Archive for the ‘Poesía’ category

El aire de la gracia

marzo 13, 2007

Por Alvaro Pereira
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La teología de la gracia posee entre sus almacenes una de las herencias más ricas de precisión e inteligencia. Sin embargo, este majestuoso esfuerzo del concepto ha edificado fortalezas nada accesibles para el actual aprendiz de teólogo que, sin un buen arsenal filológico ni filosófico, pero con valor de caballero, intenta conquistar los bastiones de este fortín inexpugnable.

Jorge Guillén inicia su primera gran obra, Cántico, con un poemita que nos puede ayudar a comprender el misterio de la gracia desde el reino de los símbolos –al fin y al cabo, la teología necesita del símbolo para acceder al Misterio ¿qué son las “fuentes” de la teología, si no aguas y manantiales?–. Propongo al lector que no sólo lea y relea, sino que reviva y experimente el poema:


Mientras el aire es nuestro

Respiro,

Y el aire en mis pulmones

Ya es saber, ya es amor, ya es alegría,

Alegría entrañada

Que no se me revela

Sino como un apego

Jamás interrumpido

–De tan elemental–

A la gran sucesión de los instantes

En que voy respirando,

Abrazándome a un poco

De la aireada claridad enorme.

Vivir, vivir, raptar –de vida a ritmo–

Todo este mundo que me exhibe el aire,

Ese –Dios sabe cómo– preexistente

Más allá

Que a la meseta de los tiempos alza

Sus dones para mí porque respiro,

Respiro instante a instante,

En contacto acertado

Con esa realidad que me sostiene,

Me encumbra,

Y a través de estupendos equilibrios

Me supera, me asombra, se me impone.

Jorge Guillén, Aire Nuestro. Cántico (Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 21994) 7

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Un poco de pintura para comenzar. Es temprano. Tras regar la madreselva, el poeta se sienta en su despacho para iniciar, un día más, el fatigoso y fecundo proceso de la creación poética. Ya está. Hoy no ha sido necesario cabalgar por los páramos de la imaginación. Ha encontrado su fuente de inspiración en el aire y la luz que lo envuelven. Estos manantiales serán tan fecundos que Guillén tendrá agua para escribir todo su primer libro.
El aire y la luz son dos realidades invisibles para los humanos. Muy pocas veces nos detenemos a contemplarlas. Sí, un rayo de luz en una catedral nos sobrecoge y un vendaval nos hace sentirnos pequeños. Pero precisamente este rayo y este huracán nos conmueven porque los sentimos especiales, diversos, otros. En cambio, Guillén eleva a rango teológico el aire y la luz cotidianos, invisibles y, por ello, divinos.
El aire en sus pulmones es “saber, amor y alegría entrañada”. A diferencia del paisaje castellano para Machado, aquí Guillén no proyecta sus sentimientos en la naturaleza. El proceso creativo es inverso. El poeta no proyecta, sino que se deja afectar. La tristeza del poeta no crea roquedas tristes; sino que la hondura del aire profundiza su experiencia. Al tomar conciencia de su respirar, Guillén descubre que el aire es amor y alegría, porque se le revela como un apego jamás interrumpido al principio de la vida.
Este hombre no es náufrago arrojado, sino ser que experimenta el abrazo cariñoso de la “aireada claridad enorme”. ¿Acaso no es el don de Dios también esta realidad humilde –por respetuosa– y “enorme”, que nos circunda? ¿Acaso la gracia no nos habita como el aire? ¿Acaso no se nos revela también como saber, amor y alegría, como apego y abrazo?
Guillén comienza la segunda estrofa con tres infinitivos a ritmo de vida (“vivir, vivir, raptar –de vida a ritmo–”) que expresan la respuesta voluntaria del poeta cuando ha comprendido que el aire lo bendice y le indica la gratuidad de su existencia. El niño agradece un regalo aceptándolo con gozo y jugando con él. El poeta responde al aire que le da vida, deseando vivir “todo ese mundo que le exhibe el aire”. El creyente que experimenta la gracia divina responde acogiéndola y dejándose divinizar.
El poeta respira “instante a instante”, porque en el instante gozoso y pleno revive la alegría del don. Y deja que el aire lo eleve –como la gracia, hacia Dios– y sumerja en esa realidad que lo “sostiene”, “encumbra”, “supera”, “asombra”, “se me impone”. ¿Es preciso explicitar lo evidente?
Que ojalá los teólogos alcancemos a explicar tan luminosamente los aires de la gracia. Termino con otra preciosa cuarteta de Guillén: ¿quién no experimenta un gozo íntimo con la lectura de las experiencias amorosas de un poeta? ¿qué teólogo no contempla aquí a la Trinidad, maravilla creadora y plenitud de ser?

Amar, ni tú ni yo
Nosotros y por él
Todas las maravillas
en que el ser llega a ser

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“Amar es decir: Tú no morirás” (Gabriel Marcel)

enero 23, 2007

Por Alvaro Pereira
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El ser humano no se conforma con la muerte. Nunca se ha conformado. Lo mejor humano se alza buscando una respuesta ante la “postrera sombra”. El hombre estima una aberración la separación de los que queremos. Incluso los humanos más execrables han recibido como bálsamo de esperanza las lágrimas de sus madres. Es uno de los universales de la naturaleza humana y, por tanto, uno de los lugares desde los que partir en la reflexión teológica.
Ofrezco tres poemitas y una cita bíblica, en los que esta confrontación entre el amor y la muerte deslumbran por su evidencia. Acaso sea un buen instrumento propedéutico para comenzar a pensar sobre cómo y quién enalteció ese amor humano para vencer a la muerte.


