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Eutanasia: la "muerte dulce" del Tercer Reich

abril 13, 2007
Si se estudian detenidamente los argumentos, los motivos y la propaganda en la que Hitler impuso la práctica masiva de la eutanasia, se descubre que las palabras, los conceptos y los ejemplos utilizados hoy por los lobbys favorables a la «muerte dulce» son muy parecidos a aquellos utilizados por los médicos nazis. Retomando conceptos difundidos por las Sociedades Eugenéticas en boga en los primeros decenios del siglo XX, la eutanasia es considerada por el régimen nazi una práctica piadosa para eliminar las «vidas indignas de vivir».
Ya en 1924 Aldolf Hitler escribía en «Mein Kampf»: «Si no hay ya fuerza para combatir por la propia salud, el derecho a vivir es menor». Y en sus conversaciones con Hermann Rauschning, entonces presidente del Senado en Danzig, afirmaba que «la piedad conoce sólo una acción: dejar morir a los enfermos». Con una carta firmada de su puño y letra en 1939, Hitler escribía que el Jefe de la Cancillería de Estado y su médico personal habían «sido encargados de otorgar a una serie de médicos los poderes necesarios para que los pacientes considerados incurables, según el mejor juicio humano disponible, les sea concedida una muerte piadosa». Desde entonces, la maquinaria de la «muerte dulce» comenzó a funcionar a pleno rendimiento. Las pruebas aportadas en los juicios de Nuremberg (1945-46) estiman que fueron asesinadas 275.000 personas con la eutanasia, entre ellos 8.000 niños.
Un Estado que ayude a morir
Para que se aceptara el programa de eutanasia, la propaganda nazi comenzó a producir películas. Los manicomios en los que se efectuaban las «eliminaciones» se presentaban como espléndidos lugares de curación, con interiores de lujo, maravillosas vistas y un trato fantástico. Al mismo tiempo se difundieron cortometrajes con imágenes de enfermos terminales y sufrientes con la idea de mostrar condiciones indignas de vida. En 1941 se difundió la película « Yo acuso», en la que se cuenta la historia de un profesor, Heyt, casado con la joven Hanna, enferma de esclerosis múltiple. Heyt se esfuerza en curar a Hanna, pero finalmente decide ayudar a morir a su mujer. El hermano de Hanna denuncia a Heyt por homicidio, pero los jueces concluyen que la ley debe cambiarse para permitir la eutanasia. El servicio de seguridad de Hitler recogió las reacciones de los 18 millones de personas que vieron la película y emitió un informe en el que subrayaba que la gente había aceptado, aunque con alguna reserva, que «las personas afectadas por enfermedades incurables deben poder tener una muerte rápida apoyada por la ley». La única oposición al filme y a la eutanasia llegaba de la Iglesia católica. El entonces obispo de Munster, August Von Galen (beatificado en 2005), denunció ásperamente el programa de eutanasia: «Si aceptamos, aunque sea sólo por una vez, el derecho a matar a nuestros hermanos improductivos -aunque sea limitado a indefensos enfermos mentales- entonces, en línea de principios, el homicidio se convierte en admisible para todos los seres humanos». Su prédica se lanzó en octavillas desde aviones británicos. Sólo la popularidad del prelado le salvó de ser colgado por los nazis. En el número especial de 1996 dedicado al 50 aniversario de los juicios de Nuremberg del «British Medical Journal», Hartmut Hanauske-Abel, profesor de la Cornell University de New York escribe: «Lo que ocurrió en Alemania puede volver a ocurrir. (…) La vida pública actual no ofrece ningún modelo contra el derecho de los más fuertes. Modificar esta concepción de los enfermos terminales será un trabajo de generaciones que podrá llevarse a cabo con una valoración distinta del hombre», concluye.
Autor: A. Gaspari- Fecha: 2007-04-12 (Roma)

¿A quien molesta un crucifijo?

