristo en el altar no era el mismo que el del cielo. De hecho hablan de los tres cuerpos de Cristo: su cuerpo natural, que ahora está en el cielo; su cuerpo sacramental, que está en la Eucaristía; y su cuerpo eclesial que es la Iglesia. La Iglesia no ha condenado nunca esta afirmación, pero ya no se defiende mucho, quizá porque, contrariamente a la idea de sus partidarios, parece sugerir que el cuerpo en la Eucaristía no es el que nació de la Virgen María. Si así fuera no podríamos cantar: «Ave verum corpus, natum de Maria Virgine».

Santo Tomás de Aquino desarrolla lo que podríamos definir una postura de mediación. Por una parte evita hablar de la Eucaristía como de un cuerpo especial (sacramental o místico), pero por la otra afirma que el cuerpo resucitado y glorificado de Cristo tiene una existencia diferente en el cielo y en el Sacramento. Contrapone la existencia de Cristo en sí y su existencia bajo el velo del Sacramento como dos diferentes estados o modos de ser. Según su modo natural de existencia Cristo está en el cielo, según el modo eucarístico de existencia está en el Sacramento. El cuerpo de Cristo esta verdaderamente presente en la Eucaristía, pero no en el sentido en que los cuerpos están en un determinado sitio. Sus partes y sus dimensiones no pueden medirse en relación con otros cuerpos. Su circunferencia no es la de la hostia. Contra los realistas ingenuos santo Tomás afirma que cuando miramos la hostia no vemos la figura y los colores que propiamente pertenecen al cuerpo de Cristo, sino los de la hostia misma. No estamos en la misma situación que los discípulos antes de la Ascensión a los que Cristo se apareció con su propio cuerpo. Cuando miramos la hostia o el cáliz en el altar, los aspectos o fenómenos visibles siguen siendo los del pan y del vino. Santo Tomás plantea la cuestión de que algunos dicen que han visto al Niño Jesús o su preciosísima sangre en una hostia consagrada. Responde que Dios es capaz de llevar a cabo un cambio milagroso en la hostia, de modo que puede parecer como un niño o como sangre humana, pero lo que se presenta en un caso de este tipo no puede ser las cualidades de Cristo mismo. Mirando la hostia o la preciosísima sangre, no podemos decir que la cabeza está aquí y los pies ahí. La presencia de Cristo en este Sacramento se parece a la del alma en el cuerpo. Mi alma no es parte en mi cabeza, parte en mi corazón, parte en mis manos, pero está enteramente presente en el todo y en cada parte. Igual que Cristo en la Eucaristía. Cuando se parte una hostia, cada fragmento contiene plenamente a Cristo tanto como la hostia entera. Una gota de la preciosa sangre contiene de Él tanto cuanto el contenido de todo el cáliz. Santo Tomás pone el ejemplo útil del reflejo de una imagen en el espejo. Cuando un espejo se rompe, cada fragmento puede reflejar el objeto entero, como hacía el espejo entero. Si la ubicación y los perfiles de la hostia no son los de Cristo, surge la pregunta: ¿podemos decir que Cristo es transportado durante una procesión o que está colocado en el tabernáculo? ¿No comemos su carne, no bebemos su sangre? Sí, dice santo Tomás, lo transportamos, comemos y bebemos, pero no en sus propias dimensiones. Lo transportamos, comemos y bebemos en su forma eucarística de existencia, en la medida en que su presencia coincide con las palpables propiedades o “accidentes” del pan y del vino. Ninguna violencia hecha contra el Sacramento lo perjudica físicamente porque esas cualidades y dimensiones no son propiamente suyas. Por tanto, la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento es comprensible sólo para el intelecto que acepta la Palabra de Dios en la fe. La presencia puede ser denominada sacramental porque las apariencias del pan y del vino indican donde están presentes el cuerpo y la sangre de Cristo. Son signos, es decir, sacramentos de una realidad que está presente en ellos. La presencia eucarística, aunque real, no elimina la ausencia de la que habla Jesús cuando se despide de sus discípulos durante la última cena. La Eucaristía es un memorial de la presencia histórica de Jesús en la tierra y prenda de su regreso en la gloria, cuando seamos capaces de verlo como es Él.

