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Siguiendo las huellas de una revolución gigantesca (Juan Manuel de Prada)

septiembre 20, 2007
El cristianismo primitivo, me ha impuesto un motivo de reflexión. ¿Cómo pudo arraigar en la sociedad romana una fe como la cristiana, que se sustentaba sobre una visión monoteísta de la divinidad y defendía postulados éticos totalmente extraños, incluso adversos, a los que por entonces regían las relaciones entre los hombres. Basta leer la brevísima Carta de San Pablo a Filemón, en la que le propone que manumita a su esclavo Onésimo y lo acoja como si de un «hermano querido» se tratase, para que advirtamos que la conversión a la nueva fe proponía una subversión radical de los valores vigentes

La esclavitud no era tan sólo una situación plenamente reconocida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana. Podemos entender que un esclavo se sintiese seducido por la prédica de un cristiano que le aseguraba que ningún otro hombre podía ejercer dominio sobre él. Pero, ¿cómo un patricio que funda su fortuna sobre el derecho de propiedad que posee sobre otros hombres se aviene a amarlos «no sólo humanamente sino como hermanos en el Señor», no porque ninguna obligación legal se lo imponga, sino «por propia voluntad», como San Pablo le aconseja a Filemón que haga con Onésimo? Semejante cambio de mentalidad exige una revolución interior gigantesca.
Pongámonos en el pellejo de un patricio romano de los primeros siglos de nuestra era. Sabemos que por aquella época el culto a las divinidades del Olimpo era cada vez más laxo y protocolario. Sabemos también que los sucesivos emperadores que siguieron a Julio César se nombraron a sí mismos dioses, en un acto de arrogancia megalómana que a cualquier patricio romano con inquietudes espirituales le resultaría repugnante. Probablemente ese patricio romano al que tratamos de evocar hubiese dejado de creer en los dioses paganos, cuyas andanzas se le antojarían una superchería; pero su mentalidad seguía siendo politeísta. La creencia en un Dios único se le antojaría un desatino propio de razas híspidas y fanáticas, oriundas de geografías desérticas, ajenas a la belleza multiforme del mundo.
Pero entonces nuestro patricio romano repara en la novedad del cristianismo. Dios se ha hecho hombre: no para encumbrarse en un trono y para que los demás hombres se prosternen a su paso, como hacían los degenerados emperadores a quienes le repugnaba adorar, ni para disfrutar de tal o cual gozo mundano, como hacían los habitantes del Olimpo; sino para participar de las limitaciones humanas, para probar sus mismas penalidades, para acompañar a los hombres en su andadura terrenal. Y, al hacerse hombre, Dios hace que la vida humana, cada vida humana, se torne sagrada; a través de su encarnación, el Dios de los cristianos logra que cada ser humano, cada uno de esos «pequeñuelos» a los que se refiere el Evangelio, sea reflejo vivo, portador de divinidad. De repente, ese patricio romano siente que por fin ha hallado una fe que le permite adorar a un Dios único y seguir venerando la belleza multiforme del mundo de un modo, además, mucho más exigente, puesto que ahora esa belleza es sagrada, está poseída por ese Dios que ha querido compartir su misma naturaleza humana.
Para ese imaginario patricio romano que ahora tratamos de evocar en su proceso de conversión desde la mentalidad politeísta tuvo que desempeñar un papel decisivo el culto a los santos. En ellos debió encontrar una simbiosis perfecta entre aquella «virtus» que cultivaron sus ancestros y la nueva fe que hacía de cada hombre un portador de divinidad. Y, sobre todos ellos, la figura de María. Los dioses del Olimpo elegían a las mujeres más bellas y distinguidas para disfrutar de un placentero revolcón y enseguida abandonar el lecho, con los primeros clarores del alba; el Dios de los cristianos había elegido a la mujer más humilde, una paria de Judea, casada con un carpintero zarrapastroso, para quedarse con ella, para quedarse en ella, para hacerse visible ante los hombres, para hacerse uno de ellos, a través de ella. En la sociedad romana, la mujer ocupaba un lugar vicario del hombre; al haber confiado en una mujer como depositaria de su divinidad, el Dios cristiano había encumbrado la naturaleza femenina hasta cúspides inimaginables.
De repente, nuestro patricio romano supo que Dios estaba en él, que Dios estaba dentro de cada hombre y de cada mujer. Y se dispuso a abrazar esa revolución gigantesca con un ardor hasta entonces desconocido.