enero 13, 2007
El 25 de marzo de 1988 apareció en el diario comunista L’Unità un artículo de la escritora y diputada Natalia Ginzburg. De origen judío y de pensamiento agnóstica, los nazis la persiguieron y su primer marido murió en la cárcel durante el control nacionalsocialista de Roma. Fue diputada por el Partido Comunista en el Congreso y vivía sola con su hija Susanna, gravemente enferma desde los primeros meses de vida. Murió en 1991 defendiendo la libertad religiosa con palabras sencillas pero directas. “Dicen que hay que quitar el crucifijo de las aulas. El nuestro es un estado laico…


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…y no tiene el derecho de imponer que en las aulas haya un crucifijo. […] A mí me disgusta que el crucifijo desaparezca para siempre de todas las clases. Me parece una pérdida. […] Me desagrada que el crucifijo desaparezca. Si fuera profesora, querría que en mi clase no lo tocaran. […] No puede ser obligatorio ponerlo. Pero en mi opinión tampoco puede ser obligatorio quitarlo. […] Debería ser una elección libre. Sería justo también pedir opinión a los niños. Si uno solo de los niños lo quisiese, escucharlo y hacerle caso. A un niño que desea un crucifijo puesto en la pared hay que hacerle caso. El crucifijo en clase no puede ser otra cosa que la expresión de un deseo. Y los deseos, cuando son inocentes, se respetan.
[…] El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana, que ha difundido por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente. La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos acaso negar que ha cambiado el mundo? Hace ya casi dos mil años que decimos ‘antes de Cristo’ y ‘después de Cristo’. ¿O queremos acaso ahora dejar de decirlo así? El crucifijo no genera ninguna discriminación. Está allí mudo y silencioso. Lo ha estado siempre.
Para los católicos es un símbolo religioso. Para otros puede no ser nada, una parte de la pared. Y finalmente para alguno, para una minoría mínima, o quizá para un solo niño, puede ser algo especial, que suscita pensamientos contrapuestos. Los derechos de las minorías deben respetarse. Dicen que por un crucifijo puesto en la pared, en clase, pueden sentirse ofendidos los alumnos hebreos. ¿Por qué se van a ofender más los hebreos? ¿Es que no era Cristo un hebreo y un perseguido, y no murió martirizado, como les ha ocurrido a miles de hebreos en los campos de concentración? El crucifijo es el signo del dolor humano. La corona de espinas, los clavos, evocan sus sufrimientos. La cruz, que imaginamos alzada en la cima de un monte, es el signo de la soledad en la muerte. No conozco otros signos que expresen con tanta fuerza el sentido de nuestro destino humano. El crucifijo es parte de la historia del mundo.
Para los católicos Jesucristo es el hijo de Dios. Para los no católicos puede ser simplemente la imagen de uno que fue vendido, traicionado, martirizado y muerto sobre la cruz por amor de Dios y del prójimo. […] Porque antes de Cristo ninguno había dicho nunca que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos y negros y blancos, y ninguno antes de él había dicho nunca que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres. […] Jesucristo ha llevado la cruz. A todos nosotros nos ha ocurrido o nos ocurre el llevar sobre las espaldas el peso de una gran desgracia. A esta desgracia le damos el nombre de cruz, aunque no seamos católicos, porque demasiado fuerte y desde hace demasiados siglos está impresa la idea de la cruz en nuestro pensamiento. Todos, católicos y laicos, llevamos o llevaremos el peso de una desgracia, derramando sangre y lágrimas y esforzándonos por no caer. Esto dice el crucifijo. Lo dice a todos, no sólo a los católicos.
Algunas palabras de Cristo las pensamos siempre, y podemos ser ateos, laicos, lo que se quiera, pero vuelan siempre por nuestro pensamiento igualmente. Ha dicho: «Ama al prójimo como a ti mismo». Eran palabras escritas ya en el Antiguo Testamento, pero se han convertido en el fundamento de la revolución cristiana. Son la llave de todo. Son lo contrario de todas las guerras. Lo contrario de los aviones que lanzan bombas sobre la gente indefensa. Lo contrario de los adulterios y también de la indiferencia que tantas veces rodea a las mujeres violadas en las calles.
Se habla tanto de la paz, pero qué decir, a propósito de la paz, aparte de estas sencillas palabras. Son justo lo contrario del modo como hoy existimos y vivimos. Lo pensamos siempre, encontrando extremadamente difícil amarnos a nosotros mismos, y amar al prójimo más difícil todavía, o quizá incluso completamente imposible, incluso sintiendo que ahí está la clave de todo. El crucifijo estas palabras no las evoca, porque estamos tan habituados a ver ese pequeño signo colgado y tantas veces nos parece nada más que otra parte de la pared. Pero si se llega a pensar que Cristo ha venido a decirlas, molesta mucho que deba desaparecer de la pared ese pequeño signo. Cristo ha dicho también «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados». ¿Cuándo y dónde serán saciados? En el cielo, dicen los creyentes. Los otros por su parte no saben ni cuándo ni dónde, pero estas palabras hacen, quién sabe por qué, sentir un hambre y sed de justicia más severos, más ardientes y más fuertes. […] El crucifijo es parte de la historia del mundo”. (Il crocifisso nelle scuole, L’unità 25.III.1988).

