Archive for the ‘Laicismo’ category

La Vida Eterna de Savater

marzo 30, 2007
Colgamos la “rápida” recensión sobre el nuevo libro de Fernando Savater, en la que se postula como uno de los valedores del nuevo laicismo anti…, realizada por Carlos Soler para Arguments
El libro, titulado “La Vida Eterna”, está haciendo “furor” en España y fue presentado el pasado 8 de marzo en el hotel Palace de Madrid por Carlos Castilla del Pino y Manuel Feijoo.


Ofrezco ahora un comentario de urgencia, una primera impresión después de haber hojeado el libro. La obra requiere una lectura detenida y una recensión larga que afrontaré cuando disponga de tiempo.

Mi primera sensación sobre el libro no aporta novedades: es el Savater de siempre: buen comunicador, inteligente, hábil; partidario declarado del pensamiento débil, no suele afrontar los problemas a fondo: tiende más a los fuegos de artificio, a la retórica eficaz, a la bisutería intelectual. En definitiva, no sé si el autor busca un diálogo honrado. Quizás busque más el desahogo: parece que el autor vierte en cada página su propia hiel, su resentimiento, su amargura disfrazada de chanza.

Savater hace con demasiada frecuencia lo que yo estoy haciendo en estos párrafos: sembrar valoraciones sin dejar hablar al valorado. Ahora me lo permito porque en otras recensiones he intentado dialogar en serio con Savater y porque me propongo hacerlo con esta obra en cuanto pueda; como programa intelectual para toda la vida, me repugnaría.

En esta obra cada vez que menciona a un Papa u obispo es, hasta lo que he detectado, para aplicarle lo que llamo un “adjetivo descalificativo”: un adjetivo con el que, si el lector se lo cree, el calificado queda definitivamente excluido como alguien que merezca ser escuchado. Sólo en la página 243 se juntan estos calificativos (perdón: descalificativos) sobre Juan Pablo II: retrógrado, opuesto a toda la modernidad intelectual (pero ¿hay en el mundo una sola persona capaz de oponerse ¡a todo!?), “ignora el despliegue histórico del pensamiento”. A Benedicto XVI le aplica los descalificativos “profundo como un cenicero” y “sutil como un ladrillazo” (p. 250). Seamos serios: deje usted hablar a la gente y luego pondere el peso de sus argumentos, haga una crítica razonada; entre en diálogo con el otro antes de valorarlo. Decir que me he leído varias cosas de Juan Pablo II (o de cualquier otro) y pasar inmediatamente a descalificarle sin hablar para nada del contenido es poco serio.

En la página 242 afirma que en una ocasión un obispo polaco le lanzó un anatema, y cuenta los quebraderos de cabeza que le trajo como consecuencia. ¿Un anatema? ¿En el año 2000? No conozco el episodio, pero desde luego por lo que cuenta Savater no estuvo precisamente amable, como pretende, sino lo más hiriente que pudo; sospecho que lo que pasa es lo siguiente: Savater puede criticar a cualquiera de cualquier manera; pero si le criticas a él y tu crítica no le gusta, será considerada un anatema intolerante, violento y fanático, y serás la causa de todas sus desgracias.

Como Savater tiene sentido común, hay muchas cosas aprovechables: siempre que le leo aprendo de él. Pero ocurre que es necesario desgajar esas ideas valiosas del contexto frívolo, superficial, ideológicamente rabioso en que habitualmente se sitúa lo que escribe. Me parece interesante una cita de Cacciari en la que dice, a pesar de no tener fe en ninguna religión concreta, que es imprescindible pensar sobre Dios: “yo no puedo dejar de pensar en lo último, en la cosa última (…). Es lo que decía Heidegger: ‘ateo es el que no piensa’. El que hace algo y punto, termina su tarea sin interrogarse sobre lo último. Pueden ser muy inteligentes, pero pensar es a fin de cuentas pensar en lo último” (p.15). Lástima (y casualidad) que unas líneas más arriba Cacciari se autodescalifique afirmando que detesta a los ateos.

