Archive for the ‘Evangelización’ category

Los mártires de la Guerra Civil española (Mons. Raul Berzosa)

mayo 6, 2007

Sé que en estos momentos de recuperación de la llamada memoria histórica, todo lo que afecte al periodo de la historia española de los años 30-40 se puede, y de hecho se tiende, a interpretar en clave política. Por esta razón, conviene puntualizar al menos tres claves para comprender lo que son, y lo que no son, los mártires asturianos y el sentido que tiene su posible beatificación y canonización.

Lo primero, y lo más importante, que es necesario subrayar es que dichos mártires son eso: “mártires”, es decir, víctimas totalmente inocentes en una persecución religiosa. Ellos no eran soldados, ni sindicalistas, ni políticos, ni intelectuales, ni representaban una ideología beligerante definida. No se los persiguió ni martirizó por haber iniciado ellos una polémica o batalla alguna. Sencillamente, fueron asesinados por ser lo que eran: creyentes coherentes hasta estar dispuestos a dar la vida por lo que creían.

En segundo lugar, la Iglesia ha venido beatificando y canonizando mártires desde hace veinte siglos; desde el inicio del cristianismo. Por esta razón a la Iglesia nadie, desde fuera, le impone un calendario de beatificaciones o canonizaciones. El ritmo que lleva es doble: por un lado, si el declarar beatos o santos a dichos mártires viene reclamado por el pueblo que les honra devoción. Y, por otro lado, tras una rigurosa investigación si la Iglesia llega al convencimiento de que dichos mártires merecen tal categoría. Si estas dos dimensiones (devoción popular e investigación histórica rigurosa) reclaman la declaración positiva del martirio entonces, en la fecha más adecuada, se da el paso público y solemne, convirtiendo a los mártires en ejemplos, intercesores y hermanos mayores en la Fe para los creyentes de todas la épocas. La Iglesia, puede, como parece el caso presente, beatificar y canonizar varios mártires a la vez, como ejemplo colectivo. Con una certeza: para nosotros, los cristianos, no hay muertos. Sólo vivos: peregrinando, en la tierra y los que ya han llegado a la Jerusalén celeste. Entre unos y otros hay comunicación: es la comunión de los santos.

Y, tercera clave, en el caso que nos ocupa, la Iglesia en España no desea que los mártires, anteriores a la guerra civil y concomitantes a la misma, sean utilizados como arma arrojadiza contra nadie ni como bandera o enseña política de nadie. La Iglesia desea que, social y culturalmente, dichos mártires contribuyan a la reconciliación y al recuerdo y memoria de algo dramático que no debe volver a repetirse. Su ejemplo de heroísmo y generosidad, como víctimas inocentes del ayer y estímulo de las víctimas que siguen generándose en otros campos, nos desafía con un mensaje claro y punzante: el mal nunca se vence con el mal, sino con el bien. La violencia genera más violencia. Sólo el amor y el perdón son creativos y capaces de renovar personas y sociedades.

+ Raul Berzosa Martínez (5mayo 2007)

¿Quién es cristiano? (H. U. von Balthasar)

mayo 4, 2007
Lo que os presento aquí es una selección personal (con lo que eso supone de limitación) de frases de la pequeña obra de H. U. von Balthasar ¿Quién es cristiano?. Una obra breve del teólogo jesuita pero de contenidos muy profundos, que dan para unas cuantas meditaciones. Si alguno pasa de la selección a leer el texto completo, os aseguro que no se arrepentirá.

Los números de páginas se corresponden con la edición española (Editorial Sígueme, Salamanca 2000)


Continúa…

• El cristiano mira en torno desconcertado: se le ha desprendido algo que le envolvía como un manto calido y protector, y se siente desnudo. Se siente un fósil de edades pretéritas- 13
• No es algo agradable cargar con una herencia cuyos crasos errores saltan a la vista- 17
• Para el hombre sin Dios, las palabras de la cultura cristiana no hablan de Dios, o sólo muy débilmente- 19
• La fe puede ser infinita si ama, la obra es finita- 20
• El cristiano tiene que saber contemplar ocasos a su alrededor, sin que por eso se le ponga el sol- 21
• Los cambios en la Iglesia han estado siempre ligados a la conversión, y cuanto más profunda sea esta, más dolorosos serán- 28
• Cristo nunca fue moderno, ni lo será, Dios mediante. Ni él ni sus discípulos Pablo y Juan pronunciaron una sola palabra por seguir la corriente política o gnóstica- 29
• El lema “contemplativo en la acción” significa prácticamente que la persona activa ya no es lo bastante contemplativa; no existe otra madurez o mayoría de edad que la acción- 30
• Ir de Dios al mundo puede ser una misión cristiana, misión cristiana en el mundo, pero puede ser también una huida de Dios – 31
• En el ecumenismo, lo importante para el católico es, precisamente, no transigir, restando y abandonando su plus específico, sino esforzarse en tomar plena conciencia del núcleo del Evangelio- 42
• El impresionante itinerario de siglos desde el monasterio alejado hasta la existencia en el mundo es también efecto de una clara intervención del Espíritu Santo. Y habrá que extraer las últimas consecuencias de esta incontenible marcha- 44
• Es justamente el santo aquel que intenta hacerlo todo cristianamente, el que mejor y más profundamente sabe hasta que punto es pecador- 54
• Él nos redimió activamente, nosotros somos los redimidos por él pasivamente; todo lo que nosotros hacemos activamente, en respuesta, descansa en esta pasividad primigenia- 55
• Dado que Jesús es más, hace y exige más que el hombre, la fidelidad de sus discípulos excede también de una mera adhesión humana: es fe- 60
• Para el hombre la obediencia por amor lleva el nombre específico de fe
• La fe en Cristo se acredita por la ilimitación total de su entrega: cualquier infidelidad queda excluida en Cristo, aunque su fidelidad nos resulte inaparente- 61
• Cristiano es la persona que vive de la fe, es decir, que ha apostado toda su existencia a una posibilidad que nos brindó Jesucristo, el Hijo de Dios, obediente por todos nosotros hasta la cruz: participar en el sí de Dios, un sí obediente que redimió al mundo-
• Todo lo que la existencia del Hijo revela sobre la esencia de este amor es la renuncia a disponer de si. Es esta renuncia lo que confiere la novedad inaudita al cumplimiento de su misión. El Hijo rehusa cualquier cautela deja cualquier providencia en manos del Padre que lo envía y conduce-
• Nada puede ensombrecer más el poder de Dios, impedir más la llegada de su Reino, que imponer nuestro poder para hacer llegar el Reino de Dios- 65
• Jesucristo es la unidad indisoluble del sí de Dios al hombre y del sí del hombre a Dios- 67
• El cristiano no dio el sí a su propio y particular plan, sino al plan de Dios, siempre mayor, que siempre parece diferente de lo que el hombre se ha imaginado- 69
• El cristianismo se pregunta cómo es posible la identidad entre Dios y el hombre si ambos son y serán esencialmente diversos. Y la respuesta es que tal identidad es posible porque Dios da a su amor la forma de obediencia y el hombre da a su obediencia el sentido del amor- 69
• Todos los esfuerzos humanos en sus buenos y óptimos propósitos son puros espasmos y distorsión; lo que Dios exige es la entrega del corazón en un amor creyente- 72
• Se podría narrar la historia de la Iglesia desde esta perspectiva, como historia de todas las ofertas sustitutivas que ella hace a Dios para evitar el acto de la verdadera fe: la cruz- 72
• El evangelio sólo es buena noticia para el pobre
• El que no quiere oír primero a Dios, nada tiene que decir al mundo- 80
• El carácter definitivo es lo que confiere todo su peso ante Dios a una forma de vida inspirada en los consejos evangélicos- 83
• La verdadera fecundidad de una vida se basa en el “de una vez para siempre”. Lo demás, en expresión de Kierkeegard, es existencia estética- 83
• El cristiano, que gracias a la intimidad con el Espíritu Santo de Jesús, que guía y ordena, conoce que debe abandonar todo su plan en aras del plan de Dios, ese es un cristiano mayor de edad- 88
• Cuanto más obedientes al Espíritu libre de Cristo, más libres y adultos podemos considerarnos. Todo lo demás son ardides para engañarnos a nosotros mismos- 89
• Ningún servidor puede abandonarse definitivamente creyendo que ya ha entendido plenamente su misión y que, para realizarla, no necesita ya preguntar- 90
• El modo de este amor nuestro se define por el hecho de haberlo recibido de Dios y transferirlo después a los hermanos- 94
• Para un cristiano, es herético afirmar que el Hijo de Dios no murió por todos los pecadores. Nadie estuvo más alejado de la cruz que otros; todos estuvieron igualmente cercanos a él, hasta confundirse, hasta identificarse; todos y cada uno eran su prójimo. El amor mostró esta dimensión infinita, inabarcable, en la cruz- 95
• Para el cristiano, este prójimo que le sale al encuentro es espejo donde se le aparece Cristo- 96
• Detrás de mi hermano está el compromiso de Dios hasta la muerte; esto demuestra que mi hermano tiene para Dios un valor eterno- 97
• La Iglesia es la concentración imprescindible para la expansión, porque si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Concentración significa atención despierta y activa a lo esencial- 100
• Percances, derrotas, vejaciones, calumnias, desprecios, y, al final, como compendio de su vida, un gran fracaso: todo esto fue el pan de cada día de Cristo y será el destino de la Iglesia en este mundo; y el que quiera pertenecer a la Iglesia debe contar con tal estado de cosas, ya que ninguna evolución podrá superarlo- 104
• Podemos encontrar a Dios en los signos de la palabra y el sacramento, pero sólo para buscarlo más apasionadamente allí donde no está aún y donde nosotros podemos hacerlo presente, o, más exactamente, donde permanece oculto y debemos descubrirlo- 104
• Estamos radicalmente expuestos como cristianos ante el mundo; y, por Cristo, al mundo. Nos gustaría hacer de la Iglesia un escudo contra el mundo; y, de nuestra misión en el mundo, un escudo contra la palabra y el compromiso de Cristo. Pero Cristo desautoriza la espada secular del integrista Pedro, toma partido por los agresores y cura la oreja de Malco- 108
• Todos abrigamos esta esperanza que no defrauda: que lo apuntado como inútil en el libro del tiempo pueda ser registrado como valioso en el libro de la vida y de la fecundidad – 115
• Como la inutilidad fue el signo de la existencia terrena de Jesús, tendría que serlo también el de la Iglesia terrena- 119
• Podemos encontrar a Dios en los signos de la palabra y el sacramento, pero sólo para buscarlo más apasionadamente allí donde no está aún y donde nosotros podemos hacerlo presente, o, más exactamente, donde permanece oculto y debemos descubrirlo- 104
• Cuanto más íntimo y personal es un amor, más público es en el Reino de Dios y más participan todos de él. El pavimento del cielo es de cristal diáfano, pero también lo son los muros. Todos encuentran acceso a la casita de Nazaret, al corazón de la Virgen; también gente mal calzada y peor vestida, que no huele a azucenas- 123