Laicismo o laicidad; un ejemplo vivo

diciembre 12, 2006

Por Pablo Garzón
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En el año 1919 aparecía publicada en el diario socialista de París «L’Humanité» una carta que un padre dirigía a su hijo. En la “laicista Francia”, este hombre de ideología socialista y de convicciones ateas trataba de explicar a su pequeño la importancia de recibir la enseñanza de la religión. Fue escrita con tanta honradez que merece ser traída a esta web.

Ciertamente os animo a su lectura aunque contrasta con lo que se oye estos días en nuestra Europa, y en España. A propósito del tema del laicismo, en la página web del Arzobispado de Pamplona –www.iglesianavarra.org– se ha publicado el análisis que Monseñor Sebastián hace del “Manifiesto sobre Constitución y laicidad” del PSOE. Igualmente permitidme que os recomiende la lectura de este análisis.

«Querido hijo:

Me pides un justificativo que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de tus condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificativo, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás. No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor.

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Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre la libertad religiosa pero ¿cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute?
¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?
Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender la historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?. En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?
En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones?
Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? —éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.
Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampère era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios?
Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; está en la base de la civilización, y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.
Ya que hablo de educación: para ser un joven bien educado, ¿es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta.
No fijándome sino en la cortesía, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete de lo que te digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de consuno los hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad. Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad, exige la facultad de poder obrar en sentido contrario.
Te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación”.

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El timo de la Cienciología

noviembre 21, 2006
Ahora que Tom Cruise, uno de sus “apóstoles” más conocidos, ha contraido matrimonio por el rito de la secta, en medio de bombos y platillos mediáticos, seréis muchos los que, de alguna manera u otra, queréis conocer qué tipo de agrupación religiosa es la, así llamada, Iglesia de la Cienciología.