Autor: Juan Manuel de Prada- Fecha: 2007-09-18

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La Medicina del Papa Benedicto (otro comentario sobre la "Summorum Pontificum")

agosto 23, 2007
En su carta “Summorum Pontificum”, Benedicto XVI ha señalado firmemente al “Missale romanum”, promulgado por Pío V y propuesto en edición revisada por Juan XXIII en 1962, una expresión de la “lex orandi” – la norma de la oración – y por tanto de la “lex credendi” – la norma de la fe – de validez plena y actual. Junto al Misal promulgado por Pablo VI en 1970, representa un distinto uso del único rito de la Iglesia latina. A pesar de estar marginado, en efecto, como consecuencia de la adopción en la liturgia de las lenguas modernas, el Misal de 1962 no había sido nunca “superado”, ni habría podido serlo, mucho menos “abrogado”. Quedó en vigor, como una “expresión viva de la Iglesia”.


La nueva legitimación del “Missale romanum” decretada por el “Summorum Pontificum” reconduce la vida católica a su esencial naturaleza de “complexio”. La historia católica precedente al Concilio Vaticano II es propuesta por el Papa como vivo horizonte del “espíritu” del Concilio mismo y de su realización: una realización que muchos extremismos han vivido en cambio como incompatible con el pasado.

Así, el objetivo de “la reconciliación interna en el seno de la Iglesia” se hace parte de una más amplia intervención medicinal para al Iglesia universal, también independientemente de tensiones locales con las minorías cismáticas.

Las mismas raras, pero virulentas, reacciones negativas al “motu proprio” confirman sin quererlo la urgencia de esta acción medicinal del Papa Benedicto.

Ellas han levantado dos graves acusaciones contra la “Summorum Pontificum”.
Por un lado, esta habría atentado contra al autoridad episcopal, ya que la decisión romana sustraería a quien constituye por esencia el liturgo de su Iglesia, el obispo, la autoridad de disciplinar el mismo los estilos y los intentos litúrgicos de los sacerdotes que celebran por delegación suya.
Por otro lado, el “motu proprio” introduciría una paradojal forma de relativismo litúrgico, una liturgia “por ordenación”, según las preferencias subjetivas de los fieles.

La segunda objeción está decididamente fuera de lugar. Si algo ha ofrecido, por décadas, un espectáculo de estilos litúrgicos peligrosamente “à la carte”, esto es el abuso expansivo (y precoz, ya en el inmediato postconcilio) de la “interpretación” o “inculturación” del rito de la misa. ¿Quién no recuerda las arbitrarias supresiones de plegarias y de gestos y la introducción ilegítima de nuevos textos, actores y lugares litúrgicos? De ello la migración del pueblo creyente a la busca de los estilos de celebración más conformes al gusto, conservador o progresista. Problema notorio desde hace tiempo: el reciente acto de gobierno de Benedicto XVI ha sido precedido por muchas advertencias – sobre todo de la instrucción “Redemptoris Sacramentum” de abril del 2004 – que sancionaban las excesivas “deformaciones arbitrarias”.

La recuperación del rito antiguo en latín podrá, al contrario de cuanto se objeta, actuar como paradigma estabilizador de las fluctuantes liturgias en lengua corriente. Como ha notado el cardenal Karl Lehmann, presidente de los obispos de Alemania, el “motu proprio” es un buen motivo para promover con nueva atención una digna celebración “ordinaria” de la eucaristía y de los otros ritos.

En cuanto a la primera objeción, la autoridad del obispo es objeto de la carta de acompañamiento de Benedicto XVI a los “queridos hermanos en el episcopado”. En ella se recuerda que el rito antiguo no es otro rito, que su presencia en el pueblo cristiano es memoria constructiva, y que su celebración es legítima y oportuna.

