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Los signos de la veneración eucarística

agosto 17, 2007

LOS SIGNOS DE LA VENERACIÓN EUCARÍSTICA Carta a los presbíteros y diáconos por + Julián López Martín, Obispo de León

Queridos hermanos:
Deseo comentar con vosotros algunos aspectos del culto a la Santísima Eucaristía a propósito de la publicación de la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis de S.S. el Papa Benedicto XVI, de 22-II-2007 (= SCa y nº)[1]. Con este documento culmina una serie de intervenciones de carácter doctrinal y pastoral del Magisterio pontificio que comenzó con la Encíclica Ecclesia de Eucharistia del siervo de Dios Juan Pablo II (17-IV-2003)[2], con el propósito de mejorar las celebraciones de la Eucaristía y, a la vez, renovar e intensificar el culto del Misterio eucarístico en la Iglesia.


Ahora bien, esto no será posible si los pastores no procuramos formar a los fieles de manera que adopten “una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras” (SCa 64). Esto tiene aplicación también a los elementos materiales que entran en la celebración litúrgica, como los signos, los lugares de la celebración, la colocación del Sagrario, etc.

Por eso deseo invitaros a leer atenta y reflexivamente la Exhortación Apostólica, para captar su riqueza teológica y espiritual. Como una ayuda y a modo de introducción a su lectura, en este mismo número se publica una conferencia mía ofrecida precisamente a sacerdotes.

Desearía también que, a medida que os adentráis en el documento pontificio, tengáis en cuenta el modo concreto de celebrar, con el fin de revisarlo, mejorar todo lo que sea mejorable y corregir lo que sea preciso. Para este es muy útil consultar también la Ordenación General del Misal Romano publicada en lengua española en 2005 (= OGMR y nº)[3] e, incluso, la Instrucción Redemptionis sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 25-III-2004[4].

Por último, os pido que pongáis en práctica las siguientes indicaciones y sugerencias, que afectan no sólo a la celebración de la Eucaristía sino también a su culto fuera de la Misa y a la misma Reserva eucarística. Su observancia tiene mucho que ver también con el comportamiento de los fieles en el interior de las iglesias.

1. Verdad y belleza de la celebración y del culto a la Eucaristía

Antes de entrar en las sugerencias concretas, me parece oportuno recoger y comentar esta afirmación de la Exhortación Apostólica: “La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión” (SCa 35). El Papa se refiere a una realidad mucho más profunda que una mera estética o armonía de las formas a la hora de celebrar la liturgia. Lo que está en juego, cuando se realiza una acción litúrgica, es la verdad del misterio que se hace presente en ella y que, a la vez, se oculta en el conjunto de signos, palabras y elementos que integran la celebración y que es necesario percibir claramente para entrar en contacto con él. La Iglesia no ha creado el ritual, los gestos, los símbolos, la música, etc., de su liturgia buscando la ceremonia, la majestuosidad o la pura solemnización, sino tratando de ayudar al hombre a entrar en comunión con Dios, para que le alabe del mejor modo posible y se deje santificar por Él. “La verdadera belleza (de la liturgia) es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual” (ib.).

Por eso, celebrar bien no consiste en ejecutar fríamente unos actos o recitar de manera rutinaria unas fórmulas de plegaria. En este sentido, no se puede olvidar que la forma externa condiciona decisivamente las actitudes internas. De ahí que se debe cuidar con el mayor esmero todo aquello que facilita la comunicación visual y verbal en las acciones litúrgicas. Especialmente hoy, cuando todo el mundo está acostumbrado a ver y a escuchar a auténticos maestros de la expresión. Y esto afecta no solamente a la responsabilidad de los ministros, sino también a la necesaria educación litúrgica de los fieles que ocupan la nave, a los que se ha de considerar como verdaderos participantes en la parte que les corresponde como miembros del pueblo sacerdotal (cf. 1 Pe 2,5.9)[5]. “Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (ib.)[6].

2. Los gestos de la veneración

“Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. Pienso, en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los momentos principales de la plegaria eucarística” (SCa 65).

Por su parte, la OGMR es muy clara al señalar: “(Los fieles) estarán de rodillas durante la consagración, a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y, los que no pueden arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión después de ella” (n. 43). La Conferencia Episcopal Española no ha señalado otro gesto, lo que quiere decir que la norma general tiene pleno vigor en España.

Allí donde la mayoría de los fieles permanece aún de pie durante la consagración, es necesario que, con claridad y paciencia, se les invite a recuperar el gesto de arrodillarse, explicándoles el sentido del estar de rodillas o de la inclinación profunda. Esta explicación debe hacerse antes de la celebración eucarística. En las iglesias en las que se instalaron bancos sin reclinatorio, los responsables deberían estudiar cómo hacer la oportuna adaptación a los mismos. Por otra parte, conviene también recordar a todos los fieles y enseñar a los más pequeños a poner en práctica la genuflexión, cuando pasan por delante del Santísimo Sacramento (cf. OGMR 274).

3. El modo de comulgar

La OGMR, cuando se ocupa de la distribución de la Comunión a los fieles dice: “El sacerdote toma después la patena o la píxide y se acerca a los que van a comulgar, quienes, de ordinario, se acercan procesionalmente. A los fieles no les es lícito tomar por sí mismos ni el pan consagrado ni el sagrado cáliz y menos aún pasárselos entre ellos de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo haya establecido la Conferencia de los Obispos. Cuando comulgan de pie, se recomienda que, antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia del modo que determinen las citadas normas” (n. 160).

Ya hace muchos años que en España se autorizó el recibir la comunión en la mano, correspondiendo a los fieles el usar o no de esta facultad[7]. En su momento se indicó también el modo de hacerse. Anteriormente se había permitido así mismo comulgar de pie. Sin embargo las cosas se olvidan si no se recuerdan oportunamente, y a los niños, cuando se preparan para hacer la Primera Comunión, hay que enseñarles cómo deben proceder. Por eso no es infrecuente el que algunos fieles, al acercarse a comulgar, hacen ademán de quitar la Sagrada Forma de la mano del ministro. Otros se la llevan a la boca sobre la misma mano en la que la reciben. La indicación del Misal es clara, pero podría precisarse un poco más a la hora de explicarla a los fieles.

En efecto, los fieles comulgarán habitualmente de pie, haciendo antes una inclinación de cabeza, pudiendo recibir la comunión en la boca o en la mano. Si eligen este último modo, extenderán una mano abierta ante el ministro con la otra debajo, también abierta. Una vez depositada la Sagrada Forma en la mano, la persona que va a comulgar se la llevará con la mano libre a la boca, delante del ministro, antes de retirarse. Si eligen el modo de comulgar de rodillas, no es necesaria ninguna otra reverencia. Tratándose de niños, puede ser eficaz un sencillo ensayo con formas no consagradas.

Si se da la comunión bajo las dos especies, supuestas las condiciones exigidas para ello (cf. OGMR 282-287), cuando se hace “por intinción”, que es el modo más adecuado para hacerlo[8], deberá recibirse obligatoriamente en la boca. No está permitido a los que comulgan mojar por sí mismos la Sagrada Forma en el cáliz, ni recibir ésta en la mano una vez mojada[9].