Es un artículo antiguo, pero esclarecedor


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Francia y Alemania la consideran «muy peligrosa», pero en España acaba de abrir una sede .
Se presentan como «la religión del siglo XXI» y cuentan con unos impresionantes recursos económicos y mediáticos. La Iglesia de la Cienciología intenta asentarse en nuestro país aprovechando la enorme desinformación que existe en la sociedad, aunque en realidad, según los expertos, es una secta que embauca a su adeptos y obtiene enormes cantidades de dinero. Para ello se sirven de teorías confusas, un lenguaje pseudo científico y una estética cristiana. Manuel Guerra y Juancho Domínguez, dos de los mejores especialistas en sectas de España, explican a LA RAZON los peligros de sus terapias.
Ofrecen éxito, paz, autocontrol, salud permanente, poder, carisma y una interminable lista de utopías que sólo se pueden alcanzar a través de sus terapias. La Iglesia de la Cienciología, «la religión del siglo XXI», como ellos prefieren denominarse, acaba de estrenar una nueva sede en Madrid, desde donde controlan todas sus «actividades salvíficas» que, según los expertos, sólo tienen un resultado: vaciar el cerebro y el bolsillo de los adeptos. Al más puro estilo Holliwood, Tom Cruise inauguró la semana pasada el nuevo centro, un espectacular y lujoso edificio situado a unos doscientos metros del Congreso de los Diputados. Expertos inmobiliarios consultados por LA RAZÓN han tasado el edificio en torno a los 18 millones de euros (más de tres mil millones de pesetas), dato que da una orientación de la ingente cantidad de dinero que maneja la Asociación Española de Dianética (como están registrados legalmente). De hecho, según los especialistas, éste es su principal y verdadero objetivo. A través de una serie interminable de cursillos de formación cada vez más costosos, seminarios, sesiones de psicoanálisis y la venta de los libros del fundador –L. R. Hubbard–, los cienciólogos obtienen de sus adeptos cantidades que pueden superar los 80.000 euros –más de trece millones de pesetas–. Según Manuel Guerra, uno de los mayores especialistas en sectas de España, «la Iglesia de la Cienciología engancha a las personas en sus momentos más débiles para hacerlos miembros de su religión y obtener dinero». Juancho Domínguez, presidente de la asociación RedUNE para el estudio y prevención de las sectas, afirma además que sus métodos son «manipuladores y totalitarios, pero disfrazados siempre de respetuosos y educados». Sus promesas se sostienen en dos teorías: la Dianética y la Cienciología. La línea que separa una de otra es tan confusa como todo lo que rodea a la secta, pues uno de sus métodos de captación consiste en emplear terminologías ambiguas, vocablos científcos, mezclar filosofías orientales como el tahoísmo, el budismo y el hinduismo, adoptar una estética cristiana y un largo etcétera de imprecisiones. Así, la Dianética podría definirse como el método que ayuda al hombre a liberarse de todas sus afecciones psicológicas y todo rastro de dolor –lo que ellos llaman «engramas»– que almacena en su memoria. La Cienciología, por su parte, es la filosofía religiosa aplicada a la Dianética y destinada «al completo mejoramiento de la persona». Es decir, aquello que convierte a la Dianética en una religión: la religión de la Iglesia de la Cienciología. Tanto una como otra sólo pueden ser estudiadas a través de los libros de Hubbard y de las terapias que se imparten, de forma cerrada, en los centros. El primer paso de la terapia es la realización de un test que, invariablemente, muestra la necesidad de cualquier sujeto por entrar en la Iglesia y solucionar sus problemas. A partir de ahí, se requiere de varias sesiones, o «audiciones», en las que un experto, denominado «auditor», libera al paciente de sus engramas, haciéndoselos revivir una y otra vez. Para ello utiliza el «E-Metro», una especie de detector de mentiras con el que, según Guerra, «obtienen información personal que luego pueden usar para presionar a quien quiera abandonar la secta». Después de muchas y muy costosas sesiones, y cuando esto se consigue con todos los engramas del adepto, éste pasa a ser un «clear» o «aclarado», totalmente inmune a enfermedades psicosomáticas, al fracaso, la depresión y el dolor. Sin embargo, hasta la fecha nunca han podido aportar resultados científicos fiables ni demostrar la existencia de ningún «clear». Es más, según los expertos, esas terapias practicadas con toxicómanos en los centros de Narconor pueden llegar a ser perjudiciales
Fuente: La Razón
29-09-2004