Dice Savater que, si algún día hay un papa a su gusto, será porque ha venido el anticristo o por que él ha vuelto al redil. Utiliza aquí una imagen entrañablemente evangélica, quizás porque de paso connota gregarismo, sumisión y renuncia al pensamiento, elementos totalmente ajenos al significado que la imagen tiene en boca de Jesucristo. En cualquier caso rezo para que así sea, para que Savater “vuelva al redil”. Un Savater cristiano podría hacer mucho bien, si conseguimos que se deje de tonterías y se ponga a pensar en serio.

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Bianchi: El verdadero sentido de la Eucaristía

febrero 24, 2007
El prior de la comunidad de Bose, Enzo Bianchi, escribió en el diario La Stampa (18 julio 2006) esta reflexión sobre la Eucaristía, con ocasión de la sonada no-participación de Zapatero en la misa del Papa en Valencia. No tiene desperdicio.

“Il primo ministro spagnolo Zapatero, in occasione del viaggio di Benedetto XVI a Valencia per il raduno mondiale della Famiglia ha salutato il papa al suo arrivo, lo ha incontrato in un colloquio personale, ma non ha partecipato alla celebrazione eucaristica da questi presieduta di fronte a un milione di cattolici. Un diniego che ha scandalizzato molti


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suscitando voci di deplorazione: in verità queste voci sono state più di non cattolici, di “cattolici atei”, in ogni caso di persone che non confessano la fede in Gesù Cristo il Signore, che non di credenti. Si è detto e scritto: “E’ stato un grosso errore politico”, “un modo infantile per enfatizzare la differenza”, “una scelta di rottura anche rispetto all’atteggiamento di atei come Fidel Castro o di capi di stato islamici”, “un atto di scortesia diplomatica”, “un gesto di laicità contrapposta alla religione”… oppure si è voluto intentare un processo alle intenzioni, insinuando che Zapatero abbia voluto evitare di essere fischiato: ma se a questo avesse portato la sua presenza, avremmo avuto una chiara manifestazione di che cosa può diventare oggi un’assemblea eucaristica!
E’ sempre più triste per chi è credente e si sente legato alla grande tradizione della chiesa il constatare l’ormai sempre più raro sensus fidei. Dalla formazione cristiana ricevuta prima del concilio e dalla sua ripresa nel Vaticano II, noi cattolici avevamo imparato che la celebrazione eucaristica è il “mistero della fede” per eccellenza, da celebrarsi con serietà somma e con timore grande. L’eucaristia non è di per sé “opera missionaria”, una fonte della missione, come ben ricordava l’allora cardinale Ratzinger in un intervento al Congresso eucaristico di Bologna: “In quale senso si può parlare dell’eucaristia come origine della missione? Non nel senso che l’eucaristia sarebbe una specie di azione di propaganda, attraverso la quale si cerca di acquisire uomini al cristianesimo. Se si fa questo, si rovina sia l’eucaristia sia la missione”. Per sua natura, infatti, essa va celebrata come la celebrò Gesù, nella “sala superiore”, cioè al cuore della chiesa, non come rito o spettacolo da ostentare di fronte ai non cristiani. Proprio per questo, fin dai primi secoli del cristianesimo, alla prima parte della celebrazione, la “liturgia della Parola”, erano sì ammessi i catecumeni (cioè coloro che si preparavano a ricevere il battesimo), ma costoro erano invitati a lasciare l’assemblea al momento della celebrazione dei santi misteri. Forse a molti è sfuggito che è precisa volontà di Benedetto XVI che al momento della distribuzione della comunione si ricordi a quanti assistono alle celebrazione eucaristica che solo ai cristiani è permesso comunicarsi.
Invece ultimamente, contro lo spirito e il dettato della riforma liturgica, l’eucaristia è celebrata in occasione di funerali, di stato e non, o di manifestazioni pubbliche con la partecipazione di non credenti nelle prime file. Si sono addirittura visti alcuni di loro, che si professano atei, comunicare al corpo e al sangue del Signore e poi, interpellati su quel gesto, li è sentiti rispondere che lo avevano fatto “per solidarietà”. Sappiamo che un simile comportamento appare normale e comunque profittevole a chi auspica una “religione civile”, ma così si offende il sensus fidei dei cristiani e si rende un cattivo servizio all’annuncio del vangelo. Invece – sono ancora parole del cardinal Ratzinger – “proprio quando l’eucaristia viene ben celebrata, ‘nella sala superiore’, nell’ambiente interiore di una fede reverente senza altri fini se non quelli di compiacere a Dio, ne scaturisce la fede”.
Potremmo chiederci se, nei casi in cui appare inevitabile che anche dei non credenti presenzino a celebrazioni cristiane, non sia opportuno pensare a forme liturgiche diverse dalla celebrazione eucaristica. Non sappiamo il motivo per cui Zapatero non ha partecipato all’eucaristia presieduta dal papa, ma in ogni caso i credenti autentici non si sentono offesi: sanno che devono custodire con amore e discrezione il dono grande che il Signore ha fatto loro a favore di tutti gli uomini e che devono celebrarlo in modo tale che non rischi di degenerare in ostentazione celebrativa che ne offuscherebbe la dimensione di fede”