4. La colocación del Sagrario y de la Sede

“Es necesario que el lugar en que se conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante” (SCa 69).

Por su parte la OGMR dice también: “El puesto más habitual de la Sede será de cara al pueblo al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio o alguna otra circunstancia lo impida; por ejemplo, si, a causa de la excesiva distancia, resulta difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada o si el sagrario ocupa un lugar central detrás del altar” (OGMR 310; véanse también nn. 314-317).

En la gran mayoría de nuestras iglesias el Sagrario sigue formando parte del retablo mayor y se encuentra, por tanto, detrás del altar de cara al pueblo, generalmente a la misma altura en que ha estado siempre. A veces, sobre todo en iglesias de reciente construcción, el Sagrario sobresale por encima de la cabeza del sacerdote celebrante. Pero, a tenor de los dos documentos citados, el problema lo ha planteado un equivocado concepto de lo que es la Sede. Ésta no es un asiento más, sino que debe significar la función presidencial en toda celebración litúrgica. Por eso ha de estar situada de manera que haga posible la comunicación del sacerdote con los fieles, para que éstos puedan verlo y oírlo fácilmente. Colocada la Sede detrás del altar, cuando el sacerdote la usa, produce la impresión de que está sentado a una mesa.

Es cierto que muchas iglesias tienen un presbiterio muy reducido. Pero, teniendo en cuenta que la Sede ha de ser única y que, por tanto, no se requiere un asiento de cada lado, cabe ponerla en un lateral del presbiterio, en la parte opuesta a la del ambón. La Sede puede estar adosada a la pared de manera que el sacerdote, sentado, mira al ambón y escucha las lecturas como los demás fieles; y, cuando está de pie, puede volverse a la asamblea sin dificultad. En la concelebración, si no hay espacio en el presbiterio para los asientos de los concelebrantes o ministros, éstos se pueden situar delante de los fieles. Lo que importa es que se destaque la presidencia litúrgica -es uno solo el que preside- y que ningún ministro esté sentado o de pie inmediatamente delante del Sagrario dándole la espalda. Colocar la Sede delante del altar, tampoco es solución adecuada.

5. El cuidado de la Reserva eucarística

Las normas de la Iglesia acerca de la dignidad, reverencia y seguridad que se han de observar en el lugar donde se guarda la Eucaristía son expresión y garantía de la fe y veneración de las comunidades eclesiales hacia el Santísimo Sacramento y han ser observadas escrupulosamente (cf. Código de Derecho Canónico, c. 934-944). Me refiero de manera particular al decoro del Sagrario, a la lámpara encendida y a la custodia de la llave, que nunca debe dejarse puesta en la cerradura ni junto al Sagrario, una vez terminada la celebración, sino en lugar seguro en la sacristía (cf. c. 938; 940).

Ahora bien, la situación de las pequeñas parroquias de nuestra diócesis, especialmente en aquellos pueblos que se cierran durante el invierno o allí donde no es posible asegurar la Misa todos los domingos, obliga a que los párrocos y quienes hacen sus veces tomen las medidas oportunas. De ningún modo puede dejarse la Reserva eucarística en las iglesias de los pueblos que se cierran (cf. c. 934,2). En las iglesias en las que solamente se celebra la Misa una o dos veces al mes, para reservar el Santísimo Sacramento ha de procurarse que algún fiel, al menos, se responsabilice de su cuidado (cf. ib.), por ejemplo, visitando al Señor diariamente (cf. c. 937). De no ser así, es preferible que no se haga la Reserva. Cuando el Santísimo no esté reservado, se puede dejar abierta la puerta del Sagrario y la lámpara estará apagada.

6. Sobre los ministros extraordinarios de la comunión

En la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis el Papa Benedicto XVI se dirige a los ministros de la Eucaristía con estas palabras: “Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados recientemente[10]” (n. 50).

Por su parte, la OGMR establece para la distribución de la Comunión: “Si están presentes otros presbíteros, pueden ayudar al sacerdote a distribuir la Comunión. Si no están disponibles y el número de comulgantes es muy elevado, el sacerdote puede llamar para que le ayuden, a los ministros extraordinarios, es decir, a un acólito instituido o también a otros fieles que para ello hayan sido designados[11]. En caso de necesidad, el sacerdote puede designar para esa ocasión a fieles idóneos. Estos ministros no acceden al altar antes de que el sacerdote haya comulgado y siempre han de recibir de manos del sacerdote el vaso que contiene la Santísima Eucaristía para administrarla a los fieles” (n. 162).

Es evidente la intención de la Iglesia de que la Comunión sea distribuida, ante todo, por el sacerdote celebrante, ayudado si es necesario por otros sacerdotes o diáconos. Sólo cuando una verdadera necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios, entre los que se cuentan los acólitos instituidos, pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas citadas. No cabe, por tanto, que habiendo ministros ordinarios en el lugar, se recurra a los extraordinarios. Estos no deben acceder, sin más, al altar para tomar por sí mismos la patena o el copón para ayudar a distribuir la Comunión, sino que han de recibirlos de manos del sacerdote. Terminada la distribución, tampoco deben ellos recoger las partículas sobrantes ni purificar los vasos sagrados. Si hay que trasladar las Formas consagradas al Sagrario situado lejos del altar donde ese está celebrando, es preferible que sea un sacerdote o diácono el que lo haga o el mismo celebrante, una vez terminada la Misa. Las deficiencias en el modo de tratar la Santísima Eucaristía terminan dañando las actitudes internas de veneración debidas a tan augusto Sacramento.

Para las celebraciones dominicales en la espera del presbítero, se requiere también que quienes, con la conveniente autorización del Obispo, las moderan o dirigen, actúen con el máximo sentido de veneración hacia la Eucaristía, según las normas de este tipo de celebraciones.

7. Sobre las disposiciones personales para recibir la Eucaristía

Estas indicaciones y sugerencias no serían del todo eficaces, como expresión de “una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras” SCa 64), si no se aludiera también a la práctica de la Iglesia según la cual “es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad (cf. 1 Cor 11,28), para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” [12].

El Papa Benedicto XVI escribe al respecto, sobre la relación entre los sacramentos de la Reconiliación y de la Eucaristía: “Como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, favoreciendo una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la comunión sacramental. En realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de Dios” (SCa 20).

En la siempre conveniente y, en ocasiones muy necesaria, catequesis sobre la celebración de la Eucaristía, no debiera faltar la explicación de dichos elementos o momentos de carácter penitencial -sin valor sacramental, por supuesto-, como los modos de hacer el acto penitencial, la oración en voz baja del sacerdote antes de comulgar (“Señor Jesucristo…”), la exclamación “Señor, no soy digno…”, etc.