Los difuntos: fragmento de "Las obras del amor"

noviembre 10, 2006
Aquí va, para este mes de noviembre, un reflexión bien chula de Kierkegaard sobre los difuntos y el amor libre que les profesamos:
«… ¿Acaso no se habla en el mundo a cada paso de que el amor debe ser libre? ¿Que no se puede amar en el momento que haya la menor imposición? ¿Que respecto del amor no debe existir absolutamente ninguna violencia?
¡Bien!, veamos ahora, al examinar la forma que se tiene de recordar amorosamente a los difuntos, qué es lo que pasa con el amor más libre de todos, ya que un muerto no le obliga a uno en absoluto.
Desde luego, en el momento de la separación, cuando no se puede evitar todavía la presencia del muerto, todos gritan y lloran. ¿Es ésta la tan cacareada libertad del amor? ¿Es esto amor a los difuntos?
Y después, poco a poco, a medida que el muerto se corrompe en el sepulcro, se va corrompiendo también sin saber cómo su recuerdo, hasta ignorar dónde se ha perdido; es decir, que lo que uno ha hecho es irse liberando poco a poco de un recuerdo tan pesado. Mas ¿será este modo de liberarse el propio de la libertad del amor? ¿Es esto amor a los difuntos?
Hay un proverbio que dice: “En quitándole de la vista, pronto se va también de la memoria” [“Ojos que no ven, corazón que no siente”].
Y podemos estar seguros de que los proverbios dicen en verdad lo que acontece en el mundo; claro que otra cosa muy distinta es la de que los proverbios desde el punto de vista cristiano siempre sean falsos.
Si fuese cierto todo eso que los hombres afirman acerca de lo de amar libremente, es decir, si se pusiera realmente en práctica y los hombres amasen de hecho de esa manera, entonces es indudable que también amarían a los muertos de un modo muy distinto al que lo hacen.
Pero las cosas suelen presentarse de la forma siguiente : en todo otro amor humano se incluye, por lo general, algo que coarta, aunque no sea más que el verse todos los días y la costumbre; por eso es tan difícil poder precisar hasta qué punto el amor se aferra libremente a su objeto, o en qué medida no es el objeto el que decididamente se impone.
En cambio, en la relación con un muerto no puede hacerse más evidente el ejercicio de la libertad amorosa. Aquí no hay nada, absolutamente nada, que se te imponga. Al revés, el recuerdo amoroso del muerto tiene que defenderse contra la realidad circundante, no sea que ésta, acumulando siempre nuevas impresiones, termine por borrar el recuerdo ; el cual también tiene que defenderse contra los embates del tiempo.
En una palabra, la memoria amorosa tendrá que defender su libertad en recordar contra todo aquello que pretenda forzarle a uno a olvidar.
Sin duda que el poderío del tiempo es enorme. Esto no se suele notar estando dentro del mismo tiempo, pues éste nos va escamoteando astutamente pequeñas porciones cada vez; quizá solamente se llegue a saber de veras en la eternidad, cuando se nos ofrezca la ocasión propicia de volver a contemplar y abarcar con la mirada todo lo que fuimos reuniendo con la ayuda del tiempo y los cuarenta años, poco más o menos, de vida.
Desde luego que el tiempo es una potencia peligrosa; nada hay más fácil que emprender algo en el tiempo, si no es el olvidar dónde se interrumpió la obra emprendida. Por eso el que empieza a leer un grueso volumen y no se fía de su memoria, acostumbra a poner alguna señal. Sin embargo, ¡cuántas veces no se olvidan los hombres, y a lo largo de su vida entera, de poner ciertas señales aquí y allá para anotar debidamente los puntos principales de la existencia!
Y ¿qué diremos de tener que guardar en el transcurso de los años la memoria de un muerto? Porque, desgraciadamente, el muerto no hace nada por ayudarte; más bien si hace algo, o al no hacer nada, lo único que hace con todos los medios a su alcance es darte a entender que le importa un comino tu conducta para con él. Y como si esto fuera poco, las diversas exigencias de la vida le reclaman a uno, y los otros vivos le hacen señas, diciéndole : “Vente con nosotros, que estamos dispuestos a amarte de veras.”