¿A quien molesta un crucifijo?

enero 13, 2007
El 25 de marzo de 1988 apareció en el diario comunista L’Unità un artículo de la escritora y diputada Natalia Ginzburg. De origen judío y de pensamiento agnóstica, los nazis la persiguieron y su primer marido murió en la cárcel durante el control nacionalsocialista de Roma. Fue diputada por el Partido Comunista en el Congreso y vivía sola con su hija Susanna, gravemente enferma desde los primeros meses de vida. Murió en 1991 defendiendo la libertad religiosa con palabras sencillas pero directas. “Dicen que hay que quitar el crucifijo de las aulas. El nuestro es un estado laico…


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…y no tiene el derecho de imponer que en las aulas haya un crucifijo. […] A mí me disgusta que el crucifijo desaparezca para siempre de todas las clases. Me parece una pérdida. […] Me desagrada que el crucifijo desaparezca. Si fuera profesora, querría que en mi clase no lo tocaran. […] No puede ser obligatorio ponerlo. Pero en mi opinión tampoco puede ser obligatorio quitarlo. […] Debería ser una elección libre. Sería justo también pedir opinión a los niños. Si uno solo de los niños lo quisiese, escucharlo y hacerle caso. A un niño que desea un crucifijo puesto en la pared hay que hacerle caso. El crucifijo en clase no puede ser otra cosa que la expresión de un deseo. Y los deseos, cuando son inocentes, se respetan.
[…] El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana, que ha difundido por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente. La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos acaso negar que ha cambiado el mundo? Hace ya casi dos mil años que decimos ‘antes de Cristo’ y ‘después de Cristo’. ¿O queremos acaso ahora dejar de decirlo así? El crucifijo no genera ninguna discriminación. Está allí mudo y silencioso. Lo ha estado siempre.
Para los católicos es un símbolo religioso. Para otros puede no ser nada, una parte de la pared. Y finalmente para alguno, para una minoría mínima, o quizá para un solo niño, puede ser algo especial, que suscita pensamientos contrapuestos. Los derechos de las minorías deben respetarse. Dicen que por un crucifijo puesto en la pared, en clase, pueden sentirse ofendidos los alumnos hebreos. ¿Por qué se van a ofender más los hebreos? ¿Es que no era Cristo un hebreo y un perseguido, y no murió martirizado, como les ha ocurrido a miles de hebreos en los campos de concentración? El crucifijo es el signo del dolor humano. La corona de espinas, los clavos, evocan sus sufrimientos. La cruz, que imaginamos alzada en la cima de un monte, es el signo de la soledad en la muerte. No conozco otros signos que expresen con tanta fuerza el sentido de nuestro destino humano. El crucifijo es parte de la historia del mundo.
Para los católicos Jesucristo es el hijo de Dios. Para los no católicos puede ser simplemente la imagen de uno que fue vendido, traicionado, martirizado y muerto sobre la cruz por amor de Dios y del prójimo. […] Porque antes de Cristo ninguno había dicho nunca que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos y negros y blancos, y ninguno antes de él había dicho nunca que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres. […] Jesucristo ha llevado la cruz. A todos nosotros nos ha ocurrido o nos ocurre el llevar sobre las espaldas el peso de una gran desgracia. A esta desgracia le damos el nombre de cruz, aunque no seamos católicos, porque demasiado fuerte y desde hace demasiados siglos está impresa la idea de la cruz en nuestro pensamiento. Todos, católicos y laicos, llevamos o llevaremos el peso de una desgracia, derramando sangre y lágrimas y esforzándonos por no caer. Esto dice el crucifijo. Lo dice a todos, no sólo a los católicos.