De lo dicho hasta ahora se puede comprender que la presencia de Cristo en este sacramento es única y misteriosa. Los maestros del espíritu nos advierten que no seamos demasiado curiosos, porque nuestras mentes podrían confundirse fácilmente ante tal excelso misterio. Es mejor aceptar simplemente las palabras de Cristo, de la Sagrada Escritura, de la Tradición, del Magisterio de la Iglesia que nos dicen lo que es necesario saber: «Cristo está realmente pero invisiblemente presente en la Eucaristía». Su presencia es tal que el pan y el vino después de la consagración son verdadera, real y sustancialmente su cuerpo y su sangre, pero según un modo de existencia diverso de su presencia en el cielo.

Hablemos ahora de los errores de minimización. El Concilio de Trento ha sido a veces atacado por haberse concentrado demasiado en uno solo de los modos en que Cristo está presente en la liturgia. Según Pablo VI y según el Concilio Vaticano II –nos recuerdan estos autores– Cristo esta presente en la liturgia de cinco modos por lo menos: en la asamblea, cuando nos reunimos para la oración, en la Palabra de Dios cuando es proclamada, en el sacerdote cuando celebra la misa, en los sacramentos, cuando son administrados y, en fin, en la hostia y en el cáliz ofrecidos durante la misa. La presencia en las especies consagradas, afirman estos autores, es solamente uno de los cinco modos y no se debería tomar como si fuera el único efectivo. Efectivamente, dicen, debería ser visto como subordinado a la presencia en la Iglesia, del que es un signo sacramental. ¿Acaso no han enseñado Agustín y Tomás de Aquino que el fin del sacramento es crear la unidad de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo? Por tanto, algunos teólogos han comenzado a decir que la presencia de Cristo está primariamente en la asamblea reunida.

Según la enseñanza de la Iglesia, las múltiples presencias de Cristo son efectivas e importantes, pero la presencia en la Eucaristía supera a todas. Unos quince años antes del Vaticano II, el papa Pío XII llamó la atención sobre los cuatro modos en que Cristo está presente en la liturgia. Pero precisó que estos modos de presencia no estaban todos al mismo nivel. El Divino Fundador de la Iglesia, escribía el Papa, «está presente… principalmente bajo las especies eucarísticas». Pablo VI en su encíclica de 1965 hizo una enumeración parecida, añadiendo a la lista de Pío XII un quinto modo: la presencia de Cristo en la proclamación de la Palabra. Pero dejó bien claro cuál era la presencia más importante. Tras subrayar las múltiples presencias de Cristo, decía: «Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el Sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido, ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos» (Mysterium fidei 38). Esta presencia, decía Pablo VI, se llama real no porque las otras sean irreales, sino porque es real por antonomasia (Mysterium fidei 39). Como presencia sustancial de Cristo todo entero, la Eucaristía supera la presencia transitoria y virtual en las aguas bautismales, en los otros sacramentos, en la proclamación de la Palabra y en el ministro que representa a Cristo en estos actos.

Si esta autoridad no fuera suficiente, se puede señalar que el Vaticano II en su constitución sobre la liturgia afirma que Cristo está presente «sobre todo [maxime] bajo las especies eucarísticas» (Sacrosanctum Concilium 7). Y el Papa Juan Pablo II, en su encíclica de 2003 sobre la Eucaristía dijo que hemos de ser capaces de «reconocer a Cristo dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre». Hay una diferencia notable entre la presencia de Cristo en la Eucaristía y en la asamblea o en sus miembros. Los fieles, con determinadas condiciones, están unidos místicamente a Dios por gracia. El Espíritu Santo vive en ellos, pero ellos mantienen su propia identidad personal. No son transubstanciados; no dejan de ser ellos mismos para transformarse en Cristo Señor. La Iglesia como cuerpo místico no puede nunca elevarse a la dignidad de Cristo en su cuerpo específico, que nació de la Virgen María, murió en la cruz y reina glorioso en el cielo. Este cuerpo está sustancialmente presente en la Eucaristía, pero no en la comunidad cristiana. Hay una gran diferencia entre la adoración que damos a Cristo en la Eucaristía y la veneración que damos a los santos.

Algunos de estos teólogos que minimizan afirman que, visto que el fin de la Eucaristía es formar la Iglesia como cuerpo de Cristo, su presencia eclesial es más intensa y más importante que la que hay en las especies consagradas. El error que reside en esta lógica puede ser comprendido si se piensa en la Encarnación. Jesús se hizo hombre y murió en la cruz por nuestra redención, pero no se deduce que Dios esté más intensamente presente en la comunidad de los redimidos que en el Hijo encarnado, o que nuestra devoción se deba concentrar más en los cristianos que en Cristo Señor.