Por el contrario, el muerto no puede hacer señas, incluso aunque lo deseara ; no, no puede hacer señas, no puede hacer absolutamente nada para mantenernos vinculados a él, ni siquiera es capaz de mover un dedo…, lo único que hace es yacer y corromperse en la fosa. Por tanto, ¡qué fácil para las potencias de la vida y del instante el desembarazarse de semejante impotente!
¡Ah, nadie hay que esté tan desamparado como un muerto! ¡Y en tanto desamparo es imposible que se ejerza la más mínima violencia sobre nadie! Y por esta razón no existe ningún amor más libre que el que representa la obra amorosa de guardar memoria de un difunto; ya que este recuerdo fiel es algo muy distinto de ese no poder olvidar al muerto en los primeros días.
La obra de amor que consiste en guardar memoria de un muerto es un acto del amor “más fiel” de todos.
Para verificar si el amor que hay en un hombre es fiel, es preciso alejar todo aquello que contribuya a que el objeto amado esté en condiciones de ayudarlo de la manera que sea a mantener su fidelidad. Y no cabe duda que todo eso queda precisamente descartado en la relación con un difunto, ya que éste no es ningún objeto real. Si en este caso el amor permanece, entonces es evidente que se trata del amor más fiel de todos.
Con harta frecuencia se suele hablar de la falta de fidelidad en el amor entre los hombres. Mil veces se lanzan reproches unos a otros, y a una de las partes se la oye decir: “No he sido yo el que he cambiado, fue él quien cambió.” ¡Sea! Y ¿qué hiciste por tu parte? ¿Te mantuviste sin cambiar? “Claro que no, ya que si el otro había cambiado, era una consecuencia natural que yo también cambiase.”
No queremos demorarnos ahora en dilucidar la enorme falta de sentido que entraña semejante consecuencia mundana; la cual concluye por las buenas que es natural que yo cambie, puesto que el otro cambió. Sin embargo, aquí estamos hablando de la relación con un difunto, y aquí sí que es claro que no se puede poner en tela de juicio la invariabilidad del muerto. Por tanto, si ha sucedido algún cambio en esta relación, entonces tengo que ser yo el que he cambiado. Por esta razón, si deseas comprobar la fidelidad de tu amor, considera atentamente y de vez en cuando, cómo te relaciones con los difuntos.
Pero las cosas suelen presentarse poco más o menos de la siguiente manera. Ciertamente que es una tarea difícil el mantenerse invariable con el transcurso del tiempo. Y, además, los hombres lo que hacen no es tanto amar a los vivos o a los muertos, sino más bien engañarse mutuamente en toda clase de ensueños. ¿ Cuántos hombres no hay en un momento dado que estén firmemente convencidos -convicción por la que estarían dispuestos a morir- de que si la otra persona no hubiese cambiado, tampoco ellos lo habrían hecho?
Ahora bien, supongamos la verdad de esta convicción y volvamos a preguntar ¿Hay de hecho muchos vivos que en relación con un difunto se mantengan completamente sin cambiar?
¡Ay!, quizá no haya ninguna relación en que los cambios sean tan notables y tan grandes como los que se dan en la relación de un vivo con un muerto; pues es indudable que no es el muerto el que ha cambiado.
Cuando dos seres vivos se unen amorosamente, el uno mantiene al otro unido y la unión misma los sostiene a ambos. Mas con el muerto es imposible toda unión. En los primeros días después de su muerte quizá pueda afirmarse todavía que el muerto le sostiene a uno -es como una consecuencia de la unión habida durante la vida- y por eso suele ser lo más frecuente, lo general, que todavía se le recuerde también mucho en esos primeros días. Pero con el transcurso de los días el muerto va dejando de sostener al vivo ; y, naturalmente, la relación cesa, a no ser que el vivo siga sosteniendo al muerto en su memoria. Y ¿qué es la fidelidad? ¿Es acaso fidelidad que otro le sostenga a uno?