Continúa…


1. Romancero. Este es un precioso poemita anónimo del siglo XV, que pertenece a nuestro augusto Romancero. El sentir popular, siempre rebelde ante los opresores, confiesa su fe –siempre un tanto ingenua, pero por ello obstinadamente convincente– en que dos enamorados jamás podrán ser vencidos. M. A. MATEO- R. ALBERTI, Canción de canciones. Los mejores poemas de amor de la lengua castellana (Buckinghamshire 1995) 77.

Conde niño por amores
es niño y pasó la mar;
va a dar agua a su caballo,
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe,
él canta dulce cantar,
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.

La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
– Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mal.
– No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
si no es el conde niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
– Si por tus amores pena,
¡oh mal haya su cantar!,
y porque nunca los goce,
yo le mandare matar.
– Si le manda matar, madre,
juntos nos han de enterrar.

Él murió a la medianoche,
ella a los gallos cantar;
a ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de conde,
unos pasos más atrás.
Della nació un rosal blanco,
d`él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar,
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
Della naciera una garza,
d`él un fuerte gavilán,
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.

2. Francisco de QUEVEDO (1580-1645). En uno de los sonetos más ilustres de la poesía española de todos los tiempos, Quevedo nos muestra la fe inconmovible de un moribundo que acepta su vuelta al polvo primordial, pero no renuncia a su vocación de enamorado. M. A. MATEO- R. ALBERTI, Canción de canciones. Los mejores poemas de amor de la lengua castellana (Buckinghamshire 1995) 301:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a la ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

3. Miguel HERNÁNDEZ (1910-1942). Ésta es la más triste de las tres obritas. El poeta ya no confiesa su fe en la victoria del amor sobre la muerte, sólo afirma su convivencia, nada pacífica. El poema deja entrever la esencialidad de una historia profunda explicada con palabras sencillas. Cada estrofa está dedicada a uno de los protagonistas de su vida. “Llegó con tres heridas”, su querida esposa. “Con tres heridas viene”, el niño que esperan, y que se amamantará con las cebollas más famosas de la poesía castellana. “Con tres heridas yo”; dice el poeta que, encarcelado, sueña con ver a su hijo en vida, por amor, contra la muerte. Miguel HERNÁNDEZ, El hombre y su poesía. Antología. (Letras hispánicas, 2; ed. CÁTEDRA):

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

4. Cantar de los cantares 8,6: “el amor es fuerte como la muerte”.

Teología de la inspiración y Pedro Salinas

noviembre 27, 2006
Nueva sección de post dedicados a la “poesía teológica”. Comentarios por Alvaro Pereira
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Teología de la inspiración e intimidad personal

1. Gal 2,20: “Y ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí.”

2. La voz a ti debida (Versos 792 a 830)

Qué alegría, vivir sintiéndose vivido.
Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.


Pedro, SALINAS, La voz a ti debida – Razón de amor. Pedro Salinas. Edición de J.González Muela. Clásicos Castalia nº 2. Editorial Castalia, 1989.

3. ¿Cómo entender la inspiración de la Sagrada Escritura? Esta pregunta sigue siendo una cuestión abierta. La literatura ha dado excelentes metáforas en esta búsqueda teológica. Alonso Schöckel (La Palabra inspirada) compara la inspiración con la relación entre un escritor y sus personajes, que van tomando vida propia a medida que son gestados. Proponemos hoy un nuevo modelo de comprensión a través de la pluma de Pedro Salinas, poeta español de la generación del 27: la intimidad personal.

Salinas nos comunica, entre susurros, la experiencia de un enamorado que en la distancia contempla la realidad con los ojos de su amada. Se goza de vivir sintiéndose vivido. La intimidad alcanza hitos abismales. Se cifra tanto en el ser y vivir (San Pablo: “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”; Pedro Salinas: “Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo.”) como en el conocer y el comunicar:

“Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas
por mi gran silencio;” (subrayado mío)

La intimidad es tal que la voz de uno dice las palabra del otro y los propios ojos ven lo que ve el otro. La vida se multiplica en la comunión (Benedetti tiene otra estrofita que alude a esta misma experiencia: “te quiero porque sos mi amor mi vida y mi todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos”). Sigue Pedro Salinas:

Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro.

¿Qué aporta la experiencia que expresa este poema a la teología de la inspiración? Aporta una nueva imagen: la del enamorado. El inspirado es un enamorado que asume la Palabra del Otro como su propia palabra. Su relación ha alcanzado una intimidad tan alta que ve con los ojos del Otro:

“Oráculo de Balaam, oráculo del varón cuyo ojo es perfecto
del que ve la visión de Saday, del que obtiene respuesta
y se le abren los ojos” (Num 24,4)

Esta experiencia del enamorado inspirado no tiene porque ser siempre dichosa. El enamorado surca diversos mares interiores. A veces está gozoso como el autor del Cantar; a veces se siente traicionado, como Oseas; y a veces incluso grita su desgarro de amor violentado, como Jeremías. Pero siempre, al expresar su hondón interior, ofrece una palabra en la que se comunica la intimidad del Otro.

Dicha experiencia de intimidad también puede ser colectiva. ¿Qué familia no se ha emocionado cuando el abuelo, patriarca de recuerdos, ha recibido un premio de reconocimiento social? El adolescente, siempre vivo, que sella en su diario nocturno las lágrimas contenidas que ha visto esa tarde en las mejillas de su abuelo, da palabra a una comunidad de íntimos y a su vez ofrece su palabra a un Otro elusivo que gestó, desde las bambalinas de la gracia, la promoción de aquel premio.

En fin, estas imágenes, todavía al nivel de la poesía, necesitan categorías teológicas: ¿alguién quiere expresarlas –a ellas que nacieron en otros y yo esposé hoy como mías– con sus propias palabras?