Una segunda argumentación usada a veces para exaltar a la Iglesia por encima de la Eucaristía es que sería la Iglesia como sacramento general la que produce los siete Sacramentos, incluida la Eucaristía. La Iglesia, se dice, no podría dar lo que no tiene. Pero esta argumentación olvida el hecho de que la Iglesia no produce los sacramentos en virtud de un poder suyo. La Eucaristía, como los demás sacramentos, es un don de Dios. Al producirlo, la Iglesia está subordinada a Cristo, el ministro principal. La Iglesia, además, está formada por la Eucaristía. Los fieles son un único cuerpo porque participan en un único pan, que es Cristo Señor (cf. 1 Co 10,17). Así podemos decir, como dijo el papa Juan Pablo II en su encíclica, que si la Iglesia hace la Eucaristía no es menos verdad que la Eucaristía hace la Iglesia (cf. Ecclesia de Eucharistia 26).

Una tercera línea de pensamiento que tiende a minimizar la realidad de la presencia de Cristo en la Eucaristía viene de la fenomenología personalista de moda en el periodo del Vaticano II. Concentrándose en las relaciones interpersonales esta escuela de pensamiento hace coincidir la existencia personal con las relaciones humanas. Los teólogos seguidores de esta tendencia rechazan la idea de sustancia, sobre todo cuando se aplica a la Eucaristía, que consideran como una comida común. También a nivel natural, dicen, una comida con los amigos es mucho más que comer y beber; es una ocasión social para expresar y consolidar las relaciones humanas. Es lo mismo, dicen, para la Eucaristía. Al invitarnos a su cena, el Señor da al pan y al vino un significado nuevo y un fin nuevo, como símbolos eficaces de su amor que redime. Los elementos cambian en la medida en que adquieren una nueva importancia y una nueva finalidad. Por este motivo, siguen diciendo, deberíamos hablar de “transignificación” y de “transfinalización” en vez de “transubstanciación”.

Estos nuevos términos son discutibles e inoportunos, de modo que, desde el punto de vista terminológico, no aportan ninguna mejora respecto al término “transubstanciación”. En lo que expresan de positivo, los términos son inocuos. En la Eucaristía la importancia y el fin del pan y del vino efectivamente han cambiado: indican y realizan el nutrimento espiritual y la gozosa comunión con Cristo y los cristianos. Pero la terminología alternativa es carente porque no nos dice nada acerca de lo que sucede a las especies consagradas en sí mismas.

Pablo VI en su encíclica Mysterium fidei precisó que el pan y el vino pueden adquirir una importancia y una finalidad radicalmente nuevas porque contienen una nueva realidad. El cambio del significado y de la finalidad dependen de un cambio ontológico anterior (cf. Mysterium Fidei 46). Podemos relacionarnos personalmente con Cristo en el Sacramento, y Él con nosotros, porque Él está realmente ahí. Su presencia en el Sacramento es real y personal tanto si uno lo cree y lo percibe como si no. La Eucaristía no es sólo un signo, sino una persona que subsiste por derecho propio, como les sucede a las personas. Un teólogo holandés de los años sesenta se preguntaba si la presencia real permanecería en la hostia consagrada en el caso de que todo el mundo muriera improvisamente a causa de algún desastre excepcional. Respondía negativamente basándose en el hecho de que la presencia personal no puede existir fuera de un encuentro recíproco de sujetos libres y conscientes. Este teólogo parece confundir los dos sentidos de “presencia”. “Presencia” efectivamente puede significar dos cosas. Puede ser presencia dentro, como el alma está presente en el cuerpo o como Cristo está presente en las especies eucarísticas. O puede significar presencia ante otros. De las dos, la presencia dentro es la más fundamental. Reducir la presencia real a la segunda es limitativo. Se aleja de la fe de la Iglesia católica, que afirma que la presencia real de Cristo en la Eucaristía es objetiva e independiente de su percepción por parte de quien sea. Se siguen planteando cuestiones sobre el término “sustancia”, sobre todo porque el concepto clásico de sustancia, común al pensamiento realista, hoy no se acepta mucho. Desde el periodo de Descartes y de Locke el término ha pasado a significar algo autoinclusivo e inerte, mientras que antes tenía el significado de activo centro generador de relaciones, que, mediante sus propios accidentes, entra en relación dinámica con otras criaturas.