Cuando la muerte, pues, separa a dos seres, el sobreviviente fiel hace hincapié en los primeros momentos de la separación en “que él no olvidará al muerto jamás”. ¡Qué imprudencia tan grande ! Pues un muerto es en cierto sentido una persona muy astuta, y por eso es necesaria mucha prudencia para hablar con él; claro que su astucia no es como la de aquel de quien se dice : “¡mal te verás para hallarlo dónde le dejaste! “, sino que la astucia del muerto consiste cabalmente en que por nada se le pueda apartar de allí dónde se le dejó.
En general los hombres se han hecho a la idea de que a un muerto se le puede decir poco más ó menos lo que a uno se le antoje: supuesto que está bien muerto, y ni oye nada, ni puede responder nada. Y, sin embargó, nunca te es necesario tanto cuidado en tus palabras como cuando se las diriges a un muerto.
Porque quizá no haya mayor dificultad en que a un vivo le digas : “No te olvidaré jamás”. Casi seguro, al cabo de algunos años, que los dos habréis olvidado felizmente esas palabras y el conjunto a que correspondían; sería muy rarísimo, y como quien dice: un casó de muy mala suerte, el que en la vida te tropezases con una persona que tuviese una menor capacidad de olvidó.
En todo caso, ¡ten mucho cuidado con cualquiera de los muertos! Pues cada uno de los muertos posee una personalidad redondeada y definitiva, no está cómo nosotros todavía en las aventuras, en las cuales podemos ser testigos y actores de innumerables sucesos estrafalarios, y olvidar setenta veces siete lo que alguna vez dijimos.
Por eso, si dices a un muerto “No te olvidaré jamás”, es como si él te respondiera: “Bien; y puedes estar seguro de que yo nunca olvidaré esto que acabas de decir”. Y ya pueden venir todos tus contemporáneos dándote mil seguridades de que el muerto se ha olvidado; pero de sus labios, nunca lo escucharás.
No, el muerto va a lo suyo, mas no cambia. A un muerto nunca le podrás decir que se ha ido haciendo viejo, y que ésa es la explicación de que tu conducta haya cambiado respecto de él; no, nunca podrás decírselo, ya que un muerto no envejece nunca. A un muerto tampoco le podrás decir que fue él quien con el transcurso del tiempo se fue también enfriando ; ya que el muerto sigue hoy tan frío como aquel día en que tú te sentías tan encendido. Ni tampoco le podrás decir que se ha hecho más feo, y por eso ya no puedes seguir amándole; puesto que esencialmente no es hoy más feo que aquel día en que era un hermoso cadáver, cosa que por su parte tampoco es ningún objeto enamorado. Y, finalmente, ni le podrás echar en cara que ha entablado relaciones con otros seres ; ya que un muerto no se relaciona con los demás.
No, es inútil, tanto el que pretendas restablecer las relaciones dónde quedaron interrumpidas, como el que no lo pretendas, pues un muerto siempre empieza con una exactitud puntualísima en el mismo momento en que vuestra relación vital quedó interrumpida. Un muerto es, aunque no lo parezca, una personalidad vigorosa ; posee la fortaleza de la inmutabilidad.
Además, un muerto es una personalidad implacablemente orgullosa. ¿No has visto nunca cómo el orgulloso maltrata a quien más profundamente odia, no dejándole vislumbrar la más mínima reacción y manteniéndose completamente imperturbable y enhiesto ante el hombre despreciado, como si fuese nada, y para hundirle todavía más? Porque el soberbio solamente con respecto a aquellos por los que siente algún amor, está dispuesto a hacerlos comprender que han obrado mal, que se han equivocado, con lo que les ayuda a corregirse. ¡Ah, pero quién como un muerto es tan capaz de manifestar el orgullo de no sentir la más mínima reacción, incluso al despreciar al vivo que le ha olvidado y con él también ha olvidado las palabras de aquella despedida!