Confío en que acojáis con el mayor interés estas observaciones sacadas de los últimos documentos sobre la Eucaristía y su celebración. Pueden parecer insignificantes, porque sin duda tenemos que ocuparnos también de celebrar bien -el ars celebrandi del que se habla en la Exhortación Apostólica- como condición indispensable para la participación consciente, activa y fructuosa en la Eucaristía (cf. SCa 38 ss.). Sin embargo, sin la adecuada correspondencia entre las actitudes internas de adoración, asombro y sinceridad ante lo que nos es dado celebrar, y las formas externas representadas por los gestos, los signos y los elementos de la celebración, nuestras celebraciones se quedarían en una estética puramente aparente y desprovista del verdadero espíritu de la liturgia, que no es otro que la presencia del Misterio de la fe.

Con el deseo de que en nuestra Iglesia diocesana “se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio” (SCa 94), invocando la intercesión de María “mujer eucarística”.

León, 10 de junio de 2007, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo:
+ Julián, Obispo de León

[1] Está publicada en el “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2007, pp. 401-488.
[2] Véase “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2003, pp. 191-244. Además, la Carta Mane nobiscum Dómine de S.S. Juan Pablo II, de 7-X-2004, en “Boletín Oficial del Obispado” de septiembre-octubre de 2004, pp. 1015-1035; las Sugerencias y propuestas –Año de la Eucaristía- de la citada Congregación, de 15-X-2004, ib., pp. 1037-1087; e incluso los documentos preparatorios de la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos publicados entre 2004 y 2005, en “Boletín Oficial del Obispado” de septiembre-octubre de 2005, pp. 939-1165.
[3] La Ordenación General del Misal Romano ha sido publicada en separata por los Coeditores litúrgicos el 28-I-2005.
[4] En el “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2004, pp. 275-349.
[5] “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra. ‘Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es ‘sacramento de unidad’, esto es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual’”: Catecismo de la Iglesia Católica, Editores del Catecismo 1999, n. 1140; cf. n. 1144.
[6] “Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción”: SCa 41; cf. 53; 66; etc.
[7] Aprobado por la XXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia E. Española, en diciembre de 1975.
[8] Según se indica en la OGMR 285-b y 287.
[9] Cf. Instrucción Redemptionis Sacramentum, n. 104.
[10] Cf. Instr. Redemptionis Sacramentum, cit., nn. 80-96.
[11] Cf. S. CONGR. PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO, Instr. Inæstimabile donum, del 3 de abril de 1980, n. 10; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiæ de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 8.
[12] Instr. Redemptionis Sacramentum, cit., nn. 81; cf. Código de Derecho Canónico, c. 916; etc.

La vuelta ¿del latín?

julio 24, 2007

El reciente Motu proprio “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI ha traído algo de revuelo. La introducción del mal llamado “Misal de Pío V” (pues su última reforma se debe a Juan XXIII) como forma extraordinaria del rito romano ha dado lugar a numerosos comentarios; incluso el Papa ha considerado conveniente salir al paso de algunas posibles interpretaciones erróneas con una carta explicativa. Si no la habéis leído, os la recomiendo, a mí me ha aclarado muchas dudas.

Hoy quiero presentaros una opinión, cuando menos, original. Viene de D. Francisco Rodríguez Adrados. Sin duda, se trata del mayor filólogo clásico de España, y uno de los mejores del mundo. Viene sosteniendo una batalla en favor de las humanidades y en un reciente artículo en la tercera de ABC contempla esta medida de Benedicto XVI desde esa perspectiva. Tan sólo puntualizaría que no es el latín lo que se favorece con este Motu proprio; la editio typica del Misal de Pablo VI también está en lengua latina.

Creo que su opinión es de valorar, aunque no sea estrictamente teológica.