La riqueza histórico-tradicional del culto cristiano es, pues, el dato primario del cual nutrirse; y la autoridad ejercitada del obispo-liturgo debe entenderse en consecuencia. El obispo no genera autónomamente, menos aún arbitrariamente, ni el hecho del rito, que tiene su centro en Cristo, ni su forma, que pertenece ante todo a la Iglesia una y universal. Adicionalmente – da a entender el Papa en la carta al episcopado – precisamente los responsables de la unidad en la Iglesia han faltado muchas veces, incluso en un pasado reciente, a la tarea primaria de evitar o sanar las divisiones.

¿En qué perspectiva debe leerse, pues, el acto de gobierno de Benedicto XVI?

Ante todo, la nueva libertad de la celebración de la misa llamada impropiamente “preconciliar” opera como correctivo, si no como resarcimiento, de una indebida fractura práctica e ideológica consumada en el siglo XX “hiper-conciliar”. Es una fractura con la Tradición de la Iglesia moderna, desde el siglo XVI al XX, y, en cuanto a la lengua casi con la entera tradición.

Esta fractura no ha sido querida por la constitución sobre la liturgia promulgada por el Concilio Vaticano II. Ella consiste en la cancelación del hecho del espíritu de la liturgia anterior a la reforma, casi entendiendo o dejando entender que ella fuese en sí misma inadecuada.

La iniciativa del Papa Benedicto se confirma, pues, dirigida contra la lectura del Concilio ideológica y sustancialmente “revolucionaria”, hecha por elites teológicas y pastoralistas católicas, y que es lentamente penetrada en el clero y en las parroquias.

Hay más. La renovada legitimidad de una eucaristía celebrada en lengua latina y según el Misal romano de 1962 parece destinada a volver el equilibrio no sólo a los actuales excesos rituales, lingüísticos, arquitectónicos, sino también a los frecuentes deslizamientos hacia un vaciamiento de la sacramentalidad de las celebraciones. Deslizamientos que tienen una preocupante relevancia sobre el plano de la fe.

Se opone que el Misal promulgado el 26 de marzo de 1970, bien enraizado en la Tradición y fruto de una madura ciencia liturgista, hubiera bastado para obtener estos efectos. Nadie ignora el enorme trabajo, de décadas, de la congregación para el culto divino, ni la pasión de Juan Pablo II por la vida litúrgica de la Iglesia: basta volver a leer su carta “Dominicae Cenae” de febrero de 1980. ¿Pero qué ha sido de estas riquezas en las prácticas ordinarias? ¿Cuál su capacidad de orientación y, a la vez, de continencia de la “renovación litúrgica” buscada por cotidianas actitudes inexpertas, frecuentemente extrañas a la idea misma de sacralizad de la eucaristía y del sacrificio? Es necesario reflexionar sobre esta probada imposibilidad de fundar obras grandes sobre la arena de las retóricas postconciliares.

¿De qué cosa, en cambio, puede derivar la potencialidad equilibrante del rito “tridentino”? Al menos de tres hechos.

1. La lengua latina favorece la percepción de una antigüedad del rito, de una originalidad sobre la cual el presente no se cree el amo o prevarica sino profunda y necesariamente se implanta según continuidad. También una participación ocasional, pero no más “transgresiva”, al rito antiguo a comprender que la tradición e innovación tienen entre ellos una relación necesaria y una reciproca fuerza moderadora. Lo sabe los raros creyentes que han frecuentado en estas décadas las liturgias celebradas en latín en los monasterios, aún más que en aquellas “tradicionalistas”.

2. La forma y la disciplina ritual de la misa antigua enseñan a creer precisamente por como enseñan a rezar. Especialmente el estar “vuelto hacia el Señor” del celebrante – que no es una “dar la espalda” al pueblo como insensatamente muchos repiten – y de las asamblea toda, así como la posición excéntrica del altar respecto a los presentes, llevan a reflexionar de nuevo sobre espacio y tiempo sacros, sobre su sentido y fundamento. De nuevo sino en manera “nueva”: más en el surco de la tradición católica, latina y oriental.