Naturalmente, hoy a mucha gente le resulta extraño decir de una persona que es una sustancia. Pero si se abandona el concepto clásico, hay que encontrar otro término para indicar qué es una cosa en su realidad fundamental. La Iglesia, al llamar sustancial la presencia eucarística de Cristo, quiere decir que la Eucaristía en su propia realidad no es otra cosa que Cristo. La transubstanciación, como he explicado, es el proceso mediante el cual una sustancia, en nuestro caso la del pan o del vino, se transforma en otra sustancia, la del cuerpo y de la sangre de Cristo, sin experimentar ningún cambio físico-químico. El Concilio de Trento ha enseñado que el término es muy adecuado (cf. Denzinger-Schönmetzer 1652). Pablo VI dijo en 1965 que seguía siendo «apropiado y justo» y, como he recordado, lo consideraba superior a los otros términos que habían sido propuestos (cf. Mysterium fidei 46). Pero la Iglesia no se ha vinculado definitivamente a ningún vocablo particular. Teóricamente sigue siendo posible un cambio en la terminología.

Como resultado de las nuevas teologías eucarísticas propuestas durante el Vaticano II y después, se ha dado también una pérdida temporal de interés por el Santísimo Sacramento. Toda la atención se ha centrado en la celebración de la misa. En muchas parroquias y casas religiosas la bendición eucarística ha sido abandonada improvisamente. En algunas iglesias, se le ha reservado a la custodia del Santísimo Sacramento un lugar modesto, más parecido a un cuarto trastero que a una capilla. Educadores a la vanguardia en cuestión de religión repetían a los fieles que el fin del Santísimo Sacramento era ser recibido en la comunión y no ser adorado, como si las dos cosas se excluyeran recíprocamente. El magisterio eclesiástico ha resistido constantemente a esta tendencia negativa, contrarrestándola. Aunque está de acuerdo en que el fin primario de la Eucaristía es hacer presente el sacrificio de la cruz y dar el nutrimento espiritual al fiel, el Concilio de Trento ha insistido en que el Santísimo Sacramento sea honrado y adorado fuera de la liturgia de la misa (cf Denzinger-Schönmetzer 1643.1656). Negar esto equivale a negar la presencia sustancial de Cristo en el Sacramento. En 1965 el papa Pablo VI habló claramente y con decisión en favor de la custodia del Santísimo Sacramento en un lugar de honor de la Iglesia. Exhortó a los pastores a exponer el Sacramento para la solemne adoración y a hacer procesiones eucarísticas en los momentos oportunos; invitó también a los fieles a visitarlo frecuentemente (cf. Mysterium fidei 55. 66-68). Juan Pablo II, en sus muchos escritos como papa, ha tratado de promover la digna celebración de la Eucaristía y la devoción a la Eucaristía fuera de la misa. En su encíclica de 2003 expresa satisfacción por los muchos sitios donde se practica con fervor la adoración del Santísimo Sacramento, mientras que lamenta que en otros lugares dicha práctica haya sido abandonada completamente (cf. Ecclesia de Eucharistia 10). El culto que se da a la Eucaristía fuera de la misa, escribe, «es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio eucarístico… Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas» (Cf. Ecclesia de Eucharistia 25).

El mismo Papa pasaba muchas horas ante el Santísimo Sacramento y muchas de sus mejores intuiciones nacían de esos momentos de oración. Como san Alfonso María de Ligorio, que cita a este respecto, el Papa estaba convencido del valor de la adoración de Jesús en el Santísimo Sacramento. La oración ante la Eucaristía fuera de la misa, escribe, nos permite tomar contacto con el manantial de la gracia (cf. Ecclesia de Eucharistia 25).

Gracias en buena parte a este aliento papal ha habido un notable incremento en la práctica de la exposición y de la hora santa de adoración. Durante el año 2000 se dio noticia de que más de mil parroquias en los Estados Unidos promovieron la adoración eucarística perpetua y otras mil crearon las condiciones para la adoración durante buena parte del día. Estas prácticas, lejos de debilitar el hambre de la santa comunión, la estimulan. Prolongan y aumentan los frutos de la participación activa en la misa. Además, expresan y fortalecen la fe de los católicos en el pleno significado de la presencia real. Quedándose entre nosotros en esta forma sacramental, el Señor mantiene su promesa de estar con su Iglesia «siempre, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28, 20). El misterio de la presencia real lleva nuestras posibilidades de comprensión al límite, pero no es un rompecabezas. Es un signo consolador del amor, del poder y de la genialidad de nuestro Divino Salvador. Él ha querido entrar en íntima unión con los creyentes de todas las generaciones y ha querido hacerlo de un modo que satisficiera nuestra naturaleza de espíritus encarnados. Las formas de comer y beber, profundamente cargadas del recuerdo de la historia del antiguo Israel, son significativas incluso para las personas incultas, en todas las épocas. Simbolizan oportunamente el nutrimento y el refrigerio espiritual que da el Sacramento.