Radcliffe: El Parque Jurásico y la Última Cena

febrero 7, 2007
Con su estilo fresco, cargado de imágenes actuales y anécdotas, el que fuera superior de la Orden de Predicadores, reflexiona en esta conferencia, que dio en 1994 con motivo de la apertura del periódico católico “The Tablet”, sobre algunas urgencias de la misión en el mundo actual.


Continúa…
El año pasado tuve que dar una charla de diez minutos a la Unión de Superiores Generales – los “jefes” de las órdenes Religiosas – sobre los retos de nuestra misión como religiosos en Occidente. Parecía un trabajo un tanto irrealizable. ¿Qué se puede decir en diez minutos? Por aquella época fui a ver Parque Jurásico y me di cuenta de que es ésta una historia que nos muestra un cuadro maravilloso del mundo en que hemos de vivir nuestra fe hoy. Es una de las películas de mayor éxito. Se estaba exhibiendo en uno de cada tres cines en Italia y el Ministro francés de Cultura la declaraba como una amenaza a la nación. Nuestros niños comen galletas en forma de dinosaurios. ¿Por qué ha tenido tanto éxito? Seguramente porque toda cultura vive de historias, de relatos que conforman nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos, los cuales nos dicen qué significa ser humano. Es ésta una narración en la que millones de personas, tal vez inconscientemente, se encuentran a sí mismas, encuentran la historia de sus vidas.
Pero nosotros, los cristianos, afirmamos vivir de otra historia, que nos reúne para recordarla y reactualizarla cada domingo, la historia de la última Cena; la historia del hombre que congregó a sus amigos a su alrededor y compartió con ellos una comida, les entregó su propia persona, su cuerpo y su sangre. Esta es la historia que debería, sobre todo, conformar nuestras vidas y nuestra conciencia personal. Por tanto el reto de ser cristiano no es para nosotros el simple intentar ser buenos. No hay evidencia que indique que los cristianos son, en general, mejores que los demás, y, ciertamente, Jesús no vino a llamar a los santos sino a los pecadores. El desafío está más bien en vivir de y por una historia que algunos de nuestros contemporáneos pueden encontrar muy rara, y que ofrece una visión distinta del mundo y del ser humano. Esta tarde quiero mencionar sólo unas cuantas diferencias entre estas dos historias.
Supongo que la mayoría de vosotros habéis ido a ver Parque Jurásico. Probablemente llevasteis a vuestros hijos, pretextando que sólo ibais para que ellos pasaran un buen rato, pero seguro que también disfrutasteis con ella. Por si alguno no la ha visto, os cuento la historia. Un millonario, Richard Attenborough, utiliza experimentos con el ADN para devolver la vida a los dinosaurios. Crea un parque especial por el que todos los dinosaurios pueden moverse libremente. Desgraciadamente se escapan, comienzan a matar a los visitantes y los seres humanos abandonan la reserva, dejando tras de sí la jungla. Tal vez os parezca que esto no tiene mucho que ver con la vida de los barrios de Londres, a no ser que las cosas hayan cambiado mucho desde que estoy en Roma, pero a mí me sugiere que todo ello afecta a elementos importantes de nuestra cultura contemporánea.

1. Violencia

El primer punto que quiero desarrollar es un tema bastante común. Parque Jurásico nos habla de un mundo violento, de una manada de dinosaurios vagabundeando por las llanuras y devorando cuanto encuentran a su paso. Se trata de una violencia a la que los seres humanos sólo pueden replicar con nueva violencia. La otra historia nuestra, la de la última Cena, es también una historia de violencia, la violencia que se inflige a Jesús y que él soporta: “como oveja que es llevada al matadero, él no abrió su boca” (Is 53, 7).
Cuando hace poco pregunté a un grupo de dominicos americanos -hermanos y hermanas- cuál era el primer reto a nuestra predicación, sin dudarlo me respondieron que la violencia. En los últimos meses he visitado Ruanda, Burundi, Haití, Angola, Croacia y Nueva York y he podido comprobar la cruda violencia de gran parte de nuestro mundo. Supongo que la mayor parte de la historia humana ha sido violenta y, si dejamos de lado los horrores de las dos guerras mundiales, la nuestra no ha sido mucho peor. En el pasado muchas sociedades han glorificado la violencia. Creo que también la nuestra lo hace, y de forma sutil y apenas explícita.
Parque Jurásico nos presenta una resucitada selva darwiniana en la que los animales compiten para sobrevivir. El débil fracasa y muere llegando a extinguirse, como los dinosaurios. La competición violenta por la comida y el territorio es parte de un proceso creativo a través del cual llegamos a existir. Esa lucha brutal es la que nos introduce en la existencia. Es nuestra cuna. Últimamente se sugiere que la violencia es fructífera. Sin embargo la teoría de Darwin -que yo no puedo afirmar haber estudiado- es interesante solo como síntoma de la profunda transformación en nuestra comprensión de lo que significa ser humanos, que ha tenido lugar hace doscientos años, más o menos. Es la aparición del convencimiento de que toda sociedad humana funciona y florece a través de una feroz lucha entre individuos competitivos, cada cual persiguiendo su propio bien. La metáfora de la supervivencia del más preparado, de la vida como una jungla darwiniana, aparece con frecuencia en nuestro lenguaje. Sumner, el economista de Yale, escribió incluso que “los millonarios son un producto de la selección natural… Pueden ser objetivamente considerados como agentes de la sociedad seleccionados naturalmente para un determinado trabajo”.
Uno de los primeros indicios de este cambio profundo en nuestra comprensión de la sociedad humana fue una pequeña paradoja titulada “La parábola de las abejas”, escrita por un tal Mandeville en el siglo dieciocho. Defendía que la avaricia, la envidia, el orgullo, todos los vicios tradicionales, pueden ser realmente muy útiles. Son los que hacen que el mundo continúe y que la sociedad humana prospere. Pueden ser vicios privados, pero son virtudes públicas. La política de la avariciosa competición viene de lejos. Es esta comprensión de lo que significa ser humano la que hace de nuestras ciudades Parques jurásicos urbanos, ciudades-selvas con violencia interior, donde los débiles son destruidos. Nuestra historia, la de la última Cena, nos ofrece un profundo desafio, no sólo porque aquí se nos presenta al hombre que soporta la violencia y rehusa deshacerse de ella. Nuestra historia ofrece una imagen radicalmente diferente de lo que significa ser humano. Él nos ofrece su cuerpo. Esta es la nueva alianza, nuestro hogar y nuestra morada. El significado de las vidas no se da en la búsqueda del propio interés, sino en la acogida del don de comunión.
Creo que la mayoría de nosotros estaríamos de acuerdo – y se ha defendido con frecuencia – en que el reto del momento es romper la fascinación de lo que al fin es una imagen dolorosa y destructiva de lo que significa ser humanos: la de vernos como mónadas solitarias persiguiendo siempre nuestro propio provecho individual. Somos carne de la carne del otro, una comunión que encuentra la perfección en esa carne que Cristo da, su propio cuerpo. Lo que buscamos es radicalmente el bien común. El problema está en cómo hemos de romper la influencia de este falso mito de nuestra humanidad. ¿Qué hemos de hacer? Como señaló David Marquand en “La sociedad sin principios”: “¿Cómo puede una sociedad fragmentada hacerse a sí misma un todo? ¿Cómo puede una cultura impregnada de un individualismo egoísta restaurar los vínculos de comunidad? Admito que el sentir común de casi doscientos años es el principal obstáculo para un ajuste fructífero tanto económico como político. ¿Cómo se puede redefinir el sentir común? (The Unprincipled Society: New Demands and Old Politics (Glasgow, 1988), p. 223.).
Creo que nuestro relato de la última Cena nos da unas cuantas claves. Después de todo es la historia de una comunidad que es profundamente desprendida, en la cual el hombre que está en el corazón de esa comunidad está a punto de ser traicionado y negado. Todos sus amigos escaparán en un momento. Es la historia del nacimiento de una comunidad que tira por tierra toda forma de alienación, traición, incluso la muerte. Nos ofrece esperanza.