Ni la comunidad reunida, ni sus sentimientos, ni su sociabilidad o compañía son, en los hechos, el perno del “scrificium missae”. No es el comportamiento de la asamblea lo que cuenta: la de la “liturgia activa” es una tentación pragmática de solución de la que los liturgistas, pastoralistas y progresistas de edificios sacros parecen no ser conscientes. Al contrario la acción de la comunidad orante está bajo la norma del sacrificio sacramental y desde allí debe sacar el propio perfil; el actuar está al servicio de los “divina mysteria”. El divino Sacerdote se sacrifica a sí mismo al Padre y el celebrante y la asamblea, son llevados a este abismo, en su dirección y sentido. Es a esto a lo que el canon de la misa da la máxima relevancia.

Pero simbólicamente todo resulta más claro al fiel cuando le es permitido mirar además del celebrante y el altar, hacia el Señor. El estar vueltos al Señor opone a la tentación, incluso de liturgistas, de concebir el altar como “spectaculum”, al centro de la asamblea. ¿El ofrecimiento al Padre del único Sacerdote se manifiesta adecuadamente en el actual coloquio frontal entre celebrante y pueblo? Hoy la asamblea aparece prevalentemente dirigida hacia el celebrante, y el celebrante hacia ella, con un riesgoso efecto de inmanencia, si es que no de protagonismo. Es evidente todo domingo la tentación de considerar a la asamblea sacramento, en prejuicio del trinitario “misterio de la fe” que actúa en la acción litúrgica.

3. Una liturgia que por tradición antigua y constante “tiene al centro el Santísimo Sacramento que brilla de viva luz” (como se expresaba el grande liturgista Josef A. Jungmann) implica una catequesis y una predicación de la presencia real de Jesús en el pan y en el vino, del “Dios con nosotros” querido a Joseph Ratzinger teólogo. En suma, se impondrá una renovada atención a los sacramentos según un anuncio de realidad, más allá de los niveles – y los valores innegables, pero secundarios – de la “participación” comunional y afectiva de la asamblea.

Esta es la esperanza que parece recogerse en la decisión del Papa Benedicto: la esperanza que hacer hoy la prueba de la esencial presencia de la tradición entre nosotros sea medicina contra la desorientación de tantos fieles cristianos. El deseo de un “christifidelis laicus” como yo es que, con la venia del obispo, los párrocos hagan posible la celebración de al menos una misa semanal, mejor si es festiva, según el “Missale romanum” de Juan XXIII, ayudando a todos a recuperar el significado profundo de la antigua tradición litúrgica y repacificando en la Iglesia culturas, generaciones y espiritualidades.

Se evitará de todas formas que la solicitud de la misa antigua en latín se vuelva una reivindicación de minorías que se perciben excluidas y opositoras. Se debe pedir al obispo, a los pastoralistas y a los liturgistas ensayar pronto soluciones a la altura de las situaciones de cada diócesis. Y desde Roma – ante todo por parte de la comisión vaticana “Ecclesia Dei” – se espera una sólida guía sobre las modalidades de actuación del “motu proprio”, aparte de las razones teológicas y espirituales que lo animan.

Autor: Pietro di Marco

Sectas no evangélicas

mayo 16, 2007
La reciente visita de Benedicto XVI a Brasil no deja de dar trabajo a los periodistas. Y eso que el Papa ya está de vuelta en Roma; hace dos días ya. No voy a entrar en todas las cuestiones, como el presunto eurocentrismo del Pontífice alemán o su postura ante la teología de la liberación. Este último tema daría para mucho, la verdad, porque éste es un foro de teología. Pero me gustaría centrarme en otro asunto: llevamos unos cuantos días oyendo que uno de los mensajes del Papa en Brasil ha sido frenar el éxodo de los católicos a las sectas evangélicas. Nuestros hermanos evangélicos están enfadados, y con razón, porque hablar de “sectas evangélicas” es un error de bulto, de ignorantes. Lo que no tengo tan claro es a quién hay que atribuir el error.
Primero las noticias. Echemos un vistazo a cuatro medios digitales:

El País, en un alarde precisión terminológica (lo habitual en ellos, por cuanto a temas religiosos se refiere), habla de “sectas evangélicas”, aunque el titular es todavía mejor: “El Papa ordena a los obispos brasileños que hagan proselitismo en las favelas“. La cita es literal… de “El País”, no del Papa. Luego volveré sobre ella.