En otro nivel, nos traen a la mente la crucifixión de Cristo que ha derramado su sangre por nuestra redención. Y por último, prefiguran el banquete eterno de los bienaventurados en la Jerusalén celestial. El simbolismo múltiple de la Eucaristía no puede separarse de la presencia real. Dicho simbolismo tiene el poder singular de recordar el pasado, transformar el presente y anticipar el futuro porque contiene verdadera, real y sustancialmente al Señor de la historia.

NOTAS 1 Para una exposición de estos tres términos, cf. Max Thurian, The Mystery of the Eucharist: an Ecumenical Approach (Eerdemans, Grand Rapids, Michigan 1984), pp. 55-58. 2 Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis 5, que cita a santo Tomás, Summa theologiae III, q. 65, a. 3, ad 1; cfr. q. 79, a. 1c e ad 1. 3 Cf. santo Tomás, Summa theologiae III, q. 77, a. 6, “¿Pueden nutrir las especies?”. Santo Tomás se refiere a 1Co 11,21 y a los comentarios corrientes para mostrar que las especies, tomadas en cantidad suficiente, pueden satisfacer el hambre e inebriar. 4 Esta línea de pensamiento que parte de Pascasio Radberto, está representada por Lanfranco y Guitmundo de Aversa. Cf. el artículo que va a ser publicado, “Guitmund of Aversa and the Eucharistic Theology of St. Thomas” de Mark G. Vaillancourt, en The Thomist 69 (octubre 2005). 5 Jean Borella, The Sense of Supernatural (T&T Clark, Edinburgh 1998), pp. 71-77. Encuentra la doctrina del “triple cuerpo de Cristo” en Ambrosio, Pascasio Radberto y Honorio de Autun. Henri de Lubac habla de Amalario de Metz y Godescalco de Orbais como representantes de esta doctrina medieval. Cfr. su Corpus Mysticum: L’Eucharistie et l’Eglise au Moyen Age, 2 ed. (Aubier, París 1949), p. 37. Estos teólogos no negaron la identidad real entre el cuerpo real y el eucarístico de Cristo. 6 Santo Tomás, Summa theologiae III, q. 76, a. 6. Para un comentario lúcido cfr. Anscar Vonier, A Key to the Doctrine of the Eucharist (1923; reimpreso: Zaccheus Press, Bethesda, Md, Usa 2003), pp. 132-133. 7 Ibídem, a. 8, ad 2 e ad 3. 8 Santo Tomás, Summa theologiae III, q. 76, a. 3. 9 Ibídem, q. 76, a. 7. 10 Judith Marie Kubicki atribuye a Karl Rahner, Edward Schillebeeckx y Piet Schoonenberg la postura según la cual la Iglesia como sacramento es «el primer lugar de la presencia de Cristo en el mundo». Cfr. su artículo “Recognizing the Presence of Christ in the Liturgical Assembly”, Theological Studies 65 (2004), pp. 817-837, en la p. 821. 11 Pío XII, encíclica Mediator Dei 20. 12 Pablo VI, encíclica Mysterium fidei 36. 13 Juan Pablo II, encíclica Ecclesia de Eucharistia 6. 14 Típico de este punto de vista es el breve artículo “Changing Elements or People?” de F. Gerald Martin, en America 182 (Marzo 4, 2000), p. 22. Reaccionando contra la tendencia a separar la presencia real de la santa comunión, cae en el error opuesto, disminuyendo la devoción al Santísimo Sacramento, como si se opusiera a la comunión frecuente. 15 El término “transfinalización” parece que fue acuñado por el marista francés Jean de Baciocchi, pero ha sido usado por muchos otros. El término “transignificación” está asociado en particular al jesuita holandés Piet Schoonenberg. Para más información sobre estas tendencias, cf. Joseph M. Powers, Eucharistic Theology (Seabury, New York 1967), pp. 111-179, y Colman O’Neill, New Approaches to the Eucharist (Alba House, Staten Island, Nueva York 1967), pp. 103-126. 16 Piet Schoonenberg, The Real Presence in Contemporary Discussion, Theology Digest 15 (Spring 1967), pp. 3-11, a p. 10. 17 Tomo estos datos de Amy L. Florian, “Adoro Te devote”, America 182 (Marzo 4, 2000), pp. 18-21, a p. 18.