La misa en latín. Y algo sobre el latín y el griego

POR FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS

HA sido como una brisa refrescante la noticia de que Benedicto XVI da permiso para que puedan decirse misas en latín, al modo tradicional. Creo yo, creen muchos, que la resolución del Concilio Vaticano II fue un error: un intento vano de, con concesiones, domesticar presiones que buscan sustituir la unidad por el fraccionalismo, la tradición por los nuevos mitos.
La misa y la religión eran, en nuestras sociedades, algo aparte. Unido a la vida de cada día en cada lugar, pero también a un pasado que venía de Palestina, de los griegos y de los latinos. Y llegaba hasta ayer mismo.
Benedicto XVI, al dar este paso, se ha revelado como un hombre no sólo sabio, también valeroso. Porque el latín expresa que el Cristianismo une a muchos pueblos del presente y a estos con el pasado.
No es que nuestras lenguas no puedan expresar lo sagrado, tener niveles significativos diversos. Pero el latín los contenía, los contiene a todos.
Mucha gente se extraña. Pero el nivel religioso no sólo en Europa, en el mundo todo, busca expresiones propias: en la indumentaria, en la vida toda, en la lengua. El sánscrito lo hablan hoy en la India pocas docenas de personas, pero es la lengua religiosa y culta por excelencia. Y el árabe clásico igual en los países musulmanes, incluidos aquellos, como Persia y Turquía, cuya lengua no es semítica. La tragedia y una parte de la lírica se expresaban, en la Grecia antigua, en lenguas sacras tradicionales. Y en la Grecia de hoy la lengua litúrgica es el griego del Evangelio.
En Occidente, hasta hace muy poco, era el latín la lengua sacra. Y era la lengua de los doctos y de la Ciencia. En latín escribían, todavía, Leibnitz y Newton.
El latín era una especie de superlengua, por encima de todas. A los nobles mexicanos y peruanos se les enseñaba el latín. Hay que recordar que el Cristianismo creció en el ámbito de la diáspora judía en países en que dominaba el griego. De ahí que el griego se convirtiera en la lengua sagrada del Cristianismo: mil palabras griegas, religiosas o simplemente cultas, perviven hoy. Y que luego el latín fuera la siguiente lengua sagrada y culta. Nuestras lenguas son, con las innovaciones que se quiera, el griego y el latín de nuestros días.
Ha habido modas arrasadoras contra el griego y el latín en el ámbito religioso, en el ámbito cultural y en todos los ámbitos. Tanto hablar de Europa y del mundo occidental -y Europa y el mundo occidental se fragmentan y profanizan cada día. La lengua en general -con la excepción de los lenguajes científicos y los cultos en general, que son griegos y latinos por esencia- se hace cada día más vulgar, desciende cada día más al nivel de la calle.
La presencia de este Papa es la de un profesor alemán lleno de sabiduría y ornado de un manto de esencialismo, de valores perennes, de huida de un relativismo vano. Este pequeño toque de la misa lo define. Es una llamada de atención, de vuelta a lo básico, a valores que nos unen o nos unían a través de los mares y de las edades. De ellos han salido toda nuestra cultura y hasta nuestro afán de novedad y de relativismo. Y de libertad. Pero no todo es libre, existen hechos básicos, perennes, como son Dios y el Hombre.
Un respeto a las raíces debería mantenerse. Y el latín y con él el griego están en las raíces de nuestro ser, como pueden estarlo, en el caso de otras sociedades, el sánscrito y el árabe. Sociedades que, se quiera o no se quiera, están cada vez más influidas por la nuestra.
Es triste lo que ocurre en Europa. Europa ha sido, desde los griegos para acá, una unidad cultural, no una unidad política. Veremos si llega a serlo y en qué medida ello va a unirnos y a favorecernos.
Esta nueva Europa comenzó con modelos romanos (el tratado de Roma, los premios Carlomagno), griegos (Sócrates), humanistas (Erasmo). Pero cuando, siendo yo presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, logré que conmigo 26 Sociedades de Estudios Clásicos europeas firmaran un escrito pidiendo a los sucesivos presidentes de la Comisión Europea que a su vez pidieran a los Gobiernos atención a la enseñanza de los clásicos, no más, me respondieron que no tenían competencias. ¿Las tienen o no? La declaración de Bolonia ofrece un modelo de Universidad que parece que en España se acepta y que representa, simplemente, decadencia.
¿En qué quedamos? Pocos años hace que leí un memorándum de un Comité de Sabios amparado bajo el nombre de Roma sobre la cultura previsible para el siglo XXI. ¡Dios nos ampare! Por no hablar de lo que vemos en torno. Me dicen que en la Universidad Libre de Berlín hay más alumnos de azteca que de griego. Y en Alemania y otros países las Universidades suprimen cátedras de las materias que antes eran su gloria.
Algo grave, sin duda, está pasando. Dentro de este panorama el gesto, aunque se quede sobre todo en eso, en gesto, del Papa es verdaderamente simbólico, abre una esperanza. Porque el hombre merece que, a la larga (no tanto a la corta) se crea en él. Ha recuperado destrucciones horribles, yo ví a Europa tras la guerra. Y a España, qué decir. En épocas oscuras pequeños grupos o reductos han salvado la antigua sabiduría.
Ha resucitado una y otra vez, añadiendo, añadiendo, progresando.
Puede que sea igual ahora, no todo va a ser tecnología. Las almas necesitan algo más.
El hipotético lector de estas líneas sin duda recuerda la lucha de los clásicos en España desde después de nuestra guerra. Mucho he escrito dentro de ella, también aquí, en este periódico, mucho otros más. Logramos crear generaciones de profesores y estudiosos, un influjo en la Sociedad. Pero, tras breves momentos de respiro cada ciclo político nos traía más desánimo: no para los clásicos solo, en realidad para la enseñanza toda. Crecimiento numérico, disminución cualitativa: ese era el gran desafío, combinar el crecimiento numérico con el de la calidad.
Pues se ha perdido. Aunque algo queda de nuestro esfuerzo, no debemos perder la esperanza.
Este momento es el peor de todos, tras la derogación de la Ley de Calidad de la Enseñanza. ¡Derogar la calidad! Cierto es que esa Ley debería haberse hecho más deprisa y mejor. Pero hoy no existen propuestas claras para volver a la calidad. Todos callan, con leves excepciones. Y ciertas propuestas y silencios del Boletín Oficial nos horrorizan -también, por ejemplo, sobre la Historia de España, de ello escribí aquí mismo.
Y parece como si nuestras defensas se bajaran. Los profesores se desmoralizan. Y eso que, cuando yo propuse en la Sociedad Española de Estudios Clásicos -y sólo era ya presidente de Honor, no más- publicar un escrito en defensa del Humanismo, más de dos mil firmas, de las mejores de España, nos acompañaron. Habría que haber insistido en estas campañas. Y haber recordado que la Democracia, la Libertad y el Socialismo son también hijos, cómo no, del antiguo Humanismo.
Humanismo y Cristianismo han vivido juntos, en unidad a veces discorde. El Griego, el Latín, la Ilustración, simbolizaban esto. Y simbolizaban que hay un límite religioso y humano en la vida del hombre. No vale todo, hay que respetar lo respetable.
Por largos vericuetos he venido a lo mismo. A recordar algo que no debería necesitarlo. A colocar la decisión de Benedicto XVI en su contexto lógico e histórico.

FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS
de las Reales Academias Española y de la Historia

Mons. Patabendige: Liturgia y pobres son los tesoros de la Iglesia

enero 15, 2007
El arzobispo Albert Malcom Ranjith Patabendige Don, que cumplirá 59 años en noviembre, natural de Sri Lanka, fue nombrado secretario de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos el 10 de diciembre del 2005. Benedicto XVI lo llamó a la Curia para el segundo nombramiento de relieve de su pontificado, tras el de William Joseph Levada como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. Junto con el nuevo secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, monseñor Ranjith forma parte, pues, del estrecho círculo de colaboradores de la Curia romana elegido personalmente por el papa Ratzinger

Entrevista de Gianni Cardinale

Continúa…

Excelencia, ¿cómo nació su vocación?
ALBERT MALCOM RANJITH PATABENDIGE DON: Nací en una familia de buenos católicos. En nuestra parroquia se vivía con alegría la santa y buena tradición de la Iglesia, donde la misa diaria era una práctica difundida entre muchos fieles de a pie. La administraba un bravo misionero francés, un oblato de María Inmaculada, el padre Jean Habestroh, que dio todo por Jesús y por Su Iglesia. Un verdadero modelo de entrega. Y así, dentro de esta intensa vida de fe en la familia y en la parroquia, la llamada a dedicarme plenamente al servicio del Señor nació en mí cuando era pequeño y maduró, cuando era monaguillo, casi de manera natural.

¿Dónde ha estudiado?
RANJITH: En un colegio de los Hermanos de las escuelas cristianas de La Salle, colegio de óptima calidad, donde la vida de devoción era muy intensa. Todos los días rezábamos el rosario, y casi todos éramos miembros de la Legio Mariae. Tuve suerte, porque en el colegio no sólo crecí a nivel de conocimientos científicos y de formación cultural, sino también en la vida espiritual. Y los Hermanos de La Salle eran guías ejemplares.

Usted frecuentó el seminario mayor nacional de Kandy desde 1966 a 1970…
RANJITH: Tenía 18 años cuando ingresé. Mi padre al principio no estaba muy contento, porque era el primogénito y único hijo varón. Pero luego, gracias sobre todo a mi madre, mis padres se pusieron de acuerdo y me dieron el permiso de ingresar en el seminario. Después de acabar los estudios filosóficos y tras un periodo que pasé fuera del seminario, el primer y único cardenal que ha tenido Sri Lanka, Thomas Benjamin Cooray, me envió a Roma, al Colegio de Propaganda Fide, para completar los estudios teológicos.

Y en Roma fue ordenado sacerdote.
RANJITH: Sí, el 29 de junio de 1975. Éramos más de 300 diáconos ordenados por Pablo VI con motivo del Año Santo. Posteriormente estudié en el Pontificio Instituto Bíblico, donde, después de cuatro años, conseguí la licenciatura en Sagrada Escritura. Durante estos años tuve la suerte de poder seguir un curso de ocho meses en la Universidad hebrea de Jerusalén, donde recibí de los profesores rabinos un gran sentido de amor por la Palabra de Dios. Tierra Santa está llena de Dios y de su amor por la humanidad, un amor que en aquellos lugares casi se puede tocar con la mano. Mi vocación sacerdotal se enriquecía con nuevas fuerzas espirituales cada día que respiraba aquel aire.