¡Al fin de cuentas, un muerto ya no puede hacer más para que se le olvide! Porque el muerto no te sale al encuentro y te hace recordar ; no te mira al pasar, ni siquiera de reojo ; nunca te topas con él; y si alguna vez te topases con él y te quedases mirándole, entonces en su rostro no podrías ver ningún ceño casual que delatase contra su voluntad lo que él opinaba y juzgaba acerca de ti; nada de esto, ya que un muerto tiene un total dominio sobre su rostro.
Verdaderamente que deberíamos tener mucho cuidado para no conjurar a los muertos a la manera que hacen los poetas, y traerlos así a la memoria. Lo terrible en todo esto consiste cabalmente en que los muertos no dejan notar lo más mínimo su presencia.
Por eso, teme a los muertos ; teme su destreza, teme su precisión, teme su fortaleza y teme su orgullo. Pero si amas de veras a un muerto, entonces recuérdalo amorosamente, y no tendrás ningún motivo de temor. Así aprenderás del muerto, y cabalmente en cuanto muerto, la sagacidad del pensamiento, la exactitud de la expresión, la fortaleza de la invariabilidad y el auténtico orgullo de la vida. Y todo esto no podrías aprenderlo mejor de ningún otro ser humano, ni siquiera dei más dotado de todos.
El muerto no cambia, por eso es inútil buscar por esta parte ni la más remota posibilidad de disculpa, echándole toda la culpa al muerto. No, el muerto no puede ser más fiel.
Esta es la pura verdad; claro que el muerto no es ninguna realidad, y por esta razón no hace nada, absolutamente nada, por mantenerte aferrado a él; lo único que hace es no cambiarse. Por tanto, si en la relación de un vivo con un difunto intercede algún cambio, entonces no puede caber ninguna duda de que es el vivo el que se ha cambiado. Por el contrario, si no intercede ningún cambio, entonces es el vivo el que verdaderamente ha sido fiel, fiel recordando amorosamente al muerto – ¡ay! , mientras éste no podía hacer nada por mantenerte aferrado a él; ¡ay!, mientras éste lo hacía todo como para darse a entender que se había olvidado de ti por completo, y que contigo se había olvidado también de las palabras de aquella despedida.
Ya que el que realmente ha olvidado todo lo que se le ha dicho no es tan capaz como el muerto de expresar con mayor precisión que en efecto ha sido olvidado todo.
De esta manera, el guardar amorosamente memoria de los difuntos es la obra del amor más desinteresada, libre y fiel de todas. Decídete, pues, a ponerlo en práctica; recuerda así a algún muerto, y cabalmente con ello aprenderás a amar a los vivos con un amor desinteresado, libre y fiel.
En la relación con un difunto tienes la pauta a que has de ajustarte. Quien use esta pauta podrá con facilidad salir airoso de las situaciones más embrolladas; y sentirá asco de todo ese cúmulo de disculpas al que de ordinario se echa mano en el mundo de la realidad, a saber que es la otra persona quien es la interesada, que ella ha tenido la culpa de que se la olvide, porque nunca se hacía recordar, y en fin, que ella solamente es la infiel.
Acuérdate del muerto, y así habrás logrado (aparte de la bendición que siempre viene emparejada con esta obra amorosa) el método más adecuado para comprender rectamente la vida; es decir, que nuestro deber es amar a los hombres que no vemos, pero también a aquellos que vemos. Si la muerte nos separa de los hombres que vemos, no por ello ha de cesar el amor que les debemos, ya que este deber es eterno; ahora bien, los deberes que, tenemos con los difuntos tampoco pueden separarnos de tal manera de los vivos que éstos va no sean para nosotros objeto de nuestro amor».
Tomado de Esperando a nacer