Algunas palabras de Cristo las pensamos siempre, y podemos ser ateos, laicos, lo que se quiera, pero vuelan siempre por nuestro pensamiento igualmente. Ha dicho: «Ama al prójimo como a ti mismo». Eran palabras escritas ya en el Antiguo Testamento, pero se han convertido en el fundamento de la revolución cristiana. Son la llave de todo. Son lo contrario de todas las guerras. Lo contrario de los aviones que lanzan bombas sobre la gente indefensa. Lo contrario de los adulterios y también de la indiferencia que tantas veces rodea a las mujeres violadas en las calles.
Se habla tanto de la paz, pero qué decir, a propósito de la paz, aparte de estas sencillas palabras. Son justo lo contrario del modo como hoy existimos y vivimos. Lo pensamos siempre, encontrando extremadamente difícil amarnos a nosotros mismos, y amar al prójimo más difícil todavía, o quizá incluso completamente imposible, incluso sintiendo que ahí está la clave de todo. El crucifijo estas palabras no las evoca, porque estamos tan habituados a ver ese pequeño signo colgado y tantas veces nos parece nada más que otra parte de la pared. Pero si se llega a pensar que Cristo ha venido a decirlas, molesta mucho que deba desaparecer de la pared ese pequeño signo. Cristo ha dicho también «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados». ¿Cuándo y dónde serán saciados? En el cielo, dicen los creyentes. Los otros por su parte no saben ni cuándo ni dónde, pero estas palabras hacen, quién sabe por qué, sentir un hambre y sed de justicia más severos, más ardientes y más fuertes. […] El crucifijo es parte de la historia del mundo”. (Il crocifisso nelle scuole, L’unità 25.III.1988).

Laicismo o laicidad; un ejemplo vivo

diciembre 12, 2006

Por Pablo Garzón
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En el año 1919 aparecía publicada en el diario socialista de París «L’Humanité» una carta que un padre dirigía a su hijo. En la “laicista Francia”, este hombre de ideología socialista y de convicciones ateas trataba de explicar a su pequeño la importancia de recibir la enseñanza de la religión. Fue escrita con tanta honradez que merece ser traída a esta web.

Ciertamente os animo a su lectura aunque contrasta con lo que se oye estos días en nuestra Europa, y en España. A propósito del tema del laicismo, en la página web del Arzobispado de Pamplona –www.iglesianavarra.org– se ha publicado el análisis que Monseñor Sebastián hace del “Manifiesto sobre Constitución y laicidad” del PSOE. Igualmente permitidme que os recomiende la lectura de este análisis.

«Querido hijo:

Me pides un justificativo que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de tus condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificativo, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás. No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor.

Continúa…


Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre la libertad religiosa pero ¿cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute?
¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?
Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender la historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?. En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?
En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones?
Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? —éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.
Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampère era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios?
Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; está en la base de la civilización, y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.
Ya que hablo de educación: para ser un joven bien educado, ¿es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta.
No fijándome sino en la cortesía, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete de lo que te digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de consuno los hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad. Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad, exige la facultad de poder obrar en sentido contrario.
Te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación”.

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