¿Quiénes fueron sus maestros?
RANJITH: Era alumno del entonces padre Carlo Maria Martini, inteligente y capaz: nos enseñaba el Evangelio de san Lucas y la crítica textual. También tenía como profesor a otro jesuita, hoy cardenal, el padre Albert Vanhoye. Fue el director de la tesina que escribí en 1978 sobre la Carta a los Hebreos para la licenciatura en Sagrada Escritura. De la Urbaniana me quedó grabada la figura del padre Carlo Molari: presentaba la doctrina dogmática en una clave diversa, pero interesante, que suscitaba el debate y nos abría los ojos para gustar el verdadero valor de la teología. Había muchos profesores buenos. Me acuerdo de monseñor Stefano Virgulin y del padre comboniano Pietro Chiocchetta: no enseñaban de modo libresco, sino con una fe intensa en Jesús.

Al terminar los estudios en 1978 regresó a su patria.
RANJITH: Fui vicepárroco en una zona poco desarrollada, en una aldea de pescadores, todos católicos. Y allí comencé a descubrir la conexión de la teología con la vida diaria de los fieles mediante el gran vehículo de la liturgia. Quien celebra y reza intensamente es ayudado a poner en práctica lo que celebra. Luego fui párroco en otras aldeas de pescadores. Eran muy pobres, pero tenían una gran fe. Y precisamente mediante el contacto con estas realidades he descubierto la necesidad de que la Iglesia se ocupe también de la justicia social. Desde entonces el amor por la liturgia y el amor por los pobres, dos verdaderos tesoros de la Iglesia, han sido el norte de mi vida de sacerdote. Aunque en aquel entonces no me imaginaba siquiera que un día iba a ser secretario de la Congregación para el culto divino…

¿Cómo ayudó a estas poblaciones?
RANJITH: Aproveché las amistades que había cultivado en Roma y Alemania. Llamé a mis viejos amigos y, gracias a Dios, las ayudas llegaron. Gracias también a esta actividad fui nombrado en 1983 director nacional de las Obras pontificias misionales. Cargo que desempeñé durante diez años. Y como director participé en muchos encuentros con los otros directores de las Obras pontificias misionales diseminadas en todo el mundo. Estas reuniones me han ayudado a tener una visión verdaderamente católica, universal de la Iglesia.

En 1991 fue nombrado obispo auxiliar de Colombo. ¿Cómo vivió esta primera experiencia episcopal?
RANJITH: Como obispo auxiliar pude ampliar mi presencia en toda la diócesis y de este modo colaborar con mi obispo ordinario. Pude descubrir además que el pueblo cristiano quiere sentir cercanos a sus pastores de los cuales se espera una vida que refleje la del pastor supremo, Jesús. Durante este periodo, a petición del episcopado, coordiné con el gobierno y la Santa Sede la preparación del viaje del papa Juan Pablo II a Sri Lanka en enero de 1995. Fue también una gran experiencia. Era conmovedor ver a nuestros fieles acercarse al Papa con gran afecto.

¿Era la primera vez que un papa pisaba la tierra de Sri Lanka?
RANJITH: No, treinta años antes, en diciembre de 1970, Pablo VI, al volver de Australia a Roma, se detuvo en Colombo, donde celebró una misa en el aeropuerto. Yo entonces era un joven seminarista y aún me acuerdo de la alegría con que los católicos, aunque no sólo ellos, se reunieron en torno a la figura del primer papa que pisaba nuestra isla.

A finales de 1995 fue llamado a dirigir la nueva diócesis de Ratnapura, donde permaneció hasta 2001.
RANJITH: Me pidieron que me encargara de una diócesis nueva, recién constituida, situada en el interior del país. Y acepté. Fueron cinco años muy felices, a pesar de los problemas que hay siempre, sobre todo cuando se debe construir toda la estructura diocesana. Aprendí a estar cerca del clero –que en Ratnapura estaba algo dividido– y a los fieles, la mayoría de ellos era y sigue siendo muy pobre. Ya no se trataba de pescadores, sino de cultivadores de las plantaciones de té.

¿Cuántos eran los católicos en Ratnapura?
RANJITH: Sólo el dos por ciento. Pero con el resto de la población, en su gran mayoría budista, las relaciones era óptimas. Cuando entré en la diócesis como obispo, fui a visitar todos los templos budistas de la ciudad y a entrevistarme con los monjes. Desde el primer día creamos un organismo de diálogo y de cooperación en esos terrenos, como el social, donde era posible. Con algunos de estos monjes nació una amistad muy fuerte. A ellos, a veces, les hemos pedido consejos y sugerencias cuando construíamos nuevas iglesias.

Y, sin embargo, en los últimos tiempos, se han discutido en Sri Lanka nuevas leyes para impedir la conversión de una religión a otra.
RANJITH: Se trata de una cuestión que se discute a nivel nacional y que se debe a la vieja guerra entre la minoría tamil, sobre todo hindú, y la mayoría cingalesa, budista, aunque también se debe a las actividades poco correctas de algunas sectas cristianas fundamentalistas. La mayoría cingalesa-budista tiene miedo de que las minorías, la tamil-hindú, pero también las comunidades cristianas que existen tanto entre los tamiles como entre los cingaleses, quieran conquistar una posición dominante en la sociedad, y entonces reacciona y trata de controlarlas, creando a veces en ellas un sentimiento de opresión. Esto a nivel general. Pero cuando era obispo en Ratnapura, allí la situación era tranquila, entre otras cosas porque quedaba fuera de las zonas más calientes del conflicto, que son las del noreste del país.

En 2000 fue publicada la declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad salvífica de Jesús. ¿Creó problemas en el diálogo con los budistas?
RANJITH: En verdad, había habido un problema en 1994, cuando Juan Pablo II publicó el libro-entrevista con Vittorio Messori titulado Cruzando el umbral de la esperanza, en el que había algunas frases sobre el budismo que provocaron reacciones. Pero los que dieron amplia difusión a estas afirmaciones eran extranjeros procedentes del extranjero. Fueron ellos los que dieron publicidad en los periódicos de Sri Lanka a la noticia de que el Papa en este libro había atacado al budismo. Eran artículos que encendían las tensiones, aunque muchos ni siquiera habían leído el libro del Papa. Pero un monje budista, que yo conocía, escribió en el principal periódico en inglés de Sri Lanka, el Daily News, un artículo en que defendía al Santo Padre. Este monje escribió que, según las indicaciones de Buda, todas las enseñanzas debían ser sometidas a la crítica, también la suyas. Por tanto, el Papa tenía derecho a decir lo que según él era negativo en la religión budista. Paradójicamente fueron más los teólogos católicos que criticaron al Papa que los mismos budistas. Más o menos sucedió lo mismo con la Dominus Iesus: los mayores ataques procedieron de los teólogos católicos y en menor medida de los demás. En estas cosas a menudo uno se deja guiar por sus propias emociones más que por un análisis de los hechos. Y así se crean situaciones antipáticas e inútiles.