El Mundo habla de un descenso del número de católicos en favor de las “iglesias pentecostales y evangélicas”; después, como quien no quiere la cosa, afirma que el éxito de las “sectas” demuestra que hay sed de Dios y que la Iglesia católica tiene que buscar nuevos caminos. Si Vd. quiere unir los dos datos, quizá sea por su mente calenturienta… la culpa no es de Pedro J.

En Libertad Digital, José Luis Restán habla de “sectas pentecostales”. Esta vez se salvan los demás evangélicos, y la pedrada sólo da en el ojo de los pobres pentecostales. Estos chicos siempre se llevan la peor parte: y eso que los pentecostales de verdad son gente seria, y que cree en la acción del Espíritu. Tiene gracia que Restán haya escrito esto, cuando falta tan poco para Pentecostés…

El Plural.com dice prudentemente “nuevas sectas”, y es de agradecer: o no saben más o no quieren dar detalles. El que quiera saber que estudie…

Aunque la prensa siempre dice la verdad, he querido comprobar dónde dijo el Papa esto de las sectas evangélicas o pentecostales. La búsqueda ha sido infructuosa: a los periodistas que iban con él en el avión les habló de que las sectas (“le sette“, porque mi italiano aún da para algo) van a la situación “concretísima” de las personas. A los obispos reunidos para rezar vísperas les habló de “As pessoas mais vulneráveis ao proselitismo agressivo das seitas“; esto último me desconcierta un poco, porque en El País había leído que los católicos debían hacer proselitismo… Y la cosa es peor aún cuando leo la homilía inaugural de la conferencia del CELAM: “A Igreja não faz proselitismo“. O yo no sé portugués o han pirateado la página de “El País”… Y se deben haber empleado a fondo los hackers, porque (otra vez) vuelve a meterse el Papa en el discurso inaugural con el “proselitismo de numerosas sectas“.

En fin. Yo no he encontrado ni rastro de las sectas evangélicas en los discursos de Benedicto XVI; insisto: si los hay, yo no los he encontrado. En los medios sí, y deben Vds. reconocer que algunas expresiones carecen del más mínimo rigor periodístico.

Entonces, ¿qué hay detrás de las alusiones de Benedicto XVI a las sectas? Yo me atrevo a poner un ejemplo: no es muy difícil, en contexto brasileño, que a uno se le venga a la cabeza un ejemplo: la “Iglesia Universal del Reino de Dios“, fundada por un tal Edir Macedo y que sostiene la llamada “teología de la prosperidad”. Ahora que ya todos sabemos quién es la Virgen de Aparecida, es interesante saber que uno de los secuaces de Macedo apareció en TV maltratando una imagen de Nossa Senhora… Se llaman “Iglesia” pero… no les quiero engañar: más que una iglesia es lo que mi abuela llamaba un “sacaperras”, o dicho en términos teológicos, lo menos parecido a una iglesia evangélica que podemos encontrar. Después de lo que ha llovido con la controversia fe-obras, sorprende que estos timadores de Macedo nos hablen de una fe que produce resultados y que se conquista por la propia actitud. Entre otras cosas, el “obispo” Macedo presume de un diploma de “Mestre em Ciências Teológicas – Federación Evangélica Española de Entidades Religiosas“. Ni que decir tiene que los evangélicos españoles no tienen nada que ver con él, y de hecho, los primeros en poner el grito en el cielo contra estos mercachifles de lo sagrado han sido los mismos evangélicos, y con razón, porque este tipo de gente mancha el buen nombre de tantos y tantas creyentes que profesan su fe en las iglesias evangélicas (pentecostales, presbiterianas, episcopales, metodistas y tantas otras denominaciones).