2. Palabras

El acto central de Jesús es pronunciar una palabra. Dice algo: “Esto es mi cuerpo y os lo entrego”. Pronuncia una palabra poderosa y transformadora. Las palabras no son tan importantes en Parque Jurásico. Hay muchos gruñidos y rugidos, el sonido de huesos que se quiebran, pero no se nos anima a hablar con un Tiranosaurus Rex. Un ruso o un chino podrían ver la película en inglés y no echar muchas cosas en falta. Esta diferencia es significativa. Una de las formas con las que construimos la sociedad humana y trascendemos la trampa del individualismo egoísta, es recuperando el respeto por las palabras, y su capacidad para formar y sostener la comunidad.
Somos humanos y nos pertenecemos unos a otros porque podemos hablar entre nosotros. Una sociedad en desintegración es aquella en la que se da el desprecio por las palabras. Cuando estuve en El Salvador visité la habitación donde fueron tiroteados los jesuitas en la Universidad. Los asesinos también dispararon contra sus libros. Se puede ver un ejemplar del Diccionario teológico del Nuevo Testamento de Kittel, abierto por la página del Espíritu Santo, el que nos enseñó a hablar en lenguas, atravesada por agujeros de bala. Pienso en la biblioteca de un sacerdote de Haití con todos los libros destruidos y rasgados; pienso en un pueblecito en la frontera entre Croacia y Serbia borrado del mapa, con los mismos cuerpos sacados de las tumbas y esparcidos alrededor, y en la iglesia el misal desgarrado y decorado con obscenidades. Lo que todos estos incidentes muestran es, por una parte, el odio a las palabras y, por otro, la fuerza que las mismas conllevan.
Cuando, durante mis viajes, aterrizo en Inglaterra para recuperarme del desfase horario y hacer la colada, no leo nada referente a que los parlamentarios irrumpan unos en las habitaciones de los otros rompiendo los libros de los oponentes. Sin embargo me da la impresión de que vivimos en una cultura en la que nos soltamos unos a otros palabras con poco contenido en lo tocante a sus consecuencias, igual que hacen los niños cuando juegan a indios y vaqueros, sin comprender que las pistolas que usan son reales. Es como si hubiéramos olvidado que hablar es un acto moral que exige la responsabilidad más profunda. No puedo menos de sorprenderme ante las cosas tan distintas que se decían del señor Smith antes y después de su muerte. ¿Se trataba sólo de palabras?
El libro del Génesis nos dice que la vocación de Adán fue llamar a las cosas por su propio nombre. Dios hizo a Adán para que le ayudara en la creación. Le mostró un león o un conejo y Adán les puso nombre. Sabía lo que eran las cosas y así ayudó a Dios a sacar del caos un mundo con sentido. Sus nombres no eran marcas arbitrarias pegadas sobre las cosas de forma que pudiera haber llamado liebre al conejo; los nombres participaban del poder de las palabras de Dios para traer a la existencia, para sacarlas a la luz. Hablar, usar palabras, es casi una vocación divina. Como Dios, el hablar nos da el poder de la vida o de la muerte.
La violencia de nuestra sociedad impregna el lenguaje que usamos. Vaclav Havel, el presidente de la República Checa, contrasta las palabras de Salman Rushdie con las de Jomeini: “palabras que iluminan a la sociedad con su libertad y sinceridad se contraponen a palabras que hipnotizan, engañan, inflaman, enloquecen, seducen, palabras hirientes, letales incluso. La palabra es como una flecha” (Citado en Independent, 9 de diciembre de 1989, p. 29.). George Steiner escribió: “En las palabras, como en la física de las partículas, hay materia y antimateria. Construcción y aniquilación. Padres e hijos, hombres y mujeres, cuando se dirigen unos a otros en el intercambio de palabras, están ante un riesgo definitivo. Una palabra puede mutilar una relación humana, puede poner en peligro la esperanza. Los cuchillos del habla producen cortes muy profundos. Con todo es el mismo instrumento, léxico, sintáctico, semántico, que usamos para hablar de la revelación, el éxtasis, el de la maravilla de comprender lo que es la comunión”.
Una hermana dominica de Taiwan contaba de una chica que llevaba un niño a sus espaldas. Alguien le dijo: “Chiquilla, llevas una pesada carga”. Ella le replicó: “No llevo una carga pesada. Llevo a mi hermano”. Una palabra transformadora.
Los defensores de lo políticamente correcto están en lo cierto aunque la forma sea incorrecta. Han visto correctamente que importa mucho las palabras que yo uso, ya que mis palabras pueden ser puñales que matan a las personas. Ahora bien la comunidad humana no se cura simplemente por prohibirnos usar ciertas palabras. Como escribió Robert Hugues en “La cultura de la queja”: “Queremos crear una especie de “Lourdes” lingüístico donde el mal y la desgracia se desvanezcan por la inmersión en las aguas del eufemismo”. Destaca que no se vence el horror a la muerte disponiendo, tal como lo hacía el New England Journal of Medicine, que al referirse a un cadáver se debería decir una “persona no viva”. Un cadáver grueso, señala, se convierte en “una persona no viviente de tamaño diferente”. Los administradores de la Universidad de S. Francisco, en Santa Cruz, se equivocaron al creer que se podrían superar expresiones racistas, tales como “estoy negro” y “esto es un trabajo de chinos”, con sólo admitir que en algunos contextos podían parecer racialmente despectivas.
Construimos comunión y sanamos heridas no por prohibir palabras desagradables, sino usando palabras que crean comunión, que dan la bienvenida al extraño, que anulan distancias. En el corazón de nuestro relato prototipo, la última Cena, se habla de un hombre que pronuncia palabras que dan origen a la comunidad: “esto es mi cuerpo y os lo entrego”. Y si la doctrina de la Presencia Real, de estas palabras verdadera y profundamente transformadoras, parece estúpida y absurda a muchos de nuestros contemporáneos, seguramente es porque hemos olvidado qué poderosas son las palabras. Emily Dikinson escribió:
Podría el labio mortal presagiar
la carga no desvelada
de una sílaba confiada,
que la desintegrara en su peso.
Las palabras de Cristo en la consagración revelan algo a lo que todo lenguaje humano aspira, la gracia que perfecciona la naturaleza.
Cuando los monjes de la Edad Media huyeron hacia las costas occidentales de Irlanda, llevaban consigo los textos de los Evangelios que ellos copiaban, adornaban, volvían a copiar y veneraban. Fundaban comunidades que mantenían viva la veneración por estas palabras santas. Tal vez lo que nosotros estamos llamados a hacer es formar comunidades donde exista veneración por el lenguaje, por las palabras veraces, palabras que construyan comunidad. Si la iglesia ha de ser un lugar donde la gente pueda redescubrir el sentido profundo de lo que significa ser humano, ser eso que en nuestra más profunda identidad somos unos para otros, entonces debemos ser ante todo una comunidad en la que las palabras se usan con veneración y responsabilidad.
Eso quiere decir que tenemos que ser una comunidad de personas donde nos atrevemos a debatir, a discutir, a dialogar en la búsqueda de la verdad que nunca podemos dominar o amaestrar. Con frecuencia en nuestra querida Iglesia hay miedo al debate. No me refiero al desacuerdo. Hay mucho desacuerdo ruidoso. Me refiero a esa difícil batalla con el otro, en la cual ambos buscamos el mutuo esclarecimiento, esa apasionada disputa en la que uno lucha con los otros porque espera precisamente aprender de ellos. En la Suma, Sto. Tomás comienza siempre con las objeciones de sus oponentes no sólo para probar su error, sino para descubrir exactamente en qué tienen razón. Luchamos con el oponente como Jacob con el ángel para reclamar una bendición.
Esa especie de reverencia por la palabra que nosotros debemos aprender, si la Iglesia tiene que construir el hogar humano, implica humildad ante la verdad y ante la otra persona. Nuestras palabras, tanto en la Iglesia, como en nuestra sociedad, están con frecuencia cargadas de arrogancia. Una última cita de Havel: “Deberíamos luchar juntos contra las palabras altivas, estar alerta a todo germen solapado de arrogancia que tiene la apariencia de humildad. Este no es obviamente un trabajo de lingüística. La responsabilidad por las palabras y con las palabras es un trabajo intrínsecamente ético. Como tal está situado más allá del horizonte del mundo visible, en ese reino donde habita la Palabra que existió en el principio y que no es la palabra del hombre”.

3. Perdón

Cuando nos reunimos el domingo para oír de nuevo nuestros relatos fundacionales, las poderosas palabras que oímos son las de perdón, las de sangre que es derramada para el perdón de los pecados. La palabra es una palabra que sana y absuelve. Sin embargo hay en nuestra cultura una profunda resistencia a la idea del perdón. Parte viene de la sospecha de que las personas que hablan sin cesar de perdón, especialmente los católicos, tienen probablemente una obsesión malsana de culpa. Habiendo sido educado por los benedictinos, hombres bondadosos, no es desde luego esa la clase de catolicismo en la que yo me inicié. Me pregunto de forma más radical si de hecho nuestra cultura no desconfía del perdón porque sospecha que el perdón puede que no sea una cosa muy buena. Pudiera ser que en el fondo nuestra cultura contemporánea mantenga la creencia de que, salvo en el sentido más privado y personal, el perdón fuese dañino e incluso peligroso. Si hubiera demasiado a nuestro alrededor la sociedad se derrumbaría. Como la mantequilla, el chocolate y esas otras cosas buenas, debería ser estrictamente racionado. Y sin embargo es algo central en nuestra fe.
Desde luego después de Dachau y Auschwitchz -también Spielberg realizó la Lista de Schindler – después de Dresden y Hiroshima, uno podría dudar de la idea de perdón como algo demasiado fácil. Como si tales horrores fuesen fáciles de olvidar. Sin embargo nuestra duda es aún más honda y podemos ver las claves en Parque Jurásico. En la jungla darwiniana no puede darse el perdón. La extinción es la consecuencia necesaria de la debilidad y el fallo. Y es bueno que suceda esto, ya que de otra manera no habría evolución. Nosotros, seres humanos, somos el resultado de un proceso despiadado que elimina imnumerables especies ya que fueron incapaces de adaptarse, pero así llega hasta nosotros. Lo que es creativo de nuestra humanidad es una historia implacable. En Parque Jurásico estos dinosaurios son rescatados de la muerte y enseguida descubrimos que ese es un gran error. Deberíamos haber dejado su ADN incrustado en las gotas de ámbar.
Es verdad que no puedo alegar ninguna pericia en economía. Cuando se explicaban las cuentas en inglés, no me resultaba difícil perderme. Ahora que las explicaciones se hacen en italiano, la oscuridad es total. Sospecho, sin embargo, que la imagen de supervivencia de los más preparados funciona de un modo implacablemente semejante en mucho de la política y economía contemporáneas y que una de las funciones del gobierno es precisamente la de retirar todo lo que resguarda y protege a las industrias débiles o desadaptadas. Aquí no hay lugar para la misericordia. Los débiles deberían perecer ya que la piedad es un sentimiento peligroso. Sé que esto es una simplificación excesiva: nosotros creemos en las redes de seguridad y soñamos con el mercado social y con la benevolencia del capitalismo; y, sin embargo, eso toca algún profundo instinto de nuestra sensibilidad contemporánea.
Esa falta de piedad parece penetrar profundamente nuestra cultura. Una de las alegrías de mi existencia errante -sesenta países desde Julio de 1992 y espero que mi hermano mayor no haya olvidado que me prometió unas vacaciones gratis después de los cincuenta primeros-, es, aparte de leer The Tablet, toparme con algún periódico inglés. Tal vez atrasado de varias semanas, pero caigo sobre él como un hambriento. Y, sin embargo, es deprimente lo poco que hablan de denuncia y acusación. El modelo imperante en el acercamiento a la verdad es el de la revelación, el de airear las faltas de alguien. Es indudable que todo esto se dice hacerlo en nombre de la moralidad, de volver a la base. Sin embargo uno debe preguntarse: ¿Qué es realmente lo que se expone? ¿Qué es lo que se descubre y revela? La verdad de otro ser humano, con todos sus vicios y virtudes, bondad y maldad, solamente se puede alcanzar con una paciente atención. Hay que escuchar con verdadero mimo, y dejar al otro que se muestre a sí mismo. La verdad no se ofrece como desenmascaramiento, sino en un momento de revelación. Necesita ternura, no denuncia. La mirada verdadera es siempre una mirada compasiva, incluso una mirada amorosa, ya que, como nos enseña Sto. Tomás, la verdad y la belleza son la misma cosa. El periodista con una primicia me recuerda a Pompeyo cuando toma por asalto el templo de Jerusalén, y exige ver lo que se hallaba escondido detrás del velo del Sancta Sanctorum. Cuando fue rasgado exclama: “¡Pero no hay nada, nada en absoluto!”. No había nada que él pudiera ver.
El perdón de la última Cena no es fundamentalmente olvidar. No nos tranquiliza diciendo que nuestro Dios desea pasar por alto nuestras faltas, mirar hacia otro lado. Es un acto profundamente creativo de sanación. El perdón, en nuestra tradición, es ese momento totalmente creador en el que Jesús es rescatado de la muerte. No es el que nos capacita para olvidar. Hace posible el recuerdo. Es el misterio del Dios siempre fecundo que, en la imagen medieval, hizo que la madera muerta de la cruz se cubriera de flores, y puede hacer que nuestras vidas muertas florezcan. Estas dos historias, el Parque Jurásico y la última Cena, difieren profundamente en su percepción de la creatividad. En una los humanos son creados a través de un proceso despiadado que destruye al débil; en la otra se trata de una palabra que sana y redime y nos lleva a la plenitud.
Los héroes de Parque Jurásico son los dinosaurios. Son, por supuesto, las víctimas, los que fueron condenados por el proceso evolutivo. Y son los héroes indicados de nuestra cultura en la que la víctima con frecuencia tiene status de héroe. Y el hambre y la amargura de la víctima, el abuso o la vejación, o la injusticia, seguramente derivan del sentimiento de que nada se puede hacer para curar el daño, que ellos o nosotros estamos condenados a llevar nuestras heridas para siempre, a ser víctimas. Mencionar, incluso, la posibilidad del perdón sería trivializar el dolor e intensificar la rabia. Todo lo que se puede hacer es echar fuera al culpable. Seguramente sólo la fe en un Dios absolutamente fecundo, que hizo todo de la nada y resucitó a Jesús de entre los muertos, puede darnos la fuerza para pensar en aquellos a quienes hemos herido o que nos han hecho sufrir, y esperar el perdón.
En la última Cena el perdón no es sólo una absolución privada sino el nacimiento de una comunidad. No es sólo el ofrecimiento de una paz personal interior, sino la paz que nosotros vivimos juntos. Así era como se veía en Europa, cuando el sacramento de la reconciliación era el sacramento en que la comunidad era curada, un acontecimiento público hasta después del Concilio de Trento cuando se inventaron los confesionarios.
Uno de los ejemplos más conmovedores que vi de este perdón compartido tuvo lugar en Burundi el año pasado; durante las masacres. Los conflictos entre tutsis y hutus que han diezmado Ruanda este año ya había comenzado en Burundi. Nuestros hermanos pertenecían a ambos grupos étnicos y entre ellos todos habían perdido miembros de sus respectivas familias. Fue un momento de un dolor intenso para estos hermanos nuestros. ¿Cómo podíamos sostener y edificar una comunidad religiosa en la que enemigos tradicionales vivían juntos? Esta era nuestra prioridad más inmediata. Yo recorrí el país con el Asistente del Consejo General para África, que es hutu, y el superior local que es tutsi. No vimos más que bandas ocasionales de hombres armados buscando a sus enemigos. Visitamos campos de refugiados y encontramos a las familias de nuestros hermanos y hermanas. Era muy importante que estos aceptaran a los hermanos de los dos bandos, tutsis y hutus juntos. Fue el primer gesto de reconciliación y de mutuo perdón. Luego, antes de que yo abandonara la capital, Bujumburu, nos sentamos e intentamos hablar. Más que palabras de denuncia o acusaciones, cada uno tenía que escuchar, oír lo que el otro había sufrido, de forma que él pudiera seguir siendo un hermano y no se convirtiera en un extraño. Fue, tal vez, el momento más extraordinario de escucha que jamás he visto, de ofrecimiento de una escucha acogedora a aquél que parecía hablar desde otro mundo. Aquí el perdón no es amnesia sino el don imposible de la comunión.

4. Fatalismo

El último contraste que me gustaría establecer entre Parque Jurásico y la última Cena está profundamente conectado con la posibilidad del perdón. Se trata de la diferente forma de entender la libertad que ambos proporcionan. Parque Jurásico es una especie de parábola, como la historia de Frankestein, sobre el fracaso de nuestra cultura científica para vivir de acuerdo con su sueño de control de la libertad. En el libro esto se hace explícito cuando la sala de control del parque deja de funcionar y, por ello, todos los dinosaurios pueden escapar. Al pararse durante un momento de reflexión, cuando el caos está a punto de arrollarlos, el héroe dice: “Desde Newton y Descartes, la ciencia nos ha ofrecido explícitamente la visión del control total. La ciencia ha afirmado su poder para controlar finalmente todo, a través de su comprensión de las leyes naturales, pero en el siglo veinte esa afirmación ha sido hecha añicos sin posibilidad de reconstrucción” (Michael CRICHTON, Jurassic Park, p. 313). Al final, la única libertad que queda a nuestros héroes es la libertad de huir, de escapar de la confusión que ellos han producido. También se puede leer como una forma de provocar la expectación para ver Parque Jurásico 2. Es la libertad de no pertenecer, libertad final de nuestro moderno ser humano, ese ser aislado y solitario para quien pertenecer es estar atrapado.
Cosas maravillosas han tenido lugar estos últimos años, se han alcanzado libertades inesperadas. Hemos visto la caída del muro de Berlín, la elección de Nelson Mandela como presidente de África del Sur. Puede que estemos en el camino de la paz en Oriente Medio. Sin embargo, a pesar de todo esto, a veces nos tienta un triste fatalismo, un sentimiento de que nada de lo que hacemos puede en realidad afrontar y vencer la pobreza creciente, la crueldad y la muerte. Es lo que Havel llama “la incapacidad general de la humanidad moderna para ser dueña de su propia situación”. Quizá ese sentido de fatalismo no sea sólo debido al fracaso de la ciencia para ofrecer todas las respuestas. En The culture of Contentment, el economista americano John Kenneth Galbraith afirma que este fatalismo está implícito de hecho en nuestro sistema económico, que nuestra política está profundamente influida, a lo largo de doscientos años más o menos, por la filosofía del “dejar hacer” (“laissez faire”, por tanto probablemente sea culpa de los franceses). Sostiene que cualquier interferencia en el mercado tendrá un efecto nocivo. Debemos permitir que el mercado trabaje según sus principios y al final todo funcionará bien. “La vida económica tiene en sí misma la capacidad para resolver sus propios problemas y para que todo funcione bien al finaJ” (The culture of Contentment (Londres, 1992), 79.) . Es la filosofía que nos lleva a todos a pensar a corto plazo, ya que, como dijo Keynes, “a largo plazo todos estaremos muertos”.
La última Cena ofrece precisamente la libertad haciendo frente a la muerte, esa perspectiva de largo o corto plazo. Nos presenta el recuerdo de un hombre enfrentado a la muerte. Es necesario – palabra clave en el Evangelio de Marcos – que el Hijo del Hombre sea entregado para sufrir y morir. Es su destino. Y sin embargo a pesar de la destrucción, la noche antes de ser entregado, él lleva a cabo un acto de loca libertad. Toma su sufrimiento y su muerte, agarra su destino y hace de él un don. Esto es mi cuerpo y os lo entrego. El destino se transforma en libertad. Y la forma que escoge es totalmente contraria a la de Parque Jurásico. Es precisamente negándose a huir de los discípulos que lo traicionarán y lo negarán. Se pone él mismo en sus propias manos. Les deja hacer lo que quieran con él. Es esta una libertad diferente de la de los héroes de Parque Jurásico huyendo del caos de los furiosos dinosaurios. Es la libertad de pertenecer. Es la libertad más profunda que tenemos ya que somos, más allá de lo que estemos tentados a pensar, carne de la carne de nuestro hermano y no podemos prosperar solos. La libertad de huir de ello es alejarnos de lo que es más propio de nuestra naturaleza.
Si fuerais a preguntarme por lo más importante que yo he aprendido a lo largo de estos dos años como Maestro de la Orden, saltando de aeropuerto en aeropuerto, os diría que he aprendido un poquitín de lo que podría implicar la libertad de pertenecer. He visto a tantas personas, hombres y mujeres, con frecuencia miembros de órdenes religiosas, pero también laicos, que se han atrevido a agarrar esa libertad de pertenecer, de entregar sus vidas, a hacer de sus vidas un don. He aprendido un poco más lo que quiere decir celebrar la Eucaristía.
Acabo de regresar de Argelia donde nuestros hermanos han decidido quedarse, a pesar de las amenazas de muerte de los fundamentalistas islámicos, como signo de esperanza y de comunión futura. Para ellos cada Eucaristía se celebra haciendo frente a la muerte.
Recuerdo un día en el norte de Ruanda, en la zona de guerra antes de los problemas actuales. Había visitado el campo de refugiados con 30.000 personas, había visto mujeres intentando alimentar a sus hijos que ya habían rechazado el comer puesto que no tenían ánimo para seguir viviendo. Había visitado el hospital atendido por las hermanas y había visto sala tras sala con niños y jóvenes cuyos miembros habían sido amputados. Recuerdo un niño de ocho o nueve años con ambas piernas cortadas, sin un brazo y sin un ojo, con su padre llorando, sentado junto a su cama. Volvimos a la casa de las hermanas. No había nada que decir. No podíamos encontrar palabra alguna. Pero pudimos celebrar la Eucaristía, pudimos recordar la última cena. Fue lo único que pudimos hacer y lo que dio ánimos a aquellas hermanas para seguir, para pertenecer.
Para finalizar, ¿cómo romper el asidero, el embelesamiento de la imagen de ser humano que mantiene cautiva a nuestra cultura? ¿Cómo vamos a liberarnos de este mito reciente de que somos realmente seres solitarios, persiguiendo cada uno su propio provecho en una competición feroz? ¿Cómo podemos, como señaló Marquand, redefinir el sentir común de los doscientos años pasados y descubrir que somos hermanos y hermanas, hijos de un único Dios, y hermanos de Cristo que comparten la misma carne y no pueden encontrar satisfacción solos? La verdad más honda de nuestra naturaleza humana no es que somos avariciosos o egoístas, sino que tenemos hambre y sed de Dios y en Dios nos encontraremos unos a otros. Alasdair McIntyre sugiere que deberíamos seguir el ejemplo de nuestros antepasados en la Edad Media y formar comunidades locales “dentro de las cuales la vida moral pudiera ser sostenida para que tanto la moralidad como la cortesía pudieran sobrevivir a los tiempos de barbarie y oscuridad que están por llegar” (After Virtue (Londres, 1981), 244.).
Ciertamente una de las formas a través de las cuales podremos testimoniar lo que significa ser humano es juntarnos en pequeñas comunidades locales y reactualizar esta historia de la Última Cena con su misterio de libertad y perdón. En Inglaterra llaman a estas pequeñas comunidades parroquias. En el mundo toman formas diferentes. Deberían ser comunidades donde nos alimentáramos en el conocimiento de que el bien que buscamos no es nuestra propia satisfacción personal sino el bien común. Pero no deberían ser pequeños grupos interesados sólo en sí mismos, celebrando sus propia camaradería. Personalmente no podría soportar tal cosa. Aquí deberíamos alentar un sentido más amplio de pertenencia, gustar nuestra comunión con todos los demás hermanos, los santos y los pecadores, y el vivir y el morir.

Creer ante el silencio de Dios

enero 9, 2007
Una y otra vez en la vida, ante experiencias semejantes nos planteamos la pregunta decisiva: ¿Está justificado el escándalo por el silencio que Dios parece guardar ante las desgracias que ocurren en la vida, sobre todo las que afectan a personas inocentes? Tener que presenciar, impotentes, el espectáculo siniestro de las crueldades cometidas con los hombres por sus mismos hermanos o por un destino adverso nos lleva a pensar que el mundo y la existencia humana carecen de sentido, son radicalmente “absurdos”. Artículo de Alfonso López Quintás, Catedrático emérito de la universidad Complutense de Madrid, publicado en Análisis Digital (3-2-2005)


Continúa…
Un día me confesó una joven que durante varios años, tras la muerte de su madre, no pisó una iglesia ni pronunció una oración. En la niñez y juventud había cultivado con fervor la vida religiosa. Se sentía acogida por Dios, y segura. Pero sobrevino la enfermedad grave de su madre. Le confesó su angustia al confesor, y éste la remitió, sin mayores matizaciones, a la promesa evangélica “pedid y recibiréis”: reza y serás oída. Todo su ser se convirtió en plegaria. Día y noche su pensamiento se dirigió insistente y angustiado al Señor de la vida y de la muerte. Todo su amor a Dios y su confianza se concentraron en sus ruegos. Pero su madre acabó sucumbiendo a la enfermedad. Una inmensa decepción se apoderó de su ánimo, y una especie de despecho contra lo divino la alejó de toda práctica religiosa. El silencio de Dios se abatió sobre su espíritu como una sombra maléfica y destructora.
Una y otra vez en la vida, ante experiencias semejantes nos planteamos la pregunta decisiva: ¿Está justificado el escándalo por el silencio que Dios parece guardar ante las desgracias que ocurren en la vida, sobre todo las que afectan a personas inocentes? Tener que presenciar, impotentes, el espectáculo siniestro de las crueldades cometidas con los hombres por sus mismos hermanos o por un destino adverso nos lleva a pensar que el mundo y la existencia humana carecen de sentido, son radicalmente “absurdos”.
Para no vernos enfrentados a esta conclusión desoladora, celebraríamos sobremanera que tuvieran lugar golpes de efecto por parte de Dios que dejaran patente la conexión entre el carácter amoroso del Creador y la marcha de los acontecimientos en el mundo. Ello permitiría a los hombres palpar lo religioso, tocarlo, convertirlo en una experiencia cotidiana irrefutable. Seguimos, como los antiguos judíos, pidiendo “signos”, y éstos permanecen ausentes. Todo nos hace concluir que debemos arreglar nuestra vida por cuenta propia, en una soledad acosada por este viejo enigma: “¿Tiene sentido una vida abrumada de dolores y abocada a la muerte?”
Actualmente, son numerosos los escritores que preguntan si es posible aceptar a Dios y llevar una vida religiosa habiendo existido los campos de exterminio en Europa central y oriental. La terrible experiencia del escritor judío Elie Wiesel nos sigue sobrecogiendo todavía hoy: “A los quince años (…), Elie y su familia fueron arrojados al campo de Auschwitz. En la misma noche de su llegada, fue separado brutalmente de su madre y de sus hermanos. Ya nunca volvió a verlos. Habían empezado para Elie y su madre meses de horrores indescriptibles (…). Dos hechos marcaron para siempre su alma de adolescente excepcionalmente impresionable. En la primera noche, iluminada sólo por las llamas que salían de una alta chimenea, cuando Elie se encontraba aún bajo el choque tremendo de la separación de su madre, la columna de los deportados tuvo que pasar cerca de una fosa de donde subían ´llamas gigantescas´. Dentro se quemaba algo. Se acercó un camión a la fosa y arrojó su carga: ´eran niños, eran bebés´ (…). Y Wiesel sigue así: ´ Nunca olvidaré esta noche, la primera noche en el campo, que hizo de mi vida una larga noche cerrada con siete llaves. Nunca olvidaré este humo. Nunca olvidaré las caritas de los niños cuyos cuerpecillos vi transformados en torbellinos de humo bajo un cielo mudo. Nunca olvidaré estas llamas que consumieron para siempre mi fe” .
Para que el silencio de Dios ante nuestra angustia no consuma nuestra fe religiosa, debemos analizar con la mayor profundidad posible si tiene algún sentido el ocultamiento divino. Lo haremos describiendo varias de las fases que suele presentar nuestra experiencia religiosa a lo largo de la vida.

Primera fase (ascendente)
Cuando un niño cristiano oye decir que “Dios es amor” a personas que lo están arropando con su ternura, ve abrirse ante él un mundo de consuelo y amparo, de sentido pleno. Las figuras de Dios Padre, de Jesús, de su Madre María y la Iglesia se convierten para él en lugares de acogimiento. Los cantos en la iglesia del pueblo y en la capilla del colegio, las comuniones devotas, la lectura de ciertos pasajes de la Biblia lo van adentrando cada vez más en un mundo de fervor, de profunda emoción espiritual y de cobijo. Se siente bien en ese mundo cálido. Se ve amparado y querido.
En sus años de madurez, algunas personas alejadas de la vida de fe han confesado sentir una profunda nostalgia por ese mundo acogedor de la infancia. El gran escritor Miguel de Unamuno evocó a menudo con melancolía sus antiguas visitas a la iglesia, los oficios litúrgicos, el sonido sugerente y acogedor del armonio…

Segunda fase (descendente)
La voluntad de independencia lleva a no pocos jóvenes a sentir que lo religioso coarta su “libertad de maniobra”, la capacidad de hacer lo que más les apetece. Empiezan a ver a Dios como una instancia poderosa, lejana, que limita su libertad, su capacidad de disfrute, la posibilidad de acumular sensaciones placenteras. Al creer que la libertad verdadera es la “libertad de maniobra” –pues ignoran la existencia y el valor de la “libertad creativa”-, pasan fácilmente a pensar que el Dios que restringe dicha libertad frena su desarrollo como personas.
Este razonamiento simplista les parece concluyente y determina su actitud ante la vida. Todo lo que aparece como superior, elevado y normativo, no resulta atrayente para quienes desean vivir conforme a sus apetencias y ven afeada su conducta por ese ser perfecto y todopoderoso. Si se consideran imperfectos y no son humildes, esa cercanía a lo perfecto suscita en su espíritu una actitud de resentimiento (en el sentido de Max Scheler); lamentan que exista ese valor a su lado, porque su sola presencia les sirve de reproche.
Se agrava todavía más la situación cuando estos jóvenes adquieren conocimientos de ciencias y filosofía, y descubren que, en los albores de la humanidad, el miedo a las fuerzas naturales instaba a las gentes a recurrir a ciertas realidades especialmente poderosas en busca de ayuda, lo que les llevaba a divinizar el rayo, el trueno, el océano… En cuanto la ciencia y la técnica fueron dominando dichas fuerzas, el hombre creyó superar la indigencia primera y bastarse a sí mismo, en la seguridad de que el mundo se explica por sus leyes internas, que todo lo regulan y articulan. Lo que debía hacer era consagrarse a la investigación de tales leyes, para sentirse a resguardo en alguna medida. De esta forma, la ciencia fue vista progresivamente como una instancia salvadora, liberadora de falsos temores ancestrales. Merced a ella y a la razón que le permite elaborarla, el hombre empezó a sentirse dueño de su destino. Como la fe religiosa no puede ser objeto de análisis científico, sino de otras formas de conocimiento, se la consideró precipitadamente como una actitud irracional, propia de personas no cultivadas intelectualmente. Ello llevó a pensar que la experiencia religiosa y la experiencia científica se oponen radicalmente, de modo que debemos optar por una u otra: “O somos religiosos o somos científicos”.
Un ingeniero francés confesó al gran teólogo dominico Ives Congar que se veía obligado a abandonar la vida religiosa porque entendía que ésta se basa en el puro sentimiento y él, como científico, debía apoyar su vida en el ejercicio de la pura razón. Resulta chocante que todavía hoy determinados científicos y filósofos de la ciencia sigan enfrentando la ciencia y la religión, como si fueran actividades humanas situadas en el mismo nivel de realidad. En un debate con un teólogo católico, cierto profesor de Filosofía de la Ciencia tuvo la ingenuidad de manifestar que no acaba de ver la posibilidad de demostrar la existencia de Dios con el método científico. Olvidó que este método fue elaborado para estudiar las realidades cuantificables, expresables en lenguaje matemático. Las realidades religiosas pertenecen a un nivel muy distinto y superior. Superan, por definición, la capacidad cognoscitiva del método científico, lo cual no supone para éste un desdoro, ya que por principio se dirige a otros objetos de conocimiento.

Tercera fase (ascendente)
Al madurar como personas y observar que la vida no nos otorga una felicidad completa, nos hacemos cargo de nuestra condición finita, menesterosa, perecedera. Un fracaso amoroso, una quiebra económica, la pérdida de un ser querido en torno al cual se polarizaba nuestra existencia… son sucesos que nos dejan en vacío, porque nuestro entorno vital queda despoblado. Nuestra vida, entonces, parece carecer de sentido.
En estas situaciones límite, surge en nuestro interior más profundo un anhelo difuso pero firme de que exista Alguien que dé sentido a nuestra existencia y nos salve del tormento que supone el absurdo, la convicción de que nada vale la pena, porque todo es un puro sinsentido. Tal anhelo suscita el deseo de que Dios exista. En el diálogo antes aludido, el teólogo le preguntó al profesor si no echa de menos a ese Dios cuya existencia no puede demostrar. Este echar de menos acontece en la tercera fase de la experiencia religiosa.

Cuarta fase (descendente)
El deseo de que Dios exista dispone nuestro ánimo para abrirnos a la fe religiosa. Y, cuando nos vemos acosados por alguna desgracia, volvemos los ojos al Dios acogedor de la niñez. Lo hacemos con la confianza que nos da pensar que Dios, por ser un Padre justo y bueno, debe intervenir y resolver nuestros problemas de forma diligente. Le suplicamos con toda el alma, pero, a menudo, parece desoír nuestras peticiones. Ese silencio nos desazona y nos lleva a pensar que Dios es indiferente a nuestros sufrimientos. No es el Padre amoroso que nuestros mayores nos habían mostrado, y la Religión deja de ser para nosotros un lugar de amparo.
Esta frustración vuelve a alejarnos de la vida religiosa. Si entendemos a Dios con conceptos humanos, interpretamos a Dios Padre como una especie de “padrazo” que en todo momento ha de ayudar al hijo que acude a él. Por ser perfecto, debe ser justo y ocuparse de sus criaturas. Pero, de hecho, no lo hace. ¿De qué vale suplicarle?
Este silencio de Dios nos produce una amarga frustración. Vemos burladas las ilusiones que despertó en nosotros la idea del Dios de la niñez. Nos sentimos engañados por la Iglesia, que nos comunicó la Buena Nueva de un Dios providente: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”, nos decían los catequistas y sacerdotes con palabras del Evangelio (Mt 7, 7-11; Lc 11, 9-13). Tras mucho suplicar, parece que, al final, sólo nos queda arreglarnos por nuestra cuenta. ¿No es insensato seguir esperando y creyendo en un Dios que rehuye socorrernos?
Esta zozobra nos lleva a acariciar la idea de que el mundo se las compone bien sin Dios. Es autosuficiente, y nuestra tarea ha de consistir en dominarlo, transformarlo, hacerlo habitable.
He aquí ante nosotros dos formas antitéticas de concebir el mundo: o vinculado a Dios o desgajado de Él. Ambas formas no son igualmente válidas; pero son posibles. No se puede considerar como irracional al científico que decide explicar la marcha del mundo sin recurrir a la intervención de Dios. Admitir la posibilidad de dos explicaciones del universo nos deja libertad para adherirnos a la posición creyente sin vernos forzados a ello. La razón no nos fuerza a admitir la existencia de Dios como nos insta a reconocer que dos y dos son cuatro. Si la aceptamos, es de modo libre y lúcido.
Con toda lucidez y libertad interior, debemos preguntarnos cómo es posible admitir la existencia de Dios aun viéndonos sometidos a la desilusión que provoca su silencio en nuestro ánimo. Si damos por hecho que este silencio es incomprensible, injustificable, inadmisible en un Dios poderoso, sabio y justo, nos vemos abocados a negar la existencia de Dios. Hemos de pasar a una quinta fase en nuestro proceso de búsqueda y analizar si tiene sentido el ocultamiento de Dios, el silencio que Dios parece guardar ante nuestras súplicas y nuestro deseo innato de felicidad.

Quinta fase (ascendente)
A medida que ganamos experiencia vital, captamos con mayor lucidez la importancia que tiene en nuestra vida la libertad, la capacidad de decidir en buena medida nuestro destino. Por eso empezamos a valorar más y más el hecho de que Dios nos haya dotado de inteligencia, de libertad y capacidad decisoria. Esa valoración de la libertad nos lleva a pensar como posible que Dios no intervenga abiertamente en nuestra vida, no porque rehuya socorrernos, sino porque desea respetar nuestra autonomía y nuestro poder de decisión. En momentos de serenidad, no de conmoción ante las desgracias, llegamos a pensar que el ocultamiento divino es un don que nos hace el Creador para que seamos capaces de encontrarnos con Él. El encuentro, rigurosamente entendido, sólo es posible entre seres libres, abiertos creativamente a los demás. Esa voluntad de encuentro procede del amor. El amor es el gozne que nos va a permitir descubrir el sentido pleno del silencio de Dios.
Romano Guardini cuenta en su Diario que le asombraba pensar que el Dios Todopoderoso haya querido crear el mundo, llamar al hombre a la existencia y ofrecerle su amistad. Le comentó su perplejidad a un teólogo italiano, y éste le dijo: “Ah, sono cose dell´amore…!”. Ah, son cosas del amor. Guardini confiesa que esta sencilla frase fue para él un torrente de luz . El ocultamiento de Dios es una manifestación de su amor, que le lleva a no imponer su presencia en el mundo, a fin de que los hombres se sientan libres para rechazar su existencia o aceptarla, posibilitando así una relación de encuentro. Blas Pascal lo indica de forma muy precisa: “Dios se nos revela con suficiente claridad para que podamos conocerle, y con suficiente oscuridad para que nuestra aceptación sea libre”. Su silencio no sólo no revela indiferencia sino que manifiesta un profundo amor, un respeto absoluto al hombre, a su capacidad de iniciativa a favor o en contra de la amistad que Dios le brinda. Este es el sentido del ocultamiento divino. Para comprenderlo a fondo, debemos extender nuestra búsqueda a una nueva fase.

Sexta fase (definitivamente afirmativa)
Esta primera adivinación del sentido del silencio de Dios se refuerza inmensamente cuando reflexionamos sobre la vida de Jesús, con el deseo sincero de que haya un Dios que pueda colmar nuestra vida de sentido aun no respondiendo a nuestras súplicas. Jesús es la revelación plena del Padre. Para conocer al Padre debemos mirar a Jesús. “El que me ve a mí ve a mi Padre” (Jn 14, 9), le dijo al apóstol Felipe. Pues bien. Ese Jesús que revela lo que es el Padre pasó la vida ocultando en buena medida su divinidad, para que no le tomaran como un guía poderoso al modo humano. Quería revelarnos el amor incondicional del Padre y nos invitaba a crear con él un Reino de fraternidad. Con su vida y sus obras, Jesús revelaba su condición divina y la velaba al mismo tiempo. Cuando hacía algún signo portentoso, solía decir a los testigos: “No digáis a nadie lo que habéis visto”. Era poderoso en palabras y obras, pero no forzaba a nadie a aceptarlo como Mesías. Bien sabemos que los grandes valores se nos muestran, nos piden que los asumamos y realicemos, pero no se nos imponen, aunque en sí son imponentes por la fecundidad que albergan para nuestra vida. Jesús quería que lo conocieran a fondo a través de una vida de compromiso personal con él, de participación en su misión redentora, de generosidad incondicional. Y lo aceptaran gustosamente, por persuasión interior.
Los apóstoles se sentían sobrecogidos al ver de cerca el poder que irradiaba Jesús. Pero él no se imponía; se extenuaba haciendo el bien, pronunciando palabras de vida eterna, cumpliendo la voluntad del Padre en todo momento, incluso cuando tuvo que optar libremente por entregar la vida. En el momento supremo de su muerte, Jesús parece sentirse abandonado. No obstante, sigue fiándose de su Padre al parecer ausente. En ese momento veló al máximo su divinidad. ¿Qué motivación pudo llevarle a ese supremo anonadamiento en plena juventud? Nada puede explicarlo sino el amor, el amor incondicional que Jesús comparte con el Padre que guarda silencio ante las solicitudes de los hombres, incluido su Hijo muy amado, en quien tiene sus complacencias.
Este tipo de amor suscita una confianza sin límites, y una fe inquebrantable, capaz de superar toda decepción. Cuando vemos que alguien da la vida por nosotros, cobramos confianza absoluta en él. Esa confianza llevaba a Jesús a amar la voluntad del Padre y no tener más meta en la vida que cumplirla. Y todo ello por amor.
El hecho de que esa vida anonadada hasta el sacrificio total haya culminado en la Resurrección indica que la confianza absoluta de Jesús en el Dios que pareció dejarlo a su suerte estaba plenamente justificada. La muerte, el dolor, la suprema renuncia no son ya lo último: son pasos hacia el triunfo definitivo. Al contemplar la vida y la muerte de Jesús desde la Resurrección, descubrimos que su conducta humilde no respondía a incapacidad para liberarse de sus enemigos sino a un amor incondicional a todos los hombres, incluso a quienes querían deshacerse de él.
Al ver lo dicho anteriormente de conjunto, surge una gran luz, que nos permite descubrir que el silencio de Dios, su voluntad de respetar incondicionalmente la libertad humana, la actitud obediente de Jesús y el amor recíproco entre Dios y sus criaturas… se hallan vinculados de raíz. Como el Padre de la parábola del hijo pródigo (Lc 15), Jesús –revelador del Padre- actúa con una lógica distinta a la nuestra, es decir, con una forma diferente de pensar, sentir y querer. No quiere imponerse por la fuerza; sólo desea sugerirnos que la verdadera grandeza del hombre radica en el ejercicio incondicional del amor. Ese amor que le lleva a una muerte infamante es la patentización luminosa de su grandeza espiritual; es, por tanto, su verdad. Le damos crédito en virtud de su muerte. La muerte no es algo secundario en la vida de Jesús. Es la suprema manifestación de quien era, qué buscaba, cuál era su ideal, su actitud ante la vida, la muerte y el destino de los seres humanos. Es el testimonio fidedigno de que su doctrina es auténtica. Tenemos razón al fiarnos de él y darle crédito. La imagen del amor que se revela en Cristo es la fuerza que sostiene nuestra religiosidad, incluso cuando parece que estamos dejados de la mano de Dios. Nos lleva, pues, a creer en el amor del Dios oculto.
“La muerte y resurrección de Cristo –escribe certeramente Javier Monserrat- es la señal definitiva de su verdad. Cuando Él sea levantado en alto, en la cruz, atraerá a sí todas las cosas”. “¿Cómo no vamos a darle un voto de confianza absoluta si vemos que ha llegado al amor máximo de entregarse a la muerte por nosotros? ¿Cómo no va a ser la imagen del amor que se nos revela en Cristo la fuerza que sostenga nuestra religiosidad y nos abra a la esperanza de las riquezas del amor de Dios que todavía debemos descubrir?”. “En la figura de Cristo crucificado, todo hombre descubre una llamada, objetiva e interior, por la acción del Espíritu, para creer en el amor del Dios oculto, del Dios que ha permitido el pecado y se ha dejado llevar a la muerte por amor al mismo hombre pecador”. “La misma imagen, paradójica, de la cruz de Cristo es para el hombre la prueba definitiva de que en ella se oculta la verdad de Dios” .
El ocultamiento de la divinidad de Jesús no debe instarnos a la increencia, sino a enardecer nuestro entusiasmo por la figura de Cristo Crucificado, en el que se nos revela Dios tal como es, no como nuestra mentalidad terrena quisiera dibujarlo. Algo semejante sucede con el silencio que parece guardar Dios respecto a nuestras llamadas de auxilio.
Ahora vemos que el dolor y el sacrificio, asumidos en virtud del ideal de la unidad, tienen un sentido redentor, por ser la manifestación suprema de una forma de amar absoluta, desligada de cualquier condición. Jesús actuó siempre llevado por una ola de amor que inundaba toda su vida y la transfiguraba. He aquí nuestro modelo. Si en todos los momentos de la vida debemos realizar una transfiguración o resurrección, las horas de sufrimiento debemos también convertirlas en algo glorioso, viviéndolas como una manifestación de amor sin límites. Entonces, la amargura de las desilusiones no empañará nuestra vida; la hará elevarse a un nivel superior. En este nivel, que es el del amor incondicional, descubrimos que Jesús no vino a redimirnos del dolor sino del sinsentido del dolor. Al responder con amor a las desgracias, desviviéndonos por aliviar la desgracia de los damnificados, nos elevamos a una vida más noble, una vida transfigurada.

Síntesis
Sobrevolando lo dicho, advertimos que podemos creer en el amor de Dios por encima de su ocultamiento. He aquí una característica básica de la existencia cristiana.“Cristo –escribe Javier Monserrat- es el signo definitivo que Dios ha querido darle al hombre para afianzarlo en el sentido –el único sentido posible- de la religiosidad humana: la creencia en el amor de Dios por encima de la amargura y el desánimo de su ocultamiento y su silencio. Un signo que no es impositivo; es una última llamada al corazón del hombre, pero sin imponerle la aceptación de Dios, quitándole la posibilidad de negarle” .
A través del mundo, el hombre puede vislumbrar la existencia de Dios y el sentido de su silencio y su ocultamiento. Al encontrarse con la revelación de Dios en Cristo, ve una coherencia magnífica con lo que adivinaba en la creación. En la muerte, Jesús se anonada por amor al hombre. Este amor ilimitado nos da confianza de que Dios, aunque guarde silencio, ama al hombre inmensamente, como amaba a su Hijo.
Nosotros, que pedimos ayuda al Padre y a menudo no obtenemos respuesta, logramos nuestra figura plena de hombres en la persona de Cristo crucificado. En Él, Dios Padre renuncia a imponer su presencia; acepta el mal uso de la libertad por parte de los hombres. Pudiéramos interpretar esta actitud como indiferencia ante el aparente fracaso de Jesús y la caída de los hombres en la indignidad. Pero, al resucitar Jesús, se nos muestra que el anonadamiento tiene un final feliz, y nos anuncia nuestra propia resurrección. Esta resurrección es debida a la transfiguración que opera el amor. El amor es la fuente de nuestra salvación, de nuestra definitiva conversión en hijos de Dios. Los distintos sufrimientos que parecen quitar sentido a la vida, y, sobre todo, el anonadamiento total que supone la muerte, cobran un valor positivo cuando se los vive con una actitud de amor.
Esta es la verdad profunda de la vida de Jesús: la revelación de que en su vida, muerte y resurrección se hallaba presente el Padre, que, por amor, renuncia a imponerse para que nos decidamos, libre y lúcidamente, a lograr nuestro pleno desarrollo personal mediante el encuentro amoroso con Él. Con ello cumplimos uno de los grandes anhelos de nuestra vida: descubrir el espléndido destino que nos tiene reservado el Dios que se oculta si no desconfiamos de su amor a pesar del desvalimiento que implica todo gran dolor.
No desconfió del amor divino la joven Juana de Arco cuando se vio acorralada por sus enemigos y condenada a morir en la hoguera: “Tómalo todo con buen ánimo –se dijo-; no te quejes de tu martirio; el Señor está contigo”. Ponerse en las manos del Señor que nos ama inmensamente es la actitud propia de todo cristiano, que toma como modelo al Jesús que asumió, por amor, el anonadamiento de la cruz.
Hemos llegado a esta luminosa conclusión a través de un proceso zigzagueante, en el que se han alternado las fases de distanciamiento de Dios y las de acercamiento. Estas fases se dan también en la vida espiritual de los pueblos. Hay épocas en que parece que la fe ha desaparecido; otras, en que la vida de fe es algo común y tiene una vigencia social. Se dice a veces: Hoy no tiene sentido creer porque ya nadie cree, o vive como si no creyera; la fe religiosa es algo superado, obsoleto; el hombre que cree es un ser alienado, entregado al temor de las fuerzas naturales, falto de criterios intelectuales serenos y sobrios. Actualmente, sabemos que estas épocas de declive de la fe han de ser consideradas como fases de un proceso, no como estados definitivos. Recordemos la teoría del positivista Auguste Comte acerca de los tres estadios –a su entender, sucesivos y excluyentes- de la Humanidad: el religioso, el metafísico, el científico. En el momento actual, sabemos bien que estas tres actitudes ante el enigma de la realidad no sólo no se oponen sino que, bien entendidas, se complementan.
Las cuestiones relativas al sentido último de nuestra existencia debemos tratarlas con sumo cuidado, sin dejarnos llevar del desánimo que provocan las grandes adversidades. Hemos de tener en cuenta la condición zigzagueante de nuestra experiencia de fe, analizarla y discernir en qué fase de la misma estamos. Albert Camus se quedó en una de las fases: la del escándalo provocado por el hecho de que el Dios considerado sumamente justo permita el dolor y la muerte de los inocentes, sobre todo los niños. En su obra La peste, Rieux, impresionado por la muerte del hijo del juez Othon, le dice al Padre Paneloux: “Usted sabe bien que éste era inocente”. El dolor ante tal injusticia no le permitió a Camus recorrer las siguientes fases del proceso intelectual-espiritual de búsqueda, a través de las cuales podía haber adquirido luz suficiente para reconocer la existencia de Dios, no a pesar de su silencio, sino precisamente porque reduce a silencio toda voluntad de imponer su presencia entre los hombres. En esa búsqueda hay momentos de entusiasmo por la existencia de un Dios acogedor, principio y fin del universo; y hay momentos de depresión, desilusión, desánimo y alejamiento respecto a ese Dios, que parece desear ocultarse. Si perseveramos en la búsqueda, conservaremos viva la nostalgia de Dios, el deseo de que exista para dar sentido pleno a nuestra vida. Al final del camino, descubriremos el papel central que juega en la vida cristiana la figura de Cristo anonadado en la cruz y glorioso tras la resurrección.

Hoy tenemos ante nosotros dos posibilidades de explicar el universo y la vida humana: la atea y la creyente. Pero no debemos tomarlas como dos posibilidades que están ahí para que escojamos una, de forma estática. Hemos de irlas viviendo sucesivamente como fases de un proceso de maduración espiritual. En unas fases se presentará ante nuestros ojos la actitud atea como la más plausible. En otras, la creyente. Al final, ésta se mostrará en toda su riqueza de sentido y nos determinaremos a adherirnos del todo a Dios precisamente porque guarda silencio. Queda, así, patente la fecundidad del método seguido. A la luz de lo antedicho adquieren una profunda significación estas palabras del gran Pascal: “Todas estas contrariedades que parecían alejarme más que nunca de la religión son las que me han conducido con la mayor rapidez a la verdadera” .

Epílogo sobre la oración de petición
Hacemos bien en elevar súplicas al Señor cuando nos vemos desvalidos. Pero no debemos tomar la oración como un simple medio para un fin: evitar ciertos males, conseguir determinados bienes. Esta actitud hemos de perfeccionarla analizando lo que significa la oración en una persona creyente. Al orar, debemos vernos situados en la órbita divina, en el ámbito de la relación de amor mutuo entre Dios y el hombre, en el espacio vital de la Iglesia, como comunidad orante y peregrina hacia Dios. Nos sentimos finitos, menesterosos, y acudimos al Padre común, del que sabemos que nos ama inmensamente y confiamos en El. Dirigimos súplicas diversas a Dios, pero lo hacemos sabiendo que el sentido definitivo de nuestra vida radica en prepararnos para la vida eterna, instaurando aquí el Reino de Dios.
Nuestra oración debe estar inserta en esa trama de vida y de amor, como estuvo la oración de Jesús, que no tenía otra meta sino cumplir la voluntad del Padre. Este cumplimiento lleva consigo sufrimiento y renuncias. Tal sacrificio supone una prueba y una purificación. Nos dispone el ánimo para purificar nuestra mirada y no perder nunca de vista la verdadera meta de nuestra existencia. Si deseamos conseguir que el sufrimiento tenga en nuestra vida este efecto purificador, bien haríamos en rezar esta plegaria:
“Qué bueno sería, Dios mío, poder estar entre aquellos que te aman por Ti mismo. Poder estar entre aquellos que soportan tu ocultamiento porque les importa más confiar en Ti que entenderte…; entre aquellos que no intentan encerrar a Dios en sus deseos, sino sólo inclinarse ante su infinitud.
Qué bueno sería, Dios mío, estar entre aquellos que mantienen tu alabanza aun cuando están destrozados, entre aquellos que saben renunciar a lo accidental porque quieren ser libres para lo esencial, entre aquellos que se reconcilian con las preocupaciones de este mundo, porque han oído la llamada del Amor”.
Hace unos años, un grupo de focolarinas tuvieron un grave accidente de tráfico. Quedaron dispersas al fondo de un barranco. Ya casi sin aliento, una de ellas musitó esta frase: “Dios es amor”. Y las demás la fueron repitiendo, una tras otra: “Dios es amor, Dios es amor…” Fue una forma bellísima, realmente sublime, de entregarse definitivamente en los brazos del Padre.