De todos modos, durante la visita de Juan Pablo II a Sri Lanka en enero de 1995 los líderes budistas no participaron en el encuentro con el Papa…
RANJITH: Los líderes, no, pero muchísimos fieles budistas participaron con alegría. He de decir que el altar principal en el que el Papa celebró la santa misa, en la explanada de Galle Face, fue diseñado y construido por un monje budista, amigo nuestro, que así se negó a ser instrumentalizado por los otros.

Volvamos a la actualidad. ¿Qué piensa del intento de introducir leyes en su país contra las conversiones?
RANJITH: Ante todo, los cristianos le decimos claramente a la mayoría budista que no deseamos subvertir las tradiciones religiosas y culturales en que se reconoce la mayoría del pueblo de Sri Lanka. Y además, si una ley de este tipo fuera aprobada, puede ser que no todas la consecuencias sean negativas. Querrá decir que el Señor quiere poner a prueba nuestra fe y no dudo de que con su ayuda la fe de nuestro pueblo se reforzará.

El 1 de octubre de 2001 fue publicado su nombramiento como secretario adjunto de Propaganda Fide. ¿Cómo recuerda esta llamada a Roma?
RANJITH: En 1995, además de obispo de Ratnapura, era también secretario general de la Conferencia episcopal y presidente de la Comisión episcopal para la justicia y la paz. Junto con el vicepresidente de esta Comisión, el obispo de Mannar, Joseph Rayappu, de etnia tamil, trabajé mucho para que el gobierno de Colombo y los Tigres tamiles se reunieran en torno a la mesa de las negociaciones que desembocaron en el cese del fuego, que por desgracia se rompió este verano. Recuerdo que con monseñor Rayappu conseguimos llevar a 26 monjes budistas a la zona controlada por los tamiles para tratar de romper la hostilidad que animaba tanto a los budistas como a los tamiles a causa de las atrocidades cometidas por ambos en el pasado. El encuentro entre los dos grupos fue una experiencia muy feliz. Precisamente cuando estaba ocupado en estas iniciativas de paz me llamó el nuncio apostólico para comunicarme la decisión del Papa de nombrarme secretario adjunto de Propaganda Fide y preguntarme si aceptaba el nombramiento. Frente al deseo del papa dije que sí. De este modo llegué a Roma para desempeñar mi misión en la Congregación dirigida por el cardenal Crescenzio Sepe.

Donde permaneció casi dos años.
RANJITH: Fue un periodo muy interesante. Para mí se trató un poco como una continuación del trabajo que ya había hecho como director de las Obras pontificias misionales en Sri Lanka. Casi dos años durante los que he tratado de ser lo más posible auténtico, leal y sincero en mi trabajo. He tratado de valorizar al máximo el papel de los directores nacionales de las Obras pontificias misionales en las varias Iglesias locales, y de salvaguardar las transparencia absoluta en todas las delicadas cuestiones financieras que conciernen a estas obras.

El 29 de abril de 2004 se publicó su nombramiento como nuncio apostólico en Indonesia y Timor oriental.
RANJITH: Después de un periodo de reflexión me pidieron que aceptara ser nuncio apostólico. Acepté con gran interés. Aunque para mí se trataba de una experiencia nueva, en un terreno que para mí era misterioso. Como obispo había colaborado con la nunciatura de Colombo, pero no había recibido la formación especial que tienen los nuncios. Diría que fue una experiencia muy rica y he tratado de estar a lado de aquella Iglesia y de sus pastores y manifestarles de este modo la cercanía del Santo Padre.

Durante su permanencia en Yakarta tuvo lugar el tsunami que afectó al sureste asiático. ¿Cómo vivió esa experiencia?
RANJITH: En aquellos días había venido a visitarme un queridísimo amigo, el arzobispo de Viena, cardenal Christoph Schönborn. Al saber la noticia, dejamos el programa que habíamos establecido para él y nos fuimos a Banda Aceh. Fue un viaje extremadamente dificultoso, pero conseguimos llegar y visitar la zonas afectadas. Fue un espectáculo terrible: muerte y destrucción por todas partes. Pasamos dos días como misioneros, dormíamos en alojamientos improvisados sin agua corriente ni electricidad. Pero nos alegró poder estar al lado de la pequeña comunidad católica de Banda Aceh y también de la isla de Nias. La voz del cardenal Schönborn, que desde aquella zona refería a las radios y televisiones europeas su experiencia, fue determinante en la solidaridad que recibimos de todo el mundo. Posteriormente a través de la red de la Cáritas y la ayuda de la Santa Sede conseguimos establecer un programa sólido de ayudas para esas poblaciones. La Cáritas indonesia estaba inactiva, de modo que con la ayuda del cardenal arzobispo de Yakarta y de la Cáritas internationalis conseguimos reactivar este organismo eclesial y establecer proyectos de ayuda para la reconstrucción de aquellas zonas. Me acuerdo que participamos en reuniones interminables pero importantes, gracias a las cuales pudimos dar nuestra aportación como Iglesia católica a las poblaciones afectadas por esta enorme tragedia.

Poco antes de su nombramiento como nuncio, L’Osservatore Romano del 26-27 de abril de 2004 publicó un artículo suyo en el que comentaba la instrucción Redemptionis Sacramentum «sobre algunas cosas que se deben observar y evitar acerca de la Santísima Eucaristía», publicada poco antes por la Congregación para el culto divino y la Congregación para la doctrina de la fe…
RANJITH: El artículo lo escribí a petición del prefecto de la Congregación para el culto divino, el cardenal Francis Arinze. Me había parecido una instrucción muy útil y necesaria, por lo que me alegré comentarla.

Fue un artículo, por así decir, profético, visto el cargo que desempeña usted hoy…
RANJITH: No lo sé. Pero como decía antes, siempre me he interesado por la liturgia, sobre todo en sus aspectos pastorales, y siempre he tratado de leer y documentarme sobre estos aspectos. Y me acuerdo que cuando me encontraba con el entonces cardenal Ratzinger, a menudo en nuestros coloquios acabábamos hablando de liturgia.

¿Cómo conoció al cardenal Ratzinger?
RANJITH: Por una cuestión relativa a Sri Lanka, la del teólogo Tissa Balasuriya, que había escrito un libro, Mary and human liberation, en el que se hacía un análisis teológico difícilmente compatible con la doctrina católica. En aquel entonces yo era un joven obispo recién nombrado, me interesé por este libro y coordiné una comisión episcopal creada expresamente para estudiar este texto. En 1994, al final de los trabajos de esta comisión, la Conferencia episcopal publicó un comunicado con el que se avisaba a los fieles de que el libro no reflejaba la doctrina de la Iglesia. Este comunicado desencadenó a nivel mundial una campaña de prensa contra nosotros y a favor del padre Balasuriya. La controversia fue tan fuerte que Roma comenzó a investigar. Me convocaron a la Urbe para explicar lo que estaba ocurriendo al Papa y al prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Ratzinger. Las afirmaciones del padre Balasuriya eran tan graves que en enero de 1997 fueron condenadas formalmente por la Congregación y él mismo, al no retirarlas, fue excomulgado latae sententiae. Excomunión que terminó el año siguiente tras una solemne declaración pública del padre Balasuriya.

Fue, pues, en este ámbito donde comenzó a frecuentar al cardenal Ratzinger…
RANJITH: Sí, lo vi varias veces y en esas ocasiones tuve la posibilidad de ilustrar mis impresiones y mis preocupaciones de obispo, especialmente respecto a la cuestión del diálogo interreligioso y también a las cuestiones litúrgicas. Cuando luego me llamaron a Propaganda Fide puede verme con él más a menudo, por ejemplo, durante las asambleas ordinarias del dicasterio del que formaba parte también él. Así que, además de ser un ávido lector de sus libros, aprendí a apreciar personalmente sus dotes humanas. En él he visto siempre a un gran teólogo y en sus palabras no a un pedante, sino esencialmente a una persona cercana al Señor.

En Yakarta estuvo poco menos de dos años. El 10 de diciembre de 2005 fue publicado su nombramiento como secretario del Culto Divino. ¿Se esperaba esta nueva llamada de Roma?
RANJITH: Recuerdo que Benedicto XVI me convocó en audiencia en Castelgandolfo durante el verano de 2005, era mediados de septiembre, y me preguntó si quería aceptar el nombramiento como secretario de la Congregación para el culto divino. Le dije que sí. Siempre me ha interesado la liturgia, que considero la llave de la relación entre fe y vida, porque según se celebre la liturgia así se vive la fe cristiana. La liturgia por un lado exterioriza la fe, por el otro, la alimenta. La posibilidad de dar sobre esta cuestión, que al papa Benedicto interesa mucho, mi modesta aportación me ha colmado de alegría el corazón.

Excelencia, su primera aparición pública como secretario de la Congregación para el culto divino fue una conferencia pronunciada con motivo de la presentación del libro de Uwe Michael Lang, oratoriano de origen alemán residente en Londres, Rivolti al Signore. L’orientamento nella preghiera liturgica (Cantagalli, Siena, 2006, pp. 150, 19.40 euros), que tuvo lugar el 27 de abril en el Instituto patrístico Agustinianum de Roma. El volumen, publicado en alemán en 2003, contiene una introducción del entonces cardenal Joseph Ratzinger, publicada por primera vez en italiano en el número de marzo de 2004 de 30Días. ¿Qué le ha llamado la atención de este libro?
RANJITH: Ya había leído este libro y la estupenda introducción del entonces cardenal Ratzinger. Así que cuando recibí la invitación, acepté inmediatamente. Porque ha sido una ocasión para que nazca un debate muy positivo en la Iglesia. Se habla mucho de participación de los fieles en la liturgia. Pero, ¿participan más los fieles si el sacerdote celebra versus populum o si celebra hacia el altar? De hecho no puede decirse que la participación sea más activa si el sacerdote celebra hacia el pueblo; puede ser que en este caso el pueblo se distraiga. ¿Es participación verdadera cuando durante la señal de la paz en la iglesia se crea gran confusión, con sacerdotes que a veces van a dar la paz hasta los últimos bancos? ¿Se trata de la actuosa participatio, deseada por el Concilio Vaticano II o simplemente de una gran distracción que no ayuda para nada a seguir con devoción el momento sucesivo de la misa? Por no hablar de que a veces se olvida decir el Agnus Dei… Repito, el libro del padre Lang es una provocación muy útil, comenzando por la introducción en la que el cardenal Ratzinger recuerda que el Concilio no pidió nunca la abolición del latín ni revolucionar la dirección de la oración litúrgica.

Su entrevista al periódico La Croix del 25 de junio, titulada “La reforma litúrgica del Vaticano II no ha despegado nunca” metió mucho ruido. ¿Puede explicarnos mejor sus opiniones sobre la reforma litúrgica realizada tras el Concilio Vaticano II?
RANJITH: Esas palabras fueron puestas fuera de contexto. No estimo negativamente todo lo que ha ocurrido después del Concilio. Dije que el resultado que se esperaba de la reforma litúrgica no se ha manifestado. Nos preguntamos si la vida litúrgica, la participación de los fieles en las sagradas funciones, es más alta y mejor hoy respecto a la de los años cincuenta. Se critica el hecho de que antes del Concilio los fieles no participaban realmente en la misa, sino que asistían pasivamente o hacían devociones personales. Pero ¿participan de verdad hoy los fieles de un modo espiritualmente más elevado y personal? ¿Ha sucedido realmente que muchos que estaban fuera de la Iglesia se han puesto en fila para entrar en nuestras iglesias con las nuevas liturgias? ¿O no ha sucedido acaso que muchos se han ido y que las iglesias se han vaciado? ¿De que reforma se habla entonces?

Culpa de la secularización.
RANJITH: Por supuesto, pero dicha situación es también el fruto de la manera de tratar, o mejor dicho, de maltratar la liturgia… En mi opinión, las expectativas del Concilio de una liturgia mejor comprendida y por tanto espiritualmente más fecunda, han sido defraudadas una vez más. De modo que queda mucho por hacer, para que las iglesias se llenen de nuevos fieles que durante las sagradas liturgias se sientan verdaderamente tocados por la gracia del Señor. En un mundo secularizado, en vez de tratar de elevar los corazones hacia la grandeza del Señor, se ha tratado, creo yo, de rebajar los misterios divinos a un nivel trivial.

Cuando fue nombrado secretario del Culto divino, algunos periódicos escribieron que usted tiene muy buenas relaciones con el mundo lefebvriano. ¿Es verdad?
RANJITH: No conocí a monseñor Marcel Lefebvre por obvios motivos de edad, porque él es de otra época. Pero sí he tenido algún que otro contacto con seguidores suyos. Pero no soy un apasionado de los lefebvrianos. Por desgracia aún no han regresado a la comunión plena con la Santa Sede, pero lo que dicen algunas veces sobre la liturgia lo dicen con conocimiento de causa. Y por ello son un aguijón que debe hacernos reflexionar sobre lo que estamos haciendo. Esto no quiere decir que puedo ser definido como un afiliado o un amigo de los lefebvrianos. Yo comparto algunos puntos de los llamados “no global” respecto a la justicia social, pero esto no quiere decir que soy uno de ellos… Además, la misa tridentina no es propiedad privada de los lefebvrianos. Es un tesoro de la Iglesia y de todos nosotros. Como dijo el Papa a la Curia romana el año pasado, el Concilio Vaticano II no es un momento de ruptura, sino de renovación en la continuidad. No se descarta el pasado, sino que se crece sobre él.

¿Quiere decir esto que la misa llamada de san Pío V no ha sido nunca abolida?
RANJITH: El hecho de que la Santa Sede haya aprobado recientemente la institución en Burdeos de una sociedad de vida apostólica de derecho pontificio caracterizada por el hecho de usar exclusivamente los libros litúrgicos preconciliares [se trata del Instituto del Buen Pastor que reúne a algunos ex lefebvrianos, n. de la. r], significa de manera inequívoca que la misa de san Pío V no puede considerarse abolida por el nuevo misal llamado de Pablo VI.

J. Ratzinger: La Misa ¿versus populum o versus Deum?

diciembre 11, 2006
El texto del entonces cardenal Joseph Ratzinger, que aparece en nuestro blog hoy, es el prólogo que, como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, escribió al libro de Uwe Michael Lang Conversi ad Dominum. Zu Geschichte und Theologie der christlichen Gebtsrichtung, editado el año 2003 en Suiza por la Johannes Verlag Einsiedeln. Del volumen hay una traducción en inglés (Turning towards the Lord: Orientation in Liturgical Prayer) realizada por la editorial Ignatius Press de San Francisco (EE UU), que posee el copyright de la obra.
Uwe Michael Lang es miembro del oratorio de San Felipe Neri de Londres, ha estudiado teología en Viena y Oxford, y ha publicado numerosos textos sobre temas patrísticos.
Ya que en fechas recientes se ha hablado mucho, y se han alborotado muchos, con la posibilidad de que la Santa Sede autorizara un uso más generalizado del Misal de S. Pio V, resulta sumamente interesante leer esta reflexión acerca de uno de los aspectos más discutidos de la, así llamada, Misa tridentina.
Continúa…
Para el católico practicante normal son dos los resultados más evidentes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: la desaparición del latín y el altar orientado hacia el pueblo. Quien lee los textos conciliares puede constatar con asombro que ni lo uno ni lo otro se encuentran en dichos textos en esta forma.
A la lengua vulgar, por supuesto, había que darle espacio, según las intenciones del Concilio (cf Sacrosanctum Concilium, 36,2) –sobre todo en el ámbito de la liturgia de la Palabra– pero, en el texto conciliar, la norma general inmediatamente anterior dice: «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular» (Sacrosanctum Concilium 36,1).
El texto conciliar no habla de la orientación del altar hacia el pueblo. Se habla de esta cuestión en instrucciones posconciliares. La más importante de ellas es la Institutio generalis Missalis Romani, la Introducción general al nuevo Misal romano de 1969, donde en el número 262 se lee: «Constrúyase el altar mayor separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda hacer de cara al pueblo [versus populum]». La introducción a la nueva edición del Misal romano de 2002 ha tomado este texto a la letra, pero al final añade lo siguiente: «es deseable donde sea posible». Muchos ven en este añadido una lectura rígida del texto de 1969, en el sentido de que ahora existe la obligación general de construir –«donde sea posible»– los altares de cara al pueblo. Esta interpretación, sin embargo, fue rechazada por la competente Congregación para el Culto Divino el 25 de septiembre de 2000, cuando explicó que la palabra «expedit» [es deseable] no expresa una obligación, sino un consejo. Hay que distinguir –dice la Congregación– la orientación física de la espiritual. Cuando el sacerdote celebra versus populum, su orientación espiritual debe ser siempre versus Deum per Iesum Christum [hacia Dios por Jesucristo]. Dado quel ritos, signos, símbolos y palabras no pueden nunca agotar la realidad última del misterio de la salvación, se han de evitar posturas unilaterales y absolutas al respecto.
Es una aclaración importante porque evidencia el carácter relativo de las formas simbólicas exteriores, contraponiéndose de este modo a los fanatismos que por desgracia en los últimos cuarenta años han sido frecuentes en el debate en torno a la liturgia. Pero al mismo tiempo ilumina también la dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores y que es la misma para el sacerdote y para el pueblo (hacia el Señor: hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo). La respuesta de la Congregación, pues, debería crear un clima más tranquilo para el debate; un clima en el que pueda buscarse la manera mejor para la actuación práctica del misterio de la salvación, sin condenas recíprocas, escuchando con atención a los demás, pero sobre todo escuchando las indicaciones últimas de la misma liturgia. Tachar apresuradamente ciertas posturas como “preconciliares”, “reaccionarias”, “conservadoras”, o “progresistas” o “ajenas a la fe”, no debería admitirse en la confrontación, que debería dejar espacio a un nuevo y sincero compromiso común de cumplir la voluntad de Cristo del mejor modo posible.
Este pequeño libro de Uwe Michael Lang, oratoriano residente en Inglaterra, analiza la cuestión de la orientación de la oración litúrgica desde el punto de vista histórico, teológico y pastoral. Y haciendo esto, vuelve a plantear en un momento oportuno –creo yo– un debate que, a pesar de las apariencias, no ha cesado nunca realmente, ni siquiera después del Concilio.
El liturgista de Innsbruck Josef Andreas Jungmann, que fue uno de los arquitectos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II, se opuso firmemente desde el principio al polémico tópico según el cual el sacerdote, hasta ahora, había celebrado “dando la espalda al pueblo”. Jungmann subrayaba, en cambio, que no se trataba de dar la espalda al pueblo, sino de asumir la misma orientación que el pueblo. La liturgia de la Palabra tiene carácter de proclamación y de diálogo: es dirigir la palabra y responder, y, por consiguiente, quien proclama se dirige a quien escucha y viceversa, la relación es recíproca. La oración eucarística, en cambio, es la oración en la que el sacerdote hace de guía, pero está orientado, con el pueblo y como el pueblo, hacia el Señor. Por esto, según Jungmann, la misma dirección del sacerdote y del pueblo pertenece a la esencia de la acción litúrgica. Más tarde Louis Bouyer –otro de los principales liturgistas del Concilio– y Klaus Gamber, cada uno a su manera, retomaron la cuestión. Pese a su gran autoridad, tuvieron desde el principio algunos problemas para hacerse oír, pues era muy fuerte la tendencia a poner en evidencia el elemento comunitario de la celebración litúrgica y a considerar por eso que el sacerdote y el pueblo debían estar frente a frente para dirigirse recíprocamente el uno al otro.
Sólo recientemente el clima se ha vuelto más tranquilo y así, quienes plantean cuestiones como las de Jungmann, Bouyer y Gamber ya no son sospechosos de sentimientos “anticonciliares”. Los progresos de la investigación histórica han dado más objetividad al debate, y los fieles intuyen cada vez más lo discutible de una solución en la que a duras penas se advierte la apertura de la liturgia hacia lo que le espera y hacia lo que la transciende. En esta situación, el libro de Uwe Michael Lang, tan agradablemente objetivo y nada polémico, puede ser una ayuda preciosa. Sin la pretensión de presentar nuevos descubrimientos, ofrece los resultados de las investigaciones de los últimos decenios con gran esmero, dando la información necesaria para poder llegar a un juicio objetivo. Es digno de mérito el hecho de que se evidencia al respecto no sólo la aportación, poco conocida en Alemania, de la Iglesia de Inglaterra, sino también el relativo debate, interno al Movimiento de Oxford en el siglo XIX, en cuyo contexto maduró la conversión de John Henry Newman. Sobre esta base se desarrollan luego las respuestas teológicas.
Espero que este libro de un joven estudioso pueda ser una ayuda en el esfuerzo –necesario para cada generación– de comprender correctamente y de celebrar dignamente la liturgia. Le deseo que encuentre muchos lectores atentos.