Por tanto, hablar de “sectas evangélicas” no sólo es inexacto, sino además injusto. Existen comportamientos sectarios en todas partes, también en la Iglesia católica. Comprendo el enfado de los hermanos evangélicos; quizá, en medio del cabreo, no hubiera estado mal contrastar fuentes y evitar textos que hacen daño: “La secta católica mantiene pingües beneficios cobrando dinero de los Estados, y de sus seguidores para anular matrimonios (el divorcio está prohibido), misas de difuntos, y venta de objetos que supuestamente obran milagros“. Es cierto que se trata sólo de expresiones exageradas, destinadas a causar impacto, por las que piden perdón; pero (vuelvo a citar a mi abuela), “a la broma bromeando, las verdades vamos soltando”. Imagino que el que escribió esto debía estar muy enfadado:

Podemos asegurar que estos párrafos anteriores (por los que repetimos que pedimos disculpas a los lectores de fe católica que los lean) contienen mucho más de verdad (o mucho menos de medias mentiras y demagogia) que todas las afirmaciones negativas, peyorativas y difamatorias que sobre el cristianismo evangélico o protestante hemos leído estos días en torno a las declaraciones y visita del Papa Benedicto XVI a Latinoamérica. Y ni el Papa, ni los medios católicos, han pedido ni va a pedir disculpas como nosotros estamos haciendo, estamos seguros.

No es ese el clima ecuménico que queremos cultivar entre todos, creo yo. Las sectas no tienen nada de evangélico, y mucho menos evangélico es que los cristianos se tiren los trastos a la cabeza. Yo, como católico, pido perdón por la expresión “sectas evangélicas”, y pido por favor que los cristianos dejemos de enfrentarnos por estas tonterías.

Regeneración celular

octubre 14, 2006

Aunque es un poco desmedido, los blogs de ciencias se han hecho eco de la investigación de Radman sobre un tipo de celula que es capaz de regenerar sus cromosas, aunque estén destrozados… No sería “resurrección”, claro, pero el avance puede ser importante.

“El biólogo Miroslav Radman nos describe que ha comprendido el proceso de resurrección de una bacteria que una vez muerta, pasadas unas horas vuelve a la vida. La bacteria en cuestión, Deinococcus radiodurans, posee una capacidad desmedida que le permite soportar incluso niveles de radiación extremos.” (De Genciencia)

Nobel de la Paz 2006

octubre 13, 2006

“Mohamed Yunus, el fundador de los microcréditos, premio Nobel de la Paz


El banquero bangladesí y el Banco Grameen han recibido el Nobel ‘por sus esfuerzos para crear desarrollo económico y social’.»”

Lector de la mente

octubre 13, 2006

Lector de la mente

Si quieres relajarte con este asombroso ejercicio…

Sobre el congreso de TV cristiana

octubre 12, 2006

“Ahora bien, un medio informativo cristiano no es aquel que tiene accionistas cristianos –eso ayuda, pero no confirma-, sino el que cuenta con informadores cristianos. Más que nada porque nadie da lo que no tiene y porque el café con leche compuesto por periodismo y cristiano siempre acaba en una de estas dos plúmbeas combinaciones: o muy cristiano y poco periodístico o muy periodístico y propio cristiano.

La prueba fehaciente de que la titularidad jurídica no asegura un mensaje cristiano es la COPE. El 50,01% de su capital pertenece a la Conferencia Episcopal y, además, sus estatutos indican que es una empresa confesional. Sin embargo, la pregunta es muy sencilla: ¿Evangeliza la COPE? (se ruega a todos los presentes omitan todo tipo de risita sardónica). La COPE evangeliza donde le dejan, que no es mucho, dado que está controlada por una serie de señores capitaneados por don Federico Jiménez, a los que la Iglesia importa un comino y lo de la evangelización les produce grandes ataques de risa. No sólo eso, sino que el mariachi federiquil ha conseguido confundir el cristianismo con la propaganda del PP. Y no parece que ser católico consista en insultar a Zapatero y aplaudir a Rajoy. He de confesarlo : personalmente me apuntaría a lo primero con mucho más gusto que a lo segundo… Pero, como diría don José, “no es esto, no es esto”.

Otrosí, ni los mayores entusiastas de la clerecía estarían dispuestos a aceptar que los curas son expertos en periodismo. Haberlos haylos, pero su función principal es otra. En tal caso pueden servir para redactar la información eclesial, pero la evangelización cristiana va mucho más allá. Afecta a la información política, la económica, la cultural, la social y hasta la deportiva. En este sentido, lo lógico es que no sean los curas los que se dediquen al periodismo, sino que confíen en laicos cristianos y, al mismo tiempo, que sean conscientes de que la evangelización no tiene por qué resultar rentable ni en beneficios ni en audiencia. La verdad es que nunca lo